Si hoy contara algunas cosas que han sucedido en este último año, sería eliminar la poca intriga que resta a este relato, cada vez más tedioso, incluso para mí. Me voy a dar otra oportunidad y dilatar, aunque sea en algunas entradas más, el final de este historia. Para quienes no hayan leído lo que precede decirles y no tengan ganas de hacerlo, les comento que un día me puse a escribir, como terapia particular, para contar aspectos de mi vida relacionados con las mujeres que han pasado por ella, convencido de que podría de esa manera poner un poco de orden y encontrar alguna respuesta a mis fantasmas sobre el particular. Sin embargo, lo que cuento está a caballo entre las experiencias reales y el relato imaginario, porque de otra manera habría sido imposible armar un puzle en el que siguen faltando piezas.
Los años pasan, ya no tengo ganas de flirtear, de corretear tras ninguna mujer, porque todas han dejado de ser especiales y porque después de tanto tiempo de escarceos amorosos sin éxito, la pereza me puede. Mi última relación, que duró casi cuatro años, se llevó el bonito saldo de cuatro infidelidades consolidadas, además de las ya existentes (una, para ser más exactos...que yo recuerde). El modo de hacerlo, el de siempre. Aquí estaba el amor de mi vida, ese que tantos dolores de cabeza me causaba y del que solo pretendía, además del calor de su compañia, el reconocimiento de que estaba equivocada con relación al otro, que no merecía la pena y que yo era su alternativa. La mujer fue consecuente con sus sentimientos, creo que casi siempre dijo la verdad, creo que estaba realmente enamorada del tipo equivocado o, al menos, del tipo del que pocas cosas buenas me contó y, en ese contexto, me puso bien fácil el hacer y deshacer a mi antojo, hasta el extremo de que si un día le comunicaba que me iba con otra, en ella, lo único que iba a despertar, era un profundo sentimiento de culpa, y hasta tendría que haber aplaudido mi decisión -a día de hoy no ha sido así-.
Las demás dejaron que me acercara, que las convenciera, querían conocerme y darme o darnos una oportunidad. Mileidys, una hermosa médico cubana, de treinta años, con una forma física envidiable, una entereza de sentimientos y un sentido de la supervivencia que sólo la gente de su país puede entender. En nuestro tercer encuentro, la historia había terminado. Su situación no le permitía salir del país, yo no tenía dinero para trajinar visas, pasaportes o permisos y, a pesar de haberle confesado a su padre mi amor por su hija, no pudo ser. Luego vino una linda mejicana, inteligente, vivaz, capaz de devolver a cualquier hombre interesado y culto a sus mejores momentos de efervescencia universitaria. No sé porqué tampoco pudo ser; sí había dinero, había una buena química y estaba dispuesta a dejarlo todo para venirse conmigo; al final, le propuse que sólo podríamos ser amigos; no lo aceptó, como era lógico. Quizás su consuelo fue saber que mi corazón estaba todavía enganchado del adorado tormento que me rondaba por aquí. No sé si se enamoró, pero hizo gala de la pasión de las mujeres de su mundo, se entregó de corazón y, lo peor de todo es que, quizás no lograra tocar mi alma, pero sí mi inteligencia y por ahí sí que me podría haber sorprendido de los resultados. En la República Dominicana me esperaba otro encanto de persona. Me entristece pensar que pudimos hacernos daño, pero llegado el momento tanto ella como yo reconocimos que no estábamos enamorados. Fueron unos días bonitos, una experiencia para mí y nunca tuve la sensación de que mis decisiones pudieran condicionar su vida, aunque no dudo que le habría gustado intentarlo y que de lejos, su carácter y su simpatía me habrían aportado algo de paz.
