miércoles, 25 de abril de 2012

En el día de hoy... el pajerito y las goteras.

   Gracias amiga por abrirme los ojos, a ti Katy te lo digo; gracias, Eva, por tu discreción; gracias, Ana, por tu paciencia. No me he muerto, he desaparecido en una montaña rusa de...¿despropósitos?, está muy visto; digamos gestos inconscientes, un poco suicidas, de vitalismo desesperado o existencialismo terminal. Hace un año la vida me dio una lección sobre sí misma, la lección práctica definitiva, la del examen y, ¡pardiez!, el palo me dejó doblado. ¿Cuál fue esa lección?: "la vida es una y finita". Ya no me levanto cada día pensando que hay un mañana para posponer cada cosa, para "un ya habrá tiempo". Hoy estoy respirando y escribiendo, acabo de tomar un desayuno moderado y, afortunadamente, no me duele demasiado el estómago...realmente soy feliz, feliz de verdad., pero no más de un seis y medio.

   No creo en la institución del matrimonio. Tengo la certeza de que el amor es una reacción química vinculada a nuestro instinto de supervivencia. Por tanto, durará lo que dure la misma. No niego que haya realidades que van más allá de nuestros sentidos, dioses y cosas de esas, pero sin pecar de pedante, soy positivista, materialista, realista, lo que sea, no las he visto y, como no las he visto, ni las puedo negar ni las puedo confirmar. Esto me da una gran tranquilidad, es la de saber que mis actos son exclusivamente responsabilidad mía y de nadie, ni de nada más. A día de hoy podría excusar mis salidas o entradas de tono en los modelos culturales, en mi educación, pero, asumo que hoy no soy el de ayer y que si actúo lo único que me puede condicionar es lo que tengo delante de mis narices. Si bien, no les niego, que en alguna borrachera me siga gustando hablar del destino, de las fuerzas del Universo que tienden a que todo converja, de aquella idea de que todo lo que pasa pasa por algo y que, aunque no le encontremos sentido, lo tiene y no puede ser de otra manera.

   Pues bien, he decidido casarme, pero no sé si lo haré y divorciarme, obviamente entra en la ecuación. Sí, este que se ha presentado como un inadaptado patán (sic), está enamorado y ha decidido contraer votos para el resto de su vida. Esa es la fórmula. Implica fidelidad (?), respeto (?), transigencia(?), expectativas realistas(?), dedicación(?), sexo(¡?!). Uffffff, ya estoy cansado sólo de pensarlo. Pero a pesar de mi escepticismo, creo que puede funcionar, pero admito que requiere una vigilia constante y a mí, personalmente, me gusta dormir mucho, y soy terriblemente distraído y olvidadizo. Espero que la otra parte se encargue de mantenerme bien despierto, intentaré no enfadarme.

   Ahora hago un pequeño inciso. ¿Casarse no es un acto de amor? Las parejas invierten sus recursos en crear un hogar confortable, en viajar, en darse algún capricho. Pensé que esas historias de compromiso, con anillo incluido, caro y bien gordo, de invitaciones, de cócteles, ceremonias, almuerzos multitudinarios para un montón de gorrones, ya no estaban de moda. El problema nace del hecho de que hay un espacio entre culturas. Lo que para mí ya es accesorio, para personas de otro entorno puede estar totalmente vigente...¡A ver cómo la convenzo de que eso son chorradas! Creo que pertenece a un mundo donde todavía se hace la puesta de largo a los quince años....pero con matices, claro; está todo tan  definido que con una simple llamada pides un presupuesto y te lo ponen todo en bandeja. Me siento como el día que tuve que elegir el cajón para mi padre: ¿en maderas nobles, con acabados de seda o damasco, cierres de seguridad, adornos en oro? Creo que se estaría muriendo de la risa, aunque el comerciante babeara ante la posibilidad de que para aquel finado no iba a haber ahorros de ninguna clase. ¿Le pondremos un lazo rosa a las tarjetas o las haremos simples?, ¿serviremos cava o espumoso?, ¿se entregarán recuerdos en el cóctel?...¿el restaurante ofrece servicio de decoración, música en vivo, adornos para el coche, mesas diferenciadas o comunes?....¡Así no se puede. Te pasas el día preparando el encuentro, tienes muchas ganas de estar con ella, necesitas intimidad, un ambiente agradable y cuando todo parece perfecto, suena el teléfono, lo ignoras, y luego la cama cruje, lo intentas ignorar, y luego te da una calambre y, entonces, ya no puedes, no puedes.

   Al fin llegó el gran día., no pudo ser.  No culpo a nadie, el aventurero siempre está solo. Y así son las cosas, a la hora convenida me encuentro frente a la "Municipalidad" esperando a la novia; mi única compañía, los jardineros que arreglaban los parterres porque pronto iba a ver elecciones. ¡Tanta formalidad para unas cosas y tan poca para otras! Allí estaba con mi traje impecable y la corbata que yo quise -mi primera victoria-, en una ciudad de millones de habitantes, rodeado de nadie, yo era el raro...ni el padrino se dignó a hacer una concesión. Y empezaron a llegar algunos conocidos, aunque no tuve muy claro que vinieran a mi boda o a la otra que se celebraba a la misma hora. Y llegó la novia, la sorpresa de todos, guapa como no podía ser menos, pero casi no la vi, fui protagonista secundario hasta que la tomé del brazo y entré en el objetivo del fotógrafo y la videocámara, que pululaba como una libélula a nuestro alrededor. Ya todo fue coser y cantar. Palabras hermosas, lágrimas, abrazos cordiales...y sí, la inversión en Cava mereció la pena y gracias al efecto narcótico de sus burbujas pude afrontar el siguiente asalto: el almuerzo nupcial. El plan seguía su curso.

   ...pero nunca fue mi casa. Eran tiempos en los que los que empezaban a tener cierta estabilidad pugnaban por demostrarlo. Una buena casa era un reclamo interesante y, circunstancialmete, perdí de vista lo poco importante que pueden llegar a ser las cosas materiales. La vida de Glauce se complicó terriblemente; en ese espacio nunca tuve claro si era mi pareja, si era una buena amiga o si, una vez más era la Dulcinea para un Quijote. Pero ahí estaba y yo también. Rosita se había distanciado discretamente y mi popularidad poco a poco fue disminuyendo. Ahora puse de moda las cenas de pareja, frente a los fiestones masivos y descontrolados. Ya no bebíamos cualquier cosa, presumíamos de vinos de calidad, de licores selectos. Ese estado de cosas hoy sería para mí "apoltronarse en la dorada mediocridad". Todo se fue al traste, el tío de Rosita no quiso vender la casa y yo empezaba a cansarme de la situación. Muy cerca ofrecían una alternativa: era una construcción tradicional, con muchas posibilidades para reformarla y convertirla, casi de cero, en mi hogar definitivo. Mi decisión fue demoledora para Rosita, sobre todo porque aquel proyecto se alejaba de la idea de pulcritud y perfección que regía su vida. A Glauce le pareció bien, se limitó a mirar de reojo y, seguramente, si sacó conclusiones, yo nunca las supe. En todo caso, era relativamente barata, por fin iba a poder invertir en una propiedad y tener un lugar para vivir. Mi familia me dio el último espaldarazo. En menos de un mes, cerré la operación, cargué con los pocos muebles que tenía y pasé mi primera noche en mi acogedor pajerito. Aunque era Abril, llovió, y mucho. El tejado se mojaba por todas partes, fue sólo el principio de otros muchos agradables desastres. Pero ya tenía casa y eso era lo importante. (D.D.A.)   


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