miércoles, 7 de febrero de 2018

Amor sin control




   Este es el título en español de la película de Stuart Blumberg Thanks for Sharing; según algunos comentaristas, bastante desafortunado, porque desvía la atención sobre el tema central, la necesidad de compartir los problemas y pone en énfasis el problema en sí, la adicción al sexo. La pregunta que surge frente a esta etiqueta "adicto al sexo" es si un ginéfilo puede considerarse algo así, o simplemente es una especie de subcategoría, en la que, en cualquier caso, entraría el concepto de adicción y de sexo, no tanto como prácticas en sí, sino como vinculación hacia otro género que no es necesariamente el propio.
   Ya habíamos visto esa película, ya habíamos reflexionado sobre lo que es una adicción, pero asumiendo la vulnerabilidad de la memoria, esas conclusiones pueden difuminarse.
   Lo que a lo largo del tiempo puede llegar a controlarse, en momentos de cierta debilidad, se puede convertir en una recaída fatal. Viendo las incursiones en las vidas ajenas que hace un ginéfilo, siempre desde fuera, esa predisposición quedaría reducida a una inclinación inocente si se compara con una adicción en toda regla. El adicto, por definición, pierde el control sobre su vida a consecuencia de su enfermedad. El perfil del ginéfilo resulta casi romántico frente al de un adicto al sexo cuyo drama es totalmente real. El ginéfilo siente una necesidad apremiante de estar con una mujer, de conquistarla, de seducirla; pero ejerce cierto control sobre su inclinación que le permite seleccionar, buscar y convertir en un ejercicio intelectual, con una trama perfectamente urdida, las acciones que le permitirían conseguir sus objetivos. Esto funciona mientras no haya alteraciones importantes en la personalidad o en el contexto. El paso del tiempo, el síndrome  de la pérdida progresiva de facultades y posibilidades, va convirtiendo su plácido paseo en una obsesión compulsiva y realmente adictiva. A pesar de haber admitido que cierto tipo de experiencias resultan dolorosas y, cada vez, menos motivantes, hay una negación sistemática a admitir que esa inclinación haya podido desaparecer definitivamente. Se teme la recaída, pero no se evita. Siempre queda una última oportunidad para probar que no todo se ha perdido. Es bastante simple, todo lo que se prohíbe se desea; el ginéfilo entiende la inutilidad de sus pulsiones, decide dejarlas poco a poco, pero en sus patrones le resulta inevitable seguir practicando, en su forma de relacionarse, las actitudes propias de su conducta; aunque él mismo intenta prohibírselas, él mismo, cuando recae, se autoriza a seguir adelante. La experiencia le permite pronosticar los posibles finales, quizás esto hace el sufrimiento más llevadero, pero en el fondo sigue ahí y le priva de bienestar y tranquilidad.
   Una vez más aparece alguien nuevo en tu vida. Físicamente encaja en el modelo que te perturba o, al menos, eso crees. No reparas en demasiados detalles. Te convences de que esta vez sí, que esta vez será la última, la definitiva. Y te enamoras, esa es la parte más fácil. Como el alcohólico, no puedes apartar la vista de la botella, estás seguro de que te va a proporcionar todo el placer, toda la satisfacción que no has encontrado antes aunque la resaca de la última borrachera no se haya pasado del todo. Esa es la mujer de tus sueños, la idealizas, estás dispuesto a darlo todo por ella, a dejar atrás todo lo importante que has creado en tu vida, no te importa, no lo ves. Pero esa botella, esa mujer no está a tu alcance; eso hace mucho más agobiante tu necesidad y te hace perder poco a poco el foco de tus intenciones; ese plan tranquilo que un día urdías por puro juego, sin que el resultado en sí fuera realmente importante, se convierte en improvisación, en movimientos poco afortunados, en equivocaciones que no sólo comprometen una posible amistad, sino que incluso empiezan a generar las sensaciones de un  acoso, y a despertar los efectos contrarios a los buscados, el rechazo, el alejamiento.
   Lo peor de las recaídas, cuando ya han sido muchas, es que van debilitando nuestra resistencia, nuestra capacidad para volver a empezar. El alcohólico quiere salir, quiere rehabilitarse, quiere dejar su adicción. Es capaz de volver a empezar su recuperación siempre que encuentre apoyo y estímulo para hacerlo. Lamentablemente muchos no lo consiguen, terminan sus días en el abandono, en la enfermedad, asumiendo su incapacidad para recuperarse y mirando a la muerte como su única y definitiva salida. Las demás adicciones resultan igualmente incurables. Los protagonistas de la película de Stuart Blumberg se quedan en una plácida fase de un nuevo intento de salir adelante; queda abierta la incógnita de hasta cuándo. El alcohólico destruye su entorno a la vez que a él mismo; también cualquier otro tipo de adicto. La pregunta final: ¿ese espacio que alimenta la esperanza de una curación definitiva, compensa la frustración que genera el hecho de saberse incapaz, por sí sólo, de mantenerse firme en su determinación? ¿Depender de alguien para que te ayude justifica tu debilidad y la entrega y sacrificio del otro?¿Los pequeños estímulos hacia el bienestar que obitienes en los períodos de tranquilidad compensan el esfuerzo para librarte de algo que sabes que siempre estará ahí poniendo a prueba tu resistencia y sentido común?
   Las emociones no son sino un estímulo más, una reacción química con la complicidad de la memoria, a las que llamamos amor. Generan una necesidad comparable al hambre, deben ser saciadas. Implican socialización y, por tanto, la implicación de otras personas con una sensibilidad y unos valores que en ningún caso deben ser violados, ni siquiera de forma "inteligente". Pero están ahí, son primarias e inexplicables; también son demoledoras cuando quedan fuera de control. Al final, es una elección y, como tal, un acto consciente. No somos como queremos o como nos gustaría que nos vieran, Un trabajo de seria aceptación y valentía para asumir las cosas haría más llevadera la vida del ginéfilo. Reescribir una y otra vez el final o, simplemente, no darle importancia, desentenderse, existir sin la preocupación....Podemos mantenernos lejos de una botella, no vamos al bar o las eliminamos de nuestro entorno, pero ¿cómo alejarnos de los esrtímulos que una mujer bella nos produce?




lunes, 23 de octubre de 2017

Hola pequeña, la inevitable decadencia

¡Hola pequeña!
   Hace tiempo que no te escribo. Es verdad que he empezado algunos borradores, que tengo algunos temas que tratar relacionados con eso que los cincuentones podemos abordar en relación a nuestra vida sentimental, pero, creo que, en parte, el problema es que no tengo ganas de publicar.

    Por si acaso, a lo mejor lo que me pasa, también le pasa a mucha gente.

