domingo, 31 de mayo de 2026

Sin título...no es broma

  
   Un día se me ocurrió especular sobre la relatividad del tiempo: el futuro no existe. Los griegos, los que hablaban la lengua de Homero y de Platón lo sabían bien; lo que llamamos futuro en su gramática expresa una posibilidad, lo que ellos llamaban optativo, expresa un deseo. El futuro es eso, una posibilidad que formulamos como un deseo en el momento presente. 
   Hace unos meses supe que no iba a suceder nada de lo que entonces deseaba. Conoces a una mujer y despliegas todo tu armamento de conquista. Y vas subiendo escalones; las metas con el tiempo se van haciendo relativas; pequeños logros, requiebros en momentos puntuales, un poco de abuso de posición dominante.
    A pesar de todo, nada parecia indicar que las cosas se estuvieran saliendo de su cauce. Ella seguía con él, con sus rituales, sus rutinas; no era un juego, sólo había un poco de decepción ante metas incumplidas, promesas rotas, traiciones imprevistas. Y todo seguía como en la más normal de las parejas: al desencuentro le seguía la reconciliación, quizás no apasionada porque ya nada era como fue, pero reconciliación, al fin y al cabo.
    En las fotos de aquella Navidad se veía al  hombre que la acompañaba, desencajado, con expresión ansiosa, mirada perdida, casi un muñeco de cera; ella, con otro talante, elegante, sí, para la ocasión, no radiante.
    Todo en orden a la vuelta, nada nuevo ni definitivo; la puerta para mí seguía abierta. Construía en cada encuentro, en mi tesón por encantarla, miles de argumentos sobre la felicidad y la libertad, sobre la caducidad de nuestro tiempo, sobre la defensa de la dignidad. Comimos y charlamos, fuimos serios y maduros pero, al otro lado del espejo, se perfilaba algo así como un maltrato, un abuso, enmascarado quizás por una enfermedad mental.
    Dejé de ser su amante potencial, me convertí en su hermano mayor, a veces, en el reflejo de su padre desaparecido. Así intenté comportarme y puse el capirote cuaresmal a mi deseo, al de que las cosas no fueran así, al de que nos entregáramos como amantes, sin más.
    Ella quiso apartarlo de su vida, lo excluyó una y otra vez de momentos especiales y fui siempre uno de sus cómplices. Poco a poco el relato que compartíamos se hizo de manual, de manual del maltratador, del manual de una persona potencialmente peligrosa. En realidad, algunos arrebatos de violencia contra él mismo, llanto desesperado ante la posibilidad de perder definitivamente a la mujer de su vida, argumentos vacíos para convencerla de que esta vez sí las cosas iban a cambiar, que esta vez sí se iban a cumplir las promesas, que iba a acabar el egoísmo, la falta de comunicación, la falta de atenciones, que esta vez sí se iba a crear la pareja de sus sueños, la pareja ideal, perfecta. Ella siguió con su huida, arriesgando más que nunca, tomando decisiones demoledoras para el otro...yo seguía siendo el cómplice. No duró mucho, decidió volver a verlo, volver a hablar, darle una nueva oportunidad. Quizás nunca le pegó, sólo la maninpuló, jugó con sus sentimientos  

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