viernes, 22 de mayo de 2026

De-samor sin control...la historia

   Alguien me dijo: "...a ti lo que te gusta es sufrir...", y complicarte la vida.

  Durante un tiempo todo el mundo pensaba que era un extraordinario compañero, generoso en sus posibilidades y sus juicios. Luego, esta aparente virtud se fue transformando, al final, en un "de tan buen es bobo".
   
   No había profesor de francés, los titulares estaban de baja por maternidad, ¡los dos! No era previsible que mandaran sustitutos, esto era ya lo habitual desde hacía unos años. Algo empezaba a cambiar; primero vino un chico, italiano, jovial, un poco gay, quizás. Puso en orden el departamento y asumió la carga lectiva más importante; las horas de francés restantes iban a quedar sin cubrir. Pues no. A los pocos días, cruzaba en un cambio de clase, por uno de los pasillos exteriores, la nueva; tres o cuatro compañeros rodeaban a una imponente morena que preguntaba interesada y sonriente por la ubicación de las aulas y las dependencias del centro; buscaban al jefe de estudios, les dije que había subido a la primera planta. La chica me miró, ladeando ligeramente su cabeza y espetándome una mirada aparentemente cómplice, -hola, soy la nueva de francés-. Sólo le di la mano con la prevención que he aprendido a tener hacia las mujeres especialmente guapas o atractivas. El resto de la mañana empecé a darle vueltas a la novedad, desde el principio tuve la sensación de que la conocía, de que la había visto antes y comencé a asociar su imagen con algún recuerdo anterior, con alguna experiencia, convencido de que era sólo mi imaginación. Una obsesión más, auxiliada por mi deterioro cognitivo leve, por mi frágil memoria, por la necesidad de construir imágenes deseadas y nunca encontradas. Creo que ese fin de semana estuve viendo algún dramón televisivo en el que se hablaba de los flechazos, de ese rayo que te atraviesa y del que no puedes librarte, de ese hilo rojo que enlaza a las almas gemelas. Empecé a convencerme de que me había enamorado, de que esta vez sí, de que el amor llega, que todo el pasado tenía que superarse...y un chorro más de fantasías que me tuvieron distraído un par de días. Como siempre, ya me imaginaba con la nueva en el altar, formando el matrimonio perfecto, disfrutando de su encantadora imagen el resto de mi vida.
   
