lunes, 23 de octubre de 2017

Hola pequeña, la inevitable decadencia

¡Hola pequeña!
   Hace tiempo que no te escribo. Es verdad que he empezado algunos borradores, que tengo algunos temas que tratar relacionados con eso que los cincuentones podemos abordar en relación a nuestra vida sentimental, pero, creo que, en parte, el problema es que no tengo ganas de publicar.

    Por si acaso, a lo mejor lo que me pasa, también le pasa a mucha gente.

   Nunca fui un lector obseso; es verdad que hay algunos libros que marcaron momentos y que no puedo olvidar. Cuando veo que a la hora de escribir se me desliza alguna falta de ortografía, he empezado a preocuparme, a pensar que quizás me he dejado llevar por la cultura de la imagen y he descuidado mis lecturas cotidianas; estoy en el propósito de enmienda. Disfruto leyendo, es verdad, pero también lo es que he perdido los espacios, los momentos y me falta vista y concentración: seguir una historia durante mucho rato me es casi imposible, mi cabeza se va por los cerros de la Tramontana o me invade un agradable sopor al que no me resisto. Lo que llevo peor -esto creo que no es nuevo- son los lapsus de memoria, mi incapacidad para recordar el título de lo que estoy leyendo, el nombre completo del autor y, en ocasiones, hasta el contenido. Las inevitables confusiones, la imprecisión de los datos me inhiben de compartir mi experiencia, de hablar con las personas de lo que estoy haciendo; así no, me quedo en silencio,  por el bien de la literatura.

    Retomando el balance de mis complejos adolescentes, resulta que siguen dando vueltas en mi cabeza. Hice una incursión en el cine pornográfico -por pura curiosidad antropológica-;  me propuse ver completa una película que en sus créditos decía que duraba 41 minutos -creo que nunca había visto una película pornográfica completa-; era la historia de un chico que contrataba los servicios de una prostituta de lujo, pero que al final resultó que era su hermana; a pesar de todo, ella cumplió y él pagó, supongo que en situaciones como esta, los lazos de familia mandan. Reconozco que sentí curiosidad por saber cómo podría ser un encuentro de esta naturaleza, no entre familia, la parte más repugnante de la peli, sino de ese hombre maduro que contrata a una chica más joven para tener una relación puntual. No estuve atento a lo que pasaba; sin embargo, aquellas escenas despertaron fantasmas como la inseguridad, la imposibilidad de una erección, una eyaculación demasiado rápida o demasiado lenta...en fin. Después de una vida sexual relativamente activa, después de suponer que mis complejos ya estaban superados, ante esa ventana puse de manifiesto mi inseguridad, la que siempre ha estado ahí y con la que creo que me moriré. Afortunadamente me demostré a mí mismo -consuelo de tonto- que todo aquello era un fraude; para empezar la película no duraba 41 minutos, apenas 16, por lo que concluí que la resistencia del actor no podía coincidir con el tiempo real,  pero ¿Quién se va a poner a cronometrar una peli porno?

