domingo, 16 de agosto de 2026

De los 57 a los 63 (7)...otra de policías, guardia civiles, soldados y aviones...


   Se conocieron en la facultad de filología. Ella tenía dieciocho años, era rellenita y muy simpática, con una sonrisa eterna que parecía impresa en sus rasgos. Iba de la mano de dos amigas, conocidas de sus pueblos natales y ahora compañeras de residencia universitaria, de monjas por cierto. Eran un trío peculiar porque rompían todos los estándares de la física y de la química; frente a la rellenita, nuestra protagonista,  una de las chicas era delgadísima, casi anoréxica, lucía una melena rubia con corte mafalda; la otra era gigantona, con una planta que imponía, unos rasgos de boca y rostro bastante interesantes y una densa melena castaño. Socializaban a trío, al principio, hasta que los cursos sucesivos las fueron serparando, no sin antes haber sido cómplices en unas cuantas aventuras.

   En el coro dominical de la residencia de las monjas todos se apuntaban para cantar en la misa. Era la ocasión perfecta para acceder sin reservas, por lo pronto, al hall de aquel colegio blindado para garantizar la virtud de sus inquilinas. Como apoyo con la guitarra se presentaron varios chicos, en principio bien recomendados, que desde el primer día se sintieron unos privilegiados al poder inspeccionar de forma visual, en un entorno menos formal que el de las aulas, a toda una pléyade de futuras universitarias que, no se sabía muy bien porqué, parecían ungidas por un aura especial que las separaba del resto de las mortales del campus...y, además, cantaban la misa con ellas.

   De estos domingos salieron algunas parejas, algunas amistades y algunos líos que nunca terminaron de definirse muy bien. La chica del piloto no se quedó fuera. Tuvo quien la cortejara y se acercó peligrosamente al precipicio del pecado por tener una novio lejos y no reconocido. No le faltaron ocasiones de sucumbir a los embites de un zalamero que hacía los solos del santus y el agnus dei, atrevido y audaz, que sabía explotar el ansia de riesgo y aventura reprimida bajo los dictados de la santa madre iglesia. La chica del piloto, además de guapa, inteligente y simpática, tenía un fuerte carácter y esas propuestas audaces le venían como anillo al dedo para romper un poco con su papel de dama a la esperda del galán. Se escaparon unas cuantas veces y de aquellos paseos, especialmente los nocturnos, cualquiera habría podido deducir que allí estaba pasando algo. Sin embargo, las cosas no siguieron esa ruta, él hablaba de Belén y Nazaret y ella de Marinao; la nocturnidad de sus escapadas solo arropaba largas conversaciones en las que sus amores imposibles se convertían en los protagonistas.

   Fueron pasando los cursos, ella se especializó en Hispánicas, él en Clásicas. Había alquilado un piso, se había liberado del colegio y su relación con Marinao ya era un hecho más que confirmado. Empezaron los planes de boda. Tendría que terminar su formación militar, cerrar su ciclo y pasar al siguiente nivel. La comunicació, para aquellos tiempos, era bastante fluida y nada parecía interponerse en el éxito de un romance que sus colegas jaleaban y celebraban, incluido el audaz solista, que no había salido de su vida y que se convirtió en un confidente fiable, hábido de compartir todo lo referente a sus vidas sentimentales. Estaban en el último curso de carrera; siempre que tenía oportunidad él la iba a ver a su piso de estudiantes y tomaban té o café. Aquella tarde se la encontró bastante disgustada, con claros signos de haber llorado, pero sin desdibujar su sonrisa eterna.

   -¿Sabes que Marinao hace más de una semana que no da señales de vida? Lo último que hablamos es que se iba unos días a otra zona por unas maniobras y para concretar algunos puntos relacionados con la celebración de su graduación. Estas desapariciones se convirtieron en la tónica. El solista audaz iba a verla con más frecuencia, con el convencimiento de que ahora tenía una papel de consejero sentimental y que sus intuiciones sobre la posible infidelidad de Marianao se iban confirmando. Terminó el curso y ya solo se comunicarían telefónicamente. Todo saltó por los aires. El piloto le confesó que había tenido una aventura y que tendrían que darse un tiempo porque, a pesar de que no había significado nada, tenía la sensación de que había sido un misil en la línea de flotación o la pérdida del alerón de cola en una ráfaga de metralleta enemiga. 

   El solista audaz la fue a ver. Conoció a su familia y coqueteó con la hermanísima; se rieron y lo pasaron bien dentro de la desgracia que suponía haber cancelado todos los planes de boda, los compromisos, las amistades comunes, los gastos anticipados. Pero aquello no era más que una batalla y de resultados inciertos. El solista audaz siguió su viaje. Fue a ver a Belén, no a Nazaret que, para colmo de sus pesares, había decidido meterse a monja. Después del verano y tras terminar sus carreras se fueron distanciando. Se comunicaban por cartas; ella ejercía su oficio de buena literata; él se limitaba a contestarle sin demasiado mimo; poco a poco se fue sintiendo fuera de aquella película y hacía promesas insustanciales y poco probables de algún posible reencuentro para seguir con sus osadías pasadas. Una de estas cartas puso el freno a las incertidumbres, se había reconciliado con Marianao y se iban a casar, esta vez sí, era la definitiva. El solista audaz le contestó de una manera un poco más consistente, se mostraba apenado, pero le pedía que intentaran conservar una buena amistad, que esa sí era sólida e incondicional y le deseaba de todo corazón que no fuera a equivocarse al volver a su historia, que el daño estaba hecho y que nadie mejor ella conocía los argumentos para dar a aquel asunto una seguna oportunidad...que nunca fueron buenas. 

    Unos cuantos lustros más tarde, la chica del piloto y el solista audaz se reencontraron. Ahora, por las redes sociales. Habían tenido una boda romántica, muy bonita; habían comprado una casa, grande, rodeada de huertas y habían compartido ese sueño, en las duras y en las maduras; habían tenido dos hijos preciosos, que habían crecido, habían estudiado y ahora eran ya dos profesionales hechos y derechos. Y...se habían separado, estaban en trámites de divorcio, básicamente, por las infidelidades de Marianao. Estaba intentando reconstruir su vida, asumir su nueva situación, reestructurar su perfil de mujer madura, con dos perros y una casa que se le hacía inmensa. Marianao tenía nueva pareja, más joven que él, obviamente. Cuando pasó el temporal empezaron a coincidir en actividades para gente grande, en cosas que siempre les gustaron, mantenían una apacible no relación por la casa común y por sus hijos. 

   Amante de la fotografía, adicta a los viajes culturales, siempre curiosa, aprovechó una fiesta local y un grupo de amigos para reencontrarse con el audaz solista después de un porrón de años. Esta vez ella se había adentrado en campo enemigo. El resultado no fue del todo predecible, pero sí dio pie a ese  montó n de confidencias que solo salen a la luz cuando ya han dejado de importarnos. El reencuentro fue un poco frío, el audaz solista quiso darle una abrazo afectuoso y muy afectado que le demostrara lo mucho que se alegraba de verla; sin embargo, ella se mantuvo bastante arisca, quizás porque no había olvidado algunos aspectos incómodos de la personalidad de su viejo amigo. Se fueron a cenar todos juntos, bebieron, se divirtieron y llenaron la noche con anécdotas y recuerdos de los tiempos en los que todavía no habían saboreado ningún desastre importante. Ellos dos se fueron a comer solos el día siguiente. Hablaron y se pusieron al día. No había vivido su separación como una mujer destrozada por el desamor; no era propio de su carácter. No había sido una santa, literalmente, había pecado y roto con su virtuosa educación reforzada en su época universitaria; las monjas no lograron llegar lo suficientemente hondo como para castrarla de por vida. En el instituto donde trabajaba conoció a un catedrático de griego, conectó con él desde el primer momento. Su matrimonio, el del catedrático, era un auténtico caos. Su mujer, a la que quería y amaba sin reparos, había contraído una enfermedad que la postró en una silla de ruedas; él había asumido la responsabilidad de respetarla hasta que la muerte los separara...y cuidarla...en la enfermedad. Con cierto rubor le confesó al solista audaz que llevaba siendo la amante de este señor desde hacía bastantes años, que disfrazaban su aventura programando actividades escolares en las que casualmente coincidían a la hora de viajar; en momentos límite, habían asumido que sus encuentros clandestinos tenían que ser en la parte trasera  de la destartalada furgoneta del catedrático, dado que sus correspondientes hogares estaban sitiados y no disponibles para estas lides. A la pregunta de que si aquello iba en serio, de que si aquello podría terminar saliendo a la luz, la respuesta fue tajante: es lo que es, nadie quiere o puede cambiar nada. 