  Una casa. Cuando era estudiante formaba parte de los retos y era sinónimo de cierto éxito social y una garantía de bienestar. Las casas se compraban, terminadas o a medias. No había demasiadas alternativas, o ahorrabas, te hacías un plan de pensiones que prometía hacerte millonario al cabo de mucho tiempo, o te hipotecabas. El plan de pensiones fue una opción, pero por esas cosas de la vida un día lo rescaté con pérdidas evidentes y se acabó. Lo de la hipoteca me costó un poco más. Viví de alquiler algunos años y después de descartar unas cuantas opciones me lancé al deporte de moda: restaurar un inmueble antiguo intentando respetar sus elementos tradicionales. Nadie me acompañó en esa tarea; confiaba en mi gusto y mis capacidades, en la posibilidad de sorprender a mis amistades con ideas más o menos originales; en poco tiempo me fui a vivir allí y podía presumir de ese ansiado éxito al que aspiraba la gente de mi quinta. No era una casa grande, fue creciendo con el tiempo, tenía un jardín que poco a poco se convirtió en un compendio de lo que mi educación evocaba, detalles clásicos, árboles frutales, vides, plantas y flores de todas clases, caminitos de piedra y espacios de césped. Aquello se fue convirtiendo en un espacio acogedor y sus paredes de piedra fueron adquiriendo una nueva personalidad. Nunca tuve un prejuicio de lo que debía ser: ¿un hogar para mi familia, un nidito de amor, un lugar de reuniones de amigos, un refugio para momentos difíciles? Con el paso del tiempo fue todo eso y mucho más. Siempre defendí que aquel lugar iba a ser algo intransferible porque era terriblemente personal. Nunca imaginé que, después de muchas discusiones, enfrentamientos y desacuerdos, pudiera llegar alguien y sentirse acogido y admirado por el lugar que durante casi veinte años había ido construyendo; admitía la posibilidad de que el sitio pudiera gustar más o menos, pero me resultaba bastante improbable que alguien pudiera enamorarse de aquel conjunto de ideas y de algunos despropósitos plasmados en cosas. Pues pasó. La nueva sustituta de frnacés podría ser esa persona. 
    Al principio pensé que eran simples cumplidos, la necesidad de caer bien al dueño del lugar que necesitaba para vivir,   de buscar la manera de cerrar un negocio en las mejores condiciones posibles. Desde lo más hondo de mi ser en aquel momento quise que ella viviera allí. Tenté la suerte, le ofrecí la casa, aún a riesgo de que ella tuviera su vida resuelta y quedara totalmente fuera de sus planes. No fue así. Quedamos para ir a verla, todavía no había asimilado que mí casa iba a ser puesta en alquiler. Se tomó un par de días para pensarlo y asumí que me daría alguna excusa para decir que no. Y me equivoqué otra vez. Quiso volver, me dijo que estaba interesada y que era cuestión de limar los detalles. Siempre he sido hospitalario, demasiado quizás. Pero en esta ocasión, desde que empezó a colocar sus cosas, nunca vi a una inquilina; vi a alguien que ya había estado allí y que de alguna manera había tenido una vida conmigo; aquello parecía la resurrección de recuerdos y le insistí en la idea de que, de no haber sido ella,  habría desistido de mi instención de alquilar. Sentados en uno de los sofás, leímos el contrato, apuramos algunos flecos, yo no quería animales en la casa, al menos de cuatro patas; le insinué que podría llevar a todos los de dos que quisiera; ella me dijo que no tenía, supongo que animales normales, aunque yo interpreté que tampoco tenía a ningún bicho de dos patas que tuviera la intención de compartir la casa con ella. En mi segundo intento por salir a comer , accedió, esta vez sí. Pasamos una velada cordial, más relajada de lo previsible para ser dos personas que no se conocían de nada. No hice preguntas incómodas, disfrutamos del menú, muy al gusto de los dos, me indicó alguna preferencia; en ningún momento pensé que tuviera otra relación; de ser así, o estaba muy apagada o la ocultaba deliberadamente. No sonó su móvil, ni ella parecía inquieta o preocupada. Le di las instrucciones, le entregué un juego de llaves y nos despedimos con dos besos, eso sí, un poco forzados. Creo que habría necesitado otra copa.

   Aquel fin de semana tenía que despersonalizar el lugar. Se lo encargué a alguien de confianza, porque no me sentía capaz. Había que retirar fotos, ropa, todo lo que recordara la presencia de otras personas en aquel lugar, incluso, algunos elementos decorativos y cuadros que no quería que quedaran allí. Fue un ejercicio un poco lúgubre, como cuando alguien va a retirar los objetos personales de un fallecido. Ya no volví a entrar, quería que la nueva inquilina tomara posesión y si se daba la ocasión evidenciar que, quizás, aquella había dejado de ser mi casa. Las semanas que pasaron fueron un pretexto constante para contactar con ella, había que preguntar si todo estaba bien, había que reparar algunas cosas, concretar el mantenimiento del jardín, perfilar algunos detalles. Era la situación perfecta para irme acercando, a su vida, a su intimidad. Como no se daba por aludida, ya empecé a insinuarle que tendría que invitarme a tomar café algún día. Por su onomástica le regalé, incluso, unas tazas, se sorprendió, pero no me invitó tampoco.

   Otra vez la memoria. Es complicado pensar el final de una historia cuando todavía no ha terminado. Me sentía atraído, quería seguir adelante. Aquella mujer y mi casa tenían una relación que quería aclarar. No tenía la certeza de que no tuviera pareja, pero tampoco de que la tuviera. Hablé con algunos compañeros que la habían conocido, lancé algunas indirectas para sondear antes de seguir adelante. Al menos había un lazo, ella la inquilina, yo el dueño de la casa. Cuando las cosas quedaron amarradas, empezaron a surgir detalles que aparentemente estaban dirigidos a aumentar su confortabilidad y comodidad; la casa hacía algún tiempo que no se ocupaba de forma continuada y necesitaba algunos arreglos. En una sesión de tarde del instituto me acerqué para darle conversación, intenté invitarla a tomar algo, pero esta vez me rechazó. Le pregunté cómo se encontraba, si todo iba bien, le dije algunos piropos y le sugerí que fuera a nadar a la piscina municipal. En ese momento me habló de su chico; al parecer era nadador, hacía travesías y ya había estado en la casa. Para mí fue una buena noticia. Esas extrañas casualidades. Al día siguiente fui a la cafetería, había alguien que no era del instituto. Permanecía con una tasa de infusión, apoyada en la boca y mirando al techo. No sé porqué, percibí cierto nerviosismo. Pidió la cuenta y quiso pagar la de otro compañero, Salvatore, el amigo de Pili. Me di la vuelta y me hice el loco. Sólo me dio tiempo de ver que su ropa no encajaba con el perfil de un adulto al uso, demasiado moderno, quizá, pantalón vaquero con desgarros, zapatos tipo náutico, amarillos, sin calcetines.
  
