miércoles, 2 de septiembre de 2009

En el día de hoy: ética, principios: de vuelta con la monogamia.


   El término ética viene de ethós, en griego clásico, "costumbre, hábito". Sin embargo, el concepto con su uso y aplicaciones, se ha desvirtuado y alejado de su sentido original. Se entiende por ética un código de conducta, aplicable a un entorno cultural. Los códigos éticos se alejan de su naturaleza en la medida que sirven para manipular a las colectividades y para salvaguardar ciertos intereses que suelen resumirse en los que sostienen los mecanismos de poder. El gran error de los planteamientos éticos ha consistido en darles un valor plural, universal a veces, al menos en sus pretensiones. Sin embargo la ética es algo personal, es lo que la costumbre imprime en nuestra naturaleza y nos hace aceptar algo como bueno o como malo. Este es el punto de vista que sostiene Erich Fromm en un ensayo sobre "El carácter revolucionario". Sin embargo, es obvio, que no todos los individuos son capaces de percibir y objetivar valores éticos que les son propios. De ahí que, a lo largo del tiempo, hayan sido pensadores excepcionales los que han dado pautas de comportamiento que han sido aceptadas por colectividades importantes.
   
   La monogamia no es una imposición biológica, aunque resulta conveniente para el desarrollo de ciertos modelos sociales. Si vamos más allá, y sirva como ejemplo, el celibato es completamente antinatural; sin embargo, la Iglesia Católica lo consagra sin que haya ningún precedente doctrinal. Eso ocurre en un momento en que la estructura de la familia permitía la transmisión de los bienes de padres a hijos. El celibato era una forma de acopiar bienes y recursos para la propia institución. Si la poligamia hubiese tenido alguna forma de rentabilidad, obviamente se habría convertido en un principio ético al servicio de la estructura social. Como no es así, simplemente se condena.

   Y había que elegir, aceptar, resignarse. Los modelos estaban ahí y cada etapa de la vida se hizo vulnerable a sus sacudidas, muchas veces, violentas y, casi siempre dejando secuelas por su incompatibilidad. En España, las cosas se percibían más o menos así.:

  DÉCADA DE LOS SETENTA. Predomina la familia estructurada. Se construye a partir del matrimonio religioso. No existe el divorcio. La carga laboral recae sobre el hombre. La mujer se encarga de las tareas domésticas. Obviamente existían infidelidades. Los hombres frecuentaban los prostíbulos de una manera, hasta cierto punto, consentida. Cuando las circunstancias económicas lo permitían, aparecía la figura de la amante. Era una desgracia irreversible, porque aquellas mujeres, a diferencia de las prostitutas, se condenaban a una vida en la oscuridad, sin posibilidad de retorno, alimentadas por esperanzas inalcanzables; su vida se consumía y, normalmente, terminaban solas y abandonadas.

  La infidelidad femenina era menos frecuente. Las mujeres no tenían independencia económica. Su vida social era muy limitada. Aceptaban con resignación el papel de esposas que su ética particular les dictaba. El cuidado de los hijos, normalmente muchos, les dejaba pocas opciones para liberarse. El anatema social en que podrían verse implicadas, actuaba como mecanismo inhibidor.

  La estructura familiar estaba sólidamente delimitada. Había hombres y mujeres casados, solteros o viudos. Nada más, la sociedad no reconocía otros estados civiles. Como una norma, de su riguroso cumplimiento, sólo se inferían cosas positivas; el salirse de ella suponía un descalabro irremediable. Esto es lo que aprendimos y asumimos; estas fueron nuestras metas y el sustento de nuestros sentimientos de culpa. Era la costumbre, el ethós individual, la melodía reconocible, en la que queríamos incluirnos. Desde nuestro fuero interno fomentábamos ese modelo.

  DÉCADA DE LOS OCHENTA. En virtud de lo aprendido, sabíamos que ser infieles era malo. No entendíamos muy bien porqué. Al debilitarse el poder de la Iglesia, al disfrutar de un modelo democrático en el que empezaban a tener cabida nuevas ideas, sólo había lugar para algunos gestos especulativos que estaban, todavía, muy lejos de alterar los modelos precedentes. La gran novedad fue que se empiezan a tener en cuenta nuevos colectivos. Hasta ahora la preocupación sociológica había estado dirigida a cuestiones políticas, a la figura del disidente, a las actitudes contraculturales. Poco a poco se van abordando nuevos frentes. La mujer recupera un papel activo, el desarrollo de la psicología permite conocer aspectos del comportamiento que, hasta ahora, no se habían abordado explícitamente. La homosexualidad aflora tímidamente. El matrimonio deja de ser algo para toda la vida y se lucha por el reconocimiento del divorcio.

