jueves, 8 de abril de 2010

El día de hoy ¿aprender la lección?...


  Han pasado cuatro años. Cuatro años de despropósitos. Cuatro años invertidos emocionalmente en la persona equivocada. Hoy es hora de hacer balance, de ajustar cuentas, de llevar cada pieza a su lugar.

   Nunca pensamos, mientras dura una relación, que todo puede acabar repentinamente, si lo pensamos no lo verbalizamos, si lo verbalizamos lo relativizamos, no entra en la ecuación. Puede acabar, aunque no es lo más frecuente. De la misma manera, cuando se tiene una mala relación, tampoco tenemos la certeza de que un día podamos acabar con ella, liberarnos. Pero también sucede. Los mecanismos son idénticos. Nunca podremos olvidar, nunca podremos desengancharnos, una y otra vez vamos a recaer en aquello que nos hace daño y nos produce sufrimiento. Pero el drama termina, nuestra naturaleza está diseñada para eso, finalmente, vencerá todos los supuestos culturales que la castraron una vez.

 ¿Por qué soportamos una mala relación?. Tras seis meses de idílico romance, aparece la tercera persona. Se abre el capítulo de las indecisiones, de las dudas. Llega el ultimatum: o él o yo. Ella decide él, pero luego, pasan unos días, y se cuestiona su decisión, y "yo" vuelve a estar en el juego. ¡Error!. De haber aceptado su decisión, de no haber hecho caso a sus demandas posteriores, se habrían ahorrado cuatro años de sufrimiento. Pero los cambiaron por unos dudosos momentos de placer bajo la apariencia de una relación a otro nivel... ¡qué nivel!.

 ¿Es que algún macho -la expresión es en sentido antropológico- soporta la infidelidad confesada sin ninguna contrapartida? Sin contrapartidas no, pero aparentando que no las hay sí. El arma más eficaz consiste en hacer culpable al otro de los propios desmanes. A ella la salva la honradez de aceptarse como es, tiene derecho a estar enamorada de dos, de tres o de cincuenta hombres a la vez. Sin saberlo, cuando confiesa su infidelidad, está enfrentando a sus rivales. La maniobra cobra su más alto grado de sutileza y eficacia, si una parte lo ignora y la otra lo sabe. Sería humillante para el cachudo consentidor. Sin embargo, aquí radica la paradoja, ¿existe realmente un cachudo consentidor?, ¿la fidelidad a cambio de la infidelidad es posible? 

lunes, 8 de marzo de 2010

Sexo y amor...la historia interminable.


   Saber cuándo debemos dar por terminada una determinada etapa de nuestra vida es uno de los retos más difíciles que, como personas, tenemos que afrontar. Pero está claro, que aún así, el precio a pagar, es mucho más alto cuanto más lo posponemos y, si queremos vivir con cierta dignidad, tenemos que hacerlo.


   Un famoso psiquiatra, al que he nombrado más de una vez, concibe la historia de la pareja como un camino hacia una profunda, sincera y cómplice amistad; a medida que pasa el tiempo, las generaciones se van renovando y cada una debe desempeñar el papel para el que biológicamente está mejor dotado. Resulta aterrador aspirar a comportamientos que nuestra fuerza física y nuestra madurez intelectual rechazan por la simple razón de que envejecemos. Sin embargo la cirugía estética, por ejemplo, ha llegado a desvirtuar el mismo devenir de la vida humana o a intentarlo. El relativismo, el todo vale, la crisis de los valores "tradicionales" -creo que atávicos, genéticamente impresos- nos han llevado a endiosar un sentido de la libertad que simplemente resulta ridícula e inútil. Peor aún, es que, enarbolando esa bandera, hablamos de "felicidad" a boca llena para justificar cualquier concesión a lo que es inevitable.