   Si quería seguir adelante, tendría que ser en el papel del otro. Me había dejado claro, sólo por su actitud, que no estaba demasiado feliz en su relación. Esta percepción la pude corroborar más tarde en una conversación con una amiga. El año anterior había trabajado en otro centro, su novio había venido algunas veces, y coincidió conmigo en que no parecía la persona que todos nos imaginábamos que podría estar con una mujer como ella. Tenía que buscar argumentos para poder seguir adelante. Esta vez con más ansiedad que nunca, como si fuera, si no el último, casi el último reto.
  
   Los pretextos siguieron. Había decidido no acercarme a la casa sino por alguna razón excepcional. Contraté a un jardinero para que el mantenimiento no se convirtiera en una intromisión inoportuna. Mensajes escuetos, al principio, conversaciones más largas después, fue desvelando poco a poco la que en apariencia era una relación bastante desgraciada. Nos cruzábamos en el trabajo, un par de besos, casi de rigor, y alguna pequeña observación sobre sus planes de fin de semana. Algunas veces iba ella, otras venía él. Había discusiones, música alta, algunos vecinos se quejaban. Empecé a llevarla al aeropuerto con unos gestos de cortesía que hacía mucho tiempo quedaron fuera de mis hábitos. En uno de esos paseos le pregunté como se sentía en "su" casa, admitió que estaba a gusto, que sentía mucha paz y tranquilidad, como no le sucedía desde hacía tiempo; me preguntó si podría disponer de ella para hacer alguna comida o reunión de amigos. No podía objetar nada, simplemente le comenté que la casa estuvo a sus disposición desde que la alquiló y que la gestión de ese espacio ya no me correspondía. Sí insistí en que me parecía una buena idea, especialmente, si me consideraba entre sus invitados.
   
   Antes de Navidad su ansiedad se disparó. Hablamos de su aparente problema, de esa necesidad de seguir adelante con una relación que parecía destructiva. Le hacía las sugerencias que me parecían más oportunas, le recomendé un psiquiatra, e intenté animarla a que buscara alternativas para que esa historia mejorara. Dudó al principio, pero en la fiesta que organizó para despedir el trimestre invitó a su pareja y a un grupo no demasiado numeroso de amigos entre los que me incluyó. Era una oportunidad, pero aquella noche empezó con presentimientos bastante preocupantes.
   
   Es posible que lo de aquella Navidad fuera simplemente otro mal síntoma. Reconoció que poco antes de subir al barco tuvo una profunda crisis, que no tenía claro cómo la iba a recibir su pareja, si es que la recibía. Siempre percibí que era ella quien llevaba la relación, sin embargo no me terminaba de quedar claro. Todo fue mutismo, hasta que un poco después ella misma me contó la ambigüedad que esos días le produjeron. Era una persona vengativa, no sabía a qué atenerse si hacía algo que él considerara un desplante. A pesar de todo, hubo lo que ella consideró un avance importante, pasaron el fin de año en la casa de sus suegros con lo que se rompía un precedente y ella se sentía un poco más integrada en su familia política. Por mi parte, me limité a enviar felicitaciones y a compartir algunos momentos de la diversión de esos días. Preparé con cuidado su vuelta y en la lavandería de la casa dispuse algunos regalos no demasiado comprometedores, entre ellos, un ángel decorativo que pensé que podría transmitirle algo de tranquilidad y convertirlo en un símbolo de buenas intenciones.