   Otra cosa es la vida real. Hay mucha información sobre la necesidad de mantener relaciones sexuales, con más o menos frecuencia, hay adjuntos sobre las recetas de la felicidad que recomiendan hacer el amor al menos tres o cuatro veces por semana, ¡oh! . Al amparo de esta premisa, cuando cumplimos años nos empezamos a preguntar si hacemos el amor en la medida conveniente. Quienes tienen una pareja fija se quejan de la rutina que quema la pasión  -habrá alguna excepción, claro-; entienden que hacer el amor de vez en cuando es bueno para su intimidad, pero que va dejando de ser una prioridad, ya no cuentan las veces que lo hacen, pero tampoco las que no lo hacen. Otra historia es la de los que no tienen pareja. En algún programa televisivo he visto confesiones un poco bochornosas de hombres cincuentones que hablan de su gran sentido de la liberación sexual, presumen de haber conseguido una inhibición tal que les permite ser promiscuos de manera indiscriminada y ponen en segundo plano cualquier aspecto sentimental en aras de un vivir la vida sin mayores objeciones. Si tuviera la oportunidad les haría un psicoanálisis para que no pudieran mentir, les preguntaría qué tal funciona su próstata, qué tal vigor tienen sus erecciones, con qué frecuencia, si a la hora de meterse en la cama con alguien no les preocupa su panza, sus olores corporales, sus sofocos...Es verdad que se ven hombres de un aspecto impecable, cada vez con más edad, pero hasta que me demuestren lo contario, el paso del tiempo no lo evita nadie y, tampoco, sus consecuencias. En una conversación con un amigo sobre este particular -cada vez más recurrente en nuestras conversaciones- salió con frecuencia el calificativo de "fantasmada" para referirnos a cierto tipo de confesiones; él, que es muy campechano, al hablar de estos conquistadores concluye siempre "que si quieres follar, a lo mejor lo consigues pagando y eso, al final, no nos va", puede ser una buena terapia para afrontar la decadencia.

   Yo me sigo enamorando, no logro disociar sexo y amor. Sigo anclado en las perspectivas más románticas de las relaciones. Después de dar muchas vueltas, de reflexionar sobre nosotros creo que ya encontré la solución a mis agobios, una solución altamente terapéutica, al menos para mí. Un amor de juventud nunca se olvida; nosotros hemos cometido la imprudencia de reencontrarnos después de muchos años y creo que hemos vuelto a pensar el uno en el otro, con una continuidad, como mínimo, suficientemente indicativa de que nuestros sentimientos no han desaparecido del todo. Ya no voy a recriminarte más; a veces he tenido la sensación de que despierto en ti cierto sentimiento de culpa porque la vida ha pintado como ha pintado. Sé que me querías  mucho, que la profundidad y fuerza que tuvieron aquellos sentimientos ya no se pueden reeditar; hoy, como mucho, sigo enamorado de tu recuerdo, pero también te veo tal y como eres y, así, también puedo quererte. Hiciste lo que creíste mejor para ti, eras una chica sensata y vulnerable. En nuestras circunstancias todo parecía en contra y en las de ustedes todo parecía a favor. Decidiste bien, te ha ido bien, has creado una familia, tienes un buen compañero de viaje, creo que nada podría haber sido mejor. En cambio, mira cómo estoy, volando, en las nubes, sin ser capaz de olvidarme de las tonterías y centrarme en alguna forma de vida acorde con mi momento. Este punto merece un brindis y una carcajada.

   Debo volver a hablarte de aquella tricefalia de la cruz. Creo que cuando me preguntaste quién eras tú, ya lo sabías, pero esa es tu estrategia, es tu forma de protegerte;  la mía es preguntarte, y sé que no me vas a responder, pero tengo que hacerlo; forma parte del juego. ¿Ha pasado algo? Sí. Aquella mujer casada, mi afín intelectual, la  vitalista... se enteró de mis ambigüedades, se cansó aparentemente y me bloqueó en sus contactos. Tuve la oportunidad de volver a verla, todo muy formal y caí en la trampa que había evitado hasta entonces: dar explicaciones, justificarme; creo que dejé de ser especial para ella y, a pesar de que noté cierto interés y frustración por lo pasado, ya nada va a ser igual o, simplemente, ya nada va a ser. Me apena un poco porque podríamos haber salvaguardado algún tipo de amistad; también para ella la decadencia resulta inevitable, empieza a estar cansada y aburrida, empieza a ser consciente de sus achaques, tanta inconsistencia le produce mareos. No sé si volveremos a hablar o a comunicarnos. Me quedaré quieto, ahora ya no tengo ganas de seguir, aunque reconozco que en este tiempo siempre fue un buen puerto de atraque.

