¡Hola pequeña!
Hace tiempo que no te escribo. Es verdad que he empezado algunos borradores, que tengo algunos temas que tratar relacionados con eso que los cincuentones podemos abordar en relación a nuestra vida sentimental, pero, creo que, en parte, el problema es que no tengo ganas de publicar.
Por si acaso, a lo mejor lo que me pasa, también le pasa a mucha gente.
Nunca fui un lector obseso; es verdad que hay algunos libros que marcaron momentos y que no puedo olvidar. Cuando veo que a la hora de escribir se me desliza alguna falta de ortografía, he empezado a preocuparme, a pensar que quizás me he dejado llevar por la cultura de la imagen y he descuidado mis lecturas cotidianas; estoy en el propósito de enmienda. Disfruto leyendo, es verdad, pero también lo es que he perdido los espacios, los momentos y me falta vista y concentración: seguir una historia durante mucho rato me es casi imposible, mi cabeza se va por los cerros de la Tramontana o me invade un agradable sopor al que no me resisto. Lo que llevo peor -esto creo que no es nuevo- son los lapsus de memoria, mi incapacidad para recordar el título de lo que estoy leyendo, el nombre completo del autor y, en ocasiones, hasta el contenido. Las inevitables confusiones, la imprecisión de los datos me inhiben de compartir mi experiencia, de hablar con las personas de lo que estoy haciendo; así no, me quedo en silencio, por el bien de la literatura.
Retomando el balance de mis complejos adolescentes, resulta que siguen dando vueltas en mi cabeza. Hice una incursión en el cine pornográfico -por pura curiosidad antropológica-; me propuse ver completa una película que en sus créditos decía que duraba 41 minutos -creo que nunca había visto una película pornográfica completa-; era la historia de un chico que contrataba los servicios de una prostituta de lujo, pero que al final resultó que era su hermana; a pesar de todo, ella cumplió y él pagó, supongo que en situaciones como esta, los lazos de familia mandan. Reconozco que sentí curiosidad por saber cómo podría ser un encuentro de esta naturaleza, no entre familia, la parte más repugnante de la peli, sino de ese hombre maduro que contrata a una chica más joven para tener una relación puntual. No estuve atento a lo que pasaba; sin embargo, aquellas escenas despertaron fantasmas como la inseguridad, la imposibilidad de una erección, una eyaculación demasiado rápida o demasiado lenta...en fin. Después de una vida sexual relativamente activa, después de suponer que mis complejos ya estaban superados, ante esa ventana puse de manifiesto mi inseguridad, la que siempre ha estado ahí y con la que creo que me moriré. Afortunadamente me demostré a mí mismo -consuelo de tonto- que todo aquello era un fraude; para empezar la película no duraba 41 minutos, apenas 16, por lo que concluí que la resistencia del actor no podía coincidir con el tiempo real, pero ¿Quién se va a poner a cronometrar una peli porno?
Otra cosa es la vida real. Hay mucha información sobre la necesidad de mantener relaciones sexuales, con más o menos frecuencia, hay adjuntos sobre las recetas de la felicidad que recomiendan hacer el amor al menos tres o cuatro veces por semana, ¡oh! . Al amparo de esta premisa, cuando cumplimos años nos empezamos a preguntar si hacemos el amor en la medida conveniente. Quienes tienen una pareja fija se quejan de la rutina que quema la pasión -habrá alguna excepción, claro-; entienden que hacer el amor de vez en cuando es bueno para su intimidad, pero que va dejando de ser una prioridad, ya no cuentan las veces que lo hacen, pero tampoco las que no lo hacen. Otra historia es la de los que no tienen pareja. En algún programa televisivo he visto confesiones un poco bochornosas de hombres cincuentones que hablan de su gran sentido de la liberación sexual, presumen de haber conseguido una inhibición tal que les permite ser promiscuos de manera indiscriminada y ponen en segundo plano cualquier aspecto sentimental en aras de un vivir la vida sin mayores objeciones. Si tuviera la oportunidad les haría un psicoanálisis para que no pudieran mentir, les preguntaría qué tal funciona su próstata, qué tal vigor tienen sus erecciones, con qué frecuencia, si a la hora de meterse en la cama con alguien no les preocupa su panza, sus olores corporales, sus sofocos...Es verdad que se ven hombres de un aspecto impecable, cada vez con más edad, pero hasta que me demuestren lo contario, el paso del tiempo no lo evita nadie y, tampoco, sus consecuencias. En una conversación con un amigo sobre este particular -cada vez más recurrente en nuestras conversaciones- salió con frecuencia el calificativo de "fantasmada" para referirnos a cierto tipo de confesiones; él, que es muy campechano, al hablar de estos conquistadores concluye siempre "que si quieres follar, a lo mejor lo consigues pagando y eso, al final, no nos va", puede ser una buena terapia para afrontar la decadencia.
