sábado, 26 de noviembre de 2016

Las deudas del alma...nunca se acaban de pagar, ni a los cincuenta...

   En ocasiones anteriores abordé la problemática de los cincuenta, siempre desde la perspectiva de alguien que se reconoce con un apego intenso hacia la condición femenina . Creo que no las voy a publicar. Están faltas de inspiración, probablemente porque las he escrito forzado por la necesidad de seguir dando coherencia a mi relato. Hoy escribo porque estoy triste, un poco ansioso y porque creo que ese es el mejor estado para intentar centrifugar un poco el espíritu.

    Han pasado tres años desde que superé esa barrera psicológica de los cincuenta. De las muchas predicciones que leí o me hicieron sobre los cambios que iba a experimentar, todavía no puedo concretar ninguno. Casi todas apuntaban a la apocalipsis de mi energía emocional, poco menos tenía que prepararme para convertirme en una especie de castrati al que sólo debían preocuparle cosas mucho más trascendentes que el hecho de querer conquistar a una mujer y, a lo sumo, llevársela a la cama; esas cosas, después de los cincuenta, resultan patológicas.

    En lo que no he cambiado, a pesar de todo, es en que sigo siendo una especie de mentiroso compulsivo, cosa que no puedo evitar cuando escribo y espero que alguien me lea  Pero no lo percibo como un defecto, es una patología más de las muchas que vienen de serie en la condición humana. En nuestra cultura mentir se extirpa como una mala verruga...sin embargo, es persistente y siempre vuelve a salir. Con todo, ahora he encontrado un término que tiene un contenido despectivo considerablemente inferior: "episodios de fabulación"
 
    No termino de salir de mi última historia. Siento que todas las razones por las que me escapé de ella me siguen persiguiendo, y me debato entre aquello de que es mejor malo conocido a bueno por conocer, en especial, porque en este momento de mi vida lo bueno por conocer empieza a convertirse en quimera, en posibilidad de remoto cumplimiento. Vivo como si realmente siguiera comprometido, anclado a unas promesas y a unos límites que ya no están. Sigo sintiéndome obligado a estar a una hora en casa, a dormir en la misma cama, a rendir cuentas, a respetar aniversarios de los propios y de los ajenos, a ser guardián inflexible de mi salud y a pensar, quiera o no, en que no debo ser la cigarra del cuento, sino la hormiga que debe guardar para un futuro incierto, pero futuro. Al final, toda una actitud.

   Hace años, comunicarte con tus contactos suponía un acto de importante voluntad. Había que llegar a casa, buscar un momento, encender el ordenador, esperar que la conexión telefónica fuera bien y, entonces, se producía el milagro en la pantalla, salía la chica, normalmente arreglada para la ocasión y charlabas, horas a veces, como el preso ante su visita. Ahora, las benditas redes sociales no te dejan descansar sino cuando estás bajo la ducha, porque, incluso haciendo tus necesidades más íntimas, estás tentado a darle a los deditos para guasapear, facebuquear, tuitear etc. Hasta ahora, el ginéfilo mantenía sus adicciones en el plano de lo razonable, como cualquier adicto que está convencido de que tiene su enfermedad bajo control, porque la somete a una estricta rutina de lugares. momentos y frecuencias. Pero en estas circunstancias, con tantos flancos abiertos para que entren en tu intimidad y la compartas al mismo tiempo, resulta totalmente imposible: no hay forma de justificar la absoluta dependencia.

    Mi confidente en estas lides iba a ser el primer protagonista de mis cincuentonadas, pero me voy a  dar un gusto y  tendrá que esperar un poco. ¿Cómo te planteas una nueva relación si la última todavía te condiciona?. Además, partimos del hecho de que, a estas alturas, como decía también un recordado amigo mío, estamos un poco viejos "para enamorar". Creo que al saltar la barrera de los cincuenta me olvidé de desconectar alguna función, ya por obsoleta, que debe dirigir la imperativa necesidad de seguir buscando líos entre los brazos de las mujeres. Espero ser la excepción por el bien del sentido común.