   El otro palo de la cruz, por el que llegué a sentir cierta obsesión, también se ha ido diluyendo. Creo que lo que siento hacia ella es sentido de la responsabilidad. Ahora no la puedo imaginar como pareja, ni como compañera, ni como amiga...y mucho menos como amante. Un día dejé de mirarla a través de mis filtros emocionales, me puse en su realidad y la venda se cayó. Reconozco que me gustaría volver a verla, incluso salir a tomar algo, pero tengo claro que detrás de mi abrazo o mis besos ya no iba a ver otra intención que no fuera comunicarle mi afecto y mi cariño.

   Habrá hombres maduros que se quieren quedar anclados en las fantasías de las conquistas. Creo que yo entraría en esa categoría. Sin embargo, tomar conciencia de que cada vez serán más fantasías y menos conquistas, puede resultar un poco frustrante, pero a la vez altamente tranquilizador. Si el fin es la seducción, más o menos conseguida, ya el fin no justifica los medios, la recompensa no cubre el esfuerzo, el desgaste, la atención, la previsión, la planificación que supone conseguir que una mujer caiga en tus brazos...además, si eso llegara a suceder...¿Qué ibas a hacer con ella?. Cada vez valoro más mi espacio, mi tiempo de ocio, la tranquilidad que puedes tener cuando llegas del trabajo, la indiferencia ante las tareas cotidianas, el descuido consciente, cada vez te importa menos el qué dirán, el cómo se sentirán los otros -si los hay-, a lo mejor aquel fantasma de la soledad, del no tener ese compañero de viaje, empieza a convertirse en un ángel de la guarda, así también puedo llegar a sentirme bien...No me gusta lo que dijo mi amigo sobre las necesidades biológicas; otro que ya no está decía que "se sentía viejo para enamorar", pero es verdad...si lo que quieres es follar, búscate una profesional, pero si esto no te va, las cosas han cambiado mucho, la gente es infinitamente abierta a cualquier tipo de experiencia, muchas mujeres solo buscan engrosar su perfil vital, el sexo no es un problema, relacionares con hombres maduros, viejos incluso, gente de su misma orientación forma parte de las prebendas de una libertad que nosotros no pudimos vivir y que ahora no siempre sabremos comprender pensando en nuestros hijos; el engaño es historia...quienes creen en el amor podrán entenderlo y te lo agradecerán.






     

viernes, 12 de mayo de 2017

Coño!, soy el otro

  
  
