lunes, 10 de agosto de 2026

De los 57 a los 63 (6) ...y otro policía más...

    

   Acababa de cumplir dieciséis años. Siempre vivió rodeada de gente adulta. Su mejor amiga la superaba casi en una década. Pero tenían muchas cosas en común. Les gustaba el baile y los coches, eran gente de estar en la calle, de ir a fiestas y verbenas. Nunca se sintió especialmente intregrada en su familia. Era la niña de los tres hermanos, ellos chicos. Su madre la educó para cuidar de los hombres de la casa. Si quiso a alguien y pudo sentir algo de cariño y afecto fue por parte de su abuelo. No se relacionaba con las compañeras de instituto, parecía que estaban en otra galaxia y sus intereses no terminaban de encajar. Su mejor amiga empezó a salir con un chico, un poco más joven que ella pero bien pulido, prudente y educado, sin duda un buen partido, un marido modelo. Empezaron a hablar de cosas de mujeres, de las burbujas en la barriga y de los ratos de intimidad. En ella se despertó la curiosidad y no quería ser menos. Tenía un cuerpo bonito que empezaba a alcanzar su plenitud. En ella se fijaban chicos bastante mayores; a ella les parecían bastante más interesantes que los de su edad. Con uno de ellos tendría su primera experiencia, no podía ser de otra forma. Se conocieron en el instituto y empezaron a salir con la otra pareja. La diferencia de edad no le resultaba un problema y se apuntaban a las actividades que les ofrecía el lugar. Nunca se dijeron un te quiero, nunca hablaron de amor, de sentimientos. Ella tomó la decisión y ella dirigía casi todo. En una fiesta, finalmente, la besó. Lo démás se fue dando. Iba a su casa, pasaban ratos juntos, se iban de paseo. Su familia permanecía ajena a todo esto y en cualquier caso les hubiese parecido totalmente natural, la niña estaba creciendo y, tarde o temprano, se echaría novio. No se lo contó tampoco a su abuelo, se habría puesto celoso. Sin embargo, todo terminó muy rápido. Un día se dejaron y punto. 

   Había conocido a alguien, casi de su misma edad, pero de fuera. Guapo y simpático, lleno de proyectos, con ilusiones. Su experiencia iniciática le había dado confianza y ahora se sentía preparada para empezar una relación de verdad. Y tanto, terminaron casados. Su primera pareja se quedó en la sombra. Nunca desapareció pero era más bien una especie de padrino que solo aparecía en ocasiones especiales. Pasaron los años y se quedó embarazada. De la misma forma que asumió que tenía que buscar pareja, asumió que tenía que ser madre. Su pareja no asumió que tenía que ser padre. Aquel chico guapísimo y simpático adoptó el papel de tipo dependiente, al que había que hacerle todo, porque él aportaba y ella no. Habían empezado una casa; con la ayuda de la familia ella fue dando forma a uno de sus grandes sueños. El chico guapo cada vez estaba más lejos. El hijo en común, no lo era tanto, era más bien de ella. Se iba quedando sola ante los leones; ella se preocupaba por su salud, ella gestionaba todas sus cosas. Llegó la época del colegio, las obligaciones, las reuniones, la tutorías y el chico guapo en su galaxia particular. Hasta que un día él no supo mentir más. No había sido infiel, era infiel por naturaleza; era de esos hombres que para sentirse seguro tienen que tener una "mujer", un estatus, una casa a la que volver cada día, a pesar del olor a perfume de otra, del rictus del ego satisfecho. Ella no estaba dispuesta a tolerarlo, siempre fue una mujer muy práctica, la única salida era el divorcio; lo mejor para los dos, para los tres. Pero no se fue. No dejó su casa, no dejó su zona de comodidad. Ya lo haría, tenía tiempo, no había prisa. ¿Qué más daba?, total, formaba parte de la familia, estaba integrado, su vida privada era otra cosa y si algún día reconocía alguna pareja de manera especial ya se buscaría la vida. Además, su hijo no tendría que sufrir ese trance. No lo habría hecho, sin duda, se habría extrañado de ver a su padre con más frecuencia que de costumbre.

   Su vida iba pasando sin otro objetivo que su hijo. Dejó de salir con sus amigas, se apuntaba a actividades muy reguladas que no supusieran ningún tipo de compromiso. Metódica, eficiente, seria, cumplidora, se había ido, poco a poco, olvidando de sí misma, ahora era una madre, divorciada, con un exmarido que ya no dormía con ella, pero que estaba por todas partes. No se acordaba de los sentimientos más allá de los afectos familiares. Pero nunca dejó de tener las cosas bien claras, ni más hijos, ni más parejas, vida social, la justa, la familia por encima de todo, su abuelo querido, su madre y sus hermanos.