   Con ocasión de sus jubilaciones, volvieron a contactar. En realidad seguían mandándose mensajes muy de vez en cuando. Hacía tiempo que no hablaban de sus asuntos personales, intercambiaban noticias sobre eventos, se recomendaban artículos sobre distintos temas y los comentaban con variable interés. Pero este silencio hablado volvió a romperse. La nueva etapa que empezaba la devolvía a convivir con fantasmas imprevistos, con una aparente soledad impuesta, con la ansiedad por saber cómo iba a ser el tiempo que le quedaba. Seguía viajando y haciendo fotografías, se apuntaba a actividades en las que pudiera sentir todavía algo de protagonismo social, con Marianao participaba en un curso de manualidades avanzadas y con su catedrático de griego, marido aún de su mujer, mantenía alguna conversación puntual, con el mismo sigilo, por supuesto, que guardaban cuando retozaban en la furgoneta. ¡Felices los cuatro!






 




   

     

 


 

   










lunes, 10 de agosto de 2026

De los 57 a los 63 (6) ...y otro policía más...

    

   Acababa de cumplir dieciséis años. Siempre vivió rodeada de gente adulta. Su mejor amiga la superaba casi en una década. Pero tenían muchas cosas en común. Les gustaba el baile y los coches, eran gente de estar en la calle, de ir a fiestas y verbenas. Nunca se sintió especialmente intregrada en su familia. Era la niña de los tres hermanos, ellos chicos. Su madre la educó para cuidar de los hombres de la casa. Si quiso a alguien y pudo sentir algo de cariño y afecto fue por parte de su abuelo. No se relacionaba con las compañeras de instituto, parecía que estaban en otra galaxia y sus intereses no terminaban de encajar. Su mejor amiga empezó a salir con un chico, un poco más joven que ella pero bien pulido, prudente y educado, sin duda un buen partido, un marido modelo. Empezaron a hablar de cosas de mujeres, de las burbujas en la barriga y de los ratos de intimidad. En ella se despertó la curiosidad y no quería ser menos. Tenía un cuerpo bonito que empezaba a alcanzar su plenitud. En ella se fijaban chicos bastante mayores; a ella les parecían bastante más interesantes que los de su edad. Con uno de ellos tendría su primera experiencia, no podía ser de otra forma. Se conocieron en el instituto y empezaron a salir con la otra pareja. La diferencia de edad no le resultaba un problema y se apuntaban a las actividades que les ofrecía el lugar. Nunca se dijeron un te quiero, nunca hablaron de amor, de sentimientos. Ella tomó la decisión y ella dirigía casi todo. En una fiesta, finalmente, la besó. Lo démás se fue dando. Iba a su casa, pasaban ratos juntos, se iban de paseo. Su familia permanecía ajena a todo esto y en cualquier caso les hubiese parecido totalmente natural, la niña estaba creciendo y, tarde o temprano, se echaría novio. No se lo contó tampoco a su abuelo, se habría puesto celoso. Sin embargo, todo terminó muy rápido. Un día se dejaron y punto. 

   Había conocido a alguien, casi de su misma edad, pero de fuera. Guapo y simpático, lleno de proyectos, con ilusiones. Su experiencia iniciática le había dado confianza y ahora se sentía preparada para empezar una relación de verdad. Y tanto, terminaron casados. Su primera pareja se quedó en la sombra. Nunca desapareció pero era más bien una especie de padrino que solo aparecía en ocasiones especiales. Pasaron los años y se quedó embarazada. De la misma forma que asumió que tenía que buscar pareja, asumió que tenía que ser madre. Su pareja no asumió que tenía que ser padre. Aquel chico guapísimo y simpático adoptó el papel de tipo dependiente, al que había que hacerle todo, porque él aportaba y ella no. Habían empezado una casa; con la ayuda de la familia ella fue dando forma a uno de sus grandes sueños. El chico guapo cada vez estaba más lejos. El hijo en común, no lo era tanto, era más bien de ella. Se iba quedando sola ante los leones; ella se preocupaba por su salud, ella gestionaba todas sus cosas. Llegó la época del colegio, las obligaciones, las reuniones, la tutorías y el chico guapo en su galaxia particular. Hasta que un día él no supo mentir más. No había sido infiel, era infiel por naturaleza; era de esos hombres que para sentirse seguro tienen que tener una "mujer", un estatus, una casa a la que volver cada día, a pesar del olor a perfume de otra, del rictus del ego satisfecho. Ella no estaba dispuesta a tolerarlo, siempre fue una mujer muy práctica, la única salida era el divorcio; lo mejor para los dos, para los tres. Pero no se fue. No dejó su casa, no dejó su zona de comodidad. Ya lo haría, tenía tiempo, no había prisa. ¿Qué más daba?, total, formaba parte de la familia, estaba integrado, su vida privada era otra cosa y si algún día reconocía alguna pareja de manera especial ya se buscaría la vida. Además, su hijo no tendría que sufrir ese trance. No lo habría hecho, sin duda, se habría extrañado de ver a su padre con más frecuencia que de costumbre.

   Su vida iba pasando sin otro objetivo que su hijo. Dejó de salir con sus amigas, se apuntaba a actividades muy reguladas que no supusieran ningún tipo de compromiso. Metódica, eficiente, seria, cumplidora, se había ido, poco a poco, olvidando de sí misma, ahora era una madre, divorciada, con un exmarido que ya no dormía con ella, pero que estaba por todas partes. No se acordaba de los sentimientos más allá de los afectos familiares. Pero nunca dejó de tener las cosas bien claras, ni más hijos, ni más parejas, vida social, la justa, la familia por encima de todo, su abuelo querido, su madre y sus hermanos.

    El chico guapo oficializó una nueva relación. Pero tampoco se fue. La familia crecía, el chico guapo con su novia, ella, su ex, con su hijo. Mientras no se superaran ciertos límites allí no había que cambiar nada. Pero los límites empezaron a superarse. La adolescencia del niño resultó un tanto perturbadora. Tenía un carácter ruidoso y sus primeros escarceos con la autoridad no fueron del todo pacíficos. Aquí aparece el policía. Un colaborardor necesario que se acercó a ella para echarle una mano en los asuntos de lo único que parecía tener sentido en su existencia. Y así se fueron arrimando. Él, algo mayor que ella tenía la vida resuelta; ella seguía siendo una mujer bastante atractiva. Como el chico guapo no se iba, la única opción era que se  fuera ella y, ahora, era la oportunidad. Lo intentó. Quería recuperar su alegría, su energía, volver a tener una vida y sacudirse al chico guapo de encima. Quizás se olvidó de que no siempre un clavo quita a otro clavo. Su nueva pareja era un hombre excesivamente formal, aparentemente contenido, racional en extremo, esclavo de su trabajo y de ideas bastante conservadoras. Nunca se contaron su pasado más allá de lo esencial, los dos eran libres para estar con quien quisieran. Si hubo amor no se vio. Cuando salían a bailar o a hacer deporte parecían más bien compañeros de trabajo que una auténtica pareja. A pesar de los esfuerzos de ella, no terminaban de encajar, no recuperaba su alegría y necesitaba seguir anclada a sus raíces, a su familia, a su hijo, al chico guapo. La convivencia no era fácil. Todo volvió a estar como al principio. La familia seguía creciendo. El chico guapo con una nueva pareja, su ex, con el policía, no como pareja, sino como consumidor de bienes comunes, de la casa familiar, y su hijo, ahora con pareja también, quizás la única normal, pues vivían juntos, eso sí, en casa de su madre. Y todos felices. Las pocas veces que coincidían todos se creaba un ambiente difícil de describir. Cada uno en su papel o papeles, pero con el entusiasmo justo. El protagonista, el niño, centro de todas las miradas, objeto de la preocupación general, de la del padre ausente y gorrón, de la del policía que quería ejercer de padre, de la de la madre vigilante para que no se rompiera el equilibrio, de las mujeres comparsa, entretenidas en el ir y venir a la cocina para proveer a los invitados. Ni una voz más alta que otra; temas en común, ninguno, las circunstancias, un aparentar que todo está bien cuando nada está bien. El primero en irse, el niño, con su novia, una agenda siempre llena de vida socia;, luego el chico guapo...su novia se le había anticipado, pasaría otro día a buscar unas herramientas; el policía se quedó un rato mientras su chica recogía; un beso casto, nos vemos mañana, hay que madrugar, me toca turno corrido.