   El egocentrismo propio de ciertas enfermedades mentales hace que el loco normalmente sea incapaz de mirar fuera de la realidad que construye. El patán, en su mundo de fantasía, se monta las historias pensando sólo en aquello que lo pone en valor; por supuesto, no va a dar una perspectiva de asuntos que no le interesen.
   No han pasado muchas cosas desde que les conté que en mi agónica lucha de cincuentón por seguir dando de comer a mi insaciable necesidad ginéfila, me había situado  frente a una cruz de tres brazos. El brazo derecho, la mujer de mediana edad, nueva en mi vida, felizmente o infelizmente casada. El brazo izquierdo, un viejo amor no resuelto, sin apenas recorrido, casi nuevo. La cabeza de la cruz, otro viejo amor, ese sí con recorrido, como un tesoro antiguo, muy valioso que se ha redescubierto no sin sorpresa. El pie de la cruz, lo que va quedando por detrás, la mochila que nos mantiene de pie. Al fin y al cabo, una cruz, y tómese como se quiera.
   Un buen día alguien se cuela en tus correos, ve tu correspondencia, invade tu intimidad; todo aquello que parecía a salvo, que se había pensado con meticulosidad para estar libre de críticas u otras valoraciones, se queda al aire. Y te encojes, te quedas pequeño, mínimo...es algo tuyo que nunca quisiste enseñar. Quizás una adolescente celosa de sus encantos se habría sentido así si le arrancas la toalla al salir de la ducha.
   El diálogo entre dos personas es un espacio único; son tantas las variables que intervienen cuando se aborda un tema, cuando se habla de sentimientos que, fuera de contexto, puede resultar una parodia de lo más estúpida e insustancial. ¿Qué puede saber alguien que está empezando a vivir y que cuida su recién estrenada relación bajo los valores de la eternidad, lo infinito, lo sublime que sólo el amor inocente puede promover?. Todo terminó en una charla cordial, muy cordial para lo que podría haber sido. Una cosa es que didácticamente prediques que las relaciones tienen y deben de ser de una manera, por la preservación del orden social, de los hijos etc. Esa es la teoría. Pero ¿ cómo explicas que la gente se casa,  que no es coherente, que rompe sus promesas y que necesita volver a sentir el fogonazo de la adrenalina del enamoramiento? Si no se vive, nunca se podrá entender y, mucho menos, explicar. Somos inflexibles ante los demoledores efectos de las drogas, del alcohol, pero al final entendemos que son enfermedades incurables. Rara vez nos planteamos que las necesidades afectivas lo sean y que el conseguir nuestra satisfacción justifica cualquier cosa que se pueda llegar a hacer. Supongo que es porque cuando las juzgamos somos potencialmente víctimas; el ser borrachos o drogadictos parece que lo tenemos mucho más controlado.
      Al alcohólico le hablas de las consecuencias en el hígado, al drogadicto le dices que se va a volver loco, al infiel, siempre en el ánimo de que logre corregir su "mala conducta", le hablas de familia, de hijos, de amor, de compromiso y, lo más fuerte, lo que es mortal, le hablas del "otro". Todo habría estado justificado, una posible nueva historia; los correos no eran inocentes, a lo sumo, un poco anacrónicos a los ojos de alguien de veinte años. Pero los correos hablaban de un marido, de unos hijos al otro lado, de una propuesta de quedarte en el rincón oscuro, porque no podía ser de otra manera. Yo lo veo y lo entiendo; de llegar a ser algo no podría ser otra cosa que el "amante", seguramente con los matices que el momento vital impone, "el amante de una conversación tranquila y pacífica, sin reproches, el amante de un paseo, de un intercambio de recuerdos, de experiencias, de espacios comunes...los que probablemente habrán dejado de existir en otras latitudes".
   Pero se descubrió el pastel. No solo fui yo la víctima. También la otra parte recibió lo suyo. Pensé que esas cosas sólo pasaban en las telenovelas. Hoy lo veo con perspectiva. He intentado ser coherente con mis promesas -puede ser un gesto de cariño-; no he vuelto a comunicarme con esa persona, he roto todo contacto, he hecho propósito de enmienda; sé que me vigilan, tienen las claves de mi ordenador, de mi teléfono, los accesos a mis redes sociales. Lo tengo crudo, estoy bajo sospecha y no voy a caer en ese juego, que , como menos , me ha resultado humillante. Así que, cumpliré.
   Si algún día tengo la oportunidad, a lo mejor lo cuento, en directo, por supuesto. Fue bonito mientras duró. Te queda un poco de escozor. Con aloe irá pasando. La cruz se quedó sin un brazo.
     A la vuelta de los días, se deslizaron algunos mensajes. De mi parte unas escuetas disculpas plagiadas de una película americana. De la de ella, el haberme confundido en sus contactos con alguien cuyo nombre empieza como el mío. ¿Seguimos aquí?. Quizás.