   Nunca fui un lector obseso; es verdad que hay algunos libros que marcaron momentos y que no puedo olvidar. Cuando veo que a la hora de escribir se me desliza alguna falta de ortografía, he empezado a preocuparme, a pensar que quizás me he dejado llevar por la cultura de la imagen y he descuidado mis lecturas cotidianas; estoy en el propósito de enmienda. Disfruto leyendo, es verdad, pero también lo es que he perdido los espacios, los momentos y me falta vista y concentración: seguir una historia durante mucho rato me es casi imposible, mi cabeza se va por los cerros de la Tramontana o me invade un agradable sopor al que no me resisto. Lo que llevo peor -esto creo que no es nuevo- son los lapsus de memoria, mi incapacidad para recordar el título de lo que estoy leyendo, el nombre completo del autor y, en ocasiones, hasta el contenido. Las inevitables confusiones, la imprecisión de los datos me inhiben de compartir mi experiencia, de hablar con las personas de lo que estoy haciendo; así no, me quedo en silencio,  por el bien de la literatura.

    Retomando el balance de mis complejos adolescentes, resulta que siguen dando vueltas en mi cabeza. Hice una incursión en el cine pornográfico -por pura curiosidad antropológica-;  me propuse ver completa una película que en sus créditos decía que duraba 41 minutos -creo que nunca había visto una película pornográfica completa-; era la historia de un chico que contrataba los servicios de una prostituta de lujo, pero que al final resultó que era su hermana; a pesar de todo, ella cumplió y él pagó, supongo que en situaciones como esta, los lazos de familia mandan. Reconozco que sentí curiosidad por saber cómo podría ser un encuentro de esta naturaleza, no entre familia, la parte más repugnante de la peli, sino de ese hombre maduro que contrata a una chica más joven para tener una relación puntual. No estuve atento a lo que pasaba; sin embargo, aquellas escenas despertaron fantasmas como la inseguridad, la imposibilidad de una erección, una eyaculación demasiado rápida o demasiado lenta...en fin. Después de una vida sexual relativamente activa, después de suponer que mis complejos ya estaban superados, ante esa ventana puse de manifiesto mi inseguridad, la que siempre ha estado ahí y con la que creo que me moriré. Afortunadamente me demostré a mí mismo -consuelo de tonto- que todo aquello era un fraude; para empezar la película no duraba 41 minutos, apenas 16, por lo que concluí que la resistencia del actor no podía coincidir con el tiempo real,  pero ¿Quién se va a poner a cronometrar una peli porno?

   Otra cosa es la vida real. Hay mucha información sobre la necesidad de mantener relaciones sexuales, con más o menos frecuencia, hay adjuntos sobre las recetas de la felicidad que recomiendan hacer el amor al menos tres o cuatro veces por semana, ¡oh! . Al amparo de esta premisa, cuando cumplimos años nos empezamos a preguntar si hacemos el amor en la medida conveniente. Quienes tienen una pareja fija se quejan de la rutina que quema la pasión  -habrá alguna excepción, claro-; entienden que hacer el amor de vez en cuando es bueno para su intimidad, pero que va dejando de ser una prioridad, ya no cuentan las veces que lo hacen, pero tampoco las que no lo hacen. Otra historia es la de los que no tienen pareja. En algún programa televisivo he visto confesiones un poco bochornosas de hombres cincuentones que hablan de su gran sentido de la liberación sexual, presumen de haber conseguido una inhibición tal que les permite ser promiscuos de manera indiscriminada y ponen en segundo plano cualquier aspecto sentimental en aras de un vivir la vida sin mayores objeciones. Si tuviera la oportunidad les haría un psicoanálisis para que no pudieran mentir, les preguntaría qué tal funciona su próstata, qué tal vigor tienen sus erecciones, con qué frecuencia, si a la hora de meterse en la cama con alguien no les preocupa su panza, sus olores corporales, sus sofocos...Es verdad que se ven hombres de un aspecto impecable, cada vez con más edad, pero hasta que me demuestren lo contario, el paso del tiempo no lo evita nadie y, tampoco, sus consecuencias. En una conversación con un amigo sobre este particular -cada vez más recurrente en nuestras conversaciones- salió con frecuencia el calificativo de "fantasmada" para referirnos a cierto tipo de confesiones; él, que es muy campechano, al hablar de estos conquistadores concluye siempre "que si quieres follar, a lo mejor lo consigues pagando y eso, al final, no nos va", puede ser una buena terapia para afrontar la decadencia.

   Yo me sigo enamorando, no logro disociar sexo y amor. Sigo anclado en las perspectivas más románticas de las relaciones. Después de dar muchas vueltas, de reflexionar sobre nosotros creo que ya encontré la solución a mis agobios, una solución altamente terapéutica, al menos para mí. Un amor de juventud nunca se olvida; nosotros hemos cometido la imprudencia de reencontrarnos después de muchos años y creo que hemos vuelto a pensar el uno en el otro, con una continuidad, como mínimo, suficientemente indicativa de que nuestros sentimientos no han desaparecido del todo. Ya no voy a recriminarte más; a veces he tenido la sensación de que despierto en ti cierto sentimiento de culpa porque la vida ha pintado como ha pintado. Sé que me querías  mucho, que la profundidad y fuerza que tuvieron aquellos sentimientos ya no se pueden reeditar; hoy, como mucho, sigo enamorado de tu recuerdo, pero también te veo tal y como eres y, así, también puedo quererte. Hiciste lo que creíste mejor para ti, eras una chica sensata y vulnerable. En nuestras circunstancias todo parecía en contra y en las de ustedes todo parecía a favor. Decidiste bien, te ha ido bien, has creado una familia, tienes un buen compañero de viaje, creo que nada podría haber sido mejor. En cambio, mira cómo estoy, volando, en las nubes, sin ser capaz de olvidarme de las tonterías y centrarme en alguna forma de vida acorde con mi momento. Este punto merece un brindis y una carcajada.

   Debo volver a hablarte de aquella tricefalia de la cruz. Creo que cuando me preguntaste quién eras tú, ya lo sabías, pero esa es tu estrategia, es tu forma de protegerte;  la mía es preguntarte, y sé que no me vas a responder, pero tengo que hacerlo; forma parte del juego. ¿Ha pasado algo? Sí. Aquella mujer casada, mi afín intelectual, la  vitalista... se enteró de mis ambigüedades, se cansó aparentemente y me bloqueó en sus contactos. Tuve la oportunidad de volver a verla, todo muy formal y caí en la trampa que había evitado hasta entonces: dar explicaciones, justificarme; creo que dejé de ser especial para ella y, a pesar de que noté cierto interés y frustración por lo pasado, ya nada va a ser igual o, simplemente, ya nada va a ser. Me apena un poco porque podríamos haber salvaguardado algún tipo de amistad; también para ella la decadencia resulta inevitable, empieza a estar cansada y aburrida, empieza a ser consciente de sus achaques, tanta inconsistencia le produce mareos. No sé si volveremos a hablar o a comunicarnos. Me quedaré quieto, ahora ya no tengo ganas de seguir, aunque reconozco que en este tiempo siempre fue un buen puerto de atraque.