    El chico guapo oficializó una nueva relación. Pero tampoco se fue. La familia crecía, el chico guapo con su novia, ella, su ex, con su hijo. Mientras no se superaran ciertos límites allí no había que cambiar nada. Pero los límites empezaron a superarse. La adolescencia del niño resultó un tanto perturbadora. Tenía un carácter ruidoso y sus primeros escarceos con la autoridad no fueron del todo pacíficos. Aquí aparece el policía. Un colaborardor necesario que se acercó a ella para echarle una mano en los asuntos de lo único que parecía tener sentido en su existencia. Y así se fueron arrimando. Él, algo mayor que ella tenía la vida resuelta; ella seguía siendo una mujer bastante atractiva. Como el chico guapo no se iba, la única opción era que se  fuera ella y, ahora, era la oportunidad. Lo intentó. Quería recuperar su alegría, su energía, volver a tener una vida y sacudirse al chico guapo de encima. Quizás se olvidó de que no siempre un clavo quita a otro clavo. Su nueva pareja era un hombre excesivamente formal, aparentemente contenido, racional en extremo, esclavo de su trabajo y de ideas bastante conservadoras. Nunca se contaron su pasado más allá de lo esencial, los dos eran libres para estar con quien quisieran. Si hubo amor no se vio. Cuando salían a bailar o a hacer deporte parecían más bien compañeros de trabajo que una auténtica pareja. A pesar de los esfuerzos de ella, no terminaban de encajar, no recuperaba su alegría y necesitaba seguir anclada a sus raíces, a su familia, a su hijo, al chico guapo. La convivencia no era fácil. Todo volvió a estar como al principio. La familia seguía creciendo. El chico guapo con una nueva pareja, su ex, con el policía, no como pareja, sino como consumidor de bienes comunes, de la casa familiar, y su hijo, ahora con pareja también, quizás la única normal, pues vivían juntos, eso sí, en casa de su madre. Y todos felices. Las pocas veces que coincidían todos se creaba un ambiente difícil de describir. Cada uno en su papel o papeles, pero con el entusiasmo justo. El protagonista, el niño, centro de todas las miradas, objeto de la preocupación general, de la del padre ausente y gorrón, de la del policía que quería ejercer de padre, de la de la madre vigilante para que no se rompiera el equilibrio, de las mujeres comparsa, entretenidas en el ir y venir a la cocina para proveer a los invitados. Ni una voz más alta que otra; temas en común, ninguno, las circunstancias, un aparentar que todo está bien cuando nada está bien. El primero en irse, el niño, con su novia, una agenda siempre llena de vida socia;, luego el chico guapo...su novia se le había anticipado, pasaría otro día a buscar unas herramientas; el policía se quedó un rato mientras su chica recogía; un beso casto, nos vemos mañana, hay que madrugar, me toca turno corrido.

    Y siguen cumpliendo años todos. Imagino que para ellos la felicidad es aceptar que nada cambia y que la vida es eso y nada más. El chico guapo durará un poco más que de costumbre con su pareja, los años, ya no se tiñe las canas, quiere aparentar cierta madurez. Para ella el que esté ahí ya es costumbre,  la exaspera, la molesta, le recuerda cada día que pudieron haber tenido una buena vida y que ahora simplemente no la tienen. El hijo sí quiere salir adelante, alejarse para tener su propia vida, pero sin su madre se va a quedar totalmente perdido. El policía pone orden, contempla paciente el lento transcurrir del tiempo con la certeza de que tiene lo que quiere y que nadie le cuestiona su papel. Por amor, quizás, acepta que ella no eche a patadas al chico guapo, que su hijo adoptivo se sienta tutelado por él, que su pareja no salga de su pozo, porque no le interesa.

    No sé qué pasaría si ella se volviera a enamorar. Si apareciera alguien en su vida que la llenara de requiebros, de pasión, de deseo, de ganas de vivir. Si alguien recuperara a esa mujer madura, con sus virtudes y sus defectos, para compartir con ella todas las cosas que se ha perdido, para transitar el tiempo que les quede de otra manera más auténtica. Quizás ella añadiría a alguien más a su particular secta, porque no iba a renunciar a nada. El orden está garantizado, para eso está el policía. Ella no lo permitiría, pero él tampoco.  Ese primer amor, el del padrino en la sombra ¿habrá salido de su vida o será la nueva ampliación?

   A los pocos días de haberse dejado, se presentó en casa del padrino con su nuevo flamante novio. Tenían tantos proyectos, necesitaban tantas cosas. Echaba de menos los paseos en coche y había que echarles una mano para que solucionaran esta contingencia. Cuando se enteró de su boda, a pesar de la tormnenta interna que se desató, se mostró condescendiente, les animó y les deseó toda clase de parabienes. Fue a la ceremonia, se sentó en un discreto banco trasero en la iglesia lejos de los demás invitados. Ella alcanzó a verlo en su paseillo nupcial y hasta intercambiaron alguna mirada cómplice. Años más tarde tendría la oportunidad de agradecerle el marco de plata que le había regalado y que guardaría celoso el retrato de los dos recién casados. Se vieron pocas veces después. Habían puesto en marcha sus proyectos de viviendas y coincidían en conversaciones rápidas e informales en lo bonito que les estaba quedando todo y en la ilusión, especialmente de ella, que les hacía sacar sus sueños adelante.