    Fue un accidente, conocí a alguien durante un traslado provisional en mi trabajo. Fue receptiva, sólo eso. A pesar de que nunca nos volvimos a ver, nos intercambiamos whatsapp ,y, cuatro años después, seguimos en las mismas. De vez en cuando, nos prometemos un encuentro que nunca llega, y si llegara no sé muy bien qué pasaría, porque estamos tan acostumbrados a la mini dactilografía telefónica que supongo que estaríamos frente a frente y no sabríamos comunicarnos de otra manera. El que sea una mujer casada y viva a unos cientos de kilómetros de mí, ayuda bastante y aquí mi querido Platón adquiere un sentido pleno. Es verdad que tenemos muchas afinidades, que, a lo mejor, podríamos funcionar como pareja, que hasta podríamos enamorarnos...pero me da una pereza terrible. Juega con ventaja, es algo nuevo y eso tiene su encanto.

   Tonteando en Facebook se me ocurrió buscar a alguien que había significado mucho para mí cuando tenía veintitantos años. No se rían, a lo mejor la reconocen en alguno de mis relatos anteriores. Y empezamos a hablar. Como aquella historia no acabó bien...ella se fue con el que actualmente es su marido...durante un tiempo me dediqué a recordar todo lo hermoso que había sido nuestro romance, a intentar despertar en ella todas aquellas cosas que nos habían unido en una etapa de nuestra vida, realmente memorable y emocionalmente muy intensa. No dudo que en algún momento la haya hecho flaquear, especialmente porque retomamos una pasión dormida -congelada quizás- que estaba libre de todo el deterioro que da el uso. Pocas cosas ha reconocido sobre su matrimonio, pero una de ellas es que, después de un montón de años, es difícil mantener el tono de amor que ella y yo conocimos. Puede interpretarse como una pequeña victoria para mí, pero a través del tiempo he podido comprobar que sólo ha sido otro "episodio de fabulación". En cierto modo hay más cercanía que con mi compañera de trabajo, hablamos por teléfono de vez en cuando y, al menos yo, he superado mi inicial incomodidad. Casada y lejos. El teléfono, otra vez, el arma asesina. Su prudencia y mesura sólo puede obedecer a sus firmes convicciones matrimoniales, no habla de ellas, no tiene que repetirme cada día que quiera a su marido, que quiere a su familia y a su vida ni que yo me he convertido en una mosca cojonera empeñada en remover su pasado, sin otra intención clara que la de complicarle la vida con alguno de mis arrebatos irresponsables; es demasiado educada y formal. En mi fabulación la sigo viendo como hace veinticinco años, la deseo, incluso; reconozco que no me importaría recuperar alguno de aquellos momentos vividos...pero, ¿a qué precio? Le he dicho muchas veces que la quiero, ella siempre responde que lo sabe. Quizás siga enamorada del recuerdo, pero, a día de hoy, su único amor, es su marido, me duela donde me duela.
    