   El otro palo de la cruz, por el que llegué a sentir cierta obsesión, también se ha ido diluyendo. Creo que lo que siento hacia ella es sentido de la responsabilidad. Ahora no la puedo imaginar como pareja, ni como compañera, ni como amiga...y mucho menos como amante. Un día dejé de mirarla a través de mis filtros emocionales, me puse en su realidad y la venda se cayó. Reconozco que me gustaría volver a verla, incluso salir a tomar algo, pero tengo claro que detrás de mi abrazo o mis besos ya no iba a ver otra intención que no fuera comunicarle mi afecto y mi cariño.

   Habrá hombres maduros que se quieren quedar anclados en las fantasías de las conquistas. Creo que yo entraría en esa categoría. Sin embargo, tomar conciencia de que cada vez serán más fantasías y menos conquistas, puede resultar un poco frustrante, pero a la vez altamente tranquilizador. Si el fin es la seducción, más o menos conseguida, ya el fin no justifica los medios, la recompensa no cubre el esfuerzo, el desgaste, la atención, la previsión, la planificación que supone conseguir que una mujer caiga en tus brazos...además, si eso llegara a suceder...¿Qué ibas a hacer con ella?. Cada vez valoro más mi espacio, mi tiempo de ocio, la tranquilidad que puedes tener cuando llegas del trabajo, la indiferencia ante las tareas cotidianas, el descuido consciente, cada vez te importa menos el qué dirán, el cómo se sentirán los otros -si los hay-, a lo mejor aquel fantasma de la soledad, del no tener ese compañero de viaje, empieza a convertirse en un ángel de la guarda, así también puedo llegar a sentirme bien...No me gusta lo que dijo mi amigo sobre las necesidades biológicas; otro que ya no está decía que "se sentía viejo para enamorar", pero es verdad...si lo que quieres es follar, búscate una profesional, pero si esto no te va, las cosas han cambiado mucho, la gente es infinitamente abierta a cualquier tipo de experiencia, muchas mujeres solo buscan engrosar su perfil vital, el sexo no es un problema, relacionares con hombres maduros, viejos incluso, gente de su misma orientación forma parte de las prebendas de una libertad que nosotros no pudimos vivir y que ahora no siempre sabremos comprender pensando en nuestros hijos; el engaño es historia...quienes creen en el amor podrán entenderlo y te lo agradecerán.






     

viernes, 12 de mayo de 2017

Coño!, soy el otro

  
  
   El egocentrismo propio de ciertas enfermedades mentales hace que el loco normalmente sea incapaz de mirar fuera de la realidad que construye. El patán, en su mundo de fantasía, se monta las historias pensando sólo en aquello que lo pone en valor; por supuesto, no va a dar una perspectiva de asuntos que no le interesen.
   No han pasado muchas cosas desde que les conté que en mi agónica lucha de cincuentón por seguir dando de comer a mi insaciable necesidad ginéfila, me había situado  frente a una cruz de tres brazos. El brazo derecho, la mujer de mediana edad, nueva en mi vida, felizmente o infelizmente casada. El brazo izquierdo, un viejo amor no resuelto, sin apenas recorrido, casi nuevo. La cabeza de la cruz, otro viejo amor, ese sí con recorrido, como un tesoro antiguo, muy valioso que se ha redescubierto no sin sorpresa. El pie de la cruz, lo que va quedando por detrás, la mochila que nos mantiene de pie. Al fin y al cabo, una cruz, y tómese como se quiera.
   Un buen día alguien se cuela en tus correos, ve tu correspondencia, invade tu intimidad; todo aquello que parecía a salvo, que se había pensado con meticulosidad para estar libre de críticas u otras valoraciones, se queda al aire. Y te encojes, te quedas pequeño, mínimo...es algo tuyo que nunca quisiste enseñar. Quizás una adolescente celosa de sus encantos se habría sentido así si le arrancas la toalla al salir de la ducha.
   El diálogo entre dos personas es un espacio único; son tantas las variables que intervienen cuando se aborda un tema, cuando se habla de sentimientos que, fuera de contexto, puede resultar una parodia de lo más estúpida e insustancial. ¿Qué puede saber alguien que está empezando a vivir y que cuida su recién estrenada relación bajo los valores de la eternidad, lo infinito, lo sublime que sólo el amor inocente puede promover?. Todo terminó en una charla cordial, muy cordial para lo que podría haber sido. Una cosa es que didácticamente prediques que las relaciones tienen y deben de ser de una manera, por la preservación del orden social, de los hijos etc. Esa es la teoría. Pero ¿ cómo explicas que la gente se casa,  que no es coherente, que rompe sus promesas y que necesita volver a sentir el fogonazo de la adrenalina del enamoramiento? Si no se vive, nunca se podrá entender y, mucho menos, explicar. Somos inflexibles ante los demoledores efectos de las drogas, del alcohol, pero al final entendemos que son enfermedades incurables. Rara vez nos planteamos que las necesidades afectivas lo sean y que el conseguir nuestra satisfacción justifica cualquier cosa que se pueda llegar a hacer. Supongo que es porque cuando las juzgamos somos potencialmente víctimas; el ser borrachos o drogadictos parece que lo tenemos mucho más controlado.
      Al alcohólico le hablas de las consecuencias en el hígado, al drogadicto le dices que se va a volver loco, al infiel, siempre en el ánimo de que logre corregir su "mala conducta", le hablas de familia, de hijos, de amor, de compromiso y, lo más fuerte, lo que es mortal, le hablas del "otro". Todo habría estado justificado, una posible nueva historia; los correos no eran inocentes, a lo sumo, un poco anacrónicos a los ojos de alguien de veinte años. Pero los correos hablaban de un marido, de unos hijos al otro lado, de una propuesta de quedarte en el rincón oscuro, porque no podía ser de otra manera. Yo lo veo y lo entiendo; de llegar a ser algo no podría ser otra cosa que el "amante", seguramente con los matices que el momento vital impone, "el amante de una conversación tranquila y pacífica, sin reproches, el amante de un paseo, de un intercambio de recuerdos, de experiencias, de espacios comunes...los que probablemente habrán dejado de existir en otras latitudes".
   Pero se descubrió el pastel. No solo fui yo la víctima. También la otra parte recibió lo suyo. Pensé que esas cosas sólo pasaban en las telenovelas. Hoy lo veo con perspectiva. He intentado ser coherente con mis promesas -puede ser un gesto de cariño-; no he vuelto a comunicarme con esa persona, he roto todo contacto, he hecho propósito de enmienda; sé que me vigilan, tienen las claves de mi ordenador, de mi teléfono, los accesos a mis redes sociales. Lo tengo crudo, estoy bajo sospecha y no voy a caer en ese juego, que , como menos , me ha resultado humillante. Así que, cumpliré.
   Si algún día tengo la oportunidad, a lo mejor lo cuento, en directo, por supuesto. Fue bonito mientras duró. Te queda un poco de escozor. Con aloe irá pasando. La cruz se quedó sin un brazo.
     A la vuelta de los días, se deslizaron algunos mensajes. De mi parte unas escuetas disculpas plagiadas de una película americana. De la de ella, el haberme confundido en sus contactos con alguien cuyo nombre empieza como el mío. ¿Seguimos aquí?. Quizás.

