Este es el título en español de la película de Stuart Blumberg Thanks for Sharing; según algunos comentaristas, bastante desafortunado, porque desvía la atención sobre el tema central, la necesidad de compartir los problemas y pone en énfasis el problema en sí, la adicción al sexo. La pregunta que surge frente a esta etiqueta "adicto al sexo" es si un ginéfilo puede considerarse algo así, o simplemente es una especie de subcategoría, en la que, en cualquier caso, entraría el concepto de adicción y de sexo, no tanto como prácticas en sí, sino como vinculación hacia otro género que no es necesariamente el propio.
Ya habíamos visto esa película, ya habíamos reflexionado sobre lo que es una adicción, pero asumiendo la vulnerabilidad de la memoria, esas conclusiones pueden difuminarse.
Lo que a lo largo del tiempo puede llegar a controlarse, en momentos de cierta debilidad, se puede convertir en una recaída fatal. Viendo las incursiones en las vidas ajenas que hace un ginéfilo, siempre desde fuera, esa predisposición quedaría reducida a una inclinación inocente si se compara con una adicción en toda regla. El adicto, por definición, pierde el control sobre su vida a consecuencia de su enfermedad. El perfil del ginéfilo resulta casi romántico frente al de un adicto al sexo cuyo drama es totalmente real. El ginéfilo siente una necesidad apremiante de estar con una mujer, de conquistarla, de seducirla; pero ejerce cierto control sobre su inclinación que le permite seleccionar, buscar y convertir en un ejercicio intelectual, con una trama perfectamente urdida, las acciones que le permitirían conseguir sus objetivos. Esto funciona mientras no haya alteraciones importantes en la personalidad o en el contexto. El paso del tiempo, el síndrome de la pérdida progresiva de facultades y posibilidades, va convirtiendo su plácido paseo en una obsesión compulsiva y realmente adictiva. A pesar de haber admitido que cierto tipo de experiencias resultan dolorosas y, cada vez, menos motivantes, hay una negación sistemática a admitir que esa inclinación haya podido desaparecer definitivamente. Se teme la recaída, pero no se evita. Siempre queda una última oportunidad para probar que no todo se ha perdido. Es bastante simple, todo lo que se prohíbe se desea; el ginéfilo entiende la inutilidad de sus pulsiones, decide dejarlas poco a poco, pero en sus patrones le resulta inevitable seguir practicando, en su forma de relacionarse, las actitudes propias de su conducta; aunque él mismo intenta prohibírselas, él mismo, cuando recae, se autoriza a seguir adelante. La experiencia le permite pronosticar los posibles finales, quizás esto hace el sufrimiento más llevadero, pero en el fondo sigue ahí y le priva de bienestar y tranquilidad.
Una vez más aparece alguien nuevo en tu vida. Físicamente encaja en el modelo que te perturba o, al menos, eso crees. No reparas en demasiados detalles. Te convences de que esta vez sí, que esta vez será la última, la definitiva. Y te enamoras, esa es la parte más fácil. Como el alcohólico, no puedes apartar la vista de la botella, estás seguro de que te va a proporcionar todo el placer, toda la satisfacción que no has encontrado antes aunque la resaca de la última borrachera no se haya pasado del todo. Esa es la mujer de tus sueños, la idealizas, estás dispuesto a darlo todo por ella, a dejar atrás todo lo importante que has creado en tu vida, no te importa, no lo ves. Pero esa botella, esa mujer no está a tu alcance; eso hace mucho más agobiante tu necesidad y te hace perder poco a poco el foco de tus intenciones; ese plan tranquilo que un día urdías por puro juego, sin que el resultado en sí fuera realmente importante, se convierte en improvisación, en movimientos poco afortunados, en equivocaciones que no sólo comprometen una posible amistad, sino que incluso empiezan a generar las sensaciones de un acoso, y a despertar los efectos contrarios a los buscados, el rechazo, el alejamiento.
Lo peor de las recaídas, cuando ya han sido muchas, es que van debilitando nuestra resistencia, nuestra capacidad para volver a empezar. El alcohólico quiere salir, quiere rehabilitarse, quiere dejar su adicción. Es capaz de volver a empezar su recuperación siempre que encuentre apoyo y estímulo para hacerlo. Lamentablemente muchos no lo consiguen, terminan sus días en el abandono, en la enfermedad, asumiendo su incapacidad para recuperarse y mirando a la muerte como su única y definitiva salida. Las demás adicciones resultan igualmente incurables. Los protagonistas de la película de Stuart Blumberg se quedan en una plácida fase de un nuevo intento de salir adelante; queda abierta la incógnita de hasta cuándo. El alcohólico destruye su entorno a la vez que a él mismo; también cualquier otro tipo de adicto. La pregunta final: ¿ese espacio que alimenta la esperanza de una curación definitiva, compensa la frustración que genera el hecho de saberse incapaz, por sí sólo, de mantenerse firme en su determinación? ¿Depender de alguien para que te ayude justifica tu debilidad y la entrega y sacrificio del otro?¿Los pequeños estímulos hacia el bienestar que obitienes en los períodos de tranquilidad compensan el esfuerzo para librarte de algo que sabes que siempre estará ahí poniendo a prueba tu resistencia y sentido común?
Las emociones no son sino un estímulo más, una reacción química con la complicidad de la memoria, a las que llamamos amor. Generan una necesidad comparable al hambre, deben ser saciadas. Implican socialización y, por tanto, la implicación de otras personas con una sensibilidad y unos valores que en ningún caso deben ser violados, ni siquiera de forma "inteligente". Pero están ahí, son primarias e inexplicables; también son demoledoras cuando quedan fuera de control. Al final, es una elección y, como tal, un acto consciente. No somos como queremos o como nos gustaría que nos vieran, Un trabajo de seria aceptación y valentía para asumir las cosas haría más llevadera la vida del ginéfilo. Reescribir una y otra vez el final o, simplemente, no darle importancia, desentenderse, existir sin la preocupación....Podemos mantenernos lejos de una botella, no vamos al bar o las eliminamos de nuestro entorno, pero ¿cómo alejarnos de los esrtímulos que una mujer bella nos produce?