martes, 28 de abril de 2009

En la Universidad (II)



"Si las cosas están de acuerdo con la naturaleza, entonces estarán bien" (Marco Aurelio)

  
   Sólo con el tiempo me he podido dar cuenta de lo hermosa que es la inseguridad, lo imprevisible de la vida, y el que las cosas puedan cambiar. En primero de carrera hubo muchas experiencias intensas, momentos de gran humanidad, de proyectos solidarios, emotivos encuentros con gente nueva. En lo más íntimo seguíamos nuestras creencias religiosas, rezábamos para que las cosas nos fueran bien, participábamos en las cosas de la iglesia y nadie se cuestionaba nada. Había dos clases de estudiantes, los buenos, sinónimo de católicos practicantes y a los que, por la gracia divina, todo les iba a ir bien; y los malos, los que se enfrentaban a la policía, los que fumaban droga y se emborrachaban sin control, los antisociales que llevaban a sus novias a los pisos para tener sexo extramatrimonial. Esa división estaba perfectamente arraigada en nuestra mente, no nos parecía discriminatoria ni ahondábamos en las razones de porqué era así. Elegimos mantenernos en el bando de los buenos. Eso sí, pronto encontré algunas ventajas que eran menos abstractas. Por ejemplo, ser buen estudiante, asistir a misa y tener antecedentes de católico modelo, me daba acceso preferente a los colegios de chicas y me otorgaba ciertos privilegios para entrometerme en aquel mundo.
  
   "Teníamos un piso magnífico. Tres habitaciones que compartíamos los cinco amigos de siempre. Nos propusimos desde el primer momento tenerlo todo impecable, organizado y limpio. Establecimos turnos y aprendimos a cocinar. Creamos un sano ambiente de estudio y, al principio, esto era lo único que parecía preocuparnos a todos. Pero era inevitable que, en esas nuevas circunstancias, siendo totalmente independientes, pronto empezaran a transitar por allí las amigas de unos y de otros. Como éramos de los buenos, y dos de las habitaciones eran compartidas, las cosas no pasaron de alguna invitación formal a comer o de compartir un rato en la zona común, el salón. Creo que la idea de vendernos como "un buen partido" ya rondaba por nuestras cabezas."
  "Carmen Rosa empezó primero. Se fue a la ciudad universitaria, ya estábamos juntos. Aquel verano transcurrió con tranquilidad, me preparaba para sacar mi carnet de conducir y ella me acompañaba siempre que podía. El resto del tiempo jugueteábamos en pandilla. Aún no nos habíamos besado, pero seguíamos ahí." 
 "Después de varios intentos, encontró un piso no muy lejos del mío que compartía con unas amigas. Éstas se marchaban los fines de semana por lo que ella se quedaba sola. No fue fácil para ninguno de los dos; la idea de dar el salto para quedarnos bajo el mismo techo era algo bastante complejo. Pero como caballero, la idea de que pasara sola las noches de los fines de semana, en una zona algo apartada, no me gustaba nada. Así, poco a poco, la fui convenciendo de qué era lo mejor, que podríamos estudiar juntos y así estaría más acompañada."
   "Mis hormonas habían quedado algo desordenadas después de mis escarceos con Nieves. Granada fue un episodio de casta dedicación al estudio. Ahora, las cosas eran diferentes. Nunca habíamos sobrepasado el límite de nada, ni siquiera el de darnos la mano en público, pero a mí me gustaba demasiado. El sexo estaba demonizado en nuestras cabezas, nuestros amigos y amigas actuaban como censores permanentes. Dormir bajo el mismo techo, los dos solos, habría sido un acto de lo más perverso y pecaminoso, pero parecía inevitable."
  "Y así comenzó un nuevo calvario. Los sábados por la noche la iba a ver, pasábamos largos ratos hablando de las cosas de la universidad. El pacto era que nada de sexo y que a partir de cierta hora tenía que volver a mi casa. Una de estas noches me recibió con un camisón de cuento. Sus pequeños pechos se transparentaban. Nunca supe si lo hizo a propósito, si fue su forma de decirme que también me deseaba. La besé por primera vez y se quedó de piedra. Cerró sus labios, pero no me rechazó. Fue como besar el mármol. Con la misma rigidez la invité a ir a la cama, tuve que sentarla, y luego recostarla, seguía sin moverse, era como un maniquí. Fue el primer paso. Yo no tenía ni idea de qué era lo que quería o lo que buscaba. Teníamos que improvisar y lo único bueno que sabíamos es que si no traspasábamos ciertos límites, no habría un embarazo que era lo peor que podría suceder. El tiempo fue pasando, ella seguía esquiva; yo la deseaba mucho, pero a pesar de que nos encontrábamos con frecuencia, que ya había logrado dormir con ella, que teníamos grandes espacios para nuestra intimidad, nunca pasamos de las terribles calenturas que provocaba su cercanía y nuestros arrumacos. No sabía, jamás me habría atrevido a forzarla a hacer algo que ella no quisiera, me aguantaba y punto. Creo que esa actitud era también buena para mí, compartíamos los mismos miedos y estábamos perfectamente programados para no salirnos de nuestro esquema de estudiantes modelos...lo demás era secundario" (D.D.A.)


