Es innato, está en nuestros genes preguntarnos por el pasado. Supongo que es una forma de garantizar nuestro presente. Desde un punto de vista filosófico, forma parte del proceso que necesitamos llevar a cabo para completar nuestra personalidad, de manera consciente o inconsciente. A esto es a lo que psicólogos y psiquiatras y otros terapeutas de la mente han sacado partido. La mayor parte de las terapias terminan convenciendo al individuo de que todos sus problemas presentes son causados por su pasado...más o menos a partir de Freud. Las técnicas de indagación son de lo más diversas y con unos resultados más que cuestionables. A mí, casi me han convencido de que, en efecto, soy producto de mi pasado; lo que todavía no hemos averiguado es en qué momento empieza ese pasado condicionador. Sin embargo, si de lo que se trata es de devolver al individuo a un estado de felicidad del que en algún momento se ha apartado, ¿de qué sirve que traigan a su vida actual cosas que, de otra manera, nunca más se recordarían?. Ya me imagino las respuestas. Si entráramos en polémica, podríamos llegar, incluso, a afirmar que esas terapias regresivas son un auténtico fracaso, pero proporcionan mucho dinero. No se trata de eso. Es lo de menos. Sí estoy convencido de que lo que hay es una necesidad de comunicación muy fuerte, que los individuos intentamos evitar el aislamiento, y que el psiquiatra o el psicólogo simplemente tiene que rellenar esos espacios de conversación con pautas y esquemas que impidan que terminen en aburridas charlas útiles para el paciente y lucrativas para el médico. Si de lo que se trata es de hablar un rato y pagar por ello, ¡bienvenido!, cumple su función.
A lo largo del verano, me he encontrado con viejas fotos de mi más tierna infancia, de mi menos tierna infancia, de mi pubertad y adolescencia y de mi primera juventud. No me costó dinero, simplemente tuve que rebuscar en viejas gavetas de la casa de mis padres. Hoy, sin vergüenza de ningún tipo, alumbro una de las causas por las que me he convertido en un patán relativo. Ya les he aburrido con aquello de la lucha por la supervivencia, por la supremacía del más fuerte. Hasta creo que he inventado un refrán que dice "a quien la naturaleza da cabeza, no le da belleza" o, mejor, "a quien Dios no da cabeza, el diablo le da belleza" (dedicado a mi amigo Luis, amante de los ripios). Va a resultar que las madres son unas santas, siempre alaban, con o sin razón, a sus hijos, y, aunque sean feos de verdad, eso nunca se lo dicen.
De pequeño era un crío rubito, de ojos claros, con unos dientes discretos que nunca quise que fueran a su sitio del todo, no soportaba los aparatos. Hacia los doce años me superaba mi desmañado aspecto, supongo que ensayando ante el espejo la mejor forma de mostrarme al mundo. Las gafas que usaba entonces son dignas de una antología del mal gusto. Realmente no sé qué podía ver una chica en mí, porque con mis pintas resultaba bastante repelente, sin embargo, mi autoestima estaba tan alta que ya me sentía un conquistador irresistible. Y las cosas no mejoraron con el tiempo. Probé con la raya en medio, usaba clearasil para los granos, mis paletas estaban amarillas por los antibióticos, y descuadradas. No logré desarrollar un cuerpo mínimamente garboso o atractivo, estaba flaco, petudo y vestía de cualquier manera (aunque debo agradecer a los consejos de mis hermanas mayores que los estragos estéticos no fueran a más).
En la Universidad -y ya sin hermanas mayores- mi aspecto no mejoró; seguía siendo pálido, terriblemente delgado, con una sonrisa aterradora y con aire un poco afeminado. ¿Cómo iba a gustar a las mujeres? Lo peor es que no era consciente y estaba convencido de que esa imagen era lo suficientemente atractiva, ¡cuánta preocupación inútil!. Ahora sé que tenía que mentir, embaucar, enredar para que alguien me hiciera caso. De ahí nacen historias inverosímiles, hechos y circunstancias que intentaban crear una pantalla que tapara aquella imagen que ninguna mujer deseaba o buscaba; al menos es lo que creía y de lo que estaba convencido.
Quizás, si hubiera asumido que era un chico feíto y algo repelente por sus actitudes, habría asumido también, que tendría que buscar otros argumentos para relacionarme. Pero es una cuestión de supervivencia. El mono feo y débil, ofrece fruta y entretenimiento a la mona guapa, la despioja, quizás no la conquiste, pero no puede competir con el mono guapo y fuerte, con otros argumentos. La mona tiene derecho a elegir y elige normalmente lo más evidente y claro. Pero si el mono feo no se vale de sus estrategias está condenado a extinguirse, al menos, en lo que a su vida sexual se refiere. Entiendo que usar la figura del primate en esta comparación es para simplificar las cosas, al fin y al cabo, no somos tan diferentes.