   Somos maleables, cambiamos permanentemente, ese fluir nos hace distintos cada día. Cuando entablamos una relación, sí hay reglas, sí hay límites. No todo vale, no todo es lícito, no todo nos va a llevar a esa utopía hoy tan vendida de "lo primero es ser felices". Un hombre adulto, con experiencia, no puede recibir de una chica más joven , sino la imagen perdida de lo que ya no es. No le devuelve la energía que ya no tiene, no le da la alegría de vivir que nunca supo conquistar; ella, seguramente perdida entre tantas ambigüedades, se ampara en una seguridad efímera y en la buena disposición de quien, reconociendo sus fracasos pasados, ahora imagina el principio de una nueva vida sin errores.

   El amor no tiene edad. Sí la tiene. El amor es un camino muy largo de profundización en el conocimiento de uno mismo y en el conocimiento del otro. El amor de la pareja es solo una especialización que lleva consigo la vida sexual y el cumplimiento de los imperativos biológicos de la procreación. Pero antes está el amor como hecho social, como la concreción de un acto de comunicación exclusiva entre varios seres. Como casi todo en la naturaleza, está regido por un proceso, por unas leyes que limitan y posibilitan. Sólo nosotros, con nuestra inteligencia, hemos intentado pervertir esas leyes y ese proceso; lo necesitamos para justificar los comportamientos más absurdos y, en especial, más egoístas. Pero eso no nos lo podemos reprochar.

   Si un hombre se aburre de su pareja, si deja de despertar en él interés sexual, es porque su ciclo ha terminado. Se supone que ha habido un espacio en el que ambos han ido creando nuevos intereses, nuevos objetivos que den sentido a su unión. Si no ha sido así, lo más probable es que esa pareja se rompa. Pero no podemos olvidar que cada relación supone un gasto de recursos importante, recursos emocionales, materiales y, sobretodo, una inversión en tiempo que es irreversible. Perdonen el tópico, "no llamemos amor a lo que es sexo...y sexo del malo". Ya es bastante demoledora la química sexual, pero la biología nos ha impuesto ese requisito con fines claramente productivos y reproductivos. Pero nuestros patrones de comportamiento, no son sólo heredados, también son aprendidos y son ellos los que deben regir nuestros actos dentro del sentido común.

   Cuando se llega a la mediana edad, los hombres nos resistimos a ver nuestras cariñosas y entregadas parejas como algo más que una masa que, cada día, está más flaccida, que cada día está más arrugada y a la que la ropa interior le queda como un auténtico saco. Pero son nuestro reflejo. Afortunadamente los hombres somos feos, no estamos dotados de atractivo físico como un criterio de selección de la pareja, al menos, hasta cierto punto. Pero eso no nos exculpa de lucir panzas peludas, erecciones cada vez menos potentes, o incipientes calvicies que asustarían hasta la más beata... Pero también, desde el otro lado, viene el desencanto. ¿Cómo nos ven ellas? Probablemente, hasta no hace mucho tiempo, la mayor preocupación era el progresivo deterioro en la comunicación, el adocenamiento, la falta de interés y de implicación en un proyecto que poco a poco se va convirtiendo en algo de ella para él y los hijos si los hay, pero en lo que él, ya no participa. A pesar de vivr en la era de los hombres guapos, de los iconos sexuales, la fealdad o la decadencia física no suelen ser factores determinantes en el alejamiento de la pareja cuando esto sucede desde el lado femenino.

   Después, nos quedamos solos, cuando nuestros proyectos y tentativas de mantener una relación más o menos estable se han ido al traste; corremos desesperados, los hombres en busca de sexo, las mujeres en busca de amor, al menos en teoría. Si eliminamos las formas, la educación, el sentido común que sólo se adquiere con la experiencia, un encuentro fortuito, no es más que eso. El hombre se acerca a una mujer con la esperanza de encontrar una musa, una diosa de belleza que, además, y por obra de algún ente misterioso, va a adivinar todas sus fantasías sexuales y satisfacerlas. La mujer, harta de lidiar con la vulgaridad, va en busca de formas, de educación, de ternura y con la temerosa esperanza de tener relaciones sexuales mínimamente agradables y, a ser posibles satisfactorias. Luego viene el jarrazo de agua fría.