Esos viajes "culturales" nunca suscitaron sospechas sobre mis posibles aventuras intercontinentales. El tiempo y la distancia, aunque parezca un tópico, se pusieron de mi parte. Creo que la mentira en estas circunstancias no llegó a ser más que un instrumento sin mayores consecuencias: no tuvimos tiempo de profundizar y no espero que guarden un buen recuerdo, ni una imagen excepcional de mi paseo por sus vidas. Si a alguien le faltó sentido práctico, fue a mí. Ellas ya han rehecho su vida y espero que sean muy felices. No tenía sentido cambiar de estrategia y, en cualquier caso, ya mis infidelidades eran sucesivas, nunca simultáneas. Resultaba demasiado cansado, ya lo dije.
Quizás alguien se podría preguntar si a estas alturas del relato ya ha cambiado mi idea de la fidelidad, mi visión de lo que podría entenderse como manipulación de las personas dentro de las relaciones afectivas. Quizás. ¿Seguirían teniendo sentido estas líneas? Es verdad que mi última apuesta ha sido a "todo o nada". Supongo que muchos cuarentones, casi cincuentones, estarán diciendo que es demasiado pronto para tirar la toalla y que la vida puede dar muchas oportunidades para seguir en el juego. No lo dudo, pero creo que es legítimo que quienes queramos retirarnos lo hagamos. Que podamos o no, que lo consigamos o no, es otro asunto. Yo soy de esos, pero el nuevo panorama pinta complejo.
Hasta ahora conseguir que una mujer se acueste contigo y baile a tu son, aún bajo increíbles promesas de amor eterno, podría haber sido una meta y alcanzarla al precio que fuera, el premio. Si esa visión de las cosas se adorna con toda clase de filigranas y de justificaciones, es otra cosa, pero en el esqueleto, no es más que eso. Sin embargo, la otra realidad, la de los achaques y el inevitable miedo a envejecer planea como bichejo carroñero. Queremos una compañera, es verdad, algo más que un amor ocasional, pero, por otra parte, no sabemos muy bien porqué queremos eso, si toda la vida hemos defendido a capa y espada nuestra independencia. Meter en este barullo de contradicciones a alguien, sí que puede ser demoledor y la última y más nefasta etapa del maltrato sistemático, de la manipulación y de la utilización sin escrúpulos de la otra persona para cubrir los propios intereses, con certificado y contrato.
Pero lo hacemos, buscamos a esa persona que, después de enésimos intentos, recreamos para que encaje en un perfil del que, a través del tiempo, hemos ido eliminando casi todas aquellas cosas que no nos gustan. Como la base del fracaso de las anteriores historias había sido la infidelidad sistemática - o al menos esa es la aparente conclusión a la que hemos llegado-, ahora sólo se trata de eliminar ese "pequeño" inconveniente, para sumergirte en el infierno de una relación normal, equilibrada, con sus vaivenes, y sobre con el ingenuo convencimiento de que, por fin, vamos a contribuir a ser uno de esos núcleos que estructuran nuestra sociedad, que seremos una familia y que, al menos a efectos contributivos, ya seremos uno de los grupúsculos iniciales de todo este modelo desafortunado.
Esta vez sí, no me he acostado con nadie que no sea ella en casi un año. Digamos que sí ha habido algo de infidelidad no consumada y puntual. Pero para mí ha sido tan anecdótico que no ocuparía ni una línea en este párrafo. Mi sorpresa, en cambio, sigue siendo que, a pesar de todo, que a pesar de mi convencimiento de que los "cuernos" están en la base de los conflictos de la pareja, pues va a ser que no. Y es ahí donde se abre un nuevo capítulo: ¿Si los dos son fieles, se llevan aparentemente bien, tienen buena química...por qué carajo se empeñan en joderse la vida al proponerse estar juntos?.
Si sigo contando historias de mi pasado, es porque ahora sí quiero llegar al punto de inflexión en que lo de antes termina en lo de ahora. Pero me interesa mucho más en este momento desenmascarar cómo desde la posición de "macho dominante" se le puede hacer imposible la vida a una mujer, o, a la inversa, cómo una mujer le puede hacer imposible la vida a un hombre, aunque no sea la "hembra dominante". Y a tragar que es lo que toca, para lo bueno y para lo malo. Si aquello de lo que te privas, va a tener alguna compensación, es algo que todavía tendré que analizar con calma.