  Y ya, mi pequeña joya. Otra obsesión de juventud. Otro reencuentro casual. También me dejó; el que es el padre de su hijo, se la llevó al altar; hoy están divorciados, pero como si no lo estuvieran. A mí se me antoja que en este momento de su vida podría ver las cosas que no vio hace veinte años. Y el debate es complicado. Supongo que como no me gusto, a lo mejor descubro a los ojos de una mujer con la que tuve una aventura hace un montón de tiempo, que puedo descubrir virtudes  que restablezcan mi autoestima. Y me lanzo al ataque. Hay un asunto profesional que nos obliga, en cierto modo, a estar cerca; sólo un asunto profesional, lo único. He  tenido que hacer un esfuerzo considerable para recordar todas las cosas que nos separaron en su momento. No tenemos nada en común, nada; es más, casi todas las cosas que nos gustan nos separan. Odio el fútbol y los coches, a ella le encantan; tiene un montón de mascotas, no las soporto; adora el baile, yo el peor de los patosos; lee lo justo, ¿qué haría yo sin un libro? Odia el alcohol, a mí me complementa. Desde el principio, los dos queríamos tener una bonita casa con jardín...y lo conseguimos, pero cada uno la suya; ni siquiera nos necesitamos. Todavía no sé qué pudo ver en mí en aquel momento...ella dice que es que era demasiado inocente...supongo que me quiere decir que no tenía ni idea de lo que quería; en efecto, su ex-marido y yo somos como un huevo y una castaña. Sin embargo, creo que estoy enamorado. Esto sí que es una crisis. Ando como un zombie esperando que me coja el teléfono, que responda a mis mensajes, he perdido hasta el apetito...pero estoy viejo para enamorar, y
este catarro lo tendré que pasar solito, cincuentón, aburrido y lleno de miedos. ¿Cómo será relacionarme con alguien mucho más joven que yo? ¿Seré capaz de seducirla?, ¿Responderé en la cama?, ¿De qué hablaremos en nuestro tiempo libre?, ¿Seremos capaces de crear sueños juntos?...Sueños, ¿qué sueños?
   En los cincuenta sí he encontrado algo. Un cajón lleno de futuros que ya se han cumplido, de historias con un final escrito y leído. No queremos recorrer caminos ya andados...aunque la tentación de reencontarte con algún paraíso-infierno perdido sigue siendo demasiado fuerte...a pesar de los cincuenta y tantos.                            
             

martes, 10 de mayo de 2016

Tengo cincuenta y tantos y...¿ahora? (I)

   No hace mucho vi una película en la que una pareja se planteaba nuevos retos para su recién inaugurada década: entraban en los cuarenta. Aparte de estudios médicos sobre los cambios hormonales y sicológico-conductuales, supongo que la aportación subjetiva a los distintos períodos de la vida queda en el saco de lo más íntimo y personal. También, en la cafetería de mi centro de trabajo, hablamos un día sobre la relatividad de las décadas, sobre aquello de que los cuarenta de hoy pueden ser los treinta de hace veinte años y que hay hombres y mujeres que pasan de los cincuenta que son perfectamente asimilables a los cuarentones de otra época. Este comodín nos viene como anillo al dedo, si no fuera porque no podemos olvidar que el paso del tiempo es un juez implacable que establece los límites entre lo que queremos hacer y lo que podemos hacer.

   La fiesta de cumpleaños superó, en lo formal, muchas de mis expectativas, si es que en algún momento tuve expectativas con relación a este tipo de eventos. Las personas que más te quieren lo preparan todo para darte la sorpresa de tu vida, hay que celebrar el medio siglo, no tanto porque sea un reto demasiado complicado de lograr, como por el hecho de que es una fecha redonda de incuestionable naturaleza como para que pase desapercibida. 
   
   Y llegó el gran día. Para alguien que sólo es capaz de superar el terror escénico a base de sumial o de altas dosis de alcohol, aquella iba a ser una prueba difícil. A diferencia de otros cumpleaños, en éste habían concurrido ciertos aspectos importados de culturas extrañas de la mano de sus organizadores. Había sofisticados chupitos de gelatina de colores, lazos en las sillas, arreglos florares y exquisitos detalles de decoración floral; el entorno era encantador. Los invitados fueron llegando con el rigor protocolario de una boda a la americana, se les había advertido de la necesidad de cierta etiqueta y del estricto seguimiento de la programación. Ya, desde ese momento, empecé a sentirme como el no protagonista, no tenía que hacer nada, ni siquiera disfrutar. Me acuerdo que en los primeros momentos, a la espera de acontecimientos y por no fastidiar la sorpresa me fui al garaje de la casa para tomar algo de vino y hablar con los invitados más madrugadores; allí esperé, entre bambalinas, a que me dieran la alternativa en la que se supone que era mi gran fiesta.
   