    Y siguen cumpliendo años todos. Imagino que para ellos la felicidad es aceptar que nada cambia y que la vida es eso y nada más. El chico guapo durará un poco más que de costumbre con su pareja, los años, ya no se tiñe las canas, quiere aparentar cierta madurez. Para ella el que esté ahí ya es costumbre,  la exaspera, la molesta, le recuerda cada día que pudieron haber tenido una buena vida y que ahora simplemente no la tienen. El hijo sí quiere salir adelante, alejarse para tener su propia vida, pero sin su madre se va a quedar totalmente perdido. El policía pone orden, contempla paciente el lento transcurrir del tiempo con la certeza de que tiene lo que quiere y que nadie le cuestiona su papel. Por amor, quizás, acepta que ella no eche a patadas al chico guapo, que su hijo adoptivo se sienta tutelado por él, que su pareja no salga de su pozo, porque no le interesa.

    No sé qué pasaría si ella se volviera a enamorar. Si apareciera alguien en su vida que la llenara de requiebros, de pasión, de deseo, de ganas de vivir. Si alguien recuperara a esa mujer madura, con sus virtudes y sus defectos, para compartir con ella todas las cosas que se ha perdido, para transitar el tiempo que les quede de otra manera más auténtica. Quizás ella añadiría a alguien más a su particular secta, porque no iba a renunciar a nada. El orden está garantizado, para eso está el policía. Ella no lo permitiría, pero él tampoco.  Ese primer amor, el del padrino en la sombra ¿habrá salido de su vida o será la nueva ampliación?

   A los pocos días de haberse dejado, se presentó en casa del padrino con su nuevo flamante novio. Tenían tantos proyectos, necesitaban tantas cosas. Echaba de menos los paseos en coche y había que echarles una mano para que solucionaran esta contingencia. Cuando se enteró de su boda, a pesar de la tormnenta interna que se desató, se mostró condescendiente, les animó y les deseó toda clase de parabienes. Fue a la ceremonia, se sentó en un discreto banco trasero en la iglesia lejos de los demás invitados. Ella alcanzó a verlo en su paseillo nupcial y hasta intercambiaron alguna mirada cómplice. Años más tarde tendría la oportunidad de agradecerle el marco de plata que le había regalado y que guardaría celoso el retrato de los dos recién casados. Se vieron pocas veces después. Habían puesto en marcha sus proyectos de viviendas y coincidían en conversaciones rápidas e informales en lo bonito que les estaba quedando todo y en la ilusión, especialmente de ella, que les hacía sacar sus sueños adelante.

     Habían pasado casi doce años desde el nacimiento de su hijo. Ella supervisaba su educación y volvieron a encontrarse en unas tediosas sesiones de entrega de notas. A él le resultó especialmente atractiva y a ella le alegró verlo. Intercambiaron sus teléfonos y el padrino, en su discreta presencia,  hizo un frente común y ahora se encargarían de las actividades, de las tutorías, de las incidencias, reclamaciones y de todo lo que tuviera que ver con la educación del niño. Quiso buscarla, sondear su momento. Todo era discrección pero no podían dejar pasar la oportunidad, al menos, de verse un rato, siempre en compañia de otras personas, siempre en público. Quedó a la espera de que en algún momento le hablara de su vida, de una posible pareja nueva después de su divorcio. Pero nunca llegaba la ocasión. Si había alguien, se le notaba bastante poco. Dejaron los asuntos del instittuto y empezaron las convesaciones privadas, lo que le pasaba al chico, fuera de las clases; le contaba sus desvelos, sus miedos, era padre y madre a la vez y había muchas oportunidades de que una mala supervisión permitiera al niño salirse del carril. Él la notaba sola, pero no quería ir más allá; no se atrevía a preguntar directamente qué es lo que esperaba, si todavía cabía la posibilidad de que se dieran otra oportunidad. Se felicitaban por sus cumpleaños, por navidades, en fiestas especiales. Sin saber muy bien qué eran los dos, nada parecía impedirles su íntima amistad. 

     Rodeado de su propia vida, de mucha gente, el padrino solo se sintió realmente apoyado en momentos muy duros por ella. Ella sentía que el padrino estaba ahí, sin rencores, sin heridas. ¿Qué significaba aquella relación agónica?, ¿él querría algo más?. Todo empezó a dar vueltas. El policía empezó a aflorar poco a poco; le hablaba de alguna salida puntual, intuía que era su pareja de baile habitual y que habían tenido o tenían una vida en común. Le insinuó, incluso, que se estaban planteando marcharse a otro lugar, lejos, con clara intención de volver a formalizar una historia. El padrino se quedó en la sombra, abrigaba esperanzas de que aquello no funcionara y se refugiaba en la idea de que él  la había visto primero. ¿Sería demasiado tarde?, ¿se arriesgaría?, ¿cómo de importante era su otra relación?

       Empezó a actuar como una persona atenta y preocupada, ahora no de su entorno, sino de ella. Con sutileza intentaba sonsacarle deseos, sus ganas de cosas, de experiencias y se adelantaba para cubrirla de detalles. Ya se veían casi todas las semanas. En la casa del padrino. Al final ella había accedido, después de muchos rechazos. De comunicarse a veces, intercambiaban mensajes a diario, se daban las buenas noches y los buenos días. En sus encuentros había cordialidad y mucha emoción contenida. Se observaban y marcaban siempre las distancias. Ella lo ayudaba, le echaba una mano en los asuntos cotidianos, le daba consejos y le sugería todo lo bueno que se le pudiera ocurrir. Él empezó a abrirse, le hablaba de sus problemas más personales, de su momento particular; ella escuchaba atenta y también se fue abriendo, descubriendo sus preocupaciones, intercambiando sus anécdotas del día a día. Pocas veces entraron llamadas del policía cuando estaban juntos. Él las intentaba ignorar. Buscaba indicios cuando la escuchaba hablar, pero todo era demasiado frío y formal. Tomaban té, refrescos, él, a veces, vino. Seguía con su baile, con sus conciertos, con sus reuniones familiares; el polícía nunca estaba o ella no lo mencionaba. De tanto insistir, alguna vez, compartieron una abrazo un poco más cercano de lo habitual. En el adiós final siempre quedaba en el aire una especie de ansiedad contenida, una sensación de que el camino terminaba pero que algo quedaba atrás o que algo faltaba.

   Se acercaba el día de su cumpleaños, iban a ser cincuenta, una fecha, sin duda, importante y significativa. Su padrino la animó para que se desmarcara e hiciera algo especial, con sus amigos más cercanos, con su familia y rompiera con las fatigosas y aburridas celebraciones de otros años. Se mantuvo en sus trece: no haría nada, esperaría que, al menos, sus compañeros de trabajo le dieran una sorpresa. Sabía perfectamente que en su casa tendría que comerse sola el marrón y nunca habían demostrado especial interés en este tipo de eventos. Su hijo y su nuera, como mucho, le darían algún detalle; nunca habló del papel del policía, de su ex, el chico guapo; con buena suerte se acordarían, pero si eran cincuenta o cuarenta y siete daría lo mismo. Asumía que iba a ser una fecha más y que pasaría sin pena ni gloria. Contenta con haberlos cumplido, con estar bien y con ir superando los retos de cada día. El padrino era de otra cuerda y de alguna manera tenía que esforzarse porque notara que podría pasar algo diferente. En cualquier caso estaba decidido a hacerle un regalo especial, como aquel marco de plata de la boda que ahora ya descansaba en el fondo de un cajón. Fue a una joyería de confianza y se planteó varias opciones. La dependienta lo asesoraba al tiempo que se interesaba por el fin del regalo.  Le dijo que quedaría como un rey si le compraba un relicario, con un diseño bastante moderno, pero que, como cualquier otro, estaba diseñado para alojar dos fotografías y guardarlas cuidadosmente cerradas lo más cerca posible del corazón. El padrino lo miró, le dio algunas vueltas y, finalmente, le preguntó a la chica que lo atendía: ¿no habrá ningún modelo que pueda llevar en lugar de dos, tres fotografías? 

  



        






       







 

miércoles, 29 de julio de 2026

De los 57 a los 63 (5), el otro policía (Sumus rosae)

   


   Era la más pequeña de tres hermanos, la única chica. Tenía rasgos bastante masculinos, unas cejas muy características de la familia y un cuerpo recio y moreno. Casi no tuvo infancia; trabajó al pie de su madre, en el campo, en la casa, en lo que pudiera aportar algo a la economía familiar. En unas fiestas de verano conoció a Toño, jovencísima y, como los dos eran muy de las costumbres de su entorno, se casaron después de haberse encamado unas cuantas veces. 

   Querían hacerse una casa tradicional, compraron la finca y se pusieron a la labor. Aparte de atraerse, de ser jóvenes y de tener mucha ilusión, pocas cosas más les unían. Cuando hablaba de su marido decía que no era mala persona, pero que estaba rodeado de gente que no le hacía bien; trabajo duro y pocas exspectativas; meter los ahorros en la casa; adelantar la faena con los medios propios, reunirse con los amigotes para hacer una chuletada, echarse unos vasos de vino o ver algún partido de fútbol. Al menos eso es lo que se suponía que pasaba cuando se reunían en el pajero que más adelante sería la casa familiar.

