martes, 27 de mayo de 2014

Un buen susto, el ángel de la muerte

   Después de años leyendo libros de autoayuda, buscando la clave de la verdadera felicidad, terminas perdiendo el foco. Hablamos y hablamos, escribimos, sentamos cátedra sobre aquellos problemas para los que estamos convencidos de haber encontrado la solución definitiva, y dejamos satisfecho nuestro ego con la convicción de que pensamos y somos conscientes de que existimos, frugal alimento, pero efectivo.

   Un buen día te empiezan a pitar lo oídos, te mareas y te caes. Vas al médico y te manda a hacer una resonancia magnética y, por primera vez, en tu editor de vídeo, aparece la imagen de todos tus dolores de cabeza, la de verdad,  esa cosa con forma de nuez, responsable última de toda tu actividad intelectual. La miras y remiras. Te recuerda los modelos anatómicos que manejabas de pequeño e intentas, en un esfuerzo ingenuo, identificar partes, secciones, ventrículos, cócleas y demás. Es un acto de absoluta enajenación, no logras verte en esas imágenes, a pesar de que ese eres , te guste o no, tu esencia, tu realidad física y no especulativa. ¡Nunca imaginé que pudiera ser una cosa tan fea!. Estoy pensando seriamente ofrecer esta fotografía en mi próxima cita. Si se enamoran de mí, no habrá trampa ni cartón.

   Y esas imágenes, si no son como deberían, tienen la respuesta. Te dicen el punto en que todo puede acabar. Una sombra, un haz poco definido, una deformación aparente. Si todo es así de simple, ¿por qué no lo dijeron antes? Ahí están todas las respuestas, nos habríamos ahorrado todos estas elucubraciones y nuestro esfuerzo por poner en orden las cosas. Pero caes en la trampa y esa imagen realimenta la actividad de esa masa amorfa y fofa y te devuelve a otro montón de preguntas, te devuelve a tu inquietud, a tu miedo, a tus inconsecuencias, a tus absurdos. Debería no haberle dado de comer y que se parara de una vez: "Escucha, en álgún punto de lo que ves está la respuesta, te vas a morir, búscalo aquí, el cuándo, el cómo, el dónde". Empiezas a sudar en frío, los oídos te pitan aún más. Ahora sí, qué va a pasar con todos los proyectos, ¿hay proyectos, no habías hecho todo lo que querías hacer?. ¡Menudo paquete les va a quedar a los de aquí!. No he pagado mis deudas, he eliminado los seguros, hay goteras en la casa que arreglar, no he cambiado la pila del teclado, la puerta está por barnizar, la revisión del coche...Estuve a punto de llorar, tomé consciencia de que mi hijo me echaría de menos, de que no he tenido ningún logro importante para dejarle como recuerdo. Si a alguna mujer le prometí algo, no estoy en condiciones de cumplir, ¡Qué mal!, no dejo nada digno de ser recordado. Pero,  ¿mientras?. La agonía, el dolor físico, ¿estoy preparado?. Mi teoría sobre la vida y la muerte, sólo contemplaba la primera. La muerte era el final y punto. Hay, sin embargo, una resistencia natural, supongo, a aceptar que ya ha llegado el momento de irte. De pronto, todos los pensamientos liberadores del peso de la vida, dejan de tener sentido. Ahora, hasta para morirte, te preocupa quedar bien. Los que están aquí deben pensar que dejaste la tarea hecha, y bien hecha. No quieres que te juzguen o critiquen y eso, en este extremo es perturbador. ¿Dónde quedó aquello de que cuando te mueras ya todo dará igual?: fin de la consciencia, del yo, de la memoria, fin, fin, fin. Se supone que deberías sentir la gozosa sensación de liberarte y aceptar que ya llegó lo que tanto esperabas. Pero no, te pones ansioso porque todavía tienes que resolver un montón de cosas. En tu desesperación, ensayas a crear nuevas realidades posibles, a pesar de tu firme convencimiento de que no hay nada; te ves, incluso, sentado con tus parientes fallecidos, en una ventana alta, viendo en panorámica como se las arreglan los que se han quedado aquí y, claro, te duele que te estén juzgando. De ahí, la necesidad de valorar lo que has hecho bien, lo que no, lo que quedó por hacer; el enfado que te produce la empatía con los demás, el enfado que te produce el haber hecho daño con tu partida, a los que se quedan, el llanto de tu hijo, los despropósitos de los herederos, el colapso...  Sí, te persiguen en el más allá; los fantasmas de aquí te van a ir a buscar al otro lado...pero, ¿no era al revés?. ¡Qué lío! Ahora los dos lados son iguales!. Mejor me tomo un tranquilizante y...¿si empeoro, si por los efectos secundarios me pita más el oído?. No, mejor no tomo nada, pero...si no lo tomo, no duermo, si no duermo, voy a estar de un humor insoportable y no está bien morirse de mal humor, ¿con qué imagen se van a quedar los demás?...

 NOTA  Cuando fui a recoger el resultado de mi resonancia magnética, a la técnico radiólogo se le ocurrió hacer un comentario sobre la existencia de una acumulación de líquido en mi hemisferio izquierdo. Supongo que no fue malintencionado, pero sí, desafortunado. Un hombre imprudente habría hecho esto con cierta dosis de alarmismo y de complicidad confidencial; una mujer, simplemente, te lo suelta con la templanza implacable de quien posee la verdad y punto. Afortunadamente, fue una verdad, sí, pero a medias. ¡Te me caíste, guapa!  Pero me queda claro, las malas intenciones, la poca fortuna, la imprudencia, el alarmismo o la implacable templanza, no son una simple cuestión de género. Cómo nos tomamos las cosas, tampoco...si cargamos con el mal rato es por propio gusto.