El egocentrismo propio de ciertas enfermedades mentales hace que el loco normalmente sea incapaz de mirar fuera de la realidad que construye. El patán, en su mundo de fantasía, se monta las historias pensando sólo en aquello que lo pone en valor; por supuesto, no va a dar una perspectiva de asuntos que no le interesen.
No han pasado muchas cosas desde que les conté que en mi agónica lucha de cincuentón por seguir dando de comer a mi insaciable necesidad ginéfila, me había situado frente a una cruz de tres brazos. El brazo derecho, la mujer de mediana edad, nueva en mi vida, felizmente o infelizmente casada. El brazo izquierdo, un viejo amor no resuelto, sin apenas recorrido, casi nuevo. La cabeza de la cruz, otro viejo amor, ese sí con recorrido, como un tesoro antiguo, muy valioso que se ha redescubierto no sin sorpresa. El pie de la cruz, lo que va quedando por detrás, la mochila que nos mantiene de pie. Al fin y al cabo, una cruz, y tómese como se quiera.
Un buen día alguien se cuela en tus correos, ve tu correspondencia, invade tu intimidad; todo aquello que parecía a salvo, que se había pensado con meticulosidad para estar libre de críticas u otras valoraciones, se queda al aire. Y te encojes, te quedas pequeño, mínimo...es algo tuyo que nunca quisiste enseñar. Quizás una adolescente celosa de sus encantos se habría sentido así si le arrancas la toalla al salir de la ducha.
El diálogo entre dos personas es un espacio único; son tantas las variables que intervienen cuando se aborda un tema, cuando se habla de sentimientos que, fuera de contexto, puede resultar una parodia de lo más estúpida e insustancial. ¿Qué puede saber alguien que está empezando a vivir y que cuida su recién estrenada relación bajo los valores de la eternidad, lo infinito, lo sublime que sólo el amor inocente puede promover?. Todo terminó en una charla cordial, muy cordial para lo que podría haber sido. Una cosa es que didácticamente prediques que las relaciones tienen y deben de ser de una manera, por la preservación del orden social, de los hijos etc. Esa es la teoría. Pero ¿ cómo explicas que la gente se casa, que no es coherente, que rompe sus promesas y que necesita volver a sentir el fogonazo de la adrenalina del enamoramiento? Si no se vive, nunca se podrá entender y, mucho menos, explicar. Somos inflexibles ante los demoledores efectos de las drogas, del alcohol, pero al final entendemos que son enfermedades incurables. Rara vez nos planteamos que las necesidades afectivas lo sean y que el conseguir nuestra satisfacción justifica cualquier cosa que se pueda llegar a hacer. Supongo que es porque cuando las juzgamos somos potencialmente víctimas; el ser borrachos o drogadictos parece que lo tenemos mucho más controlado.
Al alcohólico le hablas de las consecuencias en el hígado, al drogadicto le dices que se va a volver loco, al infiel, siempre en el ánimo de que logre corregir su "mala conducta", le hablas de familia, de hijos, de amor, de compromiso y, lo más fuerte, lo que es mortal, le hablas del "otro". Todo habría estado justificado, una posible nueva historia; los correos no eran inocentes, a lo sumo, un poco anacrónicos a los ojos de alguien de veinte años. Pero los correos hablaban de un marido, de unos hijos al otro lado, de una propuesta de quedarte en el rincón oscuro, porque no podía ser de otra manera. Yo lo veo y lo entiendo; de llegar a ser algo no podría ser otra cosa que el "amante", seguramente con los matices que el momento vital impone, "el amante de una conversación tranquila y pacífica, sin reproches, el amante de un paseo, de un intercambio de recuerdos, de experiencias, de espacios comunes...los que probablemente habrán dejado de existir en otras latitudes".
Pero se descubrió el pastel. No solo fui yo la víctima. También la otra parte recibió lo suyo. Pensé que esas cosas sólo pasaban en las telenovelas. Hoy lo veo con perspectiva. He intentado ser coherente con mis promesas -puede ser un gesto de cariño-; no he vuelto a comunicarme con esa persona, he roto todo contacto, he hecho propósito de enmienda; sé que me vigilan, tienen las claves de mi ordenador, de mi teléfono, los accesos a mis redes sociales. Lo tengo crudo, estoy bajo sospecha y no voy a caer en ese juego, que , como menos , me ha resultado humillante. Así que, cumpliré.
Si algún día tengo la oportunidad, a lo mejor lo cuento, en directo, por supuesto. Fue bonito mientras duró. Te queda un poco de escozor. Con aloe irá pasando. La cruz se quedó sin un brazo.
A la vuelta de los días, se deslizaron algunos mensajes. De mi parte unas escuetas disculpas plagiadas de una película americana. De la de ella, el haberme confundido en sus contactos con alguien cuyo nombre empieza como el mío. ¿Seguimos aquí?. Quizás.
