Entre los diez y los catorce años aparecen episodios aislados y muy concretos que indican el estado de maduración sexual y algunas pautas del comportamiento social y relacional del individuo. (D.T.S.)
En la medida en que la educación sexual, en este período, no se contemplaba ni en la escuela ni en la familia, los niños tenían que acceder a ella por las vías a su alcance. Lo que sí recuerdo vivamente es la necesidad y el imperativo biológico de concretar y llevar a cabo algún tipo de experiencia. Un chico alemán, llamado Marcos, llevaba al colegio revistas pornográficas. Sólo un pequeño grupo de nosotros, un poco más atrevidos que los demás, teníamos acceso, de forma clandestina, en los recreos, a aquellas imágenes.
En medio de treinta y nueve chicos de trece y catorce años, aún, por decreto, estando prohibida la co-educación, matricularon a una chica. Los incipientes senos de aquella jovencita despertaron las más diversas fantasías entre los niños.
"Ninguno se atrevía a tocarla, yo me había burlado de ella mientras, un día, cantaba ante toda la clase; no soportaba que, por el hecho de ser chica, fuera la protagonista siempre. Mis remedos me costaron una humillante cachetada por parte del maestro. Creo que fue a los pocos días cuando ya no me pude contener; llevaba una camiseta a rayas rojas y blancas, muy ceñida, que dibujaba perfectamente dos incipientes redondeces; sin pensarlo, delante de todos, hice un amago de rozarle un pecho. Reaccionó de forma infantil y me amenazó con contarlo al director. Mi reputación se iba al traste, estaba terriblemente asustado por el alcance y las consecuencias que podrían acarrearme aquel acto. Finalmente, no pasó nada. Su rechazo, sin embargo, fue la gran lección que no he olvidado.
DIAGNOSIS.
Entre 1963 y 1977, España estaba bajo el signo de la dictadura de Franco. Las ideas y consignas del régimen habían producido un importante cambio social y cultural desde su triunfo, en 1939. La educación de este período puede esbozarse en unos cuantos rasgos significativos. El Estado no promueve una enseñanza pública y laica, sino una enseñanza privada y religiosa, normalmente, en manos de órdenes católicas. La labor docente era rigurosamente fiscalizada por la función inspectora. Las generaciones formadas en este período vieron gravemente alterados sus derechos fundamentales en lo público, y, en lo privado, sus principios de individualidad y libertad. Con el paso del tiempo, la sociedad española olvidó su naturaleza, por decreto e imposición. El arma utilizada, la represión y el miedo.
Me tocó vivir una época en la que los modelos de la dictadura se habían consolidado y, aún tras la muerte del dictador y la temerosa resurrección de la democracia, sus efectos seguían de manera muy patente. Como no se podía hacer ostentación de ideologías contrarias a la del régimen, la mejor forma de no generar conflictos era seguir las pautas establecidas por los maestros y educadores, en lo que se refería a la formación de los estudiantes. En este contexto, y en función del mayor o menor grado de sensibilidad del individuo, el perfil resultante de un niño de catorce años coincidiría, más o menos, con los siguientes rasgos:
1.- Unos patrones éticos impuestos desde fuera. Las normas de comportamiento social y humano eran las dictadas por el Catecismo Católico. Hay, según esto, una dimensión espiritual en el individuo, una vida después de la muerte que ha de prepararse escrupulosamente en la existencia presente. El cumplimiento de los mandamientos es la vía para la salvación eterna. La imperfección humana es compensada por la infinita misericordia de Dios que instaura el perdón como moneda de cambio. En la práctica, esto sólo fomentaba el sentimiento de culpa y llenaba los confesionarios. En la medida que el decálogo católico recoge fuertes restricciones sobre el comportamiento sexual, la represión y la contención son las actitudes que más se propagan.
2.- Ausencia total de educación sexual y de información clara y objetiva sobre la trascendencia de estos aspectos en la configuración de la personalidad.
