Hace tiempo que los nacionalismos han dejado de tener sentido para mí. He entendido que como personas, el ser de un lugar o de otro, no nos hace diferentes, al menos en esencia. Sin embargo, esto se ha usado siempre como pretexto para enfrentar a unos pueblos con otros, bajo la consigna de que "ellos son los mejores". El nacionalismo canario nace del odio y del rencor hacia los pueblos que vinieron a conquistar las islas. Nada que se alimente del rencor y del odio puede ser bueno. Por eso, para mí, hoy es, simplemente, un día de fiesta y un día más para reflexionar sobre mienredada vida afectiva.
Marga sigue llamando, puntual como siempre. Ahora soy su confidente, de cansancio y aburrimiento, hablamos de su historia una y otra vez, reconoce que es algo que no quiere para su vida, pero también está claro que yo no soy su alternativa. Tengo miedo de que, al final, como mal menor, cambie su actitud y quiera estar conmigo. Como lo veo hoy, sería un castigo más del destino, si es que existe: terminar con alguien que me quiere con la cabeza, pero no con el corazón. Va en contra de lo que siempre he defendido. De momento, queda fuera de mis planes, no siento necesidad de que me venga a ver, de que estemos juntos. Intento hacer mi vida, justo lo que hace ella. Ella me cuenta lo que quiere, yo la creo. Yo no me quiero poner a su altura. Sólo así, puedo mantener el equilibrio. Las medias verdades, las mentiras enteras...no hay más.
Mi primer apartamento de soltero de oro lo compartí con un compañero de trabajo. Dormíamos la siesta frente al televisor pendientes de la invasión de Kuwait por los Iraquíes. Nos interesaba lo que pasaba en el mundo. Íbamos tirando a medias con nuestros sueldos y mis padres perdieron definitivamente la esperanza de que volviera al nido familiar. En aquel apartamento, bastante más cutre que los que ocupé en mi época de estudiante, comencé mis primeros trabajos sobre mi futura tesis: Los epítetos del amor en la poesía griega antigua. Francisco se iba los fines de semana; la casa quedaba para mí solo. Me seguía sintiendo como un universitario y mis amistades las seleccionaba en función de su grado de compatibilidad en ese sentido. Aunque no concreté ninguna relación en este espacio, sí se gestaron algunas posibilidades. A pesar de tener una cama propia y un espacio para cualquier andanza de soltero, casi nunca tiré de esta posibilidad. Todavía me gustaba tomar el aire, disfrutar de la calle, del buen tiempo y de las oportunidades que mi recién inaugurada vida social me ofrecían.
"Aquel verano conocí a Silvia; fue lo más parecido a una locura entre un adolescente y un adulto. Si entonces hubiese conocido el mito de Lolita, seguro que lo habría referenciado. Me llevó a mis diecisiete años, hice canciones y casi perdí la cordura por corretear detrás de ella. Sin embargo, se marchó pronto. Quedó su aroma y su recuerdo y los ratos compartidos. Una de sus amigas de grupo terminaría luego siendo mi adorado tormento. Chantal tomó el relevo, me acompañaba por las tardes los sábados del curso; como extranjera adoraba la isla y paseábamos mucho. Gilia, llegó para quedarse mucho tiempo. Era más joven, era de aquí, iniciaba el mismo camino universitario que yo había dejado atrás hacía apenas un año...esa fue su mejor baza."
"Poco antes de iniciarse el curso, después de una monumental fiesta, terminamos todos medio borrachos algunos y completamente borrachos otros. Gilia saltaba sobre el tejado de mi viejo Starlet, no me preocupaba tanto que terminara con alguna fractura, como que destrozara el coche; como hacía calor intentó hacer un amago de baile erótico que terminó en una patosa caída en la que sólo pudo enseñar parte de su sujetador. Mientras, Silvia me rondaba; la noche era seductora, y no es un tópico; supongo que el hecho de que fuera la primera vez que bebía alcohol detonó sus instintos y, a pesar de la diferencia de edad, se acercó, me abrazó y me dijo que quería algo conmigo"
"Algunas tardes, mientras Francisco dormía a pierna suelta, las dedicaba a organizar el material para la tesis. Me molestaba que me interrumpieran. Sonó el timbre, lo que no era muy frecuente. No me acordaba que le había insinuado a Chantal la posibilidad de que nos visitara alguna vez, y lo hizo. Preparamos café y hablamos un rato. El recuerdo de Silvia me mantuvo algunos meses alejado de veleidades amorosas, pero -como supe luego- en Chantal había despertado algo más que curiosidad y como buena Leo tomó la iniciativa. Lo que no se me pasó por la cabeza es que un poco más tarde el timbre volviera a sonar; esta vez era Gilia, ¿qué rayos hacía allí?, ¡yo era su profesor!. Ni corta ni perezosa y sin anestesia, cuando abrí la puerta, me agarró el cuello y me soltó dos sonoros besos en ambas mejillas. El desconcierto de todos, nos dejó mudos. Después de un tímido hola, le dije que pasara, que se uniera a la reunión y la invité a café. Cuando fui a la cocina a por una taza, yo me puse otta, pero con un buen bautismo de ron...mi ansiolítico de entonces." (D.D.A.)