    Pronto apareció el niño, la maternidad estaba en los planes desde el principio y se asumió con naturalidad y alegría. Ella cuidaría del crío, su madre, sus tías. El padre estaría para presumir, para invitar a los amigos a celebrar el acontecimiento, además machito; para pensar en cómo iba a llevarlo a los partidos, cómo saldrían guapos los dos a pasear los domingos, cómo, cuando creciera, lo iniciaría en su vida sexual; lo apuntaría a lucha y se haría todo un hombre de pelo en pecho...como él.

   A Toño no le duraban los trabajos. Tenía carácter, se encaraba con los jefes, no era regular ni cumplidor. No era raro encontrarlo en algún bar a media mañana. En su casa todo iba bien, se levantaba temprano y volvía después de soltar, o eso decía. Seguía siendo una persona dócil y amable con dos vasos de vino, seguía siendo el hombre apasionado que buscaba un hermanito para su primogénito. Pero no duró mucho. Con el pretexto de ir a casa de su familia se ausentaba muchos fines de semana. Lo veían deambulando con muchas copas encima y con algo más. Empezaron las discusiones y su mujer empezó también a perder interés. Pasaba de vez en cuando a ver a su hijo, pero la pérdida de confianza, la lejanía de su pareja, su falta de ilusiones auguraban una caída inevitable.

   La mujer de Toño no salía mucho pero sentía una gran pasión por los caballos. En una pequeña empresa familiar, en la que se elaboraba tabaco artesanal, su jefe le sugirió que apadrinase a su pura sangre en las carreras locales. Fue en estos eventos en los que se cruzó con el policía. Antes de separarse definitivamente del padre de su hijo, ya mantenía una tórrida historia de amor paralela. Él estaba casado pero en trámites de divorcio; para ella lo tenía todo, era guapo, de un rubio casi británico, con ojos azules; adoraba los coches de marca, las motos de alta cilindrada y, con su uniforme y su pistola, imponía. Su marido nunca tendría ni la estabilidad ni el porte de su amante; era su puerta de salida a su vida de pueblo; su hijo crecía rápido al calor de sus abuelos; no descuidaba sus responsabilidades, pero necesitaba recuperar energías, vivir la pasión a la que hasta ahora había renunciado. Y cayó rendida, literalmente, a los pies de su calvario.

   Sexo a escondidas. Escapadas furtivas. Desplantes, insultos, amenazas y muchas mentiras. Este hombre iba y venía. Pasaba algunos ratos con ella, no eran momentos dulces, eran momentos de tensión y enfrentamiento. Ella lo quería de verdad, a él le importaba muy poco. Era un egoísta y un psicópata. Solo pensaba en sí mismo, en comprarse un coche mejor, en tener una moto más grande, en exonerarse de la culpa de su fracaso matrimonial porque su ex,  ¿su ex?, era un desastre. No había planes, no había sueños comunes. Siempre marcó la diferencia entre los dos, su estatus, su profesión frente a ella; presumía de rango, de galones, de ser admirado por sus compañeros, de ser un tipo importante...gracias a su pistola. El alcohol, el abuso de poder y la explotación sexual también estaban en su hoja de servicios. Pero la mujer de Toño se obsesionó hasta el aburrimiento, hasta soportar las vejaciones más obcenas, hasta poner en peligro su salud y su vida. Muchas veces había dicho basta, hasta aquí, pero una y otra vez volvían a empezar. 

    La llamaron a trabajar de subalterna en un centro educativo. Llevaba varios meses de abstinencia, lo estaba consiguiendo; el hecho de que el policía fue destinado bastante lejos vino a ser un aliado perfecto. Ahora se sentía mucho más segura, con un trabajo, con la posibilidad de no depender de nadie para luchar por el futuro de su hijo. Su cordialidad pronto se puso en valor y a todos les caía muy bien, era una regalo tener una conserje tan joven y dispuesta.

    Un profesor del centro se acercó a hacer unas fotocopias. Conversaron de manera informal, bromearon y se hicieron algunas confidencias. Esta secuencia empezó a repetirse en tardes sucesivas, en los recreos o en alguna hora libre. Todo parecía normal; en los espacios que le quedaban ella siempre hacía alguna manualidad o preparaba material para su trabajo en la tabaquería. El profesor, después de haberle preguntado si le gustaba el chocolate, se presentó una tarde con una caja de bombones y los compartieron. En aquellas visitas cada vez se abordaban temas más íntimos; algunas veces entraba alguna llamada personal; ella respondía, pero, poco a poco, las fue dejando de lado. Antes de vacaciones de Navidad la invitó a cenar y ella aceptó.

   Aquella historia pudo haber sido liberadora. Era algo totalmente distinto a lo que había imaginado. En apariencia esta nueva pareja parecía querer recomponerlo todo. Pronto se enteró de lo del policía que, a todos los efectos, había salido de la película pero se resistia a asumirlo. Fueron poniendo tachones a todas las cosas que hasta ahora no habían funcionado; la casa era ahora un proyecto común, su hijo también; él quería integrarla en su círuculo de amistades; solo eran amantes a escondidas en el centro de trabajo, por razones obvias, pero supieron sacarle partido a esta situación y disfrutaron de esa clandestinidad en positivo. Era lo mejor. Sin embargo, el policía la seguía celando, y no era cuestión de provocar una situación violenta o arriesgarse a que todo se descontrolara; el círculo debía permanecer bien acotado. 

   A pesar del tiempo que estuvieron juntos solo pudo convencerla de palabra de que esa relación jamás funcionaría. Se quedó en medio de los dos en su intimidad, como una barrera que les impedía crecer juntos. Decidieron ser cómplices y desde ese momento se acabó la magia. Él se sentía desesperado y aburrido; empezó a buscar nuevas historias y perder toda la energía que lo había mantenido junto a la mujer de Toño por años. La sorpresa vino cuando, finalmente, el policía se divorció. Reapareció en su casa, borracho y agresivo como siempre, como si no hubieran pasado los años, como si su ausencia estuviera completamente justificada y la enredó sin escapatoria, la envolvió en promesas e hicieron el amor con tanta tristeza  y falta de ternura como siempre. Ella se lo contó al otro y el otro ya no aguantó más, se fue roto, no sabía cómo actuar... habían hecho tantos planes, habían construido tantos puentes, habían pensado tantas veces en una vida juntos. 

   Las cosas no fueron diferentes. El otro se alejó. El policía volvía a ganar. Ella había enviudado hacía algunos años. A Toño lo atropelló un coche; nunca se supo si por accidente o de forma intencionada. Se había rodeado de enemigos poderosos por temas de juego, deudas y drogas. Estando ella y el policía libres, ya nada les impedía  estar juntos, airear de una vez su historia sin ningún tipo de temores. Pero no fue así. Los complejos y delirios del policía fueron a más. Ya ni siquiera la buscaba para intimar; la buscaba para humillarla, para decirle que cómo se le había pasado por la cabeza que algún día se casarían y serían una familia. Que ella no estaba a la altura, que para él solo era otra diversión y que con el tiempo había perdido los pocos encantos que tenía. 

   Después de otra de sus largas ausencias, vio en la prensa el anuncio del compromiso de un mando de la policía de la zona. Ya le habían llegado rumores cuando lo ascendieron. Incluso, hubo una despedida de soltero en la que algunas de las bromas resultaron un punto escandalosas. Pero no hizo caso, no podía ser verdad. La gente habla mucho. Algún tiempo después fue al aeropuerto a llevar a un familiar; allí estaba con su joven y reluciente nueva esposa. Había engordado bastante y para no variar bromeaba con sus compañeros de uniforme mientras se tomaba un café. Los vio subir por la escalera hacia las puertas de embarque. Su madre, que la acompañaba, le tiró de la mano y se la llevó en sentido contrario.

   Pasarían varios años. Se dedicó al senderismo, a viajar con su hijo, a supervisar su formación. Se preparó y cursó magisterio hasta terminar el grado. Dejó la tabaquería y los caballos. Se centró en consolidar su plaza de conserje. Se volvió a enamorar, de otro profesor. Viven juntos, son felices. En una reunión con varios amigos y parejas, le entró una llamada. Hizo ademán de rechazarla, pero no conseguía silenciar el teléfono. Pidió disculpas y se levantó. No volvió hasta pasado un buen rato. Había llorado, su cara estaba enrojecida y desencajada. Su pareja le preguntó que había pasado: "problemas familiares", contestó.  









