" La memoria es la fuente del dolor, sí, pero también su sumidero y el ancho mar en el que se vierte" (La Cruz de San Andrés, Camilo José Cela)
Somos seres gregarios. Nuestros rasgos naturales imponen una necesidad de desarrollar nuestra vida en grupo. Cuando somos adultos, somos capaces de sobrevivir solos, pero, psicológicamente necesitamos pertenecer a un grupo, sentirnos identificados con la colectividad, no podemos estar aislados.
A partir de la Revolución Neolítica (entre el 7000 y el 5000 a.C.), se sientan las bases del modelo de organización social que ha perdurado hasta nuestros días. Aunque las formas de relacionarse los miembros de un clan o grupo variaron, el tipo de familia que se generaliza tiene, como condicionante fundamental, el cuidado de la prole. El predominio del padre o de la madre estuvo repartido de manera diferente, pero el modelo patriarcal queda consolidado, en Oriente Próximo, con la expansión del Imperio Persa, y en Europa, con las incursiones Micénicas y Dorias en la Península Balcánica.
La familia se organiza sobre el núcleo de la pareja que engendra los hijos. Por imperativo biológico, el hombre intenta fertilizar al mayor número de mujeres posibles; un número elevado de hijos multiplica la fuerza, la capacidad de producir, de consolidar una propiedad y de defender unos bienes. La naturaleza impone a la mujer otras condiciones: debe elegir un individuo que garantice la calidad de su descendencia; sin condicionantes culturales, esto va asociado a la salud, la apariencia, a la fuerza física; una vez elegido el individuo, asume su papel de madre, y se esfuerza por implicar al varón en los demás aspectos de la vida, que garanticen la seguridad de su descendencia; entre estos aspectos, está la optimización de los recursos, porque una excesiva diversificación lleva, necesariamente, a una merma de las posibilidades de proteger y cuidar bien de la prole.
La familia se organiza sobre el núcleo de la pareja que engendra los hijos. Por imperativo biológico, el hombre intenta fertilizar al mayor número de mujeres posibles; un número elevado de hijos multiplica la fuerza, la capacidad de producir, de consolidar una propiedad y de defender unos bienes. La naturaleza impone a la mujer otras condiciones: debe elegir un individuo que garantice la calidad de su descendencia; sin condicionantes culturales, esto va asociado a la salud, la apariencia, a la fuerza física; una vez elegido el individuo, asume su papel de madre, y se esfuerza por implicar al varón en los demás aspectos de la vida, que garanticen la seguridad de su descendencia; entre estos aspectos, está la optimización de los recursos, porque una excesiva diversificación lleva, necesariamente, a una merma de las posibilidades de proteger y cuidar bien de la prole.
Con el paso del tiempo, el término "economía" actúa como aglutinante de la familia. Su estructura resultaba funcional, y permitía la articulación de un modelo social de relaciones. De una parte, estaba la unidad familiar, formada por una pareja nuclear con hijos; su posición se define por los bienes producidos o acumulados y por la gestión de los mismos, frente a las demás familias del clan.
El advenimiento del Cristianismo, desde sus primeras manifestaciones primitivas, hasta su consolidación en la forma del Catolicismo, a partir del siglo IV de nuestra era, supuso refrendar una tendencia que se había observado desde las sociedades más antiguas: la alianza entre el poder (los componentes materiales) y la religión (los componentes espirituales). Estos dos elementos fueron la base de los estados, en diferentes formas, hasta después de la Segunda Guerra Mundial.
Como núcleo básico de la estructura estatal, se hacía necesario establecer unos límites estrictos a la función de la familia. La institución del matrimonio católico formaliza el largo proceso de sacralización que habían protagonizado todas las civilizaciones precedentes. Lo que evolutivamente había sido una unión natural, se convierte en un pacto convencional, refrendado por el poder divino, y al servicio del poder humano. Aunque el orden social quedaba garantizado, mientras se respetaran las leyes estipuladas, nunca se teorizó sobre las repercusiones individuales. Transcurrirán más de quince siglos para que la persona, como ser único y diferente, empiece a reivindicar su papel y sus derechos en un orden estrictamente humano.
Más allá de las implicaciones afectivas, que apenas se tuvieron en cuenta, al menos como condicionantes para una unión, hasta bien entrado el S. XIX, el matrimonio fue siempre un pacto social. A las personas se les educa (literalmente, se les conduce) desde su esencia natural hacia un modelo de comportamiento impuesto y limitador que le permite su realización como ser social, su integración en el grupo, pero supone el sacrificio de su individualidad. Este proceso fue articulado por hombres, en masculino, y, como tales, conscientes de sus limitaciones naturales, legislaron siempre de manera parcial, y generaron un desequilibrio a su favor, que se ha mantenido hasta nuestros días.
-EL MATRIMONIO NATURAL ESTÁ AL SERVICIO DEL CUIDADO DE LOS HIJOS. EN LA MEDIDA QUE RESUELVE LAS NECESIDADES AFECTIVAS DE SUS MIEMBROS, ES PRODUCTIVO PARA LA FELICIDAD Y REALIZACIÓN HUMANAS.
El advenimiento del Cristianismo, desde sus primeras manifestaciones primitivas, hasta su consolidación en la forma del Catolicismo, a partir del siglo IV de nuestra era, supuso refrendar una tendencia que se había observado desde las sociedades más antiguas: la alianza entre el poder (los componentes materiales) y la religión (los componentes espirituales). Estos dos elementos fueron la base de los estados, en diferentes formas, hasta después de la Segunda Guerra Mundial.
