
Hace unos días me caí de una escalera. No he tenido accidentes importantes a lo largo de mi vida, sí algún que otro susto. Me di un buen golpe y la sensación fue muy desagradable. Por tercera vez, en ese momento tomé conciencia, me miré y comprobé que todavía podía mover todos mis miembros. Aunque he intentando continuar con el trabajo que estaba haciendo, no he superado el miedo.
Ovidio decía en El arte de amar que no hay peor remedio para un corazón enamorado que una mente ociosa. Las vacaciones tienen ese inconveniente. Sin embargo, desde que adopté la actitud de aceptación, siento una extraña serenidad; el caos en el que creo que está sumida mi vida, se me figura más ligero y llevadero.
¿Estaré llegando al final de algo? Todo son anuncios, todo son presentimientos. Rosita Garmendia va a cumplir cincuenta años, no los aparenta. Su esfuerzo por mantener su amistad conmigo deteriora el frágil hilo que nos une -me parece absurdo cuestionarnos que somos amigos, después de tanto tiempo-. Quiere dar un nuevo matiz a nuestra forma de relacionarnos, pero caemos constantemente en una dinámica de reproches. Se quedó en un pasado en el que yo no era una persona bien recibida en su vida. Aunque ahora hago un esfuerzo por llamarla de vez en cuando, por hablar un rato con ella, ya no le gusta. Ahora se siente controlada, ¡qué lejos está de la realidad! La situación me recuerda, un poco, a esas crisis matrimoniales de los veinticinco años; resulta que ahora he sido un manipulador y chantajista psicológico, un controlador obsesivo, ¡ya vamos hablando claro!. Nuestra imaginación nos juega muy malas pasadas. Quizás nuestro deseo de alcanzar ciertas metas nos hace construir los escalones de la rampa sin que esta exista. Es como si después de mucho tiempo viviera las distintas etapas de una relación. Un principio creativo y emocionante, una meseta serena y compartida y una crisis de identidad que reclama la independencia perdida. No ha habido nada de eso, salvo en sus deseos más íntimos. Ahora recrea una etapa de crisis que no existe. Yo sí deseo ser su amigo, pero si le pregunto por su planes, por lo que está pasando, por su situación familiar, me reprocha que la controlo. ¡Nada más lejos de la realidad!
Estoy llegando a la conclusión de que, en este momento de mi vida, sólo puedo aspirar a relaciones efímeras, mi grado de insensibilidad es tal, que me siento como alguien que va perdiendo la vista o el oído, o que se va quedando inmóvil de forma progresiva. Cuento con mi capacidad de adaptación, pero por inercia sigo jugando con los papeles que me han movido durante todos estos años. Querer correr cuando ya no puedes, eso es frustrante, pero lo práctico es no correr.
Mar entró y salió de mi vida con una rapidez inusual. Creo que fue mi falta de "disponibilidad" lo que la alejó de mí; voy aprendiendo a no mostrarme como el hombre al que puede acceder cualquier mujer.
Leni sigue conversando conmigo, es una mujer prudente, honesta, me ha manifestado su deseo de encontrar un compañero, pero he sido sincero desde el principio. Está en su derecho de alentar ilusiones y yo en el de mantenerme firme.
Etzel, con sus sutilezas habituales, envía correos hablándome de su soledad y aislamiento, de un posible viaje para conocernos; aprecio su inteligencia, su sentido de la vida, pero no me gusta su actitud crítica, ni sus celos de prevención, su mundo, su realidad está cada vez más lejos de la mía.
Miriam es un junco al viento, espera que alguien la saque de su situación, pero no hace nada; es enervante su indolencia, pero es así. Un día le sugerí que debía prepararse, formarse para ubicarse mejor y conseguir un trabajo digno. Entre sus hermanas y sus sobrinas sentí una sonrisa reprimida; creo que toqué el tema que no debía. A estas alturas no sé si realmente estudió algo, su formación acaba en leer y escribir y poco más. Fue una mujer hermosa, llamativa, pero la edad le está pasando factura o, quizás, una vida no demasiado agradecida, un pasado oscuro del que ahora intenta redimirse. Sólo puedo ayudarla con pequeñas cosas, alguna gestión, algún detalle. Algo que he evitado siempre es tener en mi entorno a alguien que solo sepa expresar cariño y necesidades afectivas, mis gatitos, por ejemplo, pero ellos se libran porque son lo que son. La imagen de la mujer servil, metódica con las cosas básicas, atenta y primordial, me asusta. Miriam es sólo eso; seguramente habrá muchos hombres a los que podría hacer sentir muy felices.
Marga sigue llorando, sigue limpiándose por dentro. Tal y como imaginaba, cada día me afecta menos. Su mundo se va desmoronando y yo soy testigo. Es una historia más de mentiras, de lados oscuros, pero creo que no es del todo consciente, creo que hay mucho de inmadurez y ahora empieza a despertar. Estoy de su lado, y en la medida de mis posibilidades la ayudo a enfrentar su pasado, han salido cosas nuevas que llevaba guardadas como sus grandes secretos. Me esfuerzo por hacerle ver con la cabeza esas razones locas del corazón. La última vez que hablamos le dije que tenía ganas de ver el final de la historia, saber cómo va a acabar este culebrón que le está robando la felicidad y la vida...así podría contarlo. En cuanto a mí, me sorprende la serenidad con la que me lo estoy tomando, la claridad con la que veo que no me interesa y la indiferencia que sus actos me producen.
Por primera vez en mi vida, he publicado unas fotos con la persona que creo que hoy es importante, con la que tengo un diálogo abierto, con la que me siento cómodo y a la que echo mucho de menos. Mi amigo hizo lo mismo, quizás animado por mi iniciativa. Los dos tenemos necesidad de superar nuestras adicciones. Es demoledor que si suena el teléfono o te escribe un email una mujer, inmediatamente te sientas alerta, pienses que hay una posibilidad de liarte con ella, te obsesiones ante la idea de no poderle decir que no, que tu vida no está disponible. Supongo que el mismo terror sentirá el ludópata que pasa ante un tragaperras, el alcohólico que mira la botella de reojo, el drogadicto ante la caja de pastillas. Saben el daño que les causa, pero no saben si serán capaces de evitarlo.
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