Se conocieron en la facultad de filología. Ella tenía dieciocho años, era rellenita y muy simpática, con una sonrisa eterna que parecía impresa en sus rasgos. Iba de la mano de dos amigas, conocidas de sus pueblos natales y ahora compañeras de residencia universitaria, de monjas por cierto. Eran un trío peculiar porque rompían todos los estándares de la física y de la química; frente a la rellenita, nuestra protagonista, una de las chicas era delgadísima, casi anoréxica, lucía una melena rubia con corte mafalda; la otra era gigantona, con una planta que imponía, unos rasgos de boca y rostro bastante interesantes y una densa melena castaño. Socializaban a trío, al principio, hasta que los cursos sucesivos las fueron serparando, no sin antes haber sido cómplices en unas cuantas aventuras.
En el coro dominical de la residencia de las monjas todos se apuntaban para cantar en la misa. Era la ocasión perfecta para acceder sin reservas, por lo pronto, al hall de aquel colegio blindado para garantizar la virtud de sus inquilinas. Como apoyo con la guitarra se presentaron varios chicos, en principio bien recomendados, que desde el primer día se sintieron unos privilegiados al poder inspeccionar de forma visual, en un entorno menos formal que el de las aulas, a toda una pléyade de futuras universitarias que, no se sabía muy bien porqué, parecían ungidas por un aura especial que las separaba del resto de las mortales del campus...y, además, cantaban la misa con ellas.
De estos domingos salieron algunas parejas, algunas amistades y algunos líos que nunca terminaron de definirse muy bien. La chica del piloto no se quedó fuera. Tuvo quien la cortejara y se acercó peligrosamente al precipicio del pecado por tener una novio lejos y no reconocido. No le faltaron ocasiones de sucumbir a los embites de un zalamero que hacía los solos del santus y el agnus dei, atrevido y audaz, que sabía explotar el ansia de riesgo y aventura reprimida bajo los dictados de la santa madre iglesia. La chica del piloto, además de guapa, inteligente y simpática, tenía un fuerte carácter y esas propuestas audaces le venían como anillo al dedo para romper un poco con su papel de dama a la esperda del galán. Se escaparon unas cuantas veces y de aquellos paseos, especialmente los nocturnos, cualquiera habría podido deducir que allí estaba pasando algo. Sin embargo, las cosas no siguieron esa ruta, él hablaba de Belén y Nazaret y ella de Marinao; la nocturnidad de sus escapadas solo arropaba largas conversaciones en las que sus amores imposibles se convertían en los protagonistas.
Fueron pasando los cursos, ella se especializó en Hispánicas, él en Clásicas. Había alquilado un piso, se había liberado del colegio y su relación con Marinao ya era un hecho más que confirmado. Empezaron los planes de boda. Tendría que terminar su formación militar, cerrar su ciclo y pasar al siguiente nivel. La comunicació, para aquellos tiempos, era bastante fluida y nada parecía interponerse en el éxito de un romance que sus colegas jaleaban y celebraban, incluido el audaz solista, que no había salido de su vida y que se convirtió en un confidente fiable, hábido de compartir todo lo referente a sus vidas sentimentales. Estaban en el último curso de carrera; siempre que tenía oportunidad él la iba a ver a su piso de estudiantes y tomaban té o café. Aquella tarde se la encontró bastante disgustada, con claros signos de haber llorado, pero sin desdibujar su sonrisa eterna.
-¿Sabes que Marinao hace más de una semana que no da señales de vida? Lo último que hablamos es que se iba unos días a otra zona por unas maniobras y para concretar algunos puntos relacionados con la celebración de su graduación. Estas desapariciones se convirtieron en la tónica. El solista audaz iba a verla con más frecuencia, con el convencimiento de que ahora tenía una papel de consejero sentimental y que sus intuiciones sobre la posible infidelidad de Marianao se iban confirmando. Terminó el curso y ya solo se comunicarían telefónicamente. Todo saltó por los aires. El piloto le confesó que había tenido una aventura y que tendrían que darse un tiempo porque, a pesar de que no había significado nada, tenía la sensación de que había sido un misil en la línea de flotación o la pérdida del alerón de cola en una ráfaga de metralleta enemiga.