  Ahora, el tejido social empieza a mostrar su verdadera cara. Siempre estuvo ahí con todas sus particularidades, pero lo que no resultaba operativo estaba confinado en lo más hondo de sus cárceles y manicomios. Hombres y mujeres se cuestionan el valor de sus relaciones humanas y la consonancia de ellas con sus necesidades personales. El matrimonio sigue siendo el referente principal, pero en él no tienen cabida las relaciones múltiples, la posibilidad de ruptura, las relaciones homosexuales, la creación de modelos monoparentales. Sin embargo, han aflorado, están a la vista, se discute sobre ello, el modelo ético empieza a cuestionarse.

  DE LOS NOVENTA HASTA NUESTROS DÍAS. Vivimos una época de relativismo en la que todo vale. Nuestro comportamiento, sustentado en determinados valores, nos ha permitido estructurar el mundo actual. Si no se aceptan, está claro que este modelo ya no podrá seguir funcionando. Como por encima de todo se proclama la libertad individual, como el gran triunfo del siglo XX, nadie se va a sentir obligado a elegir este modelo u otro. Caminamos hacia microsistemas que sobrecargarán las grandes estructuras sociales de los que se alimentan y a las que, en cambio, no nutren. Es ese relativismo lo que nos sumerge en una profunda sensación de pérdida, de abandono, y desdibuja cualquier tipo de metas o ilusiones. Veamos algunos ejemplos.

  A los doce o trece años, cualquier chico posee una información sexual -con o sin asesoramiento- que le permite ir construyendo su propio modelo de comportamiento. No hay nada taxativo, ni conveniente. La percepción de los riesgos es puramente instintiva, el límite es aquello que me puede causar la muerte que, por lo demás, se vive como un fenómeno extraño. Estos chicos no asocian sexo a nada más. Las relaciones múltiples son las más frecuentes. Se frivolizan. Se intenta que el impacto emocional sea el mínimo. La incomunicación con sus tutores, con sus modelos les lleva a paliar sus contradicciones con drogas o alcohol. Una chica puede haber mantenido doce o trece contactos sexuales, en distinto grado de implicación, durante una única noche. Eso es una proeza. La homosexualidad, la interracialidad, están perfectamente integradas. Todos aspiran a ser "iguales", ninguno a ser "individual". Entrar en un modelo productivo sólo se justifica por la necesidad de cubrir los propios gastos. Lo positivo de todo esto es que no son modelos cerrados, evolucionan y cambian, en función del proceso de maduración personal, y en función del cambio de necesidades. Sin embargo estos cambios, tristemente, se reducen a una racionalización del consumismo, se trata de obtener determinadas cosas que los hacen aún más iguales y menos individuales. Puede dar la sensación de  que llegan a integrarse. Sin embargo, como ese modelo no fue creado ni alimentado por ellos, corre el riesgo severo de perderse en el vacío, no se somete a crítica, no se fomentan nuevas ideas sostenibles. Y si ya es malo, terminará siendo peor.

   ¿Patán entre interrogaciones?, es para reflejar dos momentos de un concepto que se cruza entre las generaciones. Los comportamientos e historias que se van superponiendo a lo largo de la vida, a lo mejor, resultan totalmente reprobables desde mi propia ética, desde el punto de vista de las cosas vividas y aprendidas; sin embargo, a los ojos de otras personas, no necesariamente ubicadas en una edad o cultura concreta, pueden parecer simples cuentos, que ya no son, ni siquiera, graciosos, porque describen comportamientos que se asumen como normales.

1.- Estar con una chica o un chico es una acto natural. Se mantienen relaciones sexuales. No hay una visión prospectiva. Ella o él no prometen nada, no establecen un vínculo que vaya más allá del simple encuentro. Si él se va o ella se va, ¿son patanes?

2.-Se hace uso de la mentira, de la superioridad, de una mejor posición, para obtener una conquista. El  principio más elemental de la selección natural secundaría estos comportamientos. ¿Son patanes?

3.- A pesar de mantener una relación más o menos estable con alguien, mantienen otras relaciones simultáneas, consentidas, habladas o no. Ambos miembros de la pareja se reservan el derecho de actuar así. Hay igualdad. ¿Son patanes?

4.-Sabiendo que los sentimientos están desfasados y una parte de la pareja deja de sentirse motivada para seguir en el proyecto, ¿Será un patán si no lucha por mantener algo que ya ha pasado?

5.- Si se entra en el juego del matrimonio y la familia, ¿qué sucede con la descendencia? Es el otro modelo el que les impone ciertos compromisos cuando se rompe la unión. Esa misma imposición justifica su rechazo, por tanto, ¿son patanes si no cumplen lo impuesto, si no han cultivado vínculos afectivos profundos, si no han desarrollado los valores de la paternidad?

  Preguntemos al otro: ¿Qué piensas, qué quieres, en qué crees, qué es significativo en tu vida? Después cuenta tú, tu parte. Te sorprenderá ver en cuantas cosas coincides y en cuántas difieres -serán menos, sin duda- No serán capaces de pactar, de establecer límites, de comprometerse. Por tanto, habrá nacido otra micro-ética, válida para sus creadores, inútil para la colectividad. Con las cosas así, no hay patanes...todo es relativo.

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