No hace mucho vi una película en la que una pareja se planteaba nuevos retos para su recién inaugurada década: entraban en los cuarenta. Aparte de estudios médicos sobre los cambios hormonales y sicológico-conductuales, supongo que la aportación subjetiva a los distintos períodos de la vida queda en el saco de lo más íntimo y personal. También, en la cafetería de mi centro de trabajo, hablamos un día sobre la relatividad de las décadas, sobre aquello de que los cuarenta de hoy pueden ser los treinta de hace veinte años y que hay hombres y mujeres que pasan de los cincuenta que son perfectamente asimilables a los cuarentones de otra época. Este comodín nos viene como anillo al dedo, si no fuera porque no podemos olvidar que el paso del tiempo es un juez implacable que establece los límites entre lo que queremos hacer y lo que podemos hacer.
La fiesta de cumpleaños superó, en lo formal, muchas de mis expectativas, si es que en algún momento tuve expectativas con relación a este tipo de eventos. Las personas que más te quieren lo preparan todo para darte la sorpresa de tu vida, hay que celebrar el medio siglo, no tanto porque sea un reto demasiado complicado de lograr, como por el hecho de que es una fecha redonda de incuestionable naturaleza como para que pase desapercibida.
Y llegó el gran día. Para alguien que sólo es capaz de superar el terror escénico a base de sumial o de altas dosis de alcohol, aquella iba a ser una prueba difícil. A diferencia de otros cumpleaños, en éste habían concurrido ciertos aspectos importados de culturas extrañas de la mano de sus organizadores. Había sofisticados chupitos de gelatina de colores, lazos en las sillas, arreglos florares y exquisitos detalles de decoración floral; el entorno era encantador. Los invitados fueron llegando con el rigor protocolario de una boda a la americana, se les había advertido de la necesidad de cierta etiqueta y del estricto seguimiento de la programación. Ya, desde ese momento, empecé a sentirme como el no protagonista, no tenía que hacer nada, ni siquiera disfrutar. Me acuerdo que en los primeros momentos, a la espera de acontecimientos y por no fastidiar la sorpresa me fui al garaje de la casa para tomar algo de vino y hablar con los invitados más madrugadores; allí esperé, entre bambalinas, a que me dieran la alternativa en la que se supone que era mi gran fiesta.
Fue un asalto prolongado, con baile, canciones, discurso, comida, bebida, regalos y vídeos emotivos, recapituladores de las experiencias más significativas que mi prójimo tuvo a bien juzgar como tales e incluir en un cuidado montaje. Hablé, en mi alegato de agradecimiento, como sólo se le permite a alguien que cumple cincuenta años, entre el sopor y la penumbra de una tarde que empezaba a ser demasiado larga. Supongo que, a partir de ahí, ya empezaron a marcharse algunos invitados; a pesar de todo, seguimos bebiendo, riéndonos, hasta que fue de noche, se sirvió otra vez comida y aquello parecía interminable. No sé si es lógico o no, pero se me han borrado otro tipo de detalles relativos al fin de fiesta. Con insistente curiosidad he intentado recuperar el vídeo del evento, pero no he tenido éxito; quizás sea lo mejor, hay cosas que no deben volverse a evocar nunca.
Sería una falta de agradecimiento no reconocer el mérito de todas aquellas personas que se implicaron en montar un fiesta para mí, ya era hora, ¡siempre las había montado para otros! Consiguieron que me sintiera especial, distinto, escuchado; pero no consiguieron que no me sintiera extraño, raro, como un actor de mi propia vida.
Si tienes pareja y le importas, cumplir cincuenta años se convierte en un reto en el que cualquier sorpresa será poca. Unos meses antes empiezas a observar comportamientos extraños. Te pregunta por cosas que antes nunca te había preguntado, averigua el paradero de viejas fotografías, organiza raras reuniones con parientes cercanos, solicita recursos y medios que nunca antes había usado. A quien le gusta controlarlo todo, no le gustan las sorpresas. Lo más desconcertante es ese afán porque todo vaya bien; de pronto, cosas que habitualmente son motivo de discusión, milagrosamente dejan de serlo, a los despistes habituales, se responde con sonrisas en lugar de con reproches...Creo que una vaca de esas japonesas, súper mimadas, recibe menos atenciones; visto así, es como si te cebaran para el matadero, es como si todo el mundo conspirara para que la pieza llegara en el mejor estado al gran sacrificio.
Me planteé, luego, cómo hubiese sorteado obstáculos importantes si yo hubiese tenido que organizarlo todo. No podría olvidar mi condición filogénica y las dificultades añadidas para seleccionar, por ejemplo, a los invitados. Pasando por este tamiz a la gente que iba a venir al evento habría tenido que hacer unas cuantas comprobaciones porque, una cosa es haber gestionado situaciones totalmente incompatibles en tiempos y espacios no coincidentes, y, otra bien distinta, traer a esos actores a un mismo momento y a un mismo lugar.
Muchas veces hablé con alguna pareja de "envejecer juntos"; ahora era el momento para evaluar esta idea. No pude evitar pensar que esas personas que formaron parte en algún momento de mi vida, el día de mi cumpleaños me harían rendir cuentas de las promesas no cumplidas. Por más vueltas que le di, no encontré argumentos para excluir a nadie y que pasara lo que tuviera que pasar. A todos nos encanta reservar la información, guardar nuestros secretos; imaginar a tu ex tomando unas copas con otra ex que, a su vez, es la amiga de la mujer de tu mejor amigo a la cual, pretendes en secreto, resulta demasiado pretencioso y novelesco. Sin embargo, en un cincuenta cumpleaños tienes todos los ingredientes para que esto se dé y tú lo tengas que sufrir.
Sigo sin recordar muy bien cómo acabó todo. No recuerdo broncas, malas caras, disidencias, excesos alcohólicos; pero tampoco me acuerdo de que el silencio se fuera haciendo poco a poco hasta que el salón quedara vacío, con las copas y los vasos dispersos, los platos en el fregadero y los regalos sobre la mesa del salón. Esa sensación de volver a la cordura, de ir a una cama, después de una relajante ducha y emprender el primer día del cincuenta y un cumpleaños, no lo recuerdo.

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