   No termina de caer el segundo brazo de la cruz. En cualquier caso sí hay un esfuerzo por redefinir su función. Hoy habría muchas razones para venir al lugar donde un día nos encontramos. Entre ellas volver a vernos. Por momentos imaginé que volveríamos a las aventuras de hace miles de años, que caeríamos otra vez en las locuras del amor clandestino, que seríamos capaces de olvidarnos por unos días de nuestras respectivas realidades. No fue así. A duras penas conseguimos cerrar un encuentro para una tarde. Nada formal. No era ella, no era el gran amor del otro tiempo. Sólo me envalentonó la franquicia de que algo que hubo una vez, podría darse de nuevo. Sin embargo, me sorprendió; fue una cita cordial con una mujer que no me era totalmente desconocida, pero que tampoco era completamente nueva. Comimos en un ambiente agradable, hablamos de cosas intrascendentes, disfrutamos de cierta paz, me atreví con algún requiebro. Pero en la película que creía estar viendo, los personajes ya no encajaban. Habría que reescribir el guion. Ahora ya no es posible. Me encontré con una mujer a la que no sentía como madura, a pesar de serlo. Con una sensualidad infantil terriblemente seductora y una paz en la mirada que sí me era familiar. Sucumbimos a unas caricias posibles, nada más. La pasión se había templado, casi enfriado. Cada gesto chocaba con el cristal de su matrimonio, su fidelidad incólume, su familia, sus hijos, su proyecto de vida; sin aspereza, como ella, como siempre fue, con una dulzura imperceptible, con la delicadeza de quien mide sus gestos y palabras para no herir, para no romper la magia. Podría haberme dicho que el tiempo pasa, que nada es igual; podría haberme invitado a madurar, a dejar la poesía y los gestos corteses, las melodías agradables; podría haberme dicho que en ciertos momentos de la vida empiezan a funcionar otras cosas, igualmente buenas, motivantes; podría haberme dicho que pasara página, que hoy ya nada es posible entre nosotros, quizás una amistad, de lejos y con el contrapeso de que yo fui el otro y que ahora ya no lo soy ni lo podría ser. No dijo nada. Su mirada llegó a ahogarme en algún momento. Mi actitud la hizo sentir incómoda en otros. Llegó la hora de marcharse. Ahora sí, quizás ya no nos volveríamos a ver nunca. Es normal. No somos eternos. ¿Otros veinticinco años?. Imposible.
   Me gustaría olvidarla. Pero ya no me duele su recuerdo. Desisto. No tiene sentido buscar estrategias para acabar con algo que funciona. A mí me funciona. Pero es sólo un recuerdo. Si no intento convertirlo en otra cosa, todo irá bien...para ella, para mí.
   Hay más espacios en nuestros mensajes. Hay ausencias buscadas. Ralentizar la marcha pero mantener la secuencia. Me hace bien saber de ella, sigue siendo un refugio. Nos entendemos, es nuestro mérito, nuestro título, nuestra tesis. Quizás, cuando podamos renunciar a todo lo demás, eso es lo que nos va a quedar...y es mucho.