No termina de caer el segundo brazo de la cruz. En cualquier caso sí hay un esfuerzo por redefinir su función. Hoy habría muchas razones para venir al lugar donde un día nos encontramos. Entre ellas volver a vernos. Por momentos imaginé que volveríamos a las aventuras de hace miles de años, que caeríamos otra vez en las locuras del amor clandestino, que seríamos capaces de olvidarnos por unos días de nuestras respectivas realidades. No fue así. A duras penas conseguimos cerrar un encuentro para una tarde. Nada formal. No era ella, no era el gran amor del otro tiempo. Sólo me envalentonó la franquicia de que algo que hubo una vez, podría darse de nuevo. Sin embargo, me sorprendió; fue una cita cordial con una mujer que no me era totalmente desconocida, pero que tampoco era completamente nueva. Comimos en un ambiente agradable, hablamos de cosas intrascendentes, disfrutamos de cierta paz, me atreví con algún requiebro. Pero en la película que creía estar viendo, los personajes ya no encajaban. Habría que reescribir el guion. Ahora ya no es posible. Me encontré con una mujer a la que no sentía como madura, a pesar de serlo. Con una sensualidad infantil terriblemente seductora y una paz en la mirada que sí me era familiar. Sucumbimos a unas caricias posibles, nada más. La pasión se había templado, casi enfriado. Cada gesto chocaba con el cristal de su matrimonio, su fidelidad incólume, su familia, sus hijos, su proyecto de vida; sin aspereza, como ella, como siempre fue, con una dulzura imperceptible, con la delicadeza de quien mide sus gestos y palabras para no herir, para no romper la magia. Podría haberme dicho que el tiempo pasa, que nada es igual; podría haberme invitado a madurar, a dejar la poesía y los gestos corteses, las melodías agradables; podría haberme dicho que en ciertos momentos de la vida empiezan a funcionar otras cosas, igualmente buenas, motivantes; podría haberme dicho que pasara página, que hoy ya nada es posible entre nosotros, quizás una amistad, de lejos y con el contrapeso de que yo fui el otro y que ahora ya no lo soy ni lo podría ser. No dijo nada. Su mirada llegó a ahogarme en algún momento. Mi actitud la hizo sentir incómoda en otros. Llegó la hora de marcharse. Ahora sí, quizás ya no nos volveríamos a ver nunca. Es normal. No somos eternos. ¿Otros veinticinco años?. Imposible.
Me gustaría olvidarla. Pero ya no me duele su recuerdo. Desisto. No tiene sentido buscar estrategias para acabar con algo que funciona. A mí me funciona. Pero es sólo un recuerdo. Si no intento convertirlo en otra cosa, todo irá bien...para ella, para mí.
Hay más espacios en nuestros mensajes. Hay ausencias buscadas. Ralentizar la marcha pero mantener la secuencia. Me hace bien saber de ella, sigue siendo un refugio. Nos entendemos, es nuestro mérito, nuestro título, nuestra tesis. Quizás, cuando podamos renunciar a todo lo demás, eso es lo que nos va a quedar...y es mucho.
El tercer palo de la cruz. Recuerdo a un personaje, tristemente famoso, que ante el fulminante flechazo de la flamenca con la que terminó liado, afirmaba que lo que le estaba pasando no era un calentón de quinceañero, que con cincuenta y tantos la gente sabe lo que es el amor y lo que es enamorarse. El tipo terminó en la cárcel, la flamenca, también, aunque un poco menos; su romance fue un sustancioso negocio a costa de los contribuyentes; supongo que a esto se refería cuando afirmaba que conocía muy bien las veleidades del corazón.
Aunque siento la tentación de decir que "estoy enamorado", para no mejorar lo presente, vamos a dejarlo en calentón. Es verdad que desde hace tiempo pienso a diario en ella, me recorre alguna fantasía, soporto con paciencia conversaciones insustanciales por el hecho de oírla, intento sin éxito planificar encuentros, guardo celoso en mis archivos algunas fotos. Esto no es amor. A veces estornudar no es síntoma de gripe; como mucho es una pequeña alergia. Llegas a este estado de cosas porque necesitas demostrarte que todavía eres capaz de armar una aventura, de seducir, de conquistar; te debates entre la posibilidad de hacer el ridículo y la indiferencia que te proporciona el pensar menos en lo que te queda que en lo que te falta. Pero sobre todo, llegas a este estado de cosas porque en algún momento calibraste las posibilidades y te dieron esperanza...como cuando eras chiquito. Está divorciada. Vamos al diccionario y consultamos el alcance objetivo de esta situación. Teóricamente está disponible. En este punto empiezan los matices y el palo de la cruz no se sostiene.