   Se encuentran en un punto convenido. Ambos intentan dar una buena impresión al otro, se visten bien, se retocan un poco por aquí o por allá y planifican los primeros momentos del encuentro. Ella espera sentada en una cafetería, él lleva rato esperando pero no sabe exactamente dónde está el lugar. Al final, se saludan; ella le da un beso en la boca. Eso relaja un poco la tensión, expresa claramente que aquello va a ser algo más que una charla cordial. Empiezan las cábalas. A ella le gusta, quizás un poco tímido, habla mucho. A él ella le atrae, tiene clase, se la ve como una mujer de cierto nivel intelectual y transmite un aspecto desenfadado. Podríamos estar en el principio de una relación, de algo que fuera más que un encuentro casual. Se dan las condiciones, al menos hasta este punto.

   Ya en el hotel se toman unas copas y se sueltan. Deciden ir a la habitación. Es amplia y agradable, ella observa con atención los detalles de siempre, la colocación de la ropa, los zapatos, los útiles del baño...hasta que se lanzan al beso que lo desencadena todo. Ahora empieza el combate. Ella se deja seducir. Él toma la iniciativa, lleno de dudas sobre su capacidad sexual, con la urgencia de decir "si consigo que haya penetración, habré cumplido sobradamente y si luego las cosas no van bien, al menos podré encajar alguna excusa". El primer parón: ¿Hay preservativos?. No. Ella se fía y no forcejea. Las pequeñas dudas hacen crecer su deseo...todo resulta bien. Aunque ella manifiesta su satisfacción, capta ciertas dudas, ciertos desajustes. Él no busca su propio placer, su satisfacción, él sólo quiere mostrarse a sí mismo que es un campeón de la sexualidad. Ella se siente profundamente decepcionada. "Qué actitud tan infantil, ¿acaso piensa que a una mujer a estas alturas de la vida se la conquista con proezas sexuales?". Su entusiasmo decrece y le pone a prueba. Él ya no puede seguir, no tiene ganas. Empieza a buscar excusas y observa con detalle aquel cuerpo extraño, desnudo, recostado en una cama anónima. Una cicatriz horrible en medio del vientre. Un sexo inexpresivo y extraño a aquel cuerpo. Unos pechos tersos pero que sin el adorno de la goma espuma del sujetador, terminan siendo un poco decepcionantes. Luego, miró sus nalgas, informes, su estómago fláccido cayendo sobre su pubis. Pero aquella mujer transmitía algo, una humanidad que él no fue capaz de compartir. No podía ofrecer sentimientos, su ruptura era demasiado reciente. De hecho su móvil sonó varias veces; era su marido, en trámites de divorcio, lo dejó claro. Él iba construyendo su nuevo perfil, demasiadas mentiras, ambigüedades, en cierto modo, descansó, no asumió ninguna responsabilidad. Ella, pensó en la fuerza y el convencimiento de su casi ex, en todo lo que los unía, en la pasión que ponía cuando hacían el amor, en ese caos al que todavía quería sin entender muy bien por qué.   ¿Quién era aquel extraño que ahora se paseaba desnudo por la habitación? ¿Dónde quedó su conversación interesante, sus modales, su agradable sensualidad?

   Querían salir corriendo, alejarse lo antes posible el uno del otro. Cada uno con sus razones particulares. Quizás, esta vez, el sexo les mostró que el amor estaba en otra parte.

