jueves, 12 de abril de 2012

De la casa azul a la del farolillo rojo y no pasó de ahí

   No pasó demasiado tiempo y pronto mi nuevo hogar, aunque en menor medida, se puso de moda. La gente con la que entonces me relacionaba pertenecía a un espectro bastante amplio. Unos empezaban a trabajar y vivían en pequeños apartamentos, otros aún estaban en casa de sus padres y los que disponían de buenas casas para celebraciones no estaban dispuestos a cederlas para cualquier cosa.

   Celebramos algunas fiestas privadas, cenas de amigos que terminaban con alguna guitarra o escuchando música nostálgica ante adormecedores chupitos. Un día de temporal que teníamos prevista una celebración al aire libre, terminamos todos, como pudimos, acomodándonos para comer auténtica paella valenciana y "suc´de anguiles" traídas especialmente para la ocasión. Lo que no estaba en el guión de aquel día era algo llamado "agua de Valencia", una especie de cóctel con vodka, zumo de naranja, azúcar y champán. Llovía tanto y hacía tanto viento que resultaba realmente difícil salir a la huerta a hacer las necesidades primarias cuando el pequeño baño recién habilitado se  colapsaba. El alcohol no tardó en hacer efecto, pusimos buena música para bailar y todo discurrió bajo un aparente grado de civismo. Pero cuando pasó la resaca, empezaron a aflorar los protagonistas y sus hazañas. Rosita Garmendia estuvo por allí, básicamente porque era una fiesta de compañeros de trabajo; esto mantuvo fuera a Glauce.  Percibió que aquella casa se estaba llenando vibraciones que no le gustaban, notó la distancia que yo le imponía y lo que iba quedando de nuestra historia tuvo que resolverse, nuevamente, en su impoluto ático, al que sólo me atrevía a entrar con mis zapatos de los domingos y muy bien cepillados por las suelas. (D.D.A.)
  

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