   No termina de caer el segundo brazo de la cruz. En cualquier caso sí hay un esfuerzo por redefinir su función. Hoy habría muchas razones para venir al lugar donde un día nos encontramos. Entre ellas volver a vernos. Por momentos imaginé que volveríamos a las aventuras de hace miles de años, que caeríamos otra vez en las locuras del amor clandestino, que seríamos capaces de olvidarnos por unos días de nuestras respectivas realidades. No fue así. A duras penas conseguimos cerrar un encuentro para una tarde. Nada formal. No era ella, no era el gran amor del otro tiempo. Sólo me envalentonó la franquicia de que algo que hubo una vez, podría darse de nuevo. Sin embargo, me sorprendió; fue una cita cordial con una mujer que no me era totalmente desconocida, pero que tampoco era completamente nueva. Comimos en un ambiente agradable, hablamos de cosas intrascendentes, disfrutamos de cierta paz, me atreví con algún requiebro. Pero en la película que creía estar viendo, los personajes ya no encajaban. Habría que reescribir el guion. Ahora ya no es posible. Me encontré con una mujer a la que no sentía como madura, a pesar de serlo. Con una sensualidad infantil terriblemente seductora y una paz en la mirada que sí me era familiar. Sucumbimos a unas caricias posibles, nada más. La pasión se había templado, casi enfriado. Cada gesto chocaba con el cristal de su matrimonio, su fidelidad incólume, su familia, sus hijos, su proyecto de vida; sin aspereza, como ella, como siempre fue, con una dulzura imperceptible, con la delicadeza de quien mide sus gestos y palabras para no herir, para no romper la magia. Podría haberme dicho que el tiempo pasa, que nada es igual; podría haberme invitado a madurar, a dejar la poesía y los gestos corteses, las melodías agradables; podría haberme dicho que en ciertos momentos de la vida empiezan a funcionar otras cosas, igualmente buenas, motivantes; podría haberme dicho que pasara página, que hoy ya nada es posible entre nosotros, quizás una amistad, de lejos y con el contrapeso de que yo fui el otro y que ahora ya no lo soy ni lo podría ser. No dijo nada. Su mirada llegó a ahogarme en algún momento. Mi actitud la hizo sentir incómoda en otros. Llegó la hora de marcharse. Ahora sí, quizás ya no nos volveríamos a ver nunca. Es normal. No somos eternos. ¿Otros veinticinco años?. Imposible.
   Me gustaría olvidarla. Pero ya no me duele su recuerdo. Desisto. No tiene sentido buscar estrategias para acabar con algo que funciona. A mí me funciona. Pero es sólo un recuerdo. Si no intento convertirlo en otra cosa, todo irá bien...para ella, para mí.
   Hay más espacios en nuestros mensajes. Hay ausencias buscadas. Ralentizar la marcha pero mantener la secuencia. Me hace bien saber de ella, sigue siendo un refugio. Nos entendemos, es nuestro mérito, nuestro título, nuestra tesis. Quizás, cuando podamos renunciar a todo lo demás, eso es lo que nos va a quedar...y es mucho.

   El tercer palo de la cruz. Recuerdo a un personaje, tristemente famoso, que ante el fulminante flechazo de la flamenca con la que terminó liado, afirmaba que lo que le estaba pasando no era un calentón de quinceañero, que con cincuenta y tantos la gente sabe lo que es el amor y lo que es enamorarse. El tipo terminó en la cárcel, la flamenca, también, aunque un poco menos; su romance fue un sustancioso negocio a costa de los contribuyentes; supongo que a esto se refería cuando afirmaba que conocía muy bien las veleidades del corazón.
   Aunque siento la tentación de decir que "estoy enamorado", para no mejorar lo presente, vamos a dejarlo en calentón. Es verdad que desde hace tiempo pienso a diario en ella, me recorre alguna fantasía, soporto con paciencia conversaciones insustanciales por el hecho de oírla, intento sin éxito planificar encuentros, guardo celoso en mis archivos algunas fotos. Esto no es amor. A veces estornudar no es síntoma de gripe; como mucho es una pequeña alergia. Llegas a este estado de cosas porque necesitas demostrarte que todavía eres capaz de armar una aventura, de seducir, de conquistar; te debates entre la posibilidad de hacer el ridículo y la indiferencia que te proporciona el pensar menos en lo que te queda que en lo que te falta. Pero sobre todo, llegas a este estado de cosas porque en algún momento calibraste las posibilidades y te dieron esperanza...como cuando eras chiquito. Está divorciada. Vamos al diccionario y consultamos el alcance objetivo de esta situación. Teóricamente está disponible. En este punto empiezan los matices y el palo de la cruz no se sostiene.
   Cuando uno se divorcia corta con un proyecto de vida junto a alguien en todas sus consecuencias. Que estemos disponibles o no para empezar otro depende de muchas cosas, pero, al menos, es una posibilidad. Los aspectos connotativos del leguaje dan mucha libertad. Me habría gustado preguntarle qué es para ella un divorcio. No procede. Esta respuesta he tenido que deducirla y no creo que los indicios puedan ser más claros. Me niego a aceptar que alguien se pueda autocondenar durante diecisiete años a contemplar a su exmarido por el hecho de tener un hijo en común; me niego a aceptar que alguien pueda sacrificar su vida por cubrir apariencias, por no romper lazos familiares políticos; me cuesta mucho admitir que una mujer guapa, rodeada por todas partes de perversos hombres sexualmente activos, no haya sucumbido en todo este tiempo a los requiebros de alguno. Espero que mis intereses me estén engañando y que la imagen que he construido, sea simplemente eso, una imagen.
   Ahora construyamos la película, en dos versiones. Hace unos años su exmarido, por inconstancia e infidelidad, adquiere este adjetivo con sobresaliente. Se van al juzgado y formalizan la ruptura, hacen el convenio y sigue la vida. Él colecciona amantes, el niño crece y empieza la demanda de responsabilidades. Como madre abnegada asume la suya y concreta su frustración en el reproche constante a la negatividad del padre. El primer paso ya está dado. Luego, se separan físicamente; él se compra una casa y se va con la novia de turno que ve a su hijo como un problema y sólo quiere vivir la vida; entramos en la fase del maltrato sicológico; el tiempo va pasando, el niño crece, la madre no vive. Sin embargo, hablan cada día; ella le recrimina como si realmente siguiera siendo su marido; no pasan veinticuatro horas sin que el uno no sepa del otro. Al final todo su círculo familiar asume la minoría de edad del individuo, no es marido, no es padre, no es amante...aporta algo de dinero, va a ver a su hijo al fútbol en donde coincide siempre con su madre a espaldas de su novia. Los papeles aprendidos en los tiempos felices se mantienen, los abuelos siguen reuniéndose en las fiestas de guardar, se hacen comidas, se hacen viajes y el vínculo no se rompe. Es verdad, ella baila salsa, le encanta y es el único placer confesable que le permite afrontar su terrible existencia. Así no hay forma, el conquistador siempre busca el punto débil, la fisura, la grieta por donde pueda hacer palanca. Pero en esta situación, no se puede. El único argumento de su divorcio es su situación legal. Y lo que es peor, lo tiene asumido y no parece necesitar ningún cambio.
   El otro guion que podríamos escribir, más de mi gusto, ofrece la versión perversa, pero emocionante y vital. Ella es una mujer fatal. Desde su ruptura ha habido alguien más en su vida y con el paso del tiempo, en la sombra ha mantenido una o más relaciones paralelas, una o más aventuras ocultas. Si es así, perfecto. Fin de la historia. Nihil obstat. No se ha dado un espacio para hablar del tema, ha escuchado con paciencia mis quejas de amante desesperado y con exquisita elegancia no me ha mandado a la porra. De habérselo preguntado, con todo el derecho su respuesta habría sido "no te interesa".
   Podríamos ponernos en un tercer supuesto, no es de película y resulta terriblemente prosaico. Después de mucho tiempo se reencontró con un viejo amigo, conmigo. Han pasado casi veinte años. Sólo alguien con una enfermiza memoria a largo plazo, puede concebir que en este tiempo el resto del mundo no haya abierto un paréntesis. En un esfuerzo por deshacerme del pasado la intentas ver como la mujer que es hoy, con pareja o sin ella, con una vida o sin ella. Siendo así, como cualquiera, es posible que simplemente no le intereses, que como hombre no estés en su perfil y que por educación y respeto hacia algo que ya pasó, intente mantener una discreta cercanía...que sólo yo, me he empeñado en transgredir.
   A lo mejor, con mi tercer brazo de la cruz,  no soy el otro...simplemente, no soy.   
       