   Fue un asalto prolongado, con baile, canciones, discurso, comida, bebida, regalos y vídeos emotivos, recapituladores de las experiencias más significativas que mi prójimo tuvo a bien juzgar como tales e incluir en un cuidado montaje. Hablé, en mi alegato de agradecimiento, como sólo se le permite a alguien que cumple cincuenta años, entre el sopor y la penumbra de una tarde que empezaba a ser demasiado larga. Supongo que, a partir de ahí, ya empezaron a marcharse algunos invitados; a pesar de todo, seguimos bebiendo, riéndonos, hasta que fue de noche, se sirvió otra vez comida y aquello parecía interminable. No sé si es lógico o no, pero se me han borrado otro tipo de detalles relativos al fin de fiesta. Con insistente curiosidad he intentado recuperar el vídeo del evento, pero no he tenido éxito; quizás sea lo mejor, hay cosas que no deben volverse a evocar nunca.
 
  Sería una falta de agradecimiento no reconocer el mérito de todas aquellas personas que se implicaron en montar un fiesta para mí, ya era hora, ¡siempre las había montado para otros! Consiguieron que me sintiera especial, distinto, escuchado; pero no consiguieron que no me sintiera extraño, raro, como un actor de mi propia vida.

  Si tienes pareja y le importas, cumplir cincuenta años se convierte en un reto en el que cualquier sorpresa será poca. Unos meses antes empiezas a observar comportamientos extraños. Te pregunta por cosas que antes nunca te había preguntado, averigua el paradero de viejas fotografías, organiza raras reuniones con parientes cercanos, solicita recursos y medios que nunca antes había usado. A quien le gusta controlarlo todo, no le gustan las sorpresas. Lo más desconcertante es ese afán porque todo vaya bien; de pronto, cosas que habitualmente son motivo de discusión, milagrosamente dejan de serlo, a los despistes habituales, se responde con  sonrisas en lugar de con reproches...Creo que una vaca de esas japonesas, súper mimadas, recibe menos atenciones; visto así, es como si te cebaran para el matadero, es como si todo el mundo conspirara para que la pieza llegara en el mejor estado  al gran sacrificio.

   Me planteé, luego, cómo hubiese sorteado obstáculos importantes si yo hubiese tenido que organizarlo todo. No podría olvidar mi condición filogénica y las dificultades añadidas para seleccionar, por ejemplo, a los invitados. Pasando por este tamiz a la gente que iba a venir al evento habría tenido que hacer unas cuantas comprobaciones porque, una cosa es haber gestionado situaciones totalmente incompatibles en tiempos y espacios no coincidentes, y, otra bien distinta, traer a esos actores a un mismo momento y a un mismo lugar.

   Muchas veces hablé con alguna pareja de "envejecer juntos"; ahora era el momento para evaluar esta idea. No pude evitar pensar que esas personas que formaron parte en algún momento de mi vida, el día de mi cumpleaños me harían rendir cuentas de las promesas no cumplidas. Por más vueltas que le di, no encontré argumentos para excluir a nadie y que pasara lo que tuviera que pasar. A todos nos encanta reservar la información, guardar nuestros secretos; imaginar a tu ex tomando unas copas con otra ex que, a su vez, es la amiga de la mujer de tu mejor amigo a la cual, pretendes en secreto, resulta demasiado pretencioso y novelesco. Sin embargo, en un cincuenta cumpleaños tienes todos los ingredientes para que esto se dé y tú lo tengas que sufrir. 

   Sigo sin recordar muy bien cómo acabó todo. No recuerdo broncas, malas caras, disidencias, excesos alcohólicos; pero tampoco me acuerdo de que el silencio se fuera haciendo poco a poco hasta que el salón quedara vacío, con las copas y los vasos dispersos, los platos en el fregadero y los regalos sobre la mesa del salón. Esa sensación de volver a la cordura, de ir a una cama, después de una relajante ducha y emprender el primer día del cincuenta y un cumpleaños, no lo recuerdo.