martes, 21 de octubre de 2014

Treinta y uno de Julio

 


  Nunca pensé que una fecha se convirtiera en el martillazo recurrente de tu vida. Ya da igual de qué año. Sé que hasta el último día cada treinta y uno de julio será el punto donde todo acaba o donde todo empieza. Reclamamos nuestra independencia, nuestra individualidad; reclamamos el ser originales y distintos, pero, poco a poco, con cierto grado de decepción, vamos aceptando nuestra inevitable semejanza, si no, nuestra igualdad absoluta.

    Hasta el treinta y uno de Julio tenía una vida, pensé que construida por mí, para mí. Me sentía orgulloso, no de ella, pero sí de haber sabido escabullirme y salir airoso de las zancadillas que me iba poniendo. Y sí, algún rasguño queda, algún moratón, alguna pequeña cicatriz. Caminaba risueño, con el convencimiento ingenuo de haber burlado el destino, de haberme quedado fuera del coche poco antes de que se estrellara. Y así habría podido seguir viviendo mucho tiempo, agazapado y prevenido, lleno de miedo, porque el paso del tiempo te va haciendo despistado y olvidadizo y porque las estrategias que sirvieron una vez, puede que ya no vuelvan a servir. Y aquel día murió mi padre. No iba a dejar de ser quien era, nunca me había construido una coraza para defenderme de una pérdida importante. Es más, jamás concebí que eso pudiera suceder. Los seres queridos y necesitados terminamos por concebirlos como eternos. Sin embargo, estaba con el trasero al aire y me estoy empezando a enterar bastante tiempo después.

   Supongo que por ese afán de ser diferente, aquel día reprimí el llanto; sólo una arcada momentánea de lágrimas ante su cuerpo inerte. Me aparté de la gente, empecé a racionalizar la situación. Cuando estuve otra vez de pie, creí haber encontrado todas las respuestas, haber puesto en orden lo que aquel ventarrón había tirado por tierra. Y allí estaba. Haciendo llamadas a la tranquilidad, dispensando ansiolíticos, pautando el protocolo a seguir. No recuerdo si me dolía la barriga. Sí una curiosa sensación de paz mientras, recostado junto a mis hermanos, me resistía a soltar la mano aún caliente de quien me había sostenido en la vida.

   Lo anecdótico no lo fue tanto. Mi padre había invertido en un ascensor porque sus rodillas estaban gastadas de tanto trabajar, sin embargo, tuvimos que bajar su cuerpo por la escalera. Aborrecía el calor, le descomponían los temporales del sur; aquel día pasaba de cuarenta grados, el viento soplaba sin tregua y, para colmo, el fuego contra el que tantas veces luchó, se cebaba en el reseco monte. Si creyera en el infierno, supongo que su antesala se abrió aquel día para todos. Afortunadamente, sucedió entre semana, (morirse un fin de semana, lo complica todo, le quita categoría; no sabes si los que te acompañan están pendientes del fútbol, de la suegra o de lo que realmente les ha llevado allí), nunca le gustaron las multitudes, la gente estaba de vacaciones y sólo vinieron los justos, los imprescindibles. Como siempre admiré su grandeza, pensé que su entierro sería multitudinario. Supongo que nunca es suficiente la gente que viene a despedir a un ser querido. Ante su tumba un improvisado discurso y poco más. Nos educaron para no desencadenar emociones; mis hermanos y yo, nos sentimos liberados cuando todo el mundo empezó a despedirse, inmutables o indiferentes. Sentía unas ganas terribles de salir corriendo, de escapar. Pensé que era el final...sólo era el principio.      

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