      

          

sábado, 26 de noviembre de 2016

Las deudas del alma...nunca se acaban de pagar, ni a los cincuenta...

   En ocasiones anteriores abordé la problemática de los cincuenta, siempre desde la perspectiva de alguien que se reconoce con un apego intenso hacia la condición femenina . Creo que no las voy a publicar. Están faltas de inspiración, probablemente porque las he escrito forzado por la necesidad de seguir dando coherencia a mi relato. Hoy escribo porque estoy triste, un poco ansioso y porque creo que ese es el mejor estado para intentar centrifugar un poco el espíritu.

    Han pasado tres años desde que superé esa barrera psicológica de los cincuenta. De las muchas predicciones que leí o me hicieron sobre los cambios que iba a experimentar, todavía no puedo concretar ninguno. Casi todas apuntaban a la apocalipsis de mi energía emocional, poco menos tenía que prepararme para convertirme en una especie de castrati al que sólo debían preocuparle cosas mucho más trascendentes que el hecho de querer conquistar a una mujer y, a lo sumo, llevársela a la cama; esas cosas, después de los cincuenta, resultan patológicas.

    En lo que no he cambiado, a pesar de todo, es en que sigo siendo una especie de mentiroso compulsivo, cosa que no puedo evitar cuando escribo y espero que alguien me lea  Pero no lo percibo como un defecto, es una patología más de las muchas que vienen de serie en la condición humana. En nuestra cultura mentir se extirpa como una mala verruga...sin embargo, es persistente y siempre vuelve a salir. Con todo, ahora he encontrado un término que tiene un contenido despectivo considerablemente inferior: "episodios de fabulación"
 
    No termino de salir de mi última historia. Siento que todas las razones por las que me escapé de ella me siguen persiguiendo, y me debato entre aquello de que es mejor malo conocido a bueno por conocer, en especial, porque en este momento de mi vida lo bueno por conocer empieza a convertirse en quimera, en posibilidad de remoto cumplimiento. Vivo como si realmente siguiera comprometido, anclado a unas promesas y a unos límites que ya no están. Sigo sintiéndome obligado a estar a una hora en casa, a dormir en la misma cama, a rendir cuentas, a respetar aniversarios de los propios y de los ajenos, a ser guardián inflexible de mi salud y a pensar, quiera o no, en que no debo ser la cigarra del cuento, sino la hormiga que debe guardar para un futuro incierto, pero futuro. Al final, toda una actitud.

   Hace años, comunicarte con tus contactos suponía un acto de importante voluntad. Había que llegar a casa, buscar un momento, encender el ordenador, esperar que la conexión telefónica fuera bien y, entonces, se producía el milagro en la pantalla, salía la chica, normalmente arreglada para la ocasión y charlabas, horas a veces, como el preso ante su visita. Ahora, las benditas redes sociales no te dejan descansar sino cuando estás bajo la ducha, porque, incluso haciendo tus necesidades más íntimas, estás tentado a darle a los deditos para guasapear, facebuquear, tuitear etc. Hasta ahora, el ginéfilo mantenía sus adicciones en el plano de lo razonable, como cualquier adicto que está convencido de que tiene su enfermedad bajo control, porque la somete a una estricta rutina de lugares. momentos y frecuencias. Pero en estas circunstancias, con tantos flancos abiertos para que entren en tu intimidad y la compartas al mismo tiempo, resulta totalmente imposible: no hay forma de justificar la absoluta dependencia.

    Mi confidente en estas lides iba a ser el primer protagonista de mis cincuentonadas, pero me voy a  dar un gusto y  tendrá que esperar un poco. ¿Cómo te planteas una nueva relación si la última todavía te condiciona?. Además, partimos del hecho de que, a estas alturas, como decía también un recordado amigo mío, estamos un poco viejos "para enamorar". Creo que al saltar la barrera de los cincuenta me olvidé de desconectar alguna función, ya por obsoleta, que debe dirigir la imperativa necesidad de seguir buscando líos entre los brazos de las mujeres. Espero ser la excepción por el bien del sentido común.

    Fue un accidente, conocí a alguien durante un traslado provisional en mi trabajo. Fue receptiva, sólo eso. A pesar de que nunca nos volvimos a ver, nos intercambiamos whatsapp ,y, cuatro años después, seguimos en las mismas. De vez en cuando, nos prometemos un encuentro que nunca llega, y si llegara no sé muy bien qué pasaría, porque estamos tan acostumbrados a la mini dactilografía telefónica que supongo que estaríamos frente a frente y no sabríamos comunicarnos de otra manera. El que sea una mujer casada y viva a unos cientos de kilómetros de mí, ayuda bastante y aquí mi querido Platón adquiere un sentido pleno. Es verdad que tenemos muchas afinidades, que, a lo mejor, podríamos funcionar como pareja, que hasta podríamos enamorarnos...pero me da una pereza terrible. Juega con ventaja, es algo nuevo y eso tiene su encanto.

