Saramago hizo la gran metáfora sobre la ceguera humana. El espacio virtual es una gran venda que se nos pone en los ojos. El otro, el que lo usa, sabe hasta dónde puede o quiere que el telón se levante. Frente a la vida real, no hay contrapartidas. Como la reacción del espectador no nos condiciona, no esperamos su aplauso o abucheo, podemos ser cruelmente transparentes. El gran teatro del mundo, el que evocaba Calderón, ahora cobra sentido y está poblado de criaturas reales, obsesivas, neuróticas, inadaptadas, enfermas...demasiado lejos de lo que algún día soñamos (D.D.A., Conclusiones)
Marga está lejos. Nos limitamos a intercambiar mensajes de móvil. La animo a que lo pase bien, a que disfrute. Anoche envié a su correo un poema de Pablo Neruda. No sé si lo llegará a ver; no tiene especial interés en este tipo de cosas. Con el paso de los días noto que su entusiasmo -el que creo que no existe- va debilitándose. Quizás las cosas las esté viendo con otra perspectiva. A mí me invade una sospechosa sensación de libertad, creo que podría acostumbrarme a la idea de que estuviera lejos. Quizás, por obvia, no había intuido la solución: la distancia. Sin embargo, no es probable que, al menos físicamente, nos alejemos un tiempo razonable.
Mar acapara toda mi atención. Nunca pensé que tuviera tal grado de paciencia. Estoy acostumbrado a que las personas cambien sus planes por razones muy simples. Sin embargo, no es frecuente que alguien cambie de opinión "porque no quiere" y que te lo exprese de esa manera. Anoche decidí que no voy a coger más el teléfono. No estoy enfadado, simplemente, no puedo dedicar el tiempo que ella necesita a sus desahogos personales. Hace tiempo conocí a alguien; tenía la intención de establecer un diálogo, pero por mucho que me esforzaba, sus correos y los míos nunca se encontraron; lo di por imposible aunque soy consciente de que también hizo su esfuerzo. El caso de Mar no sé todavía cómo catalogarlo, ella no parece tener prisa.
Monta un viaje para descansar. Quiere traer a su hijo. El día antes me envía un correo diciendo que prefiere que no la vaya a buscar al aeropuerto; busca algunas justificaciones relativas a su seguridad. Ese mismo día, por la tarde, vuelve a llamar, está en la cama, con mareos, con desarreglos de todo tipo ( me hace la lista de todos sus males: hipotiroidismo, tensión muscular con contracturas, desvanecimientos, encefalopatías, alteraciones hormonales...). Seguramente yo me habría inventado una simple gripe, pero ella no miente...más de lo normal y ésta es su auténtica fotografía. Consigue que justifique la cancelación de su viaje, de nuestro encuentro. Mi primera reacción fue la de salir corriendo, la decir punto y final con una gran sensación de alivio. Estoy seguro de que lo comprendería. Pero esta factura también tengo que pagarla.
Todos estos días de temores, de miedos a la recaída, de darle vueltas a la conveniencia o no de ese encuentro que organizó ella, se derrumban. No se va a producir, ha sido su decisión. Las cartas se ponen boca arriba. Todo resultaba demasiado fácil, demasiado evidente. Me ha dado por donde más me duele. Ha captado mi desinterés - su desinterés- Lamentablemente no es alguien especial, pero ha estado a punto de desviar mi atención dejándome poner en un lugar por encima de ella. Sin embargo, tiene las cosas muy claras y estoy muy lejos de lo que busca, si es que realmente quiere encontrar algo. Cuando en la vida se tiene de casi todo, el amor se puede convertir también en un objeto de consumo. Pero nadie que se enamora de un televisor de última generación siente la necesidad de eliminar los demás aparatos de su casa que están en pleno funcionamiento. Sin embargo los objetos no piden, no se quejan, no se sienten frustrados si se les da mayor o menor uso, las personas sí.