Mi primer apartamento de soltero de oro lo compartí con un compañero de trabajo. Dormíamos la siesta frente al televisor pendientes de la invasión de Kuwait por los Iraquíes. Nos interesaba lo que pasaba en el mundo. Íbamos tirando a medias con nuestros sueldos y mis padres perdieron definitivamente la esperanza de que volviera al nido familiar. En aquel apartamento, bastante más cutre que los que ocupé en mi época de estudiante, comencé mis primeros trabajos sobre mi futura tesis: Los epítetos del amor en la poesía griega antigua. Francisco se iba los fines de semana; la casa quedaba para mí solo. Me seguía sintiendo como un universitario y mis amistades las seleccionaba en función de su grado de compatibilidad en ese sentido. Aunque no concreté ninguna relación en este espacio, sí se gestaron algunas posibilidades. A pesar de tener una cama propia y un espacio para cualquier andanza de soltero, casi nunca tiré de esta posibilidad. Todavía me gustaba tomar el aire, disfrutar de la calle, del buen tiempo y de las oportunidades que mi recién inaugurada vida social me ofrecían.
"Aquel verano conocí a Silvia; fue lo más parecido a una locura entre un adolescente y un adulto. Si entonces hubiese conocido el mito de Lolita, seguro que lo habría referenciado. Me llevó a mis diecisiete años, hice canciones y casi perdí la cordura por corretear detrás de ella. Sin embargo, se marchó pronto. Quedó su aroma y su recuerdo y los ratos compartidos. Una de sus amigas de grupo terminaría luego siendo mi adorado tormento. Chantal tomó el relevo, me acompañaba por las tardes los sábados del curso; como extranjera adoraba la isla y paseábamos mucho. Gilia, llegó para quedarse mucho tiempo. Era más joven, era de aquí, iniciaba el mismo camino universitario que yo había dejado atrás hacía apenas un año...esa fue su mejor baza."
"Poco antes de iniciarse el curso, después de una monumental fiesta, terminamos todos medio borrachos algunos y completamente borrachos otros. Gilia saltaba sobre el tejado de mi viejo Starlet, no me preocupaba tanto que terminara con alguna fractura, como que destrozara el coche; como hacía calor intentó hacer un amago de baile erótico que terminó en una patosa caída en la que sólo pudo enseñar parte de su sujetador. Mientras, Silvia me rondaba; la noche era seductora, y no es un tópico; supongo que el hecho de que fuera la primera vez que bebía alcohol detonó sus instintos y, a pesar de la diferencia de edad, se acercó, me abrazó y me dijo que quería algo conmigo"
"Algunas tardes, mientras Francisco dormía a pierna suelta, las dedicaba a organizar el material para la tesis. Me molestaba que me interrumpieran. Sonó el timbre, lo que no era muy frecuente. No me acordaba que le había insinuado a Chantal la posibilidad de que nos visitara alguna vez, y lo hizo. Preparamos café y hablamos un rato. El recuerdo de Silvia me mantuvo algunos meses alejado de veleidades amorosas, pero -como supe luego- en Chantal había despertado algo más que curiosidad y como buena Leo tomó la iniciativa. Lo que no se me pasó por la cabeza es que un poco más tarde el timbre volviera a sonar; esta vez era Gilia, ¿qué rayos hacía allí?, ¡yo era su profesor!. Ni corta ni perezosa y sin anestesia, cuando abrí la puerta, me agarró el cuello y me soltó dos sonoros besos en ambas mejillas. El desconcierto de todos, nos dejó mudos. Después de un tímido hola, le dije que pasara, que se uniera a la reunión y la invité a café. Cuando fui a la cocina a por una taza, yo me puse otta, pero con un buen bautismo de ron...mi ansiolítico de entonces." (D.D.A.)