   Tonteando en Facebook se me ocurrió buscar a alguien que había significado mucho para mí cuando tenía veintitantos años. No se rían, a lo mejor la reconocen en alguno de mis relatos anteriores. Y empezamos a hablar. Como aquella historia no acabó bien...ella se fue con el que actualmente es su marido...durante un tiempo me dediqué a recordar todo lo hermoso que había sido nuestro romance, a intentar despertar en ella todas aquellas cosas que nos habían unido en una etapa de nuestra vida, realmente memorable y emocionalmente muy intensa. No dudo que en algún momento la haya hecho flaquear, especialmente porque retomamos una pasión dormida -congelada quizás- que estaba libre de todo el deterioro que da el uso. Pocas cosas ha reconocido sobre su matrimonio, pero una de ellas es que, después de un montón de años, es difícil mantener el tono de amor que ella y yo conocimos. Puede interpretarse como una pequeña victoria para mí, pero a través del tiempo he podido comprobar que sólo ha sido otro "episodio de fabulación". En cierto modo hay más cercanía que con mi compañera de trabajo, hablamos por teléfono de vez en cuando y, al menos yo, he superado mi inicial incomodidad. Casada y lejos. El teléfono, otra vez, el arma asesina. Su prudencia y mesura sólo puede obedecer a sus firmes convicciones matrimoniales, no habla de ellas, no tiene que repetirme cada día que quiera a su marido, que quiere a su familia y a su vida ni que yo me he convertido en una mosca cojonera empeñada en remover su pasado, sin otra intención clara que la de complicarle la vida con alguno de mis arrebatos irresponsables; es demasiado educada y formal. En mi fabulación la sigo viendo como hace veinticinco años, la deseo, incluso; reconozco que no me importaría recuperar alguno de aquellos momentos vividos...pero, ¿a qué precio? Le he dicho muchas veces que la quiero, ella siempre responde que lo sabe. Quizás siga enamorada del recuerdo, pero, a día de hoy, su único amor, es su marido, me duela donde me duela.
    
  Y ya, mi pequeña joya. Otra obsesión de juventud. Otro reencuentro casual. También me dejó; el que es el padre de su hijo, se la llevó al altar; hoy están divorciados, pero como si no lo estuvieran. A mí se me antoja que en este momento de su vida podría ver las cosas que no vio hace veinte años. Y el debate es complicado. Supongo que como no me gusto, a lo mejor descubro a los ojos de una mujer con la que tuve una aventura hace un montón de tiempo, que puedo descubrir virtudes  que restablezcan mi autoestima. Y me lanzo al ataque. Hay un asunto profesional que nos obliga, en cierto modo, a estar cerca; sólo un asunto profesional, lo único. He  tenido que hacer un esfuerzo considerable para recordar todas las cosas que nos separaron en su momento. No tenemos nada en común, nada; es más, casi todas las cosas que nos gustan nos separan. Odio el fútbol y los coches, a ella le encantan; tiene un montón de mascotas, no las soporto; adora el baile, yo el peor de los patosos; lee lo justo, ¿qué haría yo sin un libro? Odia el alcohol, a mí me complementa. Desde el principio, los dos queríamos tener una bonita casa con jardín...y lo conseguimos, pero cada uno la suya; ni siquiera nos necesitamos. Todavía no sé qué pudo ver en mí en aquel momento...ella dice que es que era demasiado inocente...supongo que me quiere decir que no tenía ni idea de lo que quería; en efecto, su ex-marido y yo somos como un huevo y una castaña. Sin embargo, creo que estoy enamorado. Esto sí que es una crisis. Ando como un zombie esperando que me coja el teléfono, que responda a mis mensajes, he perdido hasta el apetito...pero estoy viejo para enamorar, y
este catarro lo tendré que pasar solito, cincuentón, aburrido y lleno de miedos. ¿Cómo será relacionarme con alguien mucho más joven que yo? ¿Seré capaz de seducirla?, ¿Responderé en la cama?, ¿De qué hablaremos en nuestro tiempo libre?, ¿Seremos capaces de crear sueños juntos?...Sueños, ¿qué sueños?
   En los cincuenta sí he encontrado algo. Un cajón lleno de futuros que ya se han cumplido, de historias con un final escrito y leído. No queremos recorrer caminos ya andados...aunque la tentación de reencontarte con algún paraíso-infierno perdido sigue siendo demasiado fuerte...a pesar de los cincuenta y tantos.                            
             

martes, 10 de mayo de 2016

Tengo cincuenta y tantos y...¿ahora? (I)

   No hace mucho vi una película en la que una pareja se planteaba nuevos retos para su recién inaugurada década: entraban en los cuarenta. Aparte de estudios médicos sobre los cambios hormonales y sicológico-conductuales, supongo que la aportación subjetiva a los distintos períodos de la vida queda en el saco de lo más íntimo y personal. También, en la cafetería de mi centro de trabajo, hablamos un día sobre la relatividad de las décadas, sobre aquello de que los cuarenta de hoy pueden ser los treinta de hace veinte años y que hay hombres y mujeres que pasan de los cincuenta que son perfectamente asimilables a los cuarentones de otra época. Este comodín nos viene como anillo al dedo, si no fuera porque no podemos olvidar que el paso del tiempo es un juez implacable que establece los límites entre lo que queremos hacer y lo que podemos hacer.

   La fiesta de cumpleaños superó, en lo formal, muchas de mis expectativas, si es que en algún momento tuve expectativas con relación a este tipo de eventos. Las personas que más te quieren lo preparan todo para darte la sorpresa de tu vida, hay que celebrar el medio siglo, no tanto porque sea un reto demasiado complicado de lograr, como por el hecho de que es una fecha redonda de incuestionable naturaleza como para que pase desapercibida. 
   
   Y llegó el gran día. Para alguien que sólo es capaz de superar el terror escénico a base de sumial o de altas dosis de alcohol, aquella iba a ser una prueba difícil. A diferencia de otros cumpleaños, en éste habían concurrido ciertos aspectos importados de culturas extrañas de la mano de sus organizadores. Había sofisticados chupitos de gelatina de colores, lazos en las sillas, arreglos florares y exquisitos detalles de decoración floral; el entorno era encantador. Los invitados fueron llegando con el rigor protocolario de una boda a la americana, se les había advertido de la necesidad de cierta etiqueta y del estricto seguimiento de la programación. Ya, desde ese momento, empecé a sentirme como el no protagonista, no tenía que hacer nada, ni siquiera disfrutar. Me acuerdo que en los primeros momentos, a la espera de acontecimientos y por no fastidiar la sorpresa me fui al garaje de la casa para tomar algo de vino y hablar con los invitados más madrugadores; allí esperé, entre bambalinas, a que me dieran la alternativa en la que se supone que era mi gran fiesta.
   
   Fue un asalto prolongado, con baile, canciones, discurso, comida, bebida, regalos y vídeos emotivos, recapituladores de las experiencias más significativas que mi prójimo tuvo a bien juzgar como tales e incluir en un cuidado montaje. Hablé, en mi alegato de agradecimiento, como sólo se le permite a alguien que cumple cincuenta años, entre el sopor y la penumbra de una tarde que empezaba a ser demasiado larga. Supongo que, a partir de ahí, ya empezaron a marcharse algunos invitados; a pesar de todo, seguimos bebiendo, riéndonos, hasta que fue de noche, se sirvió otra vez comida y aquello parecía interminable. No sé si es lógico o no, pero se me han borrado otro tipo de detalles relativos al fin de fiesta. Con insistente curiosidad he intentado recuperar el vídeo del evento, pero no he tenido éxito; quizás sea lo mejor, hay cosas que no deben volverse a evocar nunca.
 