   El tercer palo de la cruz. Recuerdo a un personaje, tristemente famoso, que ante el fulminante flechazo de la flamenca con la que terminó liado, afirmaba que lo que le estaba pasando no era un calentón de quinceañero, que con cincuenta y tantos la gente sabe lo que es el amor y lo que es enamorarse. El tipo terminó en la cárcel, la flamenca, también, aunque un poco menos; su romance fue un sustancioso negocio a costa de los contribuyentes; supongo que a esto se refería cuando afirmaba que conocía muy bien las veleidades del corazón.
   Aunque siento la tentación de decir que "estoy enamorado", para no mejorar lo presente, vamos a dejarlo en calentón. Es verdad que desde hace tiempo pienso a diario en ella, me recorre alguna fantasía, soporto con paciencia conversaciones insustanciales por el hecho de oírla, intento sin éxito planificar encuentros, guardo celoso en mis archivos algunas fotos. Esto no es amor. A veces estornudar no es síntoma de gripe; como mucho es una pequeña alergia. Llegas a este estado de cosas porque necesitas demostrarte que todavía eres capaz de armar una aventura, de seducir, de conquistar; te debates entre la posibilidad de hacer el ridículo y la indiferencia que te proporciona el pensar menos en lo que te queda que en lo que te falta. Pero sobre todo, llegas a este estado de cosas porque en algún momento calibraste las posibilidades y te dieron esperanza...como cuando eras chiquito. Está divorciada. Vamos al diccionario y consultamos el alcance objetivo de esta situación. Teóricamente está disponible. En este punto empiezan los matices y el palo de la cruz no se sostiene.
   Cuando uno se divorcia corta con un proyecto de vida junto a alguien en todas sus consecuencias. Que estemos disponibles o no para empezar otro depende de muchas cosas, pero, al menos, es una posibilidad. Los aspectos connotativos del leguaje dan mucha libertad. Me habría gustado preguntarle qué es para ella un divorcio. No procede. Esta respuesta he tenido que deducirla y no creo que los indicios puedan ser más claros. Me niego a aceptar que alguien se pueda autocondenar durante diecisiete años a contemplar a su exmarido por el hecho de tener un hijo en común; me niego a aceptar que alguien pueda sacrificar su vida por cubrir apariencias, por no romper lazos familiares políticos; me cuesta mucho admitir que una mujer guapa, rodeada por todas partes de perversos hombres sexualmente activos, no haya sucumbido en todo este tiempo a los requiebros de alguno. Espero que mis intereses me estén engañando y que la imagen que he construido, sea simplemente eso, una imagen.
   Ahora construyamos la película, en dos versiones. Hace unos años su exmarido, por inconstancia e infidelidad, adquiere este adjetivo con sobresaliente. Se van al juzgado y formalizan la ruptura, hacen el convenio y sigue la vida. Él colecciona amantes, el niño crece y empieza la demanda de responsabilidades. Como madre abnegada asume la suya y concreta su frustración en el reproche constante a la negatividad del padre. El primer paso ya está dado. Luego, se separan físicamente; él se compra una casa y se va con la novia de turno que ve a su hijo como un problema y sólo quiere vivir la vida; entramos en la fase del maltrato sicológico; el tiempo va pasando, el niño crece, la madre no vive. Sin embargo, hablan cada día; ella le recrimina como si realmente siguiera siendo su marido; no pasan veinticuatro horas sin que el uno no sepa del otro. Al final todo su círculo familiar asume la minoría de edad del individuo, no es marido, no es padre, no es amante...aporta algo de dinero, va a ver a su hijo al fútbol en donde coincide siempre con su madre a espaldas de su novia. Los papeles aprendidos en los tiempos felices se mantienen, los abuelos siguen reuniéndose en las fiestas de guardar, se hacen comidas, se hacen viajes y el vínculo no se rompe. Es verdad, ella baila salsa, le encanta y es el único placer confesable que le permite afrontar su terrible existencia. Así no hay forma, el conquistador siempre busca el punto débil, la fisura, la grieta por donde pueda hacer palanca. Pero en esta situación, no se puede. El único argumento de su divorcio es su situación legal. Y lo que es peor, lo tiene asumido y no parece necesitar ningún cambio.
   El otro guion que podríamos escribir, más de mi gusto, ofrece la versión perversa, pero emocionante y vital. Ella es una mujer fatal. Desde su ruptura ha habido alguien más en su vida y con el paso del tiempo, en la sombra ha mantenido una o más relaciones paralelas, una o más aventuras ocultas. Si es así, perfecto. Fin de la historia. Nihil obstat. No se ha dado un espacio para hablar del tema, ha escuchado con paciencia mis quejas de amante desesperado y con exquisita elegancia no me ha mandado a la porra. De habérselo preguntado, con todo el derecho su respuesta habría sido "no te interesa".
   Podríamos ponernos en un tercer supuesto, no es de película y resulta terriblemente prosaico. Después de mucho tiempo se reencontró con un viejo amigo, conmigo. Han pasado casi veinte años. Sólo alguien con una enfermiza memoria a largo plazo, puede concebir que en este tiempo el resto del mundo no haya abierto un paréntesis. En un esfuerzo por deshacerme del pasado la intentas ver como la mujer que es hoy, con pareja o sin ella, con una vida o sin ella. Siendo así, como cualquiera, es posible que simplemente no le intereses, que como hombre no estés en su perfil y que por educación y respeto hacia algo que ya pasó, intente mantener una discreta cercanía...que sólo yo, me he empeñado en transgredir.
   A lo mejor, con mi tercer brazo de la cruz,  no soy el otro...simplemente, no soy.