Como núcleo básico de la estructura estatal, se hacía necesario establecer unos límites estrictos a la función de la familia. La institución del matrimonio católico formaliza el largo proceso de sacralización que habían protagonizado todas las civilizaciones precedentes. Lo que evolutivamente había sido una unión natural, se convierte en un pacto convencional, refrendado por el poder divino, y al servicio del poder humano. Aunque el orden social quedaba garantizado, mientras se respetaran las leyes estipuladas, nunca se teorizó sobre las repercusiones individuales. Transcurrirán más de quince siglos para que la persona, como ser único y diferente, empiece a reivindicar su papel y sus derechos en un orden estrictamente humano.
Más allá de las implicaciones afectivas, que apenas se tuvieron en cuenta, al menos como condicionantes para una unión, hasta bien entrado el S. XIX, el matrimonio fue siempre un pacto social. A las personas se les educa (literalmente, se les conduce) desde su esencia natural hacia un modelo de comportamiento impuesto y limitador que le permite su realización como ser social, su integración en el grupo, pero supone el sacrificio de su individualidad. Este proceso fue articulado por hombres, en masculino, y, como tales, conscientes de sus limitaciones naturales, legislaron siempre de manera parcial, y generaron un desequilibrio a su favor, que se ha mantenido hasta nuestros días.
-EL MATRIMONIO NATURAL ESTÁ AL SERVICIO DEL CUIDADO DE LOS HIJOS. EN LA MEDIDA QUE RESUELVE LAS NECESIDADES AFECTIVAS DE SUS MIEMBROS, ES PRODUCTIVO PARA LA FELICIDAD Y REALIZACIÓN HUMANAS.
-EL MATRIMONIO COMO INSTITUCIÓN SOCIAL Y RELIGIOSA IMPONE LÍMITES A LA EXPANSIÓN NATURAL. NO TIENE EN CUENTA A LOS INDIVIDUOS, SINO A SU FUNCIÓN EN EL GRUPO.
-EL MATRIMONIO NATURAL ES UN PELIGRO PARA EL ESTADO Y EL PODER, PORQUE EL INDIVIDUO ESTÁ EN UN CONSTANTE PROCESO DE CAMBIO QUE PODRÍA CUESTIONAR, EN CUALQUIER MOMENTO, EL ORDEN ESTABLECIDO. SE LE OBLIGA, POR TANTO, A ACEPTAR EL MATRIMONIO SOCIAL.
-EL MATRIMONIO SOCIAL SUPONE UN COMPROMISO DE RIGUROSO CUMPLIMIENTO, TANTO POR IMPERATIVO DE LAS LEYES HUMANAS, COMO DIVINAS. ESE COMPROMISO, UNA VEZ ADQUIRIDO, NO PUEDE DISOLVERSE, NI ROMPERSE. LAS EXCEPCIONES FAVORECEN A LOS HOMBRES.
-EL MECANISMO QUE SOSTIENE EL MATRIMONIO SOCIAL ES LA FALTA DE CONCIENCIA INDIVIDUAL. EL ESTADO VIGILA CON CELO QUE ESTA CONCIENCIA INDIVIDUAL NO SE DESARROLLE.
Queda fuera de mis intenciones entrar en una polémica tan compleja como la que he esbozado. Sólo quiero llamar la atención sobre el hecho de que, hoy, hemos pasado de los modelos de conducta, del dogmatismo, de los catecismos que nos enseñan a vivir, a un proceso de cuestionamiento constante sobre todo lo que nos rodea, a un relativismo, un tanto peligroso, a un "todo vale". Ese sentimiento de horfandad puede llegar a ser igualmente nocivo y desesperante.
Queda fuera de mis intenciones entrar en una polémica tan compleja como la que he esbozado. Sólo quiero llamar la atención sobre el hecho de que, hoy, hemos pasado de los modelos de conducta, del dogmatismo, de los catecismos que nos enseñan a vivir, a un proceso de cuestionamiento constante sobre todo lo que nos rodea, a un relativismo, un tanto peligroso, a un "todo vale". Ese sentimiento de horfandad puede llegar a ser igualmente nocivo y desesperante.
La conciencia de nuestra individualidad ha crecido, y la única forma de integrarnos es mediante LA COMUNICACIÓN; con ella podremos expresar, ante el otro o los otros, cuáles son nuestros planteamientos y expectativas de vida. Se puede apostar por una unión natural, se puede defender con cualquier tipo de argumentos psicológicos o antropológicos. Pero, igualmente, se puede defender un modelo de relación social en la que los valores afectivos y los incentivos para el bienestar individual puedan encontrar una sólida justificación. El gran problema deriva del desajuste entre nuestra necesidad de romper las ataduras que nos resultan artificiales, y nuestra necesidad de integración, por una parte; por otra, la incapacidad para renunciar a aquellos objetivos que nos resultan legítimos, aún estando en desacuerdo con las convicciones de la persona con la que nos queremos relacionar.
1 comentario:
Se parte de la base de que no hay otras opciones de vida que no sean la pareja, natural o social. Se puede apostar por la integración sin establecer un vínculo con nadie. La vida sin compañero o compañera también es una opción.
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