  Sería una falta de agradecimiento no reconocer el mérito de todas aquellas personas que se implicaron en montar un fiesta para mí, ya era hora, ¡siempre las había montado para otros! Consiguieron que me sintiera especial, distinto, escuchado; pero no consiguieron que no me sintiera extraño, raro, como un actor de mi propia vida.

  Si tienes pareja y le importas, cumplir cincuenta años se convierte en un reto en el que cualquier sorpresa será poca. Unos meses antes empiezas a observar comportamientos extraños. Te pregunta por cosas que antes nunca te había preguntado, averigua el paradero de viejas fotografías, organiza raras reuniones con parientes cercanos, solicita recursos y medios que nunca antes había usado. A quien le gusta controlarlo todo, no le gustan las sorpresas. Lo más desconcertante es ese afán porque todo vaya bien; de pronto, cosas que habitualmente son motivo de discusión, milagrosamente dejan de serlo, a los despistes habituales, se responde con  sonrisas en lugar de con reproches...Creo que una vaca de esas japonesas, súper mimadas, recibe menos atenciones; visto así, es como si te cebaran para el matadero, es como si todo el mundo conspirara para que la pieza llegara en el mejor estado  al gran sacrificio.

   Me planteé, luego, cómo hubiese sorteado obstáculos importantes si yo hubiese tenido que organizarlo todo. No podría olvidar mi condición filogénica y las dificultades añadidas para seleccionar, por ejemplo, a los invitados. Pasando por este tamiz a la gente que iba a venir al evento habría tenido que hacer unas cuantas comprobaciones porque, una cosa es haber gestionado situaciones totalmente incompatibles en tiempos y espacios no coincidentes, y, otra bien distinta, traer a esos actores a un mismo momento y a un mismo lugar.

   Muchas veces hablé con alguna pareja de "envejecer juntos"; ahora era el momento para evaluar esta idea. No pude evitar pensar que esas personas que formaron parte en algún momento de mi vida, el día de mi cumpleaños me harían rendir cuentas de las promesas no cumplidas. Por más vueltas que le di, no encontré argumentos para excluir a nadie y que pasara lo que tuviera que pasar. A todos nos encanta reservar la información, guardar nuestros secretos; imaginar a tu ex tomando unas copas con otra ex que, a su vez, es la amiga de la mujer de tu mejor amigo a la cual, pretendes en secreto, resulta demasiado pretencioso y novelesco. Sin embargo, en un cincuenta cumpleaños tienes todos los ingredientes para que esto se dé y tú lo tengas que sufrir. 

   Sigo sin recordar muy bien cómo acabó todo. No recuerdo broncas, malas caras, disidencias, excesos alcohólicos; pero tampoco me acuerdo de que el silencio se fuera haciendo poco a poco hasta que el salón quedara vacío, con las copas y los vasos dispersos, los platos en el fregadero y los regalos sobre la mesa del salón. Esa sensación de volver a la cordura, de ir a una cama, después de una relajante ducha y emprender el primer día del cincuenta y un cumpleaños, no lo recuerdo.                

martes, 21 de octubre de 2014

Treinta y uno de Julio

 


  Nunca pensé que una fecha se convirtiera en el martillazo recurrente de tu vida. Ya da igual de qué año. Sé que hasta el último día cada treinta y uno de julio será el punto donde todo acaba o donde todo empieza. Reclamamos nuestra independencia, nuestra individualidad; reclamamos el ser originales y distintos, pero, poco a poco, con cierto grado de decepción, vamos aceptando nuestra inevitable semejanza, si no, nuestra igualdad absoluta.

    Hasta el treinta y uno de Julio tenía una vida, pensé que construida por mí, para mí. Me sentía orgulloso, no de ella, pero sí de haber sabido escabullirme y salir airoso de las zancadillas que me iba poniendo. Y sí, algún rasguño queda, algún moratón, alguna pequeña cicatriz. Caminaba risueño, con el convencimiento ingenuo de haber burlado el destino, de haberme quedado fuera del coche poco antes de que se estrellara. Y así habría podido seguir viviendo mucho tiempo, agazapado y prevenido, lleno de miedo, porque el paso del tiempo te va haciendo despistado y olvidadizo y porque las estrategias que sirvieron una vez, puede que ya no vuelvan a servir. Y aquel día murió mi padre. No iba a dejar de ser quien era, nunca me había construido una coraza para defenderme de una pérdida importante. Es más, jamás concebí que eso pudiera suceder. Los seres queridos y necesitados terminamos por concebirlos como eternos. Sin embargo, estaba con el trasero al aire y me estoy empezando a enterar bastante tiempo después.

   Supongo que por ese afán de ser diferente, aquel día reprimí el llanto; sólo una arcada momentánea de lágrimas ante su cuerpo inerte. Me aparté de la gente, empecé a racionalizar la situación. Cuando estuve otra vez de pie, creí haber encontrado todas las respuestas, haber puesto en orden lo que aquel ventarrón había tirado por tierra. Y allí estaba. Haciendo llamadas a la tranquilidad, dispensando ansiolíticos, pautando el protocolo a seguir. No recuerdo si me dolía la barriga. Sí una curiosa sensación de paz mientras, recostado junto a mis hermanos, me resistía a soltar la mano aún caliente de quien me había sostenido en la vida.

   Lo anecdótico no lo fue tanto. Mi padre había invertido en un ascensor porque sus rodillas estaban gastadas de tanto trabajar, sin embargo, tuvimos que bajar su cuerpo por la escalera. Aborrecía el calor, le descomponían los temporales del sur; aquel día pasaba de cuarenta grados, el viento soplaba sin tregua y, para colmo, el fuego contra el que tantas veces luchó, se cebaba en el reseco monte. Si creyera en el infierno, supongo que su antesala se abrió aquel día para todos. Afortunadamente, sucedió entre semana, (morirse un fin de semana, lo complica todo, le quita categoría; no sabes si los que te acompañan están pendientes del fútbol, de la suegra o de lo que realmente les ha llevado allí), nunca le gustaron las multitudes, la gente estaba de vacaciones y sólo vinieron los justos, los imprescindibles. Como siempre admiré su grandeza, pensé que su entierro sería multitudinario. Supongo que nunca es suficiente la gente que viene a despedir a un ser querido. Ante su tumba un improvisado discurso y poco más. Nos educaron para no desencadenar emociones; mis hermanos y yo, nos sentimos liberados cuando todo el mundo empezó a despedirse, inmutables o indiferentes. Sentía unas ganas terribles de salir corriendo, de escapar. Pensé que era el final...sólo era el principio.      

El mejor padre del mundo...