          








 


 


    

lunes, 27 de julio de 2026

De los 57 a los 63 (4) , el otro policía

   

   Su canción empezaba: "yo te quiero, porque tú me has dado una vida nueva, llena de ilusiones y felicidad". Tenía dicinueve años recién cumplidos. Era mediados de verano, de vuelta al lugar donde había crecido; quedaban los amigos del instituto, ya tenía ganas de volverlos a ver. Había un profesor, muy joven que, a veces, se reunía con ellos; era uno más de la pandilla, pero con recursos y coche. Aquella chica le pareció diferente, no era especialmente guapa, pero tenía algo que la hacía atractiva. A ella también le gustó, no era como los babosos de siempre; aunque había tenido algunas parejas, todavía no habían logrado calar en ella.

    Empezaron a tontear, empezaron a pasar cosas; después de aquellas vacaciones estaban profundamente enamorados; esa historia no podría hacerse pública, ni entre sus amigos, ni entre su familia; sus padres tendrían que quedar al margen. Disfrutaron de su  clandestinidad; no era demasiado disparatado. Ella se sentía más cómoda fuera de los juegos de chicos de sus compis; tenía ganas de vivir nuevas experiencias, se dejó llevar. Pero, al final, los sorprendieron; sus padres se enteraron y las cosas ya no serían nunca como al principio. Aceptaron la relación, les dieron ánimos y facilidades; ya no se veían en hoteluchos ni hostales; ahora quedaban en su casa, en la habitación de invitados; se iban todos juntos de vacaciones; empezó a caer simpatico a su futuro suegro; su suegra lo adoraba. Sus estudios en la Universidad pasaron por varios intentos, pero, al final, salieron. Habían transcurrido casi dos años. Pero estaban separados, y con muy pocas probabilidades de un cambio a corto plazo. Él iba a verla siempre que podía, hablaban a diario y nada presagiaba que aquella magia fuera a terminar. En uno de sus viajes, el que sería el último, la notó distante, lejana. Se echó a llorar cuando intentó besarla en el aeropuerto. Más tarde fueron a un mirador precioso; él estaba convencido de que le había preparado esa sorpresa. Pero no había ido ahí por él, había ido ahí por el otro. Después de unos días juntos, las cosas no arrancaban, no discutían, pero estaban ausentes. en la despedida, su madre le dijo: "no te preocupes, él volverá pronto". Pero nunca volvió.

   Ya habían hablado del otro. Era casi de su misma edad, vivía en su misma ciudad y desempeñaba un trabajo de alta responsabilidad en la policía. Era alto y desgarbado, se le había insinuado, le insistía y la buscaba. Cuando, tomando un café, le confesó que tenía una historia, con alguien que estaba fuera, ya había hecho el diagnóstico: aquello acabaría pronto, ella estaba despertando. ¿Cuál de los dos ganaría la partida? 

   Los meses siguientes fueron de cartas y llamadas justificatorias, lo seguía queriendo, habían tenido una historia muy bonita, muy intensa, lamentaba el dolor que le podría causar y le suplicaba que intentara entenderla. Él adoptó la actitud de víctima, la hacía sentirse culpable, pero siempre le daba la razón en que esa decisión era la mejor. Le hizo más canciones; ahora hablaban de la distancia, de los momentos que compartía con el otro, de ese amor tan grande que los había hecho tan felices y dichosos; le pedía que no tuviera miedo a hacerle daño y lanzaba aquello de que quizás el tiempo los volviera a encontrar. Nunca le confesó que estaba empezando una nueva historia con una de sus mejores amigas...con la del grupo de aquel primer verano.

   No han dejado de escribirse, no han roto el contacto. La muerte repentina de su madre la dejó al frente de su familia; ya venía preparándose desde chiquita para ese papel. Y se casó, se casó con el policía, tuvo una boda muy romántica. Viajaban mucho, siempre que podían, a ella le encanta. Compraron una casa, se hipotecaron, la arreglaron y la disfrutan. Uno de sus hijos creció sano, una persona inteligente, pero se desmarcó de la tradición familiar en su vínculo con las fuerzas de seguridad. Hoy se está labrando su futuro como ingeniero. El otro niño tuvo problemas desde pequeño, las cosas no pintaban bien, pero salió adelante y se ha convertido en un deportista de élite.

    Sin embargo, siempre ha mantenido un tupido telón entre su vida de pareja y todo lo demás. Durante algún tiempo salían a la luz las vacaciones familiares, algunos incidentes, los encuentros con su padre y sus hermanos. Hasta ahí el policía jugó un papel, pero poco a poco se fue diluyendo. Solo habla de su trabajo, de sus hijos, en particular del pequeño y de sus viajes maravillosos, a veces tan maravillosos que resultan casi increíbles. Ha seguido llendo puntualmente al lugar en que se conocieron. Al parecer para mantener vínculos amistosos con conocidos de toda la vida y de su familia. Después de mucho tiempo se animò a reencontrarse con su amor juvenil, sin que el otro lo supiese, por supuesto.

   Había hecho una reserva en un hotel del centro. A sus padres, cuando venían, les gustaba bastante. Él intentó hacer un esfuerzo de normalidad, pero estaba claro su nerviosismo y no tenía ni idea de lo que iba a encontrar; aunque guardaba fotografías de la época en que estuvieron juntos, solo tenía imágenes recientes de su perfil en las redes sociales. Pero seguro que todo iba a ir bien. Le propuso avisarla desde la recepción cuando llegara, pero ella le indicó que no, que mejor salía y que se verían fuera, en algún punto más o menos cercano al hotel. La vio apoyada sobre el muro de la avenida, contemplando los reflejos de la luna sobre el mar rompiente. La llamó, se abrazaron con discrección y él elogió su belleza, su elegancia, la escasa mella que el tiempo había hecho. Se fueron a tomar algo y hablaron de su marido, él lo propició, quería saber si era feliz, si todo marchaba sobre ruedas, quería saber porqué ahora había decidido reneencontrarse con él si había venido tantas veces antes sin decirle nada. Le confirmó que solía venir sola, que su marido no la acompañaba, alguna vez quizás; con su hermana en otras ocasiones  y que normalmente se quedaba en casa de sus amistades. Por qué ahora había cogido un hotel y seguía manteniendo una actitud prevenida. Habían pasado más de veinte años; era reencontrarse con un viejo amigo que le había hecho muchas canciones de amor. Aprovecharon el tiempo, él quiso llevarla al nidito de amor dónde había empezado todo. Se emocionó y se tomaron unas copas. Él intentó besarla, pero ella lo rechazó. Le confesó que jamás había sido infiel a su marido. A él le parecía imposible, le sugirió que siempre pasan cosas pero que, si no tienen más consecuencias, no se comparten; así es mejor, ¿para qué crear hitos de desconfianza? Esa tarde volvieron a salir, él quería que cenaran, pero ella no estaba por la labor; un picoteo quizás, un pretexto para lanzar algunos sutiles reproches, algún sarcasmo, bromas, promesas en el aire. Intentó ir a despedirla al aeropuerto, pero no quiso, no le apetecía, se iba a sentir mal, las despedidas le resultaban terribles. Se fue, seguirían enviándose algún mensaje de vez en cuando, él la felicitaría en su cumpleaños, con algún regalo virtual, no era difícil recordarlo; en Navidad, eran de esas personas correctas y educadas. Él se había quedado en sus veintitantos, para él el amor nunca más pasó por su vida, pretendía hacerle creer que lo que había sentido por ella, no lo había vuelto a sentir por nadie. Alguna vez titubeó, se mostró un poco responsable de todo lo que había pasado, le reclamaba su parte, el gesto de haberse entregado a él , pero mantenía su corrección ante los anacrónicos requiebros.

   Si le fuera mal en su matrimonio nunca lo admitiría. La distancia nos permite asumir que las cosas son como las cuentan. Quizás a lo largo de su vida ha aprendido a aceptar lo que tiene, ese mundo convencional y casi perfecto que construyen un hombre y una mujer. Quizás haya más de un amante oculto por ahí y así se quedará. Al hablar de nuestras vidas seleccionamos lo que queremos, lo demás son puras especulaciones. Supongamos, por tanto, que a ella y al policía les ha ido bien, que les sigue llendo bien y que no hay ninguna razón para esto no siga siendo así. El otro será un error del pasado que habrá que seguir escondiendo.       





  







   

   



    





  





       

miércoles, 22 de julio de 2026

De los 57 a los 63 (3) Penélope...no la de la canción, la de Ulises.