domingo, 26 de abril de 2009

Hacia los dieciocho. En la Universidad (I)



"(...)las mujeres y los hombres que llevan dentro esa inclinación fatal se reconocen y se descubren muy rápidamente (...) hay muchos hombres que siempre están al acecho de una aventura más o menos. Mariposean en torno a nosotras, quiero decir en torno a aquellas que les parecen accesibles, hablan mucho, nos dicen que están locos por nosotras en el primer baile y en realidad sólo desean una aventura (...) los otros, en cambio, son otra cosa. A menudo son más bien torpes, poco habladores, disimulados, poco coquetos. En resumen, nunca te los imaginarías como conquistadores, como donjuanes irresistibles. Pero de pronto, sorprendes en ellos un gesto, una mirada ardiente, que te desnuda, llega hasta el fondo de tu cuerpo, y te deja con las piernas flojas y a su merced" (Cellard J., Diario poco decente de una jovencita)

   Estando todavía en Granada, mis amigos lo organizaron todo para que volviera a casa. Consiguieron una pensión que, a falta de otros puntos de referencia, no estaba tan mal. La regentaba una señora gorda e inmensa, casada con un espárrago esquizofrénico que gritaba como un poseso y golpeaba cualquier cosa porque no se atrevía a acercarse a ella. De esta cándida unión nació un angelito megacefálico, tan tarado, o peor, que su padre y que, muy bien, podría haber salido de una página de los esperpentos. Aparte de la dudosa salubridad del lugar, del hecho de que a veces nos encontrábamos en el plato los restos del compañero que nos había precedido, y de que la dueña cerraba la cocina con llave, para evitar incursiones no controladas, allí estábamos bien.
   La pensión estaba dividida en dos partes. Una para los chicos, otra, para la única chica que residía. Si hay que hablar de algún tropezón que perturbara nuestra plácida vida académica, ese fue el que protagonizó Aleida. La teoría de que los polos opuestos se atraen, en este caso, se fue a pique. Esta chica, mayor que todos nosotros, estaba tan loca como el resto de la familia, con el agravante de una ninfomanía no reconocida que despertaba en nosotros los más oscuros deseos...sólo eso;  cada vez que alguno conseguía llevarla un rato a su habitación, nuestra imaginación se disparaba.  Sin embargo, casi podría asegurar que ninguno pasó más allá de deleitarse con mirar sus generosas carnes un poco más cerca, y  de forma un poco más en exclusiva, que cuando paseaba por el comedor común.

   Mi compañero de habitación no salía con nadie; mi otro compañero, que había empezado medicina, estaba calado hasta la médula por la que más tarde sería su mujer. A la habitación del fondo, casi nunca llegaba, por tanto fantaseaba bastante ante las andanzas de Aleida por aquella parte. Yo, en teoría, salía con Nieves y, un par de veces por semana, hablábamos por teléfono. Sin embargo, así como Toni hablaba siempre de su novia, yo nunca nombraba a la mía. Si bien Toni se veía torturado por el deseo de aquella loca, su sentido de la fidelidad era la justificación a su comportamiento impecable. Por el contrario, no recuerdo que eso me rondara por la cabeza; de haber tenido una oportunidad no la habría sabido aprovechar, pero Nieves nunca supuso un problema.
   El cambio de sitio, las nuevas amistades, la Universidad, alborotaron definitivamente la poca estabilidad emocional que había mostrado hasta el momento. Pero todo de pensamiento, nada de obra. Fue, entonces, cuando conocí a Nazaret. Tenía unas profundas ojeras, el pelo corto, morena y de voz grave, con un dejo de tristeza bastante extraño. Estaba en la misma clase que yo y me fui encaprichando con ella. En su residencia de estudiantes, sólo para chicas también, participábamos en algunas actividades que servían de pretexto para verla fuera de las aulas. No tardé mucho en declararle mi amor, y ella no tardó mucho en decirme que tenía novio, que era mayor que yo y que le quería mucho. A pesar de todo, no tuve inconveniente en hablarle de Carmen Rosa, mi bailarina de entonces, y dueña de una canción con ese título que ya no recuerdo. Nunca le nombré a Nieves. Fue una historia que me generó mucho dolor. Carmen Rosa me escribía, me contaba lo difícil que le resultaba el curso de ingreso y, en una de esas cartas, me nombró a Nazaret y me hacía una cauta llamada de atención. ¿Cómo se había enterado? Tenía una amiga cercana, la observadora, la que todo lo ve. Se dio cuenta de lo que estaba pasando entre nosotros y se lo contó. Aunque Nieves me fue a visitar a la pensión, aunque en aquellos carnavales me atreví a llevar mi mano  un poco más allá, en las siguientes vacaciones rompí con ella. Le expliqué que Carmen Rosa había vuelto a mi vida y que el curso siguiente estaríamos juntos. Unas lágrimas silenciosas corrieron por las mejillas, nos despedimos y pasaría mucho tiempo hasta volvernos a encontrar y saludar. Pronto rehizo su vida; mientras, yo seguía descalabrado con la mía.