 
    La muerte de Robin Williams ha hecho que inevitablemente su obra cobre actualidad, aunque pienso que en ningún momento la ha perdido. No podíamos sustraernos a este fenómeno, en particular porque algunos de sus trabajos han marcado  momentos de mi vida. "El club de los poetas muertos" no nos dejó indiferentes. Aunque me da la impresión de que se vendió, aquel argumento, como una transgresión demasiado atrevida de los modelos tradicionales de educación; la actitud del personaje me resultó una ilustración bastante fiel de algo que sucede con mucha más frecuencia de la que imaginan los no educadores. Pero el actor marca estilo; los responsables del casting acertaron de pleno; resulta difícil separar al personaje de la persona y no creo que sea un tópico. Creo que si no le hubieran puesto el traje de época y la ambientación, habríamos tenido la misma impresión: es una relación atemporal, un modo de ejercer nuestra influencia en los adolescentes, una necesidad de romper moldes que contamina la labor docente (esto último no es mío). La sonrisa triste y condescendiente, absolutamente sincera, la resignación no airada frente al sistema, descubren una personalidad inequívoca que solo los que pudieron conocer a la persona podrían confirmar. Nosotros, simplemente, vamos a hacer una concesión a la imaginación, y deducir de las informaciones presentadas en la prensa, a raíz de su "trágica muerte", que este hombre, además de un buenazo, estaba realmente fastidiado.

   No es mi intención meterme a crítico cinematográfico, pero me parecía necesario contextualizar un poco la impresión que me dejó ver la película "El mejor padre del mundo", protagonizada por el mencionado actor. Vuelve a hacer el papel de profesor pero, ahora, además, es padre soltero. Su hijo adolescente, obsesionado por el sexo -qué raro en un adolescente-, se dedica a prácticas masturbatorias de riesgo; por accidente se estrangula y su padre simula un suicidio para preservar su reputación. Todo lo demás es imprevisible, incongruente o, simplemente, absurdo. La muerte del niño dispara su popularidad, le dan el nombre de la biblioteca del instituto, afloran los más oscuros secretos de sus enemigos, se editan sus memorias; su padre, frustrado por no haber logrado publicar ni una sola línea del resultado de su gran pasión literaria, aprovecha la coyuntura, gana dinero e, incluso, se pone en valor ante su pretendida novia. Con un ritmo tortuoso y parapléjico, empapado de canciones clamando libertad, amor por amor, devaluando la vida y el compromiso, se llega a la confesión final en la que se desmonta todo y, literalmente, el protagonista corre liberado para tirarse desnudo, pero con calcetines, a la piscina...

   Como padre, me reconozco un padre algo bonachón y consentidor; mi hijo me manda a la porra con frecuencia y miro para el otro lado; no discuto con él por escuchar determinada música -para el tiempo que estamos juntos, que escuche lo que quiera y, así me actualizo-; esa constante necesidad de llamar la atención es un simple accidente, es una etapa de la vida en la que deberá forjar su personalidad. Hay evidentemente riesgos mayores para los que hay que estar prevenidos, pero esos el sentido común, cuando existe, ya se encarga de subrayarlos. No creo que ningún padre llegue a la conclusión de que su hijo sea un imbécil y una mala persona, por el simple hecho de ser lo que le corresponde. En este punto al guionista se le fue un poco la mano.

   Como profesor, nihil obstat...o sí. No conozco los interiores del sistema americano de educación, pero está claro que si las cosas son como las cuentan las películas, les va bastante mal. En nuestro trabajo a todos nos fastidia que nos llamen la atención, que otros tomen decisiones injustas, que nos presionen sobre asuntos en los que nos creemos competentes y que, siempre, tengamos la sensación de que todo se hace más por intereses que por razones coherentes. A pesar de todo, no dejamos en casa la camisa de padres para ponernos la de maestro cuando entramos en el aula. Seguimos siendo los mismos, bastante intoxicados por ese contacto diario con adolescentes, con perspectivas difusas por la necesidad permanente de adaptarnos a cada nueva situación (hace tiempo que dejamos de usar los catecismos) y es, en este punto, donde nos son achacables todo tipo de errores, pero también  muchos aciertos, casi siempre casuales pero muy efectivos en el tiempo.

  Quiero ponerme en la piel del "malogrado" actor o de sus guionistas y colaboradores. Realmente me daría igual si no hubiesen tocado los dos palos que más me definen. Tener a sus espaldas una reputación cinematográfica, unos medios técnicos y el potencial que da el cine para difundir ideas es terriblemente peligroso cuando en el declive personal justificamos cualquier chapuza. Esta película es un insulto a su título. No se puede -no resulta gracioso- montar una historia sumando las frustraciones creativas, los traumas adolescentes sobre la sexualidad, las vergüenzas como padre convencido de su incapacidad, la arrogancia de la disculpa pública, cuando nada se tiene que perder en un afán de liberación personal cuando ya no te queda nada por hacer en la vida, al menos así se cree...y, además, pretender que esto sea digerible con cierta linealidad y que, encima, se empaquete  en un mensaje de lo más irritante que implica a padres y a profesores, irritante e irreal y te vendible gracias a su sensacionalismo.

   Como hombre, como ginéfilo, no puedo dejar de comentar qué pasó con la chica. Si ya el papel principal derramaba su patetismo por los poros, el marco de la relación sentimental lo terminó de saturar. Este madurito profesor coquetea con tonta guapa del colegio. La cursilada de llamarse por nombres de fruta el uno al otro suponemos que se escogió a propósito. Entre las opciones posibles, quizás ésta era la menos mala. Una aventura insustancial, basada en el aquí y ahora, sin futuro en la que él es el corderito dócil que se pliega a las memas demandas de la imbécil frívola. ¿Qué podría esperar un fracasado?: nada mejor. Parece que los gritos feministas o sexistas empiezan a apagar sus ecos. Sigue siendo un problema pero, quizás, cada vez menos de moda. Si hace un par de décadas en una película americana sacan un perfil como el de la chica que aquí nos ocupa habría ardido Roma. Ésta, además de encefalograma plano presume de su condición de putón interesado. Juega con el personaje, lo manipula, lo deja por otro más guapo pero vuelve con él cuando se supone que tiene más fama y dinero. Todo un primor, hasta su hijo llega a sentirse interesado por ella. ¿Esto qué es, una comedia o una burla? En las pocas ocasiones que rematan este papel, lo justifican, lo realimentan sin la más mínima vergüenza.

 Alguna vez leí que la razón por la que alguien nos cae mal es por nuestra natural inclinación a rechazar al semejante. Cuando se han superado unas cuantas curvas de la vida, cuando uno empieza a tomar conciencia de que los tramos que quedan pueden ser los últimos, siente la tentación de dibujar un perfil simple, ideal, casi cubista. Lo más importante que se ha hecho hasta entonces es tener un hijo, los escarceos en el entorno femenino se reducen al puro utilitarismo sexual que convierten al individuo en un borrego cada vez menos apetecible y con menos probabilidades de éxito; por aquello de que nunca es tarde, se lanza a la pirueta final en la que pretende resolver todos los errores del pasado, sus errores del pasado...como si fuera tan fácil: hoy dejo de ser quien soy, el que he construido durante toda una vida, para ser el que he querido ser o el que los otros han querido que sea y, ahí nos vemos, con esa sonrisa bobalicona inequívoca, tan personal de Robin Williams que nos redime al tirarnos a la piscina para lavarnos de forma integral y pecar limpitos.

   ¡Vean la película, no tiene desperdicio!