Aunque siento la tentación de decir que "estoy enamorado", para no mejorar lo presente, vamos a dejarlo en calentón. Es verdad que desde hace tiempo pienso a diario en ella, me recorre alguna fantasía, soporto con paciencia conversaciones insustanciales por el hecho de oírla, intento sin éxito planificar encuentros, guardo celoso en mis archivos algunas fotos. Esto no es amor. A veces estornudar no es síntoma de gripe; como mucho es una pequeña alergia. Llegas a este estado de cosas porque necesitas demostrarte que todavía eres capaz de armar una aventura, de seducir, de conquistar; te debates entre la posibilidad de hacer el ridículo y la indiferencia que te proporciona el pensar menos en lo que te queda que en lo que te falta. Pero sobre todo, llegas a este estado de cosas porque en algún momento calibraste las posibilidades y te dieron esperanza...como cuando eras chiquito. Está divorciada. Vamos al diccionario y consultamos el alcance objetivo de esta situación. Teóricamente está disponible. En este punto empiezan los matices y el palo de la cruz no se sostiene.
Cuando uno se divorcia corta con un proyecto de vida junto a alguien en todas sus consecuencias. Que estemos disponibles o no para empezar otro depende de muchas cosas, pero, al menos, es una posibilidad. Los aspectos connotativos del leguaje dan mucha libertad. Me habría gustado preguntarle qué es para ella un divorcio. No procede. Esta respuesta he tenido que deducirla y no creo que los indicios puedan ser más claros. Me niego a aceptar que alguien se pueda autocondenar durante diecisiete años a contemplar a su exmarido por el hecho de tener un hijo en común; me niego a aceptar que alguien pueda sacrificar su vida por cubrir apariencias, por no romper lazos familiares políticos; me cuesta mucho admitir que una mujer guapa, rodeada por todas partes de perversos hombres sexualmente activos, no haya sucumbido en todo este tiempo a los requiebros de alguno. Espero que mis intereses me estén engañando y que la imagen que he construido, sea simplemente eso, una imagen.
Ahora construyamos la película, en dos versiones. Hace unos años su exmarido, por inconstancia e infidelidad, adquiere este adjetivo con sobresaliente. Se van al juzgado y formalizan la ruptura, hacen el convenio y sigue la vida. Él colecciona amantes, el niño crece y empieza la demanda de responsabilidades. Como madre abnegada asume la suya y concreta su frustración en el reproche constante a la negatividad del padre. El primer paso ya está dado. Luego, se separan físicamente; él se compra una casa y se va con la novia de turno que ve a su hijo como un problema y sólo quiere vivir la vida; entramos en la fase del maltrato sicológico; el tiempo va pasando, el niño crece, la madre no vive. Sin embargo, hablan cada día; ella le recrimina como si realmente siguiera siendo su marido; no pasan veinticuatro horas sin que el uno no sepa del otro. Al final todo su círculo familiar asume la minoría de edad del individuo, no es marido, no es padre, no es amante...aporta algo de dinero, va a ver a su hijo al fútbol en donde coincide siempre con su madre a espaldas de su novia. Los papeles aprendidos en los tiempos felices se mantienen, los abuelos siguen reuniéndose en las fiestas de guardar, se hacen comidas, se hacen viajes y el vínculo no se rompe. Es verdad, ella baila salsa, le encanta y es el único placer confesable que le permite afrontar su terrible existencia. Así no hay forma, el conquistador siempre busca el punto débil, la fisura, la grieta por donde pueda hacer palanca. Pero en esta situación, no se puede. El único argumento de su divorcio es su situación legal. Y lo que es peor, lo tiene asumido y no parece necesitar ningún cambio.
El otro guion que podríamos escribir, más de mi gusto, ofrece la versión perversa, pero emocionante y vital. Ella es una mujer fatal. Desde su ruptura ha habido alguien más en su vida y con el paso del tiempo, en la sombra ha mantenido una o más relaciones paralelas, una o más aventuras ocultas. Si es así, perfecto. Fin de la historia. Nihil obstat. No se ha dado un espacio para hablar del tema, ha escuchado con paciencia mis quejas de amante desesperado y con exquisita elegancia no me ha mandado a la porra. De habérselo preguntado, con todo el derecho su respuesta habría sido "no te interesa".
Podríamos ponernos en un tercer supuesto, no es de película y resulta terriblemente prosaico. Después de mucho tiempo se reencontró con un viejo amigo, conmigo. Han pasado casi veinte años. Sólo alguien con una enfermiza memoria a largo plazo, puede concebir que en este tiempo el resto del mundo no haya abierto un paréntesis. En un esfuerzo por deshacerme del pasado la intentas ver como la mujer que es hoy, con pareja o sin ella, con una vida o sin ella. Siendo así, como cualquiera, es posible que simplemente no le intereses, que como hombre no estés en su perfil y que por educación y respeto hacia algo que ya pasó, intente mantener una discreta cercanía...que sólo yo, me he empeñado en transgredir.
A lo mejor, con mi tercer brazo de la cruz, no soy el otro...simplemente, no soy.

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