"Salía con Nieves, tenía sueños de adolescente, me gustaba la seguridad de su mundo y, en nuestra intimidad, no había urgencias; para mí la meta seguía siendo el matrimonio. Carmen Rosa me escribía de vez en cuando, eso me devolvió el interés en ella; ahora sí acudía a las fiestas, salía con nosotros, que ya éramos interesantes porque éramos universitarios; después de romper con Nieves, nos escapamos algunas vez, siempre en grupo y nunca pasó nada que no fuera una callada complicidad. Nazaret se convirtió en mi obsesión. Especialmente después de saber que tenía novio, la perseguía, la celaba, me enfadaba con sus desplantes. Un día me dijo que no era su novio la causa de su rechazo, intentaba convencerme de que Carmen Rosa era una buena opción en mi vida. Al final de ese curso nos enteramos que había decidido meterse a monja. Habría dado cualquier cosa por un beso y un abrazo. Me lo dio para despedirse para siempre." (D.D.A.)


En el día de hoy... un momento, hace diez años


  Cuando te acostumbras a vivir de una manera, lo único que puedes esperar es que una tormenta te arrastre, que pase algo que te aparte de la rutina y así, con buena suerte, empezar de nuevo. Pero sé que eso ya sucede cada vez menos. La carga va contigo a todas partes, aunque te vayas lejos. Nunca he probado las drogas, nunca he fumado, me tomo algunas copas, pero si depender de algo es lo que me sucede, no sé si algún día voy a poder superarlo.
   Anoche, de madrugada recibí una llamada al móvil. Etzel se supone que había encontrado el amor de su vida, fue ella quien me habló de su nueva situación, no noté entusiasmo, pero tampoco desinterés. Anoche, de madrugada, Etzel volvió a llamar. No una vez, tres veces. Estaba de juerga, había tomado unas copas. De una simple conversación amistosa, en la tercera llamada, ya con bastante ron encima, terminamos hablando de amor, de la importancia que nos dábamos el uno al otro, despertó mi ego alabando mi inteligencia. Volvieron las expectativas de encontrarnos y conocernos. Reconozco que no me disgustó, al fin y al cabo, el otro no pudo ocupar mi lugar. Pero no puedo con sus armas, me lía, me embauca. Cuando me planto, sabe que cambiaré de opinión, no le importa que no coja el teléfono o que le dé disculpas o le hable de mis auténticos sentimientos, insiste. Me doy cuenta de la inutilidad de la evidencia, creo que nada puede impedir que ella juegue así conmigo. Es machacona y, ahora, resulta que piensa que me hace bien y que la necesito. Si le digo lo contrario, apela a su condición de mujer, a mi carácter grosero y no complaciente. Reconoce que me llama a esas horas para comprobar que duermo solo. Es la expresión más agresiva y triste del "no amor".  

miércoles, 22 de abril de 2009

De los catorce a los diecisiete (IV)

  No sé muy bien cómo comenzó mi relación con Nieves. Pero dio de sí. Los veranos de mi pueblo son, a veces, bastante calurosos, pero al atardecer suele correr una agradable brisa que invita al paseo. Nieves pertenecía a las hermanas Monterrey, una familia muy bien situada en el Valle. Empezamos a vernos una tarde tras otra, sin quedar previamente. Un día le dije -"qué curioso, nos encontramos todos los días y nunca quedamos, esto debe significar algo..." Así entré en su vida con todos los honores. Pronto fui de la familia; su hermana mayor nos llevaba de paseo en su coche, -pues era la única que conducía- y ,muchas veces, lo arreglaba para que nos quedáramos solos. Pronto llegó el que sería mi primer beso de amor. Fue en la playa, en una de aquellas cálidas tardes de verano. Cuando nos despedimos, ya pensaba en volvernos a encontrar al día siguiente, porque ahora, -estaba seguro- iban a empezar a suceder cosas más interesantes. Y así fue; buscábamos lugares oscuros y apartados para entregarnos en apasionados abrazos con la torpeza de nuestra inexperiencia. Los tequieros fluían de forma natural en la medida que mis manos intentaban explorar un poco más cada vez. Entendí entonces, por primera vez, que el sexo no era solo cosa de hombres, que a una mujer también podría gustarle, que tal vez lo pasaban bien, que no hacía falta demasiada retórica para escaparnos a retozar un rato. Estábamos enamorados, así lo sentía, soñaba con el día de nuestra boda, imaginaba, incluso, cómo iba a ser nuestro lecho nupcial.