   No sé muy bien en qué momento las cosas empezaron a quedar fuera de control.     

     

El informe Kinsey, la mímesis de Gerard, la química cerebral

   En este borrador no se ha escrito ni una sola línea. No es de extrañar; cada vez se distancian más las entradas en este blog. Mi fiel seguidora Silvia ya no encuentra nada interesante en él; las otras dos seguidoras habituales tampoco dan señales de vida.
   
   Tantos años jugando con una palabra, la ginefilia, intentando dar una definición a algo que afecta a muchas personas, hombres, para encontrarte de frente con los nuevos enfoques que la psicología y la neurociencia moderna parecen tener bien acotado. Mi  amigo A.C. habla de "erotomanía" una especie de inclinación incontrolable a buscar estímulos eróticos, en el más amplio sentido de la palabra. Creo que es la tentativa final por mantener un poco de espiritualidad a la hora de definir las relaciones humanas. Lo que viene después, cuando menos, resulta bastante decepcionante, aunque los efectos demoledores que Eros ha causado y causa en las personas desde el principio de los tiempos ahora se llamen reacciones químicas producidas por bombardeos de endorfinas, muchas y de muchas clasees, procesos asociativos que tienen su origen en las neuronas espejo, imperativos biológicos hacia el gregarismo etc.
  
   En efecto, parece que ya no nos enamoramos. Nos contaban de pequeños que La Biblia usa un lenguaje simbólico porque si no su mensaje no iba a llegar a la gente sencilla. Al calor de la neuroquímica y la psicología conductista, me imagino explicándole a una adolescente niño o niña, cuando se sienta perturbada por la presencia de su objeto amado, que lo que le está pasando es que su cerebro ha dado orden a sus glándulas para segregar unas sustancias altamente adictivas, de efecto euforizante, sedante, analgésico, energizante en un desorden totalmente impredecible y con una intensidad variable, en función de la existencia de estímulos o no estímulos, porque ha reconocido en el chico o la chica de turno un modelo a imitar, estimulado por la necesidad de cubrir una carencia biológica que llevamos en nuestra carga genética y que tiene una eficacia probada por haberla actualizado alguno de nuestros antepasados. Irónico ¿verdad?. El amor romántico, como así se atreven a definirlo todavía otros autores, con la vista puesta en esas mismas teorías, no se diferencia en nada de un ataque de hambre, o un apretón de estómago después de una ingesta desproporcionada de un manjar exquisito.
  
   Si esto así, ya no habrá más crisis sentimentales, no habrá más peleas conyugales, no habrá más violencia de género en nombre del amor porque todo lo causa el exceso de feniletilamina. Busquemos la forma de controlar ese exceso químico y habrán terminado los problemas.
  
    Hace tiempo leí una crítica contra los libros de autoayuda en la idea de que con ellos se podía hacer crecer el nivel de conciencia y de autoestima de los lectores, aunque al final, y sin presuponer malas intenciones, lo único que crece con estas obras es la cuenta corriente de quienes los escriben y venden. Estoy convencido de que algo ayudan, consuelan, como La Biblia, pero como científico, como investigador no puedo evitar cierto alarmismo cuando leo afirmaciones rotundas sobre cuestiones muy complejas que no persiguen otro fin que el de dar al hambriento un trocito de pan para que se consuele.
  
   
Sin que esto sea un intento de desautorización, el señor don Iñaki Piñuel y la señorita Silvia Congost, han desarrollado interesantes teorías sobre el perfil del "psicópata integrado", sobre los distintos aspectos del "narcisismo". Cada uno desde su propia experiencia y formación. Caer en la generalización y en la universalización siempre es una vía arriesgada, meter en el mismo saco toda una casuística diversa para acabar con lo que efectivamente parece una lacra creciente que condiciona las relaciones humanas, en particular las de pareja, nos acerca peligrosamente al mesianismo. La otra parte es cuando entramos en territorios desconocidos, o no lo suficientemente conocidos, pues leer uno o dos libros de prestigiosos investigadores no es aval suficiente, y somos capaces de fundar teorías sobre el mimetismo como motor de las relaciones humanas, suprimir el factor original y la creatividad individual, y manejar términos tan delicados como es el caso de los neurotransmisores para hablar del bálsamo de Fierabrás frente a los arrebatos del amor.