sábado, 6 de febrero de 2010

En el día de hoy...casa nueva, vida nueva

   Ayer me levanté lleno de ilusiones. Había aceptado que lo que tenía no era otra cosa que una relación de  casi "amantes" con alguien a quien, durante años, me había empeñado, en convertir en mi pareja. ¡Lástima! Aguantar cuernos y dejarte humillar para, luego, poner en evidencia a esa persona, privarla de saber que había sido engañada sistemáticamente en la misma medida, no puede decirse que sea "querer a alguien"...; pero todo llega y me lo guardaré. Vender la imagen del hombre casi perfecto, del hombre fiel, después de algún tiempo, resulta agotador, más, si se trata de competir con alguien que se presenta como un auténtico capullo, que no patán. Venderte como el mejor es el único recurso que te queda para cubrir las apariencias. Es probable que el pecado de ese pobre ingenuo haya consistido, simplemente, en ser un egocéntrico de ideas reaccionarias. Su pecado, tener una novia de esas que no se pueden dejar, intentar echarse una novia a la que no es capaz de complacer debidamente en ningún sentido..., seguramente porque, después de elegirla, se dio cuenta de que se equivocó de mujer, pero que, por principios -los suyos, claro, muy suyos- no sería capaz de reconocer su error. Ese individuo ha tenido que existir, porque de otra manera ¿cómo podría yo haber justificado la cadena de engaños, de mentiras, de infidelidades asumidas y no confesadas? ¡Alguien tenía que soportar el chaparrón, alguien tenía que ser el chivo expiatorio! Chivo, nunca mejor aplicado el adjetivo, porque cuernos, lo que son cuernos, doy fe que los ha llevado; de los míos no doy cuenta.
   Ahora sólo queda buscar una "doctrina moral" que explique estos comportamientos. Quizás, la más adecuada sería la budista, aquella que dice que no hacemos el mal, que sólo somos ignorantes; quien hace daño, no lo hace por maldad, lo hace por ignorancia. En este caso la ignorancia va unida a una inmadurez enmascarada por las apariencias.....Desde luego me cubro de gloria, ser burro, ignorante y, además inmaduro, se lleva mejor que ser un auténtico patán.
¡Qué bien que todo terminó!, y yo que lo vea. 


   "Glauce llegó para quedarse. Gilia se esforzó por dejar claro que éramos pareja. Cuando paseábamos, cuando estábamos en sitios públicos me abrazaba, me tomaba de la mano, me agarraba el trasero o, en sus días eufóricos, no dudaba en subirse a horcajadas sin ningún tipo de reparo. Glauce por el contrario, siempre fue discreta. Empezamos a vernos los fines de semana en la nueva casa. Rosita Garmendia me la había alquilado. Desde que dejamos de ser simples compañeros de trabajo se fue acercando a mí progresivamente, pero su actitud en nada se parecía a lo que hasta ese momento había conocido, no era alguien que me dejara claro que quería ser mi pareja, pero tampoco podría desmentirlo; pronto empecé a considerarla como mi hermana mayor, para lo bueno y para lo malo; casi siempre recibí y di muy poco, era un pilar fuerte, te acostumbras a que esté ahí, pero, lamentablemente, terminas por no darte cuenta, salvo que algún día no lo encuentres. Su tío le había encargado remodelarla y lo hizo con el mayor de los esmeros. Realmente no merecía aquella casa y, en varias ocasiones, consideré la posibilidad de hacerme con ella, aunque ello podría haber trastocado todo lo bueno de aquella historia. El tiempo fue pasando, Glauce dejaba algunas prendas en mi armario, me ayudaba en la decoracíón y los vecinos empezaron a identificarla como la chica que vivía conmigo. A espaldas de Gilia se fue tejiendo una nueva historia. Ya estaba en sus últimos cursos de la carrera. No nos llamábamos con mucha frecuencia. Teníamos reservados las fechas claves de vacaciones para salir juntos. Nos acostumbramos a esta nueva forma de relacionarnos, en la distancia, Gilia no parecía preocuparse, per en las situaciones más evidentes, Glauce miraba hacia otro lado; a ella comencé a pedirle que luchara por nuestra historia, más madura, pero, sobretodo, más cómoda y real, intuía que lo haría muy bien. Gilia no lo habría tolerado, pero a estas alturas ya era más una cuestión de orgullo que de otra cosa. Tarde o temprano tendríamos que enfrentar lo que estaba pasando".  (D.D.A.)