   Nieves estudiaba en el Instituto. Carmen Rosa seguía en el Colegio de Monjas. Cuando mi relación con Nieves fue evidente, no rompimos, porque, simplemente, no habíamos empezado. Seguíamos formando parte de un grupo de chicos y chicas que hacíamos algunas actividades de tipo religioso, nos disfrazábamos en carnaval o nos reuníamos para celebrar la Noche Vieja. Nieves no estaba en ese grupo.

  El tercer curso de Bachillerato me llenó de energía. Me sentía feliz, iba bien en los estudios y veía a Nieves en los recreos para besuquearnos en algún rincón discreto. Los fines de semana, sus hermanas los organizaban con meriendas, paseos o incursiones en discotecas de mayores. El verano de ese año fue para Nieves de recuperación porque le costaba un poco estudiar; yo la ayudaba con gusto y aprovechábamos para estar juntos mucho más tiempo. Nunca se me pasó por la cabeza acostarme con ella. Nuestros juegos sexuales no pasaban de un límite...soñaba con nuestra noche de bodas, no podría ser de otra manera. Carmen Rosa quedó en segundo plano, dábamos por supuesto que aquella historia había terminado. Pero ella nunca salió de mi vida, aunque yo entonces no lo sabía.

   Me fui a hacer el curso de ingreso a Granada. Me seguía tirando mucho mi interés por una buena formación. Esta separación en el espacio la asumí con toda la madurez que supe y pude. Hablaba con Nieves cada Viernes, desde el teléfono del colegio. Llegué a comprender que parte de la tristeza que me embargaba en aquel lugar, y que estuvo a punto de costarme el abandono, se debía a nuestra separación. Octavio, mi compañero de habitación, no se avergonzaba de haber dejado a su novia, ni de sentirse mal por no poder estar con ella. Yo lo criticaba, le decía que no podía entender cómo para él era tan importante, más, incluso, que sus estudios. Él se marchó en Navidades, retomó su relación y esa chica luego fue su mujer. Yo me quedé. Estaban pasando demasiadas cosas en mi recién estrenada "pre-adultez", muchos cambios, pero me sentía bastante normal al poder estar saliendo con alguien, con alguna chica. 

   Al llegar a Granada conocí a Encarna; los chicos de mi edad eran más sociables; vivían en contacto con la población universitaria más que con la del colegio; la diversión y la  alegría, los sueños y la paulatina recuperación de la libertad perdida durante la dictadura destacaban en ese entorno. En una fiesta de principio de curso, a la que me invitó, tuvimos muestro primer encuentro extraescolar. Estuvimos sentados y nos tomamos de la mano. Hubo algún tipo de atracción, pero no pasó de ahí. A los pocos días me escribió una carta y me la dio en clase. Se disculpaba por no poder continuar la relación conmigo, me explicaba que no veía interés y que estaba demasiado preocupado por mis estudios. Esta decisión que, pensando luego, creo que supuso para ella un esfuerzo emocional importante, a mí me dejó completamente indiferente. No sabía que estábamos saliendo, ¿cómo íbamos a romper?. Es otro de los grandes misterios de la comunicación hombre mujer que sigo sin resolver.

   Gloria López era una chica un poco regordeta, de piel blanca y larga melena oscura; con unos ojos verdes y grandes que me recordaban, algo, a los de esas vírgenes dolorosas de la pintura barroca. Era francesa, aunque sus padres eran españoles. Nos hicimos buenos amigos; creo que nos unió nuestra soledad y el interés por el Hebreo, sí, el "hebreo" la antigua lengua judía que estaba de moda por aquellos tiempos en la facultad de semíticas. Residía en el Colegio Mayor que estaba enfrente del mío y al que sólo podíamos acudir los domingos con invitación. Vivimos nuestra pequeña historia con cierta dosis de dramatismo. Yo le hablaba de Nieves; no nos gustaba  mucho salir, y eso nos permitía quedar al margen de las marchas lúdico-festivas organizadas por los otros colegiales. Nos limitábamos a dar paseos por los jardines, a ir al cine y, ocasionalmente a darnos alguna escapada por la ciudad a plena luz del día. Al abandonar Granada, pasamos una tarde juntos; filosofábamos sobre lo injusto del destino, la incertidumbre del futuro y cosas por el estilo. Creo que lloraba un poco, sentí húmeda su mejilla cuando se la besé y apreté su mano. Nunca más volví a saber de ella.

