"En la formación de la personalidad entran en juego diversos factores. Uno de ellos es el desarrollo neurofisiológico, otro, el componente sociocultural. La pregunta que ha alimentado el debate sobre este tema es la que intenta aclarar en qué medida unos y otros intervienen en la formación de individuos que manifiesten comportamientos promiscuos, pseudomanías, adicciones de diversa índole etc..., es decir, individuos con dificultades para adoptar roles sociales y comportamientos arraigados en el resto de los miembros de la comunidad"(C.P.G.). Sin tanta retórica, hace algún tiempo, quien manifestaba estos comportamientos, simplemente estaba "loco". Afortunadamente hoy ha habido un gran progreso en el intento de separar lo que son comportamientos que se vinculan a la actividad cerebral, a su química, y comportamientos que son el resultado del proceso de adaptación individual. El estudio de la interacción de ambos empieza a estar cubierto por la Seguridad Social.
Hasta los diez años no hubo ningún síntoma destacado, a nivel neurofisiológico, que indicara alguna anormalidad -y debe entenderse anormalidad, como patología- que pudiera diagnosticarse como tal. Padecí una incontinencia episódica, como efecto secundario de los corticoides aplicados para tratar mi asma. Un nacimiento traumático, tras una gestación de riesgo con hidrocefalia parcial, hicieron pensar, inicialmente, en un posible retraso (algo que a estas alturas sigue sin estar descartado del todo). En mi desarrollo posterior se han detectado ciertas lesiones vinculadas a la lateralidad, como sordera parcial, pérdida de agudeza visual, trastornos gastrointestinales y descompensación del sistema motor; estos síntomas se localizan en el lado izquierdo(¿será esa la razón de mis posiciones ideológicas?). En resumen, nada importante que me hiciera especialmente diferente.
Desde el punto de vista sociocultural, las cosas parecen bastante diferentes. En los primeros años de escolarización hay un fuerte componente de apego materno, que se convierte en una constante fuente de conflictos. Fui a un colegio de monjas en el que sólo se admitían niñas a excepción de los parvularios. Me resistía a la inclusión en ámbitos mixtos y me rebelaba constantemente para evitar el contacto con las niñas. La educación recibida se basabaa en los principios del nacional-catolicismo. Este cuadro incluye: la prohibición expresa del acceso a información sexual para los niños, la reafirmación en la idea de que el sexo es algo malo y sucio, de que la sexualidad es algo misterioso que entra en el ámbito de la vida adulta, en el castigo de cualquier transgresión o curiosidad sobre el particular, y en su expiación mediante la confesión. La transmisión de los "valores cristianos" se hace por vía impositiva a base de catequesis y de ejercicios espirituales (el incumplimiento de estas obligaciones tenía alcance legal, por tanto se dirigía desde las familias).
"Cada sábado asistíamos a catequesis. La madre Goretti, una vieja de cuento con berruga peluda incluida, nos ponía en fila, y nos llevaba a una clase en la que estaba el proyector de diapositivas. No sé cuántos sábados puso la parábola del hijo pródigo, pero creo que, a base de repetirla, terminó impregnando nuestras mentes con aquella imagen del hijo ingrato y de un padre siempre benévolo y dispuesto a abrirnos su corazón, por más canalladas que le hubiésemos hecho".
"La madre Juliana era cariñosa y sensible. Me gustaba permanecer con ella cuando mi madre me dejaba en el colegio. Pero las cosas se complicaron cuando decidí escaparme de la clase de párvulos, y marcharme a la clase de primero. Mi único argumento era que no quería estar con las niñas y, en primero, sólo había niños (ya entonces había excepciones a la prohibición de coeducación vinculadas obviamente, a considerables compensaciones económicas). La tirana madre Goreti un día me sacó a rastras para llevarme de nuevo a la masificada clase de párvulos. Recuerdo los gritos y patadas que di y mi resistencia titánica contra aquella imposición. Arrepentido, intentaba funcionar adecuadamente en parvulario; me convertí en un obsesivo pelota que, permanentemente, demostraba que hacía las tareas encomendadas. Al año siguiente, llegué a primero, estaba con los chicos, ¡sólo con los chicos! y la madre Francisca me enseñó a pronunciar la /r/ correctamente"
"En una clase de quinto de básica, esperábamos en cola los que habíamos estudiado la lección de ciencias naturales, para someternos a las preguntas del maestro. No consigo recordar el tema, pero iba sobre animales. Uno de mis compañeros, que vivía en el campo y cuidaba conejos comenzó a discutir bajito conmigo. Yo insistía en que los niños salían por el ombligo; en cambio él, -lo sabía por los conejos de su casa-, estaba dispuesto a demostrarme que salian por la vagina. Yo no había visto nada parecido, creo que tampoco me había cuestionado tal misterio; en cualquier caso, aquella parte del cuerpo la asociaba sólo al hecho de hacer pipí."
1 comentario:
Volvemos a lo mismo, la mala educación. ¿Se ha superado realmente?. Podría decirse que estamos en el camino. En los modelos democráticos de verdad empezamos por eliminar las direcciones ideológicas y nos posicionamos en explicar desde un punto de vista científico y objetivo los hechos que conciernen a nuestra naturaleza. La información llega, no siempre como se desearía, los programas educativos contemplan la educación sexual o la educación para una sexualidad sana tras pasar muchos filtros que puedan contaminar sus contenidos. Sin embargo no es lo mismo Europa que América, no es lo mismo una democracia de derechas que una de izquierda y, ahí, es donde surgen los matices. Pero debe apostarse por un equilibrio. La globalización, la circulación indiscriminada de todo tipo de información, el libre acceso a la misma puede resultar contraproducente, simplemente porque las fuentes no son siempre objetivas e invaden sectores muy sensibles, el ejemplo más claro es la pornografía cuyos contenidos están orientados a la obtención de beneficios económicos aportando una visión de la sexualidad totalmente distorsionada. Los niños que alimentan su imaginación a base de situaciones extremas, exageradas, que a veces traspasan los límites del respeto al otro, corren el riesgo de codificar su vida adulta sobre parámetros tan dañinos como los que imponía una educación ideologizada.
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