miércoles, 27 de enero de 2010

En el día de hoy...la lumbalgia y Glauce


   Ayer no pude termirar mis clases. Era el peor día de la semana, martes, cuatro horas y una guardia. Pero debo admitir, aún sin abuela, que las dos que di, fueron magistrales. Algo queda en mí del viejo intelectual, del académico profesor que un día se soñó a sí mismo en la Universidad. El resto de la tarde, casi para olvidar...o no. Como de costumbre, me limito a decir que sí, es mi manera de exonerar de los problemas a quien me los viene a plantear. Al menos, sé que eso no es real. Pero las decisiones deben tomarse, aunque no correspondan, y las soluciones deben buscarse, aunque no sean las mejores. El peso de la responsabilidad me lo quito cuando dejo mi ropa de calle sobre la cama y me siento, con una velas y un sándalo, en mi sillón preferido -el único, por cierto-.
   
  El paisaje que veo en el espejo es el de un circo desmantelado; el mal   tiempo y su propio destino han dejado por el suelo sus jaulas, sus andamios, su carros, sus   lonas.      Ahora, a esperar otra vez. ¿Cuál será el próximo puerto?. Confío en que no siga lloviendo porque el material  terminará deteriorándose, y mucho. Esta cruzada, cada día, tiene menos sentido, y Don Quijote quiere ser rescatado de sus delirios para morir en paz. 
  
   A Mimí la ha detenido la policía de extranjería. Una        simple      confusión.    Pensaba esconderse, pero su barco no salió el día previsto. Todo, de la forma más miserable y cruda. Su único delito, no ser de aquí. Empezaba    a     abrirse  un     hueco  en     mi corazón y ya sumábamos en nuestra historia. Ahora será repatriada por la vía de la fuerza, sin una opción a la despedida, sin sus cosas, sin   poderse comunicar con nadie. Le  hizo   mucha ilusión el perfume de Givenchi que le  dejé  por  Reyes. No lo  pudo   estrenar, su   sueño   del primer mundo, el que yo alenté alguna vez, se ha visto truncado.
  
  Quizás el momento que temí durante mucho tiempo está llegando. Ya no  hay  nadie en mi vida. Así lo percibo. Pataleo en aguas revueltas para no hundirme; desde la orilla  me miran con indiferencia y no me tienden una mano. Hasta el fuego más persistente muere ; más aún, si se le da la espalda. ¿Qué podría esperar?. La distancia  y  la  falta de  iniciativa, un jarrazo de agua  fría. El  aburrimiento, las  desilusiones, los atascos cotidianos, otro jarrazo de agua fría. Las mentiras, la desconfianza, el  aislamiento, la  inmadurez, la  simpleza, otro  jarrazo. Al menos, ya puedo llamar a las cosas por su nombre. Pero no aprendo,  menos mal  que ya no me  quedan fuerzas. Aún, ahogándome en mis propias, contradicciones intento conseguir esa mano que me salve. Pero no  tengo buen  aspecto, es  lógico que  se lo  piense.  También está  lejos,  con  sus  problemas,  no  quiere   arriesgar   y   mi   propuesta   no   tiene  porqué ser diferente, pero es menos probable y menos posible: ¡Bueno para todos!

 Necesito cambiar de posición, la manta eléctrica no es suficiente, la lumbalgia está haciendo estragos...este dolor sí es reconocible, lo puedo medir.


  "Esta vez no sólo fue la distancia física, también la disonancia entre los momentos de nuestras vidas. Glauce había roto hacía poco con su novio después de casi siete años. Es verdad que me había fijado en ella en una ocasión. Era menuda, de melena negra y piel aceituna, una belleza exótica y oriental. Nos volvimos a encontrar ocasionalmente y nos presentaron. Cuando Gilia se marchó, nos tomamos unas copas y me convertí en su pañuelo de lágrimas. Fumaba y bebía mucho. Estaba demasiado metido y entusiasmado con Gilia como para prestarle atención. Sin embargo estaba cerca y nuestros encuentros se hicieron más frecuentes. Una noche no quiso que la llevara a su casa. El impacto no fue importante en ese momento, sin embargo, mi relación con Gilia ya no volvió a ser igual."  (D.D.A.)