Nunca he valorado mi potencial capacidad para despertar admiración. Quizás Gilia no se enamoró de mí, pero sí me admiró y mucho. Dejé a mi compañero de piso y busqué mi primer apartamento. Chantal había vuelto a Francia y quizás no volvería a verla. Entonces no tenía demasiadas cosas que llevarme de un sitio a otro, unos pocos libros, una maleta de ropa y una kentia que aún sigue viva y va conmigo dondequiera que voy. En la comisaría de policía conocí a la que luego sería mi ayuda de cámara y quien cuidaría de mis miserias cotidianas. Su hijo había destrozado mi coche durante una borrachera. Ella necesitaba trabajo y se ocupó de mi nueva casa, un ático algo descuidado, pero suficiente. Doña Carmela vino y se quedó, ¡ya no quedan de esas mujeres! Gilia, en su recién estrenada mayoría de edad, me ayudó a decorarlo y se apoderó de una copia de la llave: marcaba territorio. Ella y sus amigas se iban a la Universidad. Hicimos una fiesta para celebrarlo. Comimos y bebimos mucho. Nuestros primeros encuentros estuvieron llenos de calidez, entrega, sensualidad. Comencé a aprenderla, a robar su energía desbordante, me seducía su sonrisa, su olor, sus locuras. Quise atraerla a mi vida de adulto y me convertí en su protector, su tutor, su confidente. Dejó a sus antiguos novios: se sentía orgullosa de su pareja, su exprofesor, estrechamente vinculado con la Universidad; me sentía orgulloso de mi exalumna, seguía mis pasos, la instruía, presumía de ella, sus amigas la envidiaban.
"Su habitación olía a pladur y humedad. El ruido de los demás colegiales tenía personalidad propia. La cama era una loa a la incomodidad. Nos gustaba ir a buenos restaurantes, pero, sobretodo, nos gustaba tomar buen vino; nos relacionábamos poco, buscábamos siempre la intimidad. Aquella noche volvimos a su residencia, teníamos unas copillas encima. Le había preparado una sorpresa. Había grabado una canción en la que relataba nuestra historia, cómo nos habíamos conocido, en la que le pedía que me dijera que me quería y la invitaba a vivir el momento. No era una buena canción, la música era casi un plagio de una de Phil Collins, pero era nuestra canción y, en aquel contexto, resultó conmovedora. Gilia es una mujer insistente, casi obsesiva. Supongo que para mostrarme su agradecimiento, la reprodujo una y otra vez hasta el aburrimiento. El cassette siguió funcionando y le dio accidentalmente a la tecla rec. Se grabó todo. Nos preocupaba que su familia supiera lo nuestro, especialmente su madre; bromeábamos pensando en la cara que pondría si se enterara de las cosas que su hija hacía con su exprofesor. Unos meses después todo se aclaró; me presentó a su familia en un almuerzo formal. Orgullosa de la canción que le había hecho fue a buscar el cassette y lo mostró a la concurrencia. Tras la canción se habían grabado los arrumacos...y la mofa hacia su malhumorada madre. En aquel momento creo que me diluí por la junta de las baldosas. Fue el colofón de mi presentación en sociedad. Supongo que la canción le habría gustado tanto como a su hija." (D.D.A.)
Nunca he valorado mi potencial capacidad para despertar admiración. Quizás Gilia no se enamoró de mí, pero sí me admiró y mucho. Dejé a mi compañero de piso y busqué mi primer apartamento. Chantal había vuelto a Francia y quizás no volvería a verla. Entonces no tenía demasiadas cosas que llevarme de un sitio a otro, unos pocos libros, una maleta de ropa y una kentia que aún sigue viva y va conmigo dondequiera que voy. En la comisaría de policía conocí a la que luego sería mi ayuda de cámara y quien cuidaría de mis miserias cotidianas. Su hijo había destrozado mi coche durante una borrachera. Ella necesitaba trabajo y se ocupó de mi nueva casa, un ático algo descuidado, pero suficiente. Doña Carmela vino y se quedó, ¡ya no quedan de esas mujeres! Gilia, en su recién estrenada mayoría de edad, me ayudó a decorarlo y se apoderó de una copia de la llave: marcaba territorio. Ella y sus amigas se iban a la Universidad. Hicimos una fiesta para celebrarlo. Comimos y bebimos mucho. Nuestros primeros encuentros estuvieron llenos de calidez, entrega, sensualidad. Comencé a aprenderla, a robar su energía desbordante, me seducía su sonrisa, su olor, sus locuras. Quise atraerla a mi vida de adulto y me convertí en su protector, su tutor, su confidente. Dejó a sus antiguos novios: se sentía orgullosa de su pareja, su exprofesor, estrechamente vinculado con la Universidad; me sentía orgulloso de mi exalumna, seguía mis pasos, la instruía, presumía de ella, sus amigas la envidiaban.
"Su habitación olía a pladur y humedad. El ruido de los demás colegiales tenía personalidad propia. La cama era una loa a la incomodidad. Nos gustaba ir a buenos restaurantes, pero, sobretodo, nos gustaba tomar buen vino; nos relacionábamos poco, buscábamos siempre la intimidad. Aquella noche volvimos a su residencia, teníamos unas copillas encima. Le había preparado una sorpresa. Había grabado una canción en la que relataba nuestra historia, cómo nos habíamos conocido, en la que le pedía que me dijera que me quería y la invitaba a vivir el momento. No era una buena canción, la música era casi un plagio de una de Phil Collins, pero era nuestra canción y, en aquel contexto, resultó conmovedora. Gilia es una mujer insistente, casi obsesiva. Supongo que para mostrarme su agradecimiento, la reprodujo una y otra vez hasta el aburrimiento. El cassette siguió funcionando y le dio accidentalmente a la tecla rec. Se grabó todo. Nos preocupaba que su familia supiera lo nuestro, especialmente su madre; bromeábamos pensando en la cara que pondría si se enterara de las cosas que su hija hacía con su exprofesor. Unos meses después todo se aclaró; me presentó a su familia en un almuerzo formal. Orgullosa de la canción que le había hecho fue a buscar el cassette y lo mostró a la concurrencia. Tras la canción se habían grabado los arrumacos...y la mofa hacia su malhumorada madre. En aquel momento creo que me diluí por la junta de las baldosas. Fue el colofón de mi presentación en sociedad. Supongo que la canción le habría gustado tanto como a su hija." (D.D.A.)