jueves, 18 de agosto de 2011

En el día de hoy...el oro del Perú (II)

 Hoy no tengo ganas de escribir. Pero debo hacerlo. Si realmente existiera algo fuera de nuestra concepción material de las cosas, no sé si me sentiría enfadado o agradecido por estar interviniendo en mi vida. No me preocupa demasiado, porque por suerte he superado el miedo que curas y monjas me inculcaron sobre los castigos eternos por no ser bueno en esta existencia. Pero es verdad también que la pérdida de los seres queridos a veces vuelve a abrir viejas incógnitas, a suscitar viejas preguntas y, cuando te encuentras en situaciones límite, nos guste o no, como un movimiento consciente o no, ahí está la misteriosa figura del DESTINO y sus posibles tejedores.

  Anoche fue uno de esos días extraños. Como siempre me han gustado las estrategias militares, no he dejado de admirar las maniobras más inteligentes de célebres soldados de la antigüedad para sorprender al enemigo. No cito nombres por no aburrir, pero básicamente lo que cualquier general temía era verse rodeado y que su capacidad de maniobra quedara anulada por la estrategia del enemigo. Anoche estaba en medio de una llanura, pero no veía ningún enemigo. De pronto, sin motivo aparente -como casi todas las discusiones- saltó la chispa y me enfrasqué en una de las peores batallas dialécticas que recuerdo con una mujer. En la retirada, después que me recordaran muchas verdades sobre mis dificultades para la convivencia, traté de obtener lo positivo y ver en aquél conjunto de reproches el reflejo que me devuelve el espejo cada mañana...eso sí, asumiendo muy mal mi derrota y sin ninguna disposición a cambiar mis estrategias. Sin embargo, -¿cosas del destino?- entró una llamada telefónica, en la madrugada, anoche. Era el enemigo de mi enemigo, no la invoqué, no recordaba ni siquiera la posibilidad de que en un momento crítico pudiera acudir a mí; sin embargo, una discusión con su marido la había dejado en la calle con sus dos hijos. Entonces me sentí atrapado por delante y por detrás, por delante por la necesidad de poder aportar algo de tranquilidad en una situación que se había desbordado; en la retaguardia por la necesidad de echar una mano a alguien que había aportado muchas cosas a mi vida, con quien había estado muy unido y a quien, por el simple concepto de la verdadera amistad no podía dejar de lado; pero sucedió en el peor de los momentos. Alguien podría pensar que todavía me quedaban los flancos derechos e izquierdo, sin embargo, a un lado estaba mi hijo, al otro mi madre, aliados unas veces, otras, simplemente, un equipaje de apoyo pero sin ninguna efectividad táctica.

  Anoche me quedé en medio del campo, postrado y derrotado. Di la espalda a mi vieja amiga y traté de firmar la paz con la parte que quedaba. Triste, agotado, sin esperanza, -pues esa paz no llegó-, quise escribir algo y sin querer volví a despertar viejos fantasmas.

  Desde la muerte de mi padre, no he querido aceptar que ya no está. Quizás sea él el que juegue con algún amigo al dominó, mire hacia aquí y vea la vida de quienes le quisimos mucho. Supongo que las lecciones que no pudo o no tuvo tiempo de darnos en vida, ahora nos las está dando, quizás ya haya visto el rostro al DESTINO y se ría a su lado al saber que no es ni tan terrible, ni tan temible, quizás él tenga el poder para ordenar esos hilos que ni las previsiones más sutiles son capaces de anticipar. ¡Bienvenido sea si la lección quedó aprendida!. Anoche, la madrugada de ayer no la voy a olvidar fácilmente

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