   Terminé el curso con un éxito inesperado, aprobé las pruebas de acceso; más tarde decidí dejar Granada para venir a la Universidad de mi tierra. Sentía nostalgia, mis amigos estaban aquí, me sentía apoyado y, aunque no estaría con Nieves, sí estaría mucho más cerca de ella.

domingo, 19 de abril de 2009

En el día de hoy


   Yo no recibí una educación para afrontar los cambios que implica la madurez sexual. Los adultos que me rodeaban tampoco me transmitían claves para entender aquellos milagros y novedades. Quizás me identifiqué con el carácter masculino que existía en mi entorno, un carácter absolutamente machista, en el que las mujeres eran objetos sexuales. Nunca recibí mensajes acerca de la importancia de tener una pareja, de las implicaciones humanas que esto suponía. Del único amor del que se hablaba es del que emanaba de la iglesia y de los curas, hacia los que sentía una fea e instintiva aversión. Había una profunda contradicción entre aquella idea melosa del amor espiritual, que suponía entrega, solidaridad, sacrificio a cambio del premio de la vida eterna, y ese otro amor carnal e inmediato, placentero y muy de hombres. El acto sexual era la perfecta representación del dominio sobre unos entes más débiles, ariscos, que había que doblegar, era la penetración de la espada en el vientre de la víctima.

     Y todos estábamos, más o menos, en el mismo lugar, no sabíamos nada. Creo que cada uno obtuvo de su entorno lo que consideró más adecuado a su naturaleza. Creo que la imagen que se vivía en cada hogar sirvió para enseñar el respeto entre las personas o para que se perdiera definitivamente. En aquellos tiempos, los referentes eran particulares y los círculos de relaciones muy limitados. Quizás eso fue lo mejor que nos pudo pasar, por eso y gracias a eso, somos diferentes, tenemos personalidades definidas. Hoy, por el contrario, vivimos en la época de la unificación del pensamiento, de los medios de comunicación de masas. Estamos de acuerdo en que la apertura a la información, la educación y la liberación de las manipulaciones ha evitado que existan muchos tarados, pero también están evitando que surjan personas originales.
    
   Quienes tuvieron la suerte de vivir en un entorno familiar sin conflictos económicos, con unos padres que dedicaron tiempo a sus hijos porque no lo tenían que agotar en el trabajo; quienes tuvieron unos padres capaces de expresar sus sentimientos ante sus hijos, capaces de no transmitir el miedo a las leyes restrictivas que ponían en peligro sus vidas, seguramente recogieron aspectos positivos y edificantes de las relaciones humanas.

    Mi realidad y mi carácter forjaron mi personalidad, construyeron mi armadura que, con el tiempo, terminaría ocultando todo  el sentido crítico hacia mi comportamiento. Siempre recibí de las mujeres, que me criaron y me mimaron, siempre las vi sacrificándose y trabajando en la casa; nunca vi que recibieran nada a cambio, ni un gesto, ni una caricia, ni un beso...al menos, yo no lo vi. Cuando empecé a tener sentido del riesgo, cuando empecé a tener miedo, me contaron el cuento de Dios, del Cristianismo, de la vida eterna, del pecado. Me metieron a sangre y fuego que el cuerpo tiraniza el alma, lo único realmente importante, que el cuerpo era mi enemigo al que debía martirizar y mantener en línea; no me dieron otra opción.
 
   Quien es impulsivo por naturaleza, si quiere algo lo consigue del modo que sea. La represión sobre un carácter así, resulta mucho más peligrosa, mucho más explosiva. Sin embargo, la generosidad excesiva puede ser la otra cara de la moneda: a veces en la lucha por conseguir cosas, dejas muchas otras por el camino: algún precio hay que pagar.  
   
   Carmen Rosa vivía, como mujer, los mismos conflictos que yo a este nivel ,con el agravante de su sexo. Yo iba demasiado rápido y pronto la convertí en culpable de que las cosas no fueran bien. Adela y Ángeles eran mucho más abiertas, más liberales, diríamos hoy. Eran una meta que yo intuía como más accesible. El hecho de que tuvieran pareja no era un obstáculo tan grande ni comparable a las objeciones que Carmen Rosa me ponía. Ahí empieza mi primer ajuste, equivocado, por supuesto, pero fue una salida. Cuando no obtenía de alguien lo que quería, lo buscaba en otra persona. Esa pauta se ha repetido a lo largo de mi vida emocional. Ya entonces existía el sufrimiento y el miedo porque no lograba ajustarme al engranaje del resto de la gente, porque no entendía lo que suponía querer a otra persona si no era para obtener un beneficio a cambio. Pero era un sufrimiento irracional, infantil, el que me impidió, luego, ser consciente real del alcance de mis acciones. Luego vendría la racionalización, y con ella la frialdad, la incapacidad para amar y dejarme amar, ¿soy realmente incapaz de amar y de dejarme amar?. Se ha ido convirtiendo en una lucha por sobrevivir, por cubrir mis necesidades.  Mi auténtica personalidad se fue transformando, cubriendo de muchas capas de maquillaje. 