    

   Las historias de amor que ha contado la literatura pueden ser un marco de referencia para este concluyente acercamiento a la inutilidad de las parejas. De la literatura griega clásica, la que inicia Homero en el s.VII a.e.c. me vienen a la cabeza dos mujeres, Penélope y Medea. Hoy me voy a centrar en la primera. Alguien podría sentir la tentación de buscar coincidencias y diferencias con sus relaciones actuales. Al fin y al cabo somos humanos y nuestros instintos básicos siguen siendo los mismos. Sobre este particular, Mary Beard en su reciente publicación Clásicos sin filtros, nos da unas interesantes claves para no perdernos en piruetas comparativas entre lo que sentimos hoy y lo que sentían hace casi tres milenios.

   Penélope, esposa de Ulises, protagonista de La Odisea, despide a su amado cuando tiene que partir a la guerra de Troya; ahí se quedará en su palacio, con su hijo Telémaco, sus sirvientes y su suegro Laertes. La guerra se prolongó diez años. Después de la vitoria griega sobre los troyanos con el famoso ardid del caballo, en el que Ulises tuvo mucho que ver, los héroes emprenden el regreso a sus hogares. Ulises tendría que volver a su amada Ítaca, una isla situada en la costa noroccidental de la Península Balcánica que, en la actualidad, lo sigue recordando con toda clase de mercadería para turistas. En circunstancias normales ese viaje de regreso o nostos habría durado unas pocas jornadas de navegación de cabotaje; sin embargo, Ulises empleó nada menos que otros diez años. Su justificación fue que tuvo un pequeño encontronazo con el dios Poseidón, gobernador absoluto del mar océano y otras aguas y que, por esto, cada vez que hacía un esfuerzo para arrumbar a Ítaca, aquél, bien con una tormenta, vientos huracanados, monstruos marinos y terrestres y brujas diversas, se lo frustraba. Si al final logró regresar, fue gracias a las negociaciones en El Olimpo y la intervención, una vez más, divina.

   En tiempos de las migraciones forzosas, en busca de mejores oportunidades o simplemente para no morir de hambre, en mi entorno, muchos hombres salieron con maletas de cartón dejando a mujer e hijmos por detrás. Algunos volvieron pronto, dos o tres años; otros tardaron un poco más, siete, ocho, doce; los otros simplemente no volvieron. Ulises volvió, después de veinte años de ausencia, y allí estaba Penélope, en su palacio, con su hijo y sus fieles sirvientes (el abuelo se había muerto); aunque se encontró las cosas un poco patas arriba, se propuso restablecer el orden y prepararse para una jubilosa vejez. Este matrimonio, sin duda, funcionó.

    En la ausencia de su marido, siempre a la luz del poema homérico, Penélope intentó administrar su patrimonio; no se le pasó por la cabeza ser infiel a su hombre a pesar de los múltiples pretendientes que le salieron y de las fake news que, una y otra vez, le decían que había enviudado...que no es nada. 

   Si miramos esa historia a través de un cristal malpensante, muchas cosas no nos cuadran. En el entorno cultural de Penélope, el de la religiosidad  micénica, el que una mujer fuera infiel a su marido, especialmente si este era un personaje notable, un rey, no era para tomarlo a broma. La lapidación como castigo sigue vivita y coleando en las sociedades islámicas en pleno siglo xxi; no caduca. ¿Cuántoa tiempo tenía que pasar para que Penélope, bastante joven por cierto, diera por cerrado su ciclo con Ulises? Resulta complicado hacernos una idea de lo que eran las comunicaciones hace tres mil años, sin whatsapps, sin email, sin vídeo conferencias etc. La gente viajaba por tierra o por mar. Los puertos de las muchísimas islas griegas por las que barcos mercantes y de guerra se movían, eran el punto donde se podía intercambiar información. Si alguien había visto a Ulises por casualidad, dando tumbos en el mar, y ese alguien por casualidad iba a Ítaca o hablaba con alguien que iba a Ítaca, Penélope, quizás, se enteraría, pero si no, habría de fiarse de los oráculos y de los intermediarios divinos. No hay fuerza más grande para relativizar la fe en los dioses y perderles el respeto que el hambre, el miedo, la perpetuación de la estirpe. Sola en Ítaca, sin noticias ciertas, Penélope se levantaba cada día condicionada por su necesidad de comer, de ser protegida y de tener descendencia. Ahí estaban los pretendientes que, raudos y veloces, no escatimaban medios para convencer a la reina y llevársela al huerto. En este punto el cine se ha esmerado en consolidar clichés, obviamente anacrónicos pero que quedan bonitos, en los que pesan más los modelos del amor cortés de la Europa renacentista y hasta nuestros días, que la realidad del mundo heróico de La Micenas del 1200 a.e.c. Yo veo más bien a una mujer jóven, en trance de viudedad o abandono, sitiada por un montón de paisanos, guapos o no, ambicionando su legado patrimonial. 

    El poema homérico consagra un modelo de "fidelidad" que tiene un aliento inequívocamente femenino. No es de extrañar que ahora estén de moda algunas propuestas, totalmente especulativas, sobre la posibilidad de que nuestro Homero, en lugar de un hombre, fuera una mujer. Es tentador, pero no existe ningún indicio objetivo, ni textual ni de mención textual, que pueda sostener esta hipótesis. La erudición alejandrina que intentó hacia el s.III a.e.c. poner un poco de orden en la Poesía Épica, la que habría tenido más argumentos para pronunciarse sobre esto, ni se lo plantea y, hasta donde sabemos, con una gran dosis de razón. Por aquellos tiempos andaba Safo, poetisa, componiendo sus versos íntimos sobre la pasión homosexual en un alarde para su tiempo que todavía sorprende a los eruditos (debería sorprender que los versos escritos por una mujer, mutilados y dispersos hayan llegado hasta nosotros, a pesar de la sesuda censura de todas las épocas; no debería sorprendernos que fuera homosexual); sin embargo, le épica, era cosa de hombres; no podría ser de otra manera: las mujeres eran relegadas en las celebraciones donde se cantaban estos poemas. Penélope, como mujer de su tiempo, no podía romper los votos matrimoniales, pero dejando a un lado la ficción y el empecinamiento puritano de Homero, me cuesta aceptar una castidad incondicionada durante veinte años. La postura homérica es bastante machista para ser obra de una mujer.

    En relación al famoso sudario que Penélope tejía y destejía cada noche se ha dado por sentado, casi siempre, que era una muestra de su amor hacia la familia, hacia su marido y un pretexto extraordinairo para mantener a raya a los pretendientes. Sin que se terminara de tejer esta pieza y cerrar el culto de honrar a los muertos, no habría nuevo matrimonio. Ella actuaba por y para otros. No he leído ninguna interpretación en la que, primero, se ponga en valor un trabajo netamente femenino, segundo, que este trabajo se compare con otros aspectos masculinos que protagonizan el sostén del patrimonio, tercero, que pongan de manifiesto el nivel de inteligencia de Penélope, cuarto, que nos estuviera revelando una evolución psicológica en al que la personaje se cuestiona su estatus, no solo frente a los pretendientes, sino, incluso, frente a Ulises y que, en consecuencia, estuviera urdiendo en su cabeza la posibilidad de convertirse en reina y administradora de su patrimonio. Aquí les doy la razón a quienes defienden la posibilidad de una mujer detrás del argumento. Daba calabazas una y otra vez; simplemente podría haber perdido definitivamenter su interés por los hombres...en general.

   Ulises vuelve, está todo patas arriba. Las versiones que he visto hasta ahora no homéricas de este episodio solo enfatizan el espíritu intensamente novelesco que envuelve todo el poema original. Es el colofón de la historia. La anagnórisis de Ulises a partir de la marca de una antigua herida, el tálamo nupcial armado sobre el tronco de un viejo olivo y la escena del tórrido reeencuentro amoroso. Y, ahora sí, ¿qué pasó con Nausicaá, Calipso o Circe entre otras, que habían consolado a nuestro héroe durante casi veinte años...dioses mediantes, claro? ¿No tendría Ulises que haber hecho una larga reflexión, tan larga como su viaje de vuelta, antes del volverse a meter en la cama con su mujer?

