lunes, 8 de marzo de 2010

Sexo y amor...la historia interminable.


   Saber cuándo debemos dar por terminada una determinada etapa de nuestra vida es uno de los retos más difíciles que, como personas, tenemos que afrontar. Pero está claro, que aún así, el precio a pagar, es mucho más alto cuanto más lo posponemos y, si queremos vivir con cierta dignidad, tenemos que hacerlo.


   Un famoso psiquiatra, al que he nombrado más de una vez, concibe la historia de la pareja como un camino hacia una profunda, sincera y cómplice amistad; a medida que pasa el tiempo, las generaciones se van renovando y cada una debe desempeñar el papel para el que biológicamente está mejor dotado. Resulta aterrador aspirar a comportamientos que nuestra fuerza física y nuestra madurez intelectual rechazan por la simple razón de que envejecemos. Sin embargo la cirugía estética, por ejemplo, ha llegado a desvirtuar el mismo devenir de la vida humana o a intentarlo. El relativismo, el todo vale, la crisis de los valores "tradicionales" -creo que atávicos, genéticamente impresos- nos han llevado a endiosar un sentido de la libertad que simplemente resulta ridícula e inútil. Peor aún, es que, enarbolando esa bandera, hablamos de "felicidad" a boca llena para justificar cualquier concesión a lo que es inevitable.

   Somos maleables, cambiamos permanentemente, ese fluir nos hace distintos cada día. Cuando entablamos una relación, sí hay reglas, sí hay límites. No todo vale, no todo es lícito, no todo nos va a llevar a esa utopía hoy tan vendida de "lo primero es ser felices". Un hombre adulto, con experiencia, no puede recibir de una chica más joven , sino la imagen perdida de lo que ya no es. No le devuelve la energía que ya no tiene, no le da la alegría de vivir que nunca supo conquistar; ella, seguramente perdida entre tantas ambigüedades, se ampara en una seguridad efímera y en la buena disposición de quien, reconociendo sus fracasos pasados, ahora imagina el principio de una nueva vida sin errores.

   El amor no tiene edad. Sí la tiene. El amor es un camino muy largo de profundización en el conocimiento de uno mismo y en el conocimiento del otro. El amor de la pareja es solo una especialización que lleva consigo la vida sexual y el cumplimiento de los imperativos biológicos de la procreación. Pero antes está el amor como hecho social, como la concreción de un acto de comunicación exclusiva entre varios seres. Como casi todo en la naturaleza, está regido por un proceso, por unas leyes que limitan y posibilitan. Sólo nosotros, con nuestra inteligencia, hemos intentado pervertir esas leyes y ese proceso; lo necesitamos para justificar los comportamientos más absurdos y, en especial, más egoístas. Pero eso no nos lo podemos reprochar.

   Si un hombre se aburre de su pareja, si deja de despertar en él interés sexual, es porque su ciclo ha terminado. Se supone que ha habido un espacio en el que ambos han ido creando nuevos intereses, nuevos objetivos que den sentido a su unión. Si no ha sido así, lo más probable es que esa pareja se rompa. Pero no podemos olvidar que cada relación supone un gasto de recursos importante, recursos emocionales, materiales y, sobretodo, una inversión en tiempo que es irreversible. Perdonen el tópico, "no llamemos amor a lo que es sexo...y sexo del malo". Ya es bastante demoledora la química sexual, pero la biología nos ha impuesto ese requisito con fines claramente productivos y reproductivos. Pero nuestros patrones de comportamiento, no son sólo heredados, también son aprendidos y son ellos los que deben regir nuestros actos dentro del sentido común.

   Cuando se llega a la mediana edad, los hombres nos resistimos a ver nuestras cariñosas y entregadas parejas como algo más que una masa que, cada día, está más flaccida, que cada día está más arrugada y a la que la ropa interior le queda como un auténtico saco. Pero son nuestro reflejo. Afortunadamente los hombres somos feos, no estamos dotados de atractivo físico como un criterio de selección de la pareja, al menos, hasta cierto punto. Pero eso no nos exculpa de lucir panzas peludas, erecciones cada vez menos potentes, o incipientes calvicies que asustarían hasta la más beata... Pero también, desde el otro lado, viene el desencanto. ¿Cómo nos ven ellas? Probablemente, hasta no hace mucho tiempo, la mayor preocupación era el progresivo deterioro en la comunicación, el adocenamiento, la falta de interés y de implicación en un proyecto que poco a poco se va convirtiendo en algo de ella para él y los hijos si los hay, pero en lo que él, ya no participa. A pesar de vivr en la era de los hombres guapos, de los iconos sexuales, la fealdad o la decadencia física no suelen ser factores determinantes en el alejamiento de la pareja cuando esto sucede desde el lado femenino.

