miércoles, 27 de enero de 2010

En el día de hoy...la lumbalgia y Glauce


   Ayer no pude termirar mis clases. Era el peor día de la semana, martes, cuatro horas y una guardia. Pero debo admitir, aún sin abuela, que las dos que di, fueron magistrales. Algo queda en mí del viejo intelectual, del académico profesor que un día se soñó a sí mismo en la Universidad. El resto de la tarde, casi para olvidar...o no. Como de costumbre, me limito a decir que sí, es mi manera de exonerar de los problemas a quien me los viene a plantear. Al menos, sé que eso no es real. Pero las decisiones deben tomarse, aunque no correspondan, y las soluciones deben buscarse, aunque no sean las mejores. El peso de la responsabilidad me lo quito cuando dejo mi ropa de calle sobre la cama y me siento, con una velas y un sándalo, en mi sillón preferido -el único, por cierto-.
   
  El paisaje que veo en el espejo es el de un circo desmantelado; el mal   tiempo y su propio destino han dejado por el suelo sus jaulas, sus andamios, su carros, sus   lonas.      Ahora, a esperar otra vez. ¿Cuál será el próximo puerto?. Confío en que no siga lloviendo porque el material  terminará deteriorándose, y mucho. Esta cruzada, cada día, tiene menos sentido, y Don Quijote quiere ser rescatado de sus delirios para morir en paz. 
  
   A Mimí la ha detenido la policía de extranjería. Una        simple      confusión.    Pensaba esconderse, pero su barco no salió el día previsto. Todo, de la forma más miserable y cruda. Su único delito, no ser de aquí. Empezaba    a     abrirse  un     hueco  en     mi corazón y ya sumábamos en nuestra historia. Ahora será repatriada por la vía de la fuerza, sin una opción a la despedida, sin sus cosas, sin   poderse comunicar con nadie. Le  hizo   mucha ilusión el perfume de Givenchi que le  dejé  por  Reyes. No lo  pudo   estrenar, su   sueño   del primer mundo, el que yo alenté alguna vez, se ha visto truncado.
  
  Quizás el momento que temí durante mucho tiempo está llegando. Ya no  hay  nadie en mi vida. Así lo percibo. Pataleo en aguas revueltas para no hundirme; desde la orilla  me miran con indiferencia y no me tienden una mano. Hasta el fuego más persistente muere ; más aún, si se le da la espalda. ¿Qué podría esperar?. La distancia  y  la  falta de  iniciativa, un jarrazo de agua  fría. El  aburrimiento, las  desilusiones, los atascos cotidianos, otro jarrazo de agua fría. Las mentiras, la desconfianza, el  aislamiento, la  inmadurez, la  simpleza, otro  jarrazo. Al menos, ya puedo llamar a las cosas por su nombre. Pero no aprendo,  menos mal  que ya no me  quedan fuerzas. Aún, ahogándome en mis propias, contradicciones intento conseguir esa mano que me salve. Pero no  tengo buen  aspecto, es  lógico que  se lo  piense.  También está  lejos,  con  sus  problemas,  no  quiere   arriesgar   y   mi   propuesta   no   tiene  porqué ser diferente, pero es menos probable y menos posible: ¡Bueno para todos!

 Necesito cambiar de posición, la manta eléctrica no es suficiente, la lumbalgia está haciendo estragos...este dolor sí es reconocible, lo puedo medir.


  "Esta vez no sólo fue la distancia física, también la disonancia entre los momentos de nuestras vidas. Glauce había roto hacía poco con su novio después de casi siete años. Es verdad que me había fijado en ella en una ocasión. Era menuda, de melena negra y piel aceituna, una belleza exótica y oriental. Nos volvimos a encontrar ocasionalmente y nos presentaron. Cuando Gilia se marchó, nos tomamos unas copas y me convertí en su pañuelo de lágrimas. Fumaba y bebía mucho. Estaba demasiado metido y entusiasmado con Gilia como para prestarle atención. Sin embargo estaba cerca y nuestros encuentros se hicieron más frecuentes. Una noche no quiso que la llevara a su casa. El impacto no fue importante en ese momento, sin embargo, mi relación con Gilia ya no volvió a ser igual."  (D.D.A.)      

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