Yo me sigo enamorando, no logro disociar sexo y amor. Sigo anclado en las perspectivas más románticas de las relaciones. Después de dar muchas vueltas, de reflexionar sobre nosotros creo que ya encontré la solución a mis agobios, una solución altamente terapéutica, al menos para mí. Un amor de juventud nunca se olvida; nosotros hemos cometido la imprudencia de reencontrarnos después de muchos años y creo que hemos vuelto a pensar el uno en el otro, con una continuidad, como mínimo, suficientemente indicativa de que nuestros sentimientos no han desaparecido del todo. Ya no voy a recriminarte más; a veces he tenido la sensación de que despierto en ti cierto sentimiento de culpa porque la vida ha pintado como ha pintado. Sé que me querías mucho, que la profundidad y fuerza que tuvieron aquellos sentimientos ya no se pueden reeditar; hoy, como mucho, sigo enamorado de tu recuerdo, pero también te veo tal y como eres y, así, también puedo quererte. Hiciste lo que creíste mejor para ti, eras una chica sensata y vulnerable. En nuestras circunstancias todo parecía en contra y en las de ustedes todo parecía a favor. Decidiste bien, te ha ido bien, has creado una familia, tienes un buen compañero de viaje, creo que nada podría haber sido mejor. En cambio, mira cómo estoy, volando, en las nubes, sin ser capaz de olvidarme de las tonterías y centrarme en alguna forma de vida acorde con mi momento. Este punto merece un brindis y una carcajada.
Debo volver a hablarte de aquella tricefalia de la cruz. Creo que cuando me preguntaste quién eras tú, ya lo sabías, pero esa es tu estrategia, es tu forma de protegerte; la mía es preguntarte, y sé que no me vas a responder, pero tengo que hacerlo; forma parte del juego. ¿Ha pasado algo? Sí. Aquella mujer casada, mi afín intelectual, la vitalista... se enteró de mis ambigüedades, se cansó aparentemente y me bloqueó en sus contactos. Tuve la oportunidad de volver a verla, todo muy formal y caí en la trampa que había evitado hasta entonces: dar explicaciones, justificarme; creo que dejé de ser especial para ella y, a pesar de que noté cierto interés y frustración por lo pasado, ya nada va a ser igual o, simplemente, ya nada va a ser. Me apena un poco porque podríamos haber salvaguardado algún tipo de amistad; también para ella la decadencia resulta inevitable, empieza a estar cansada y aburrida, empieza a ser consciente de sus achaques, tanta inconsistencia le produce mareos. No sé si volveremos a hablar o a comunicarnos. Me quedaré quieto, ahora ya no tengo ganas de seguir, aunque reconozco que en este tiempo siempre fue un buen puerto de atraque.
El otro palo de la cruz, por el que llegué a sentir cierta obsesión, también se ha ido diluyendo. Creo que lo que siento hacia ella es sentido de la responsabilidad. Ahora no la puedo imaginar como pareja, ni como compañera, ni como amiga...y mucho menos como amante. Un día dejé de mirarla a través de mis filtros emocionales, me puse en su realidad y la venda se cayó. Reconozco que me gustaría volver a verla, incluso salir a tomar algo, pero tengo claro que detrás de mi abrazo o mis besos ya no iba a ver otra intención que no fuera comunicarle mi afecto y mi cariño.
Habrá hombres maduros que se quieren quedar anclados en las fantasías de las conquistas. Creo que yo entraría en esa categoría. Sin embargo, tomar conciencia de que cada vez serán más fantasías y menos conquistas, puede resultar un poco frustrante, pero a la vez altamente tranquilizador. Si el fin es la seducción, más o menos conseguida, ya el fin no justifica los medios, la recompensa no cubre el esfuerzo, el desgaste, la atención, la previsión, la planificación que supone conseguir que una mujer caiga en tus brazos...además, si eso llegara a suceder...¿Qué ibas a hacer con ella?. Cada vez valoro más mi espacio, mi tiempo de ocio, la tranquilidad que puedes tener cuando llegas del trabajo, la indiferencia ante las tareas cotidianas, el descuido consciente, cada vez te importa menos el qué dirán, el cómo se sentirán los otros -si los hay-, a lo mejor aquel fantasma de la soledad, del no tener ese compañero de viaje, empieza a convertirse en un ángel de la guarda, así también puedo llegar a sentirme bien...No me gusta lo que dijo mi amigo sobre las necesidades biológicas; otro que ya no está decía que "se sentía viejo para enamorar", pero es verdad...si lo que quieres es follar, búscate una profesional, pero si esto no te va, las cosas han cambiado mucho, la gente es infinitamente abierta a cualquier tipo de experiencia, muchas mujeres solo buscan engrosar su perfil vital, el sexo no es un problema, relacionares con hombres maduros, viejos incluso, gente de su misma orientación forma parte de las prebendas de una libertad que nosotros no pudimos vivir y que ahora no siempre sabremos comprender pensando en nuestros hijos; el engaño es historia...quienes creen en el amor podrán entenderlo y te lo agradecerán.
No hay comentarios:
Publicar un comentario