   Nuestras Penélopes, la de nuestro tiempo, han aprendido poco. El hombre se fue, hizo unos cuantos hijos por ahí y, viejo, cansado y arruinado vuelve a su antiguo hogar. Allí no estaba ya su primera camada que, a trancas y barrancas, había ido abandonando el nido en busca de sus propios destinos. Su Penélope,  sí seguía esperando, veinte años más vieja, con un hombro dislocado de dar plancha y mover fregonas, pero con la dignidad alta. Tuvo algunos amigos, pero no quiso nada serio. No por el otro, por ella misma. El palacio de Ulises era la "casa conyugal" sobre la que el maridísimo seguía teniendo derechos. Hasta se puso un poco contenta, al principio, al saber que volvía. Ahora, se preguntaba qué le unía a esa persona, por qué había permitido que le hiciera la vida pedacitos, ¿eran sus hijos el premio? Penélope volvió a compartir su lecho, por imperativo legal, con un hombre acabado, alcohólico, con nulas ambiciones y con una escasa esperanza de vida. Y aquello, seguramente, un día fue amor. Estas heridas de guerra son mucho menos heroicas y románticas que las del Ulises homérico. Nos queda por imaginar una secuela en la que nos contaran los últimos días de la pareja. En nuestro caso, simplemente, después de una triste agonía, en un lecho bastante más prosaico que el del tronco de olivo, se fue con una insuficiencia respiratoria. Penélope no le sobrevivió mucho, pero el tiempo que viivó sola, créanme que atisbó el perfil de la felicidad...sin rencores.   

lunes, 20 de julio de 2026

De los 57 a los 63, Helena E.

 


 Les recuerdo brevemente quién era Elena E. Hoy debe tener cincuenta y tantos y su calvario personal empezó siendo muy chiquitita. Su primera pareja cumplía con todos los requisitos de un buen partido. Se enamoraron, hicieron planes, empezaron a ahorrar para comprar una casa e incorporaron a la madre del chico en la ecuación. Elena E. es una mujer inquieta por naturaleza, emprendedora, con muchas ganas de vivir; aquella vida tan ordenada y perfecta le producía cierto escozor. Desde que vio la oportunidad se marchó a Francia, a estudiar, a seguir su formación académica y allí volvió a enamorarse. Esta historia no duró demasiado, lo justo para seguir aprendiendo, para ir desmontando su armadura y para prepararse para una nueva etapa. Cuando no tienes un impulso y una estabilidad razonable, vivir en el extranjero y a la sombra de un hombre, puede llegar a ser una opción de alto riesgo. Elena volvió a su tierra, a su casa y, sin buscarlo, se encontró con el calvario que la llevaría de los 47 a los 54...y doy por supuesto que esta podría ser la fecha del final de la historia, pero no lo tengo muy claro. 

   Era y sigue siendo una mujer muy guapa, grande, con una planta y una presencia que transmiten energía. No es de extrañar que en los distintos destinos a los que la llevó su trabajo encontrara algún pretendiente. La llamaron a dar clases de Francés en un colegio privado. La familia del director, un hombre que se había hecho a sí mismo, que había levantado una institución educativa de alto nivel y se había ganado un merecido prestigio en su comunidad, estaba formada por su esposa y sus tres hijos. La señora vivía aquejada de múltiples enfermedades y pasaba la mayor parte del tiempo en la cama. La hija mayor era médico, la siguiente abogada y el niño más pequeño había conseguido el título de magisterio y se especializó en matemáticas. Elena E. fue acogida y promocionada desde los primeros días y en la entrevista previa al director no le quedó duda de que era la candidata ideal. Esa familiaridad empezó a ser su perdición. Trabajaba codo a codo con el hijo pequeño, el matemático; según le contó, estaba en trámites de divorcio y ya tenía en su curriculum dos hijos adolescentes, al parecer, no muy bien avenidos con su padre. Elena E. y el matemático se enfrascaron en una relación; al principio romántica, familiar, tranquila; Elena pronto pasó a ser un miembro más de la familia, con muchas reservas o las típicas, y empezó a recuperar la fe en la posibilidad de volver a tener una relación estable. Y lo fue, hasta que se acabó.

   Ella siempre hablada de la obsesión de su pareja. Pero en este caso creo que era mútuo y que ella tambiíen estaba obsesionada. Este cuadro es terriblemente complejo, agotador, estresante y en algunos momentos de un indescriptible sufrimiento por parte de quienes se ven implicados. Como pareja, me da la impresión de que en su mejor época ya estaban chocando. A Elena le gusta la música rock, algo de manualidades y socializar; no tiene aficiones regladas, no es deportista, su etapa viajera parece que pasó a segundo plano y, aunque le cuesta reconocerlo, se protege en un pequeño círculo de familiares cercanos. Las aficiones de él, además de aspirar con casi cincuenta años a ser deportista de élite, terminaban aquí. La pareja viajaba de vez en cuando para asistir a alguna competición que a Elena no le interesaba más allá de lo que imponía el protocolo. A veces se sentía ninguneada porque no encajaba en el ambiente. El hecho de que él fuera madrero y tuviera que ocuparse puntualmente de sus hijos, le daba algún respiro y hacía más soportables las aburridas y demoledoras sesiones de convivencia. Mientras él veía la tele de manera compulsiva, ella hacía cosas en la casa; pocas veces quedaban con amigos; sus reuniones eran con sus padres. Lo que pasaba en su dormitorio no resultaba demasiado evidente. Elena siempre ha sido muy celosa de su intimidad. Su coquetería siempre ha resultado bastante ambigua. 

   Eran una pareja...feliz. Eran una pareja, con todo lo que implica, gastos comunes, proyectos de mejora sobre la casa, apoyo mútuo en los distintos acontecimientos cotidianos, una moderada desconfianza y, cómo no, un alto sentido del compromiso. Era cuestión de tiempo que se plantearan el matrimonio. A Elena le dieron un nuevo destino y pudo volverse a encontrar con su profesión, con sus rasgos más característicos y propios, casi olvidados desde su etapa francesa. Conoció nuevos compañeros, nuevos pretendientes y sobre todo se dio cuenta de que esa persona con la que compartía su vida no era su alma gemela. Intentó plantarla, aunque en este punto podríamos dejar un gran suspenso. 

   Al principio, creí que las reacciones de su novio eran propias de una enfermedad mental, de un desequilibrio patológico que le había llevado a solicitar una jubilación anticipada. Las lista de razones por las que lo quería  dejar me dieron una idea de la profundidad del problema y me dejaron claro que aquello iba para largo. Era un tipo egoísta, insensible, violento, sin detalles, irónico, no se sentía querida ni respetada. Hay gente que a estas alturas de la vida manda vídeos llorando, con pastillas y alcohol delante amenazando con suilcidarse si la chica no vuelve. Todavía hay gente que acosa y cela a la persona que ya no quiere estar con ellos, la persigue en sus lugares de trabajo, la vigila en todos sus movimientos, hace guardia a las puertas de su casa, le deja objetos comprometedores para hacer valer su presencia. El bloqueo del teléfono, el cambio de vehículo, la discreción en la concesión de nuevos destinos no desalentaron al hombre que, erre que erre, se las seguía arreglando para amargarle la vida a Elena. 

   Y volvieron, lo consiguió, la convenció...o la agotó. Fue un reencuentro breve pero intenso. Se fueron a vivir otra vez a la casa de él; se mudó. sus libros, sus cuadros, su ropa. Todo tendría que haber sido de otra manera. Ya no era la amante ocasional que disimulaba delante de su suegra y cuñadas porque nunca tuvo la seguridad de estar a la altura de su familia de acogida. El triempo transcurrido, le daba, ahora, un nuevo perfil. Estarían juntos pero con papeles, todo en orden; ella , a pesar de que siempre lo culpó a él de no querer casarse, en el fondo es a lo que aspiraba. Una boda en el juzgado, una bonitia luna de miel en un hotel de lujo y vuelta a empezar. En menos de tres meses se vio con todas sus cosas tiradas en la puerta de la casa del matemático y, de momento, orgullosa de haber tomado la decisión de mandarlo a la porra. Ahora había que lidiar con el divorcio, con la orden de alejamiento, con los mensajes cruzados de sus familias, las dos, obviamente, poseedoras de la razón.

   ¿Cómo gestionó su tiempo? Pasarse casi seis años de la vida dándole vueltas a la conveniencia o no de una relación, a todas luces, tóxica, perjudical, sin redención posible, es un castigo que merece una reflexión a la altura. Elena E. viajó con sus amigos, buscó balnearios, espacios de relax; estudió mil libros de autoayuda, contactó con prestigiosos especialistas en crisis de parejas, acudió a recursos un tanto heterodoxos y se empapó de toda la farmacopea a su alcance. ¿Para qué?, para encontrar alivio a su profundo dolor, que yo, más bien, catalogaría de cansancio, agotamiento.  A estas alturas ¿no es suficiente la lección?Pues no,  en su adn está la idea de vivir con alguien, de tener una pareja y, casualidades de la vida, se volvió a encontrar con su primer novio. Al principio todo con mucha cautela, pero tenían un camino andado y era cuestión de retomarlo, ¿con sus baches también?; los dos viviendo una profunda crisis, con unos mochilones en la espalda importantes pero con la actitud de "a ver qué pasa". Las úlltimas noticias que tuve de ella me dejaron con la duda de que quizás esta historia también  podría haber empezado a hacer agua; de su whatsapp desapareció la foto de perfil en que salía a veces ella, a veces su perro, algunas con él.