3.- Sociología del miedo, de la ocultación y de la hipocresía.
En estas circunstancias, para enfrentarse a las primeras experiencias sexuales, no se tenía ni una idea aproximada de cómo hacerlo. Socialmente, el sexo era cosa de adultos, y en lo más íntimo y recóndito de la vida matrimonial exclusivamente, porque cualquier otro tipo de expresión no podía hacerse pública. Los chicos no tenía acceso a ningún tipo de recurso, de manera libre, relacionados con la actividad sexual. La pornográfía, los anticoceptivos o las ETS eran cuestiones tabú. Desde el punto de vista psicológico, encontramos un fuerte conflicto y confusión que deriva de la desinformación y de la demonización de todo lo sexual; la lucha entre la emotividad y la sexualidad emergente con la conciencia impuesta, dispara un elevado grado de inestabilidad en los individuos. El modelo personal queda escindido, porque no hay puentes entre el comportamiento que se espera de manera impuesta y externa y las exigencias del desarrollo natural.
Si reparamos en esto a día de hoy, podríamos afirmar que se crearon auténticos "subnormales", seres atrofiados al servicio de un modelo político; individuos castrados en sus posibilidades de expansión y creación de unos rasgos propios y distintos. Este proceso, destructivo y aniquilador, obligará por décadas, si se toma conciencia, a un largo y difícil camino de reestructuración y recuperación del "yo". Precisar qué es "lo normal" es fundamental para que la persona busque sus valores esenciales con una correcta adecuación entre su esencia y sus potencialidades.
Mientras se pretendía fomentar un modelo social que sacralizaba la vida matrimonial y otros principios, y que circunscribía la sexualidad exclusivamente a este marco, por otra parte, no se tiene en cuenta la capacidad de reacción en contra de las personas, con lo que crece, de manera subterránea, el modelo contrario. A quienes nos tocó vivir esto, en función de la osadía personal, de la sensibilidad, de la docilidad mayor o menor para acatar las normas, no les quedaba otro camino que el de improvisar, acercarse o alejarse de aquel modelo único que nunca tuvo en cuenta las necesidades personales, y, en caso de que se optara por el distanciamiento, sostener la pesada carga de sentirse culpable, proscrito, desintegrado. El refugiarse en el "yo" no era, ni siquiera, una opción teórica. Fomentar la ignorancia, limitar los accesos a la información eran armas efectivas para dejar a la persona, frente a un modelo establecido, en la más absoluta y profunda soledad. En esa etapa de la vida, encrucijada básica del desarrollo psicológico, los futuros hombres y mujeres quedamos desamparados, fuimos víctimas, y cada cual, en la medida de su inteligencia, solucionó sus conflictos como supo o como pudo.
1 comentario:
A pesar del tiempo transcurrido los hechos siguen valorándose con negatividad y reflejan un sentimiento de culpa no superado. Los juegos sexuales en el aula eran simplemente eso, curiosidad de niños que estaban descubriendo su cuerpo. En lo personal había un componente claro de actuar contra la autoridad, de la clandestinidad, tampoco es excepcional. Para los educadores era más fácil olvidar estos incidentes porque desde la propia experiencia reconocerían que los abusos sexuales, que conductas pedofílicas, formaban parte de la trastienda de sus vidas; por tanto, mejor no tocar esos temas. Si alguien era culpable, seguramente eran ellos, curas, monjas, maestros. No hay indicios de maldad en el comportamiento de un chico de esa edad, curiosidad, quizás, la misma que sentirían las chicas que se acercaban a los chicos, mucho más presionadas, si cabe. La posibilidad de que ellas desearan tener ese tipo de experiencias y no saber cómo afrontarlas abre la puerta a compartir la responsabilidad del momento. Como ha evolucionado en las generaciones siguientes el perfil de los adolescentes demuestra que esto es así.
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