Gilia cumplía los dieciocho en diciembre. La esquivaba por el Instituto, pero esa situación empezó a ser bastante incómoda. Aunque no le pedía que dejara de ir a casa, siempre que intuí esa posibilidad, desaparecía. No fui a su fiesta, aunque insistió mucho, no me veía en aquel grupo. Con Chantal y sus amigos recreaba una especie de clima bohemio con un toque francés en un bar cercano; se hizo casi habitual y allí Gilia no entraba. A final de curso, sobrecargada por los exámenes, me pidió que le echara una mano con su eterno tormento, la filosofía. Me gustaba recordar las cosas que había aprendido sobre la historia del pensamiento y, sobretodo, me gustaba sentirme especialmente admirado por saber todo lo que ella necesitaba sin necesidad de mirar un sólo libro. Al principio fue un Viernes; no pasó nada, es más tuve la sensación de que se había olvidado de todo aquel episodio y que realmente sólo quería que la ayudar a repasar. Le dije que todavía tenía que dedicar bastante tiempo para tener el examen preparado. Me propuso volver al día siguiente.
"-Ya es un poco tarde, deberíamos dejarlo. En tu casa se van a pensar cosas raras. -No te preocupes, le dije a mamá que, después de estudiar ,iba a salir con las amigas. -Y, ¿a qué hora quedaron?. -¿Tienes prisa?.- Por mí no, pero quiero cenar algo, ¿te apuntas?-. -Bueno, no tengo demasiado apetito, tengo que cuidar mi línea-. -Voy a preparar algo y no te vas a poder resistir-"
"Me fui a la cocina. Ella miraba la tele. Alguna vez había mencionado que le encantaba la comida china y lo había dicho que me parecía una auténtica porquería. Tenía en la nevera pollo y champiñones y todos los aderezos necesarios. De vez en cuando le preguntaba si estaba aburrida a lo que contestaba que se sentía muy a gusto. Apagó el viejo televisor y vino a la cocina. Me preguntó si podía tomar algo. Teníamos que irnos de allí inmediatamente." (D.D.A.)
Gilia cumplía los dieciocho en diciembre. La esquivaba por el Instituto, pero esa situación empezó a ser bastante incómoda. Aunque no le pedía que dejara de ir a casa, siempre que intuí esa posibilidad, desaparecía. No fui a su fiesta, aunque insistió mucho, no me veía en aquel grupo. Con Chantal y sus amigos recreaba una especie de clima bohemio con un toque francés en un bar cercano; se hizo casi habitual y allí Gilia no entraba. A final de curso, sobrecargada por los exámenes, me pidió que le echara una mano con su eterno tormento, la filosofía. Me gustaba recordar las cosas que había aprendido sobre la historia del pensamiento y, sobretodo, me gustaba sentirme especialmente admirado por saber todo lo que ella necesitaba sin necesidad de mirar un sólo libro. Al principio fue un Viernes; no pasó nada, es más tuve la sensación de que se había olvidado de todo aquel episodio y que realmente sólo quería que la ayudar a repasar. Le dije que todavía tenía que dedicar bastante tiempo para tener el examen preparado. Me propuso volver al día siguiente.
"-Ya es un poco tarde, deberíamos dejarlo. En tu casa se van a pensar cosas raras. -No te preocupes, le dije a mamá que, después de estudiar ,iba a salir con las amigas. -Y, ¿a qué hora quedaron?. -¿Tienes prisa?.- Por mí no, pero quiero cenar algo, ¿te apuntas?-. -Bueno, no tengo demasiado apetito, tengo que cuidar mi línea-. -Voy a preparar algo y no te vas a poder resistir-"
"Me fui a la cocina. Ella miraba la tele. Alguna vez había mencionado que le encantaba la comida china y lo había dicho que me parecía una auténtica porquería. Tenía en la nevera pollo y champiñones y todos los aderezos necesarios. De vez en cuando le preguntaba si estaba aburrida a lo que contestaba que se sentía muy a gusto. Apagó el viejo televisor y vino a la cocina. Me preguntó si podía tomar algo. Teníamos que irnos de allí inmediatamente." (D.D.A.)
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