   

      








  



   





 

jueves, 16 de julio de 2026

De los 57 a los 63...¿Cómo van los asuntos del corazón?(I)

   


Alguien podría preguntarse cómo es posible que a los cincuenta y siete años todavía haya gente que le da vueltas a sus obsesiones, que es incapaz de salir de su bucle existencial y que una y otra vez busca explicaciones más o menos razonables para justificar su comportamiento.

   ¿Cuándo acaba el ciclo de la afectividad de las personas?, ¿existe una edad de referencia que nos indique que ya está bien, que hasta aquí y punto?

   Hacer una estadística de lo que vemos a nuestro alrededor en tema de relaciones podría ser un punto de partida. A los 57 años, poco más arriba poco más abajo, veo tres situaciones: las parejas casadas, de años, con sus hijos y demás contextos, las parejas separadas, y quienes se han pasado la vida buscando algo de esto, sin haberlo encontrado.

   Entre los casados y casadas no es fácil hacer un perfil de cómo se mueve su emotividad. Han tenido un par de hijos, tienen sus hipotecas pagadas, sus motivaciones económicas y laborales están bajo control, muestran una imagen de relativo éxito en el sistema. Quienes vivieron una sexualidad tranquila desde el principio echarán pocas cosas de menos; lo que pudo haber resultado escandaloso hace años ahora se integra como un aspecto casi anecdótico del que casi no se habla. Uno de mis conocidos bromea delante de su mujer porque está obsesionado con la pornografía, la ha integrado en su vida diaria y habla de este tema con la naturalidad de quien colecciona flores, ve partidos de fútbol o va de comida los domingos con sus suegros. Como es un alarde público casi constante, su mujer lo mira con condescendencia, que no complicidad, en unos ademanes que me recuerdan mucho los de las madres tolerantes ante las travesusras  de sus niños malos. Si se diera la posibilidad de preguntarles si todavía hacen el amor, si todavía tienen relaciones podemos esperar cualquier respuesta y nosotros imaginar cualquier cosa. No tienen hijos, tienen mucho dinero y mucho tiempo para aburrirse.

    El caso de los apasionados desde el primer momento no despierta tantas suspicacias. Todos recordamos los tórridos arrumacos de algunas parejas a los diecisiete años en los guateques y verbenas; luego fueron matrimonios y hasta aquí. Estoy totalmente convencido de que de una forma u otra esa gente se ha sabido reinventar y han incorporado en su proyecto de vida algo de intimidad y ojalá que sea creativa. Añadiría algún matiz, en estos caso hay indicadores externos en el comportamiento de la pareja, que van un poco más allá de lo políticamente correcto; ese gesto pícaro que se les escapa en algún momento quizás sea revelador de que aún hay vida más allá de la muerte.

   Los separados o divorciados son una subespecie de los anteriores, de los aburridos y de los apasionados. Si la sexualidad es fundamental para que podamos hablar de una relación especial, si en la primera etapa de la pareja su protagonismo es absoluto y en las etapas siguientes se va recolocando, imagínense si desde el principio esto no funciona. Si da la casualidad, ¡mucha casualidad!, de que ninguno de los dos quiere, quizás mueran juntos en un asilo. Si no, la chispa saltará tarde o temprano. Que a los veinticinco venga un chico y te diga que deja a su novia porque no llegan a un buen acuerdo sexual, en los tiempos que corren, podría considerarse "casi normal"; lo curioso, frente a generaciones más viejas es que, a esa edad, el que se quejaba era el chico y ahora, tanto ellas como ellos dejan abierta esa posibilidad. Cuando llega un señor de cuarenta y tantos y te cuenta lo mal que le va con su mujer los detonantes ya no son tan simples. En ese momento de la vida empiezas a disfrutar de tus logros, te empoderas, y es muy fácil que la imagen idílica de la vida en pareja se vaya desvaneciendo. Tengo que insistir, hace cuarenta años este malhumor era solo de los hombres, ahora es por igual. En la pareja se empadronan los reproches, la nostalgia de que las cosas no son como las soñaron, la nostalgia de la libertad perdida, la ansiedad por no compartir o abandonar metas y,  ¿cómo no?, la concurrencia de terceras o terceros y punto final. Aquí viene aquello de que si esto pasara de forma simultánea sería estupendo, ninguno de los dos sufriría, pero lamentablemente esto es casi la excepción...y que cada palo aguante su vela. La separación causará en cada uno de sus protagonistas un profundo desorden en su sistema de valores y, como consecuencia, tomarán las más variopintas decisiones para seguir remando en la vida. No es ningún secreto que si alguien rompe una relación un impulso irrefrenable es el de buscar un sucedáneo o precipitarse en comportamientos obsesivos que le harán la vida imposible, por mucho tiempo, a la otra parte. Hace cuarenta años los hombres recurrían a la prostitución, al alcohol; se refugiaban en su trabajo, pero en el fondo alimentaban un deseo de venganza y de reposicionamiento que los ponía frente a nuevas relaciones urgentes condenadas a un nuevo fracaso. Las mujeres, abandonadas, lo tenían mucho peor; meterse en la cama con otro para vengarse de su ex pudo haber sido una opción, pero de ella se sabe muy poco. Quedarse en casa y llorar de pena, leer poesía y dedicarse a las obras benéficas era lo que más se veía desde la trastienda. Menos mal que en esto hemos avanzado. Hay hombres y mujeres obsesionados ante una ruptura, hay psicólogos y psiquiatras, farmacología para aburrir y terapias que hacen ricos a quienes las imparten y pobres y más miserables  a quienes se prestan a ellas. Los duelos no duran mucho; a los cuarenta y tantos el sexo de pago no está de moda, hay redes sociales, páginas de contactos y una vocación clara de reconstruirse, de que la pareja no es más que una etapa y  no un para siempre y que, si tienes un poco de mala memoria, te queda algo de tu autoestima herida, y usas el sentido común para no fastidiar al prójimo, a otra cosa mariposa. En esto también hemos conquistado la igualdad de género. Nos seguimos enamorando, seguimos queriendo meternos en camisas de once varas, complicarnos la vida en uno, dos o tres romances; nos volvemos incluso a casar, hasta tenemos otros hijos y vuelta a empezar, porque no tengo nada claro que esa nueva historia que promete ser diferente, que nos va a dar aquello que no tuvimos, en realidad sea "diferente", si no, al tiempo.

   Queda el tercer grupo, el de los que no están en pareja, los que nuncan han estado en pareja, al menos en lo formal,  y que han pasado por los 25, los 40 y llegan a los cincuenta y tantos con las mismas perspectivas.

   A los cincuenta y tantos, a menos que seas virgen por vocación u obligación, la gente tiene un montón de historias que contar de sus geografías emocionales, otra cosa es que, de  hecho, las cuenten porque también hemos aprendido a maquillar nuestra vida y mostrar solo aquello con lo que nos sentimos contentos. Al menos por este lado del mundo, las barreras biológicas, tanto para hombres como para mujeres, para tener una vida sexual sana y productiva, han quedado superadas y ya no son un pretexto. Pero también es verdad que corremos el riesgo de no saber administrar nuestras posibilidades y entrar en dinámicas bastante poco constructivas, alimentadas por esa sensación de que a medida que envejecemos todo nos va dando igual. Y en este punto empiezan a aparecer monstruos y engendros, para avergonzarse o para morirse de la risa.

    Es de manual el cincuentón que se lía con una chica mucho más joven que él. Pero también lo es el de la cincuentona que liberada y sientiéndose más guapa que nunca coquetea con vigoréxicos adonis casi adolescentes. Pero el abanico es mucho más amplio. Hombres y mujeres aburridos de múltiples aventuras, cada vez más insatisfactorias, intentan retomar una antigua historia, que ya fracasó y que volverá a fracasar sin duda, pero que se siente como la ultimísima oportunidad de tener una vida estable. También se sondea entre desconocidos con el convencimiento de que ahora que ya saben realmente lo que quieren, ¿seguro?, serán capaces de elegir con criterio, seleccionar entre los candidatos y montarse un proyecto, también urgente, que suele ser puro humo. 

   Ni los casados, ni los separados, ni los eternos solteros, por mucho que cumplan años se libran de seguirse preguntando por las veleidades del amor; no harán canciones para cortarse las venas, quizás Espronceda o Neruda les queden un poco pequeños, pero estoy convencido de que en algún momento de sus maravillosos tiempos, en la ducha o en el aeropuerto, pueden llegar a cuestionarse  si las cosas están funcionando, si tienen todo aquello que deberían tener en el terreno afectivo, si aún existe la posibilidad de remediar o cambiar algo. Eso a los 25 y a los 57.