domingo, 12 de abril de 2009

De los catorce a los diecisietes (III)



No aclarado el enredo con Carmen Rosa, que aún seguía muy presente en mi corazón, empezaron las clases del Instituto. El curso era numeroso, por primera vez, en mi vida de adolescente, iba a compartir un espacio en el que había chicas y chicos, sin ningún tipo de división horizontal que nos separara. A mí, realmente, no me preocupaba demasiado el tema; ellas se sentaban juntas en bancos de a dos, y los chicos hacíamos lo mismo; si un chico y una chica se hubieran sentado juntos, de inmediato, habrían surgido suspicacias. Ni los hermanos Calero Lirio se permitieron esa licencia. El Instituto era algo serio, allí se iba a estudiar, eso lo tenía claro; la mejor forma de sentirme reconocido era estar a la altura de las exigencias de mis profesores. Y me apliqué con todas mis ganas.

"Con Carmen Rosa no salía apenas. Nos veíamos algún sábado, en misa o en alguna fiesta señalada, también relacionada con alguna celebración religiosa. No me generaba ningún tipo de inquietud, ni tampoco de responsabilidad. Pero el pertenecer a un instituto laico me daba un nuevo perfil, más liberal, más abierto; había muchas chicas en donde elegir y, quizás, alguna quisiera tener una experiencia sexual conmigo. Aparecieron dos musas, caprichos del espíritu, una morena y otra rubia. Ángeles, la morena, era regordeta, con una mirada pilla y sugerente. Mayor que yo, tenía un novio, lo que descartaba cualquier posibilidad de acercamiento; sin embargo, terminamos siendo muy buenos amigos y, como mujer, me introdujo en algunos misterios que aún desconocía. Hablábamos de sexo y nos tomábamos algunas copas con mucha prudencia cuando, con el pretexto de hacer los deberes, yo iba a su casa. Las cosas con Adela fueron más complicadas. Adela era, más que rubia, pelirroja, de una piel blanca con algunas pecas, una dulce melena y unos ojos marrones pequeños, pero muy expresivos. Tenía un cuerpo hermoso, perfectamente desarrollado. Algunos sábados quedábamos en su casa; yo le intentaba explicar matemáticas como podía y creo que mi cercanía no le disgustaba. Compartíamos la afición a Los Pecos y, a veces, discutíamos sobre su más que cuestionable calidad musical. Ángeles y Adela se casaron con los chicos que conocieron entonces. Las acompañé alguna vez a la discoteca de moda. Aprendí entonces qué era "darse un lote", porque Ángeles y su novio, en la penumbra de aquel antro, se revolcaban sin tregua; Adela y yo mirábamos para otro lado, supongo que mezclando una dosis de envidia y desaprobación. Un sábado fui a casa de Adela a estudiar matemáticas, como ya iba siendo habitual. Era un poco temprano, y me recibió con una batita de flores rosas, diminuta y que dejaba ver, perfectamente, la blancura de su ropa interior. Como no había nada entre nosotros, nada debía pasar; sin embargo, la proximidad y la intimidad hicieron que perdiera mi concentración en aquellas operaciones de combinatoria.  En los siguientes encuentros ya se ocupó de aparecer bien vestida. Aquellos dos primeros cursos pasaron sin pena ni gloria. Era una rutina feliz en la que, cada vez, me metía más en mis estudios. El éxito y la seguridad que me producía el trabajo bien hecho, hicieron que los aspectos personales quedaran en un segundo plano. Ángeles y Adela seguían siendo mis amigas especiales; me necesitaban para que les echara una mano en los temas escolares, y yo necesitaba su cercanía femenina y, en particular, el hecho de que me hacían sentir importante por saber cosas, por controlar los estudios (esto, ya entonces, no era bien visto; el término de empollón resultaba algo peyorativo). Adela me invitó aquel verano a su caseta de la playa. En aquella ocasión las cosas se pusieron mucho más complicadas para mí. Estuvimos un rato dentro, hablando y jugando a las cartas. Luego ella quiso ir a tomar el sol. Su bikini era la expresión imprescindible para cubrir sus encantos. Se tumbó sobre un neumático viejo que usaba como flotador, con las piernas ligeramente abiertas y levantadas y con su cuerpo hundido en el hueco de aquella rueda. Me senté a su lado. Sus pechos los cubrían dos triángulos minúsculos y ella se soltó las cintas que los mantenían para evitar las marcas en la piel. Entre sus muslos, aquella torturante y golosa colina suave, cubierta apenas por otro triangulito de tela. Supongo que el calor, el olor a mar, la brisa, consiguieron despertar sus indefinidos deseos. Dejó que dibujara su cuerpo con la punta de mi dedo; sus pezones se erizaron y el vello dorado de sus brazos se puso igualmente de punta; así, jugué un rato hasta que intenté tocar su boca, tomó delicadamente mi mano, la apartóy se terminó la sesión. Fue una experiencia bonita, Adela es un prototipo de mujer que me sigue gustando. Esa tarde, me fui a las fiestas de la patrona de mi pueblo, quedé con mis amigos de siempre. Esa tarde tampoco vi a Carmen Rosa.