El solista audaz la fue a ver. Conoció a su familia y coqueteó con la hermanísima; se rieron y lo pasaron bien dentro de la desgracia que suponía haber cancelado todos los planes de boda, los compromisos, las amistades comunes, los gastos anticipados. Pero aquello no era más que una batalla y de resultados inciertos. El solista audaz siguió su viaje. Fue a ver a Belén, no a Nazaret que, para colmo de sus pesares, había decidido meterse a monja. Después del verano y tras terminar sus carreras se fueron distanciando. Se comunicaban por cartas; ella ejercía su oficio de buena literata; él se limitaba a contestarle sin demasiado mimo; poco a poco se fue sintiendo fuera de aquella película y hacía promesas insustanciales y poco probables de algún posible reencuentro para seguir con sus osadías pasadas. Una de estas cartas puso el freno a las incertidumbres, se había reconciliado con Marianao y se iban a casar, esta vez sí, era la definitiva. El solista audaz le contestó de una manera un poco más consistente, se mostraba apenado, pero le pedía que intentaran conservar una buena amistad, que esa sí era sólida e incondicional y le deseaba de todo corazón que no fuera a equivocarse al volver a su historia, que el daño estaba hecho y que nadie mejor ella conocía los argumentos para dar a aquel asunto una seguna oportunidad...que nunca fueron buenas.
Unos cuantos lustros más tarde, la chica del piloto y el solista audaz se reencontraron. Ahora, por las redes sociales. Habían tenido una boda romántica, muy bonita; habían comprado una casa, grande, rodeada de huertas y habían compartido ese sueño, en las duras y en las maduras; habían tenido dos hijos preciosos, que habían crecido, habían estudiado y ahora eran ya dos profesionales hechos y derechos. Y...se habían separado, estaban en trámites de divorcio, básicamente, por las infidelidades de Marianao. Estaba intentando reconstruir su vida, asumir su nueva situación, reestructurar su perfil de mujer madura, con dos perros y una casa que se le hacía inmensa. Marianao tenía nueva pareja, más joven que él, obviamente. Cuando pasó el temporal empezaron a coincidir en actividades para gente grande, en cosas que siempre les gustaron, mantenían una apacible no relación por la casa común y por sus hijos.
Amante de la fotografía, adicta a los viajes culturales, siempre curiosa, aprovechó una fiesta local y un grupo de amigos para reencontrarse con el audaz solista después de un porrón de años. Esta vez ella se había adentrado en campo enemigo. El resultado no fue del todo predecible, pero sí dio pie a ese montó n de confidencias que solo salen a la luz cuando ya han dejado de importarnos. El reencuentro fue un poco frío, el audaz solista quiso darle una abrazo afectuoso y muy afectado que le demostrara lo mucho que se alegraba de verla; sin embargo, ella se mantuvo bastante arisca, quizás porque no había olvidado algunos aspectos incómodos de la personalidad de su viejo amigo. Se fueron a cenar todos juntos, bebieron, se divirtieron y llenaron la noche con anécdotas y recuerdos de los tiempos en los que todavía no habían saboreado ningún desastre importante. Ellos dos se fueron a comer solos el día siguiente. Hablaron y se pusieron al día. No había vivido su separación como una mujer destrozada por el desamor; no era propio de su carácter. No había sido una santa, literalmente, había pecado y roto con su virtuosa educación reforzada en su época universitaria; las monjas no lograron llegar lo suficientemente hondo como para castrarla de por vida. En el instituto donde trabajaba conoció a un catedrático de griego, conectó con él desde el primer momento. Su matrimonio, el del catedrático, era un auténtico caos. Su mujer, a la que quería y amaba sin reparos, había contraído una enfermedad que la postró en una silla de ruedas; él había asumido la responsabilidad de respetarla hasta que la muerte los separara...y cuidarla...en la enfermedad. Con cierto rubor le confesó al solista audaz que llevaba siendo la amante de este señor desde hacía bastantes años, que disfrazaban su aventura programando actividades escolares en las que casualmente coincidían a la hora de viajar; en momentos límite, habían asumido que sus encuentros clandestinos tenían que ser en la parte trasera de la destartalada furgoneta del catedrático, dado que sus correspondientes hogares estaban sitiados y no disponibles para estas lides. A la pregunta de que si aquello iba en serio, de que si aquello podría terminar saliendo a la luz, la respuesta fue tajante: es lo que es, nadie quiere o puede cambiar nada.
Con ocasión de sus jubilaciones, volvieron a contactar. En realidad seguían mandándose mensajes muy de vez en cuando. Hacía tiempo que no hablaban de sus asuntos personales, intercambiaban noticias sobre eventos, se recomendaban artículos sobre distintos temas y los comentaban con variable interés. Pero este silencio hablado volvió a romperse. La nueva etapa que empezaba la devolvía a convivir con fantasmas imprevistos, con una aparente soledad impuesta, con la ansiedad por saber cómo iba a ser el tiempo que le quedaba. Seguía viajando y haciendo fotografías, se apuntaba a actividades en las que pudiera sentir todavía algo de protagonismo social, con Marianao participaba en un curso de manualidades avanzadas y con su catedrático de griego, marido aún de su mujer, mantenía alguna conversación puntual, con el mismo sigilo, por supuesto, que guardaban cuando retozaban en la furgoneta. ¡Felices los cuatro!
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