   Después, nos quedamos solos, cuando nuestros proyectos y tentativas de mantener una relación más o menos estable se han ido al traste; corremos desesperados, los hombres en busca de sexo, las mujeres en busca de amor, al menos en teoría. Si eliminamos las formas, la educación, el sentido común que sólo se adquiere con la experiencia, un encuentro fortuito, no es más que eso. El hombre se acerca a una mujer con la esperanza de encontrar una musa, una diosa de belleza que, además, y por obra de algún ente misterioso, va a adivinar todas sus fantasías sexuales y satisfacerlas. La mujer, harta de lidiar con la vulgaridad, va en busca de formas, de educación, de ternura y con la temerosa esperanza de tener relaciones sexuales mínimamente agradables y, a ser posibles satisfactorias. Luego viene el jarrazo de agua fría.

   Se encuentran en un punto convenido. Ambos intentan dar una buena impresión al otro, se visten bien, se retocan un poco por aquí o por allá y planifican los primeros momentos del encuentro. Ella espera sentada en una cafetería, él lleva rato esperando pero no sabe exactamente dónde está el lugar. Al final, se saludan; ella le da un beso en la boca. Eso relaja un poco la tensión, expresa claramente que aquello va a ser algo más que una charla cordial. Empiezan las cábalas. A ella le gusta, quizás un poco tímido, habla mucho. A él ella le atrae, tiene clase, se la ve como una mujer de cierto nivel intelectual y transmite un aspecto desenfadado. Podríamos estar en el principio de una relación, de algo que fuera más que un encuentro casual. Se dan las condiciones, al menos hasta este punto.

   Ya en el hotel se toman unas copas y se sueltan. Deciden ir a la habitación. Es amplia y agradable, ella observa con atención los detalles de siempre, la colocación de la ropa, los zapatos, los útiles del baño...hasta que se lanzan al beso que lo desencadena todo. Ahora empieza el combate. Ella se deja seducir. Él toma la iniciativa, lleno de dudas sobre su capacidad sexual, con la urgencia de decir "si consigo que haya penetración, habré cumplido sobradamente y si luego las cosas no van bien, al menos podré encajar alguna excusa". El primer parón: ¿Hay preservativos?. No. Ella se fía y no forcejea. Las pequeñas dudas hacen crecer su deseo...todo resulta bien. Aunque ella manifiesta su satisfacción, capta ciertas dudas, ciertos desajustes. Él no busca su propio placer, su satisfacción, él sólo quiere mostrarse a sí mismo que es un campeón de la sexualidad. Ella se siente profundamente decepcionada. "Qué actitud tan infantil, ¿acaso piensa que a una mujer a estas alturas de la vida se la conquista con proezas sexuales?". Su entusiasmo decrece y le pone a prueba. Él ya no puede seguir, no tiene ganas. Empieza a buscar excusas y observa con detalle aquel cuerpo extraño, desnudo, recostado en una cama anónima. Una cicatriz horrible en medio del vientre. Un sexo inexpresivo y extraño a aquel cuerpo. Unos pechos tersos pero que sin el adorno de la goma espuma del sujetador, terminan siendo un poco decepcionantes. Luego, miró sus nalgas, informes, su estómago fláccido cayendo sobre su pubis. Pero aquella mujer transmitía algo, una humanidad que él no fue capaz de compartir. No podía ofrecer sentimientos, su ruptura era demasiado reciente. De hecho su móvil sonó varias veces; era su marido, en trámites de divorcio, lo dejó claro. Él iba construyendo su nuevo perfil, demasiadas mentiras, ambigüedades, en cierto modo, descansó, no asumió ninguna responsabilidad. Ella, pensó en la fuerza y el convencimiento de su casi ex, en todo lo que los unía, en la pasión que ponía cuando hacían el amor, en ese caos al que todavía quería sin entender muy bien por qué.   ¿Quién era aquel extraño que ahora se paseaba desnudo por la habitación? ¿Dónde quedó su conversación interesante, sus modales, su agradable sensualidad?

   Querían salir corriendo, alejarse lo antes posible el uno del otro. Cada uno con sus razones particulares. Quizás, esta vez, el sexo les mostró que el amor estaba en otra parte.

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