"Cuando en fases tempranas de la consolidación de la personalidad, no se ha trabajado la integración de los conceptos de amor y sexo, se pueden producir conflictos que derivan en comportamientos, aparentemente, anómalos. Si se han fijado patrones éticos sobre determinados comportamientos,-en este caso la idea de la fidelidad-, son éstos los responsables de la jerarquía de valores que el individuo establece. En los antecedentes de un chico, al que se le indica que la sexualidad va vinculada al compromiso matrimonial, que fuera de ese marco es algo condenable, se establece, a nivel inconsciente, una división entre deseo, instinto y amor. Cuando desea a una mujer, basándose en esa división clara, no siente necesidad de implicar el "objeto amado" en esas conductas. A nivel personal no experimenta sentimiento de culpa, a nivel social sí. Esto promueve, necesariamente, actitudes reactivas que se concretan en la mentira, en la ocultación, en el desdoblamiento personal. Cuando esta situación se cronifica, deriva en trastornos neuróticos, más o menos severos que afectan a una socialización normal, con una alta incidencia de pseudopatías vinculadas a su vida afectiva" (A.C.)


   .

miércoles, 8 de abril de 2009

De los catorce a los diecisiete (II)

   
   Aquella chica me gustaba realmente. Carmen Rosa bailaba en mi cabeza, pero en aquella época, no era fácil empezar una relación y, menos con mis antecedentes de niño sucio y desaliñado...esto lo olvidé pronto. Sin embargo, el haber sido alumno del colegio de monjas, donde ella estaba, y mi repentino interés por actividades espirituales y de catequesis me abrieron las puertas para que, al menos, ella supiera que existía (" Cuando Carmen Rosa empezó a atraerme hasta los huesos, me sentía insignificante y totalmente vulnerable al más mínimo gesto; hicieron las típicas fotos de fin de curso. Ella me regaló un primer plano de su cara que aún no he podido olvidar; apenas habíamos cruzado palabra y, sin pedírselo, tuvo ese detalle. Pensé que sus escudos habían caído y yo bajé la guardia"). 
   Todo empezó a andar, siempre buscaba la oportunidad para verla. Íbamos a catequesis juntos y yo la esperaba a la salida; después, me dejaba acompañarla hasta la mitad del camino hacia su casa, al salir de misa; intentaba prolongar las despedidas, pero siempre mantuve una distancia respetuosa. Aquel verano, tras terminar la EGB, me preparaba para ir al Instituto. Era un paso importante en la carrera de un estudiante. Tuve dos dilemas, primero, quería ir a la formación profesional, pero esos estudios eran para los torpes; mis padres, afortunadamente, me disuadieron. El segundo dilema es que Carmen Rosa continuaría en el colegio de las monjas, y eso suponía perder todas las coartadas que teníamos para vernos. Llegó la Fiesta de la Piña en septiembre; las verbenas o los guateques de El Casino nos daban la oportunidad de algún acercamiento. Creo que entonces, como ahora, no sabía bailar, pero tenía cierto sentido del ritmo y eso me permitía salir airoso. No habíamos quedado, pero como aquella fiesta se celebraba en su barrio, había muchas posibilidades de encontrarla. Y así fue. Tenía un bronceado intenso; la camiseta blanca de algodón lo resaltaba aún más, al igual que sus más que razonables pechos, que terminaron con las pocas defensas que me quedaban. Bailamos toda la noche bajo la mirada atenta de su madre. !Por primera vez la tocaba!, notaba su cercanía y, ¡esos pechos!, ¡cómo se movían al ritmo de la música!. Cuando llegó la hora de la despedida ya sabía muchas cosas de su vida, me contó y le conté. No di importancia al detalle de que conocía a un chico de otra isla, Pedro, que pensaba venir a verla o ella ir a verlo. Me fui a casa saltando de alegría. Ya nos volveríamos a encontrar, pero no sabíamos cuándo"

  "Veraneábamos en una playa cercana, en una casa que había construido mi padre en medio de su finca de plátanos. No tenía medios de transporte, ni teléfono, ni otras formas de comunicarnos. Allí, confinado con mis hermanos, pasábamos las plácidas tardes estivales. Realmente empezaba a preocuparme mi aspecto. El acné fue bastante benévolo conmigo, pero no terminaba de encontrar una imagen que me convenciera y me pasaba todo el tiempo cambiando el peinado y probando posturas en el espejo. Ya próximos al inicio del curso, y de vuelta a nuestra casa habitual, salí a dar un paseo. En las escalera del antiguo edificio de correos encontré a Carmen Rosa; estaba sentada al lado de un chico (yo sólo había hablado con ella de pie), en una actitud que me pareció cariñosa y relajada. Me envió un saludo indiferente. No me atreví a acercarme. Sólo quince días antes, después del baile, me había sentido el chico más feliz del mundo. Estaba convencido de que era mi novia, que la había conquistado y, sin embargo, ella estaba con su chico, del que me había hablado. Cuando empezaron las clases, ya no tenía otra cosa en la cabeza que mis libros y aquel incidente dejaría las cosas en el olvido"

               

miércoles, 1 de abril de 2009

De los catorce a los dicisiete

  
  ADOLESCENCIA: "Período de la vida entre la pubertad y la edad adulta". El término procede del latín adulescens y adulescentum; la raíz común a ambos, es el verbo adolesco que significa ´crecer, desarrollarse, embellecerse`.

   PUBERTAD: "Período de la vida caracterizado por el inicio de la actividad de las glándulas reproductoras y la manifestación de los caracteres sexuales secundarios (en el hombre, aumento y crecimiento del pelo cambio de voz; en la mujer, aparición de pelo en determinadas zonas de su cuerpo, crecimiento de los senos y menstruación". 

   Los niños y las niñas, a partir de cierta edad (variable) empiezan a crecer, a ponerse bellos; a ellos empieza a salirles barba, y a ellas se les ensanchan las caderas y sus senos van desarrollándose. A ambos les aparece el vello púbico. Sin embargo, también es el primer tropiezo con el acné, con los "gallos" que trae el cambio de voz y la menstruación.

   Si en 1976, un chico de catorce años apenas conocía su propia anatomía y sus funciones, mucho menos conocía la anatomía de una mujer. Si la menstruación ha sido un tabú cultural generalizado, no lo iba a ser menos en estas circunstancias. Eso de la "regla" sonaba tan raro, las chicas no querían hablar del tema con los chicos, era algo demasiado íntimo y personal; los chicos imaginaban que era algo terrible y sucio. En la medida que las características sexuales se definen, se delimitan, al mismo tiempo, la identidad chico-chica, y se crea una barrera psicológica que mantiene separados dos mundos, aparentemente distintos. pero que deben relacionarse por imperativo natural. No reparamos en la terrible paradoja que este hecho implica, y en la cantidad de complejos, falsas verdades, fantasías y sufrimientos que su difícil solución causa en la edad adolescente. Una vez más, ante la falta de información, ¡sálvese quien pueda!.
 

 "En octavo de EGB, el profesor de ciencias naturales nos grapó el libro en el tema relativo a la reproducción humana. Me había suscrito, con la ayuda de mi padre, a una colección, GT, Los grandes temas de la editorial Salvat. El número cuatro se titulaba El nacimiento de un niño. El librero me lo entregó con cierta suspicacia, pero como era parte de la colección, no puso ningún reparo. Curiosamente, cuando mis hermanas lo vieron, se encargaron de hacerlo desaparecer de la forma más discreta. En estas condiciones llegué al Instituto. Las chicas eran para mí fuente de conflictos, misterios, me rechazaban y me demonizaban. Lo mejor era no hacerles caso, lo mejor era centrarme en mis estudios. La posibilidad de que tuviera una novia la descarté en mi subconsciente. De suceder algo especial con alguien, debía guardarlo como un secreto inconfesable, casi como el peor de los pecados"
 

 "Nuestras aulas de octavo estaban muy cerca de un colegio de niñas, el mismo en el que hice mi parvulario. En los recreos aprovechábamos para pavonearnos a través de las rejas del patio; recordaban más a un campo de concentración que a una institución educativa (como ahora). Y allí estaba ella, Carmen Rosa, el primer amor de mi vida. Era morena, de larga melena negra, labios gruesos y oscuros,  Era menuda y hablaba como si cantara. Lo demás, poco me importaba. Acudía alguna vez a la reja, le hice saber mi interés preguntando por ella a sus amigas. Una de aquellas chicas sería mi Celestina por muchos años. Un día, cuando no nos conocíamos todavía, paseábamos arriba y abajo con nuestros uniformes rojos y azul marinos, distintivos del último grado de la EGB. Las chicas miraban y se reían. En esto, uno de nuestros maestros apareció y se paró. Delante de todas aquellas ninfas se quedó mirándome y, después de revisarme de arriba abajo, -¿con esos zapatos sucios y desabrochados y esas uñas negras pretendes conquistar a una mujer?-  me amonestó casi gritando. Mi cara se puso tan roja como el polo que llevaba puesto. Los pocos méritos que había hecho para llamar la atención de aquella chica se derrumbaron en aquel gesto humillante cuyo alcance, aún hoy, no he llegado a comprender del todo".