     Habían pasado casi doce años desde el nacimiento de su hijo. Ella supervisaba su educación y volvieron a encontrarse en unas tediosas sesiones de entrega de notas. A él le resultó especialmente atractiva y a ella le alegró verlo. Intercambiaron sus teléfonos y el padrino, en su discreta presencia,  hizo un frente común y ahora se encargarían de las actividades, de las tutorías, de las incidencias, reclamaciones y de todo lo que tuviera que ver con la educación del niño. Quiso buscarla, sondear su momento. Todo era discrección pero no podían dejar pasar la oportunidad, al menos, de verse un rato, siempre en compañia de otras personas, siempre en público. Quedó a la espera de que en algún momento le hablara de su vida, de una posible pareja nueva después de su divorcio. Pero nunca llegaba la ocasión. Si había alguien, se le notaba bastante poco. Dejaron los asuntos del instittuto y empezaron las convesaciones privadas, lo que le pasaba al chico, fuera de las clases; le contaba sus desvelos, sus miedos, era padre y madre a la vez y había muchas oportunidades de que una mala supervisión permitiera al niño salirse del carril. Él la notaba sola, pero no quería ir más allá; no se atrevía a preguntar directamente qué es lo que esperaba, si todavía cabía la posibilidad de que se dieran otra oportunidad. Se felicitaban por sus cumpleaños, por navidades, en fiestas especiales. Sin saber muy bien qué eran los dos, nada parecía impedirles su íntima amistad. 

     Rodeado de su propia vida, de mucha gente, el padrino solo se sintió realmente apoyado en momentos muy duros por ella. Ella sentía que el padrino estaba ahí, sin rencores, sin heridas. ¿Qué significaba aquella relación agónica?, ¿él querría algo más?. Todo empezó a dar vueltas. El policía empezó a aflorar poco a poco; le hablaba de alguna salida puntual, intuía que era su pareja de baile habitual y que habían tenido o tenían una vida en común. Le insinuó, incluso, que se estaban planteando marcharse a otro lugar, lejos, con clara intención de volver a formalizar una historia. El padrino se quedó en la sombra, abrigaba esperanzas de que aquello no funcionara y se refugiaba en la idea de que él  la había visto primero. ¿Sería demasiado tarde?, ¿se arriesgaría?, ¿cómo de importante era su otra relación?

       Empezó a actuar como una persona atenta y preocupada, ahora no de su entorno, sino de ella. Con sutileza intentaba sonsacarle deseos, sus ganas de cosas, de experiencias y se adelantaba para cubrirla de detalles. Ya se veían casi todas las semanas. En la casa del padrino. Al final ella había accedido, después de muchos rechazos. De comunicarse a veces, intercambiaban mensajes a diario, se daban las buenas noches y los buenos días. En sus encuentros había cordialidad y mucha emoción contenida. Se observaban y marcaban siempre las distancias. Ella lo ayudaba, le echaba una mano en los asuntos cotidianos, le daba consejos y le sugería todo lo bueno que se le pudiera ocurrir. Él empezó a abrirse, le hablaba de sus problemas más personales, de su momento particular; ella escuchaba atenta y también se fue abriendo, descubriendo sus preocupaciones, intercambiando sus anécdotas del día a día. Pocas veces entraron llamadas del policía cuando estaban juntos. Él las intentaba ignorar. Buscaba indicios cuando la escuchaba hablar, pero todo era demasiado frío y formal. Tomaban té, refrescos, él, a veces, vino. Seguía con su baile, con sus conciertos, con sus reuniones familiares; el polícía nunca estaba o ella no lo mencionaba. De tanto insistir, alguna vez, compartieron una abrazo un poco más cercano de lo habitual. En el adiós final siempre quedaba en el aire una especie de ansiedad contenida, una sensación de que el camino terminaba pero que algo quedaba atrás o que algo faltaba.

   Se acercaba el día de su cumpleaños, iban a ser cincuenta, una fecha, sin duda, importante y significativa. Su padrino la animó para que se desmarcara e hiciera algo especial, con sus amigos más cercanos, con su familia y rompiera con las fatigosas y aburridas celebraciones de otros años. Se mantuvo en sus trece: no haría nada, esperaría que, al menos, sus compañeros de trabajo le dieran una sorpresa. Sabía perfectamente que en su casa tendría que comerse sola el marrón y nunca habían demostrado especial interés en este tipo de eventos. Su hijo y su nuera, como mucho, le darían algún detalle; nunca habló del papel del policía, de su ex, el chico guapo; con buena suerte se acordarían, pero si eran cincuenta o cuarenta y siete daría lo mismo. Asumía que iba a ser una fecha más y que pasaría sin pena ni gloria. Contenta con haberlos cumplido, con estar bien y con ir superando los retos de cada día. El padrino era de otra cuerda y de alguna manera tenía que esforzarse porque notara que podría pasar algo diferente. En cualquier caso estaba decidido a hacerle un regalo especial, como aquel marco de plata de la boda que ahora ya descansaba en el fondo de un cajón. Fue a una joyería de confianza y se planteó varias opciones. La dependienta lo asesoraba al tiempo que se interesaba por el fin del regalo.  Le dijo que quedaría como un rey si le compraba un relicario, con un diseño bastante moderno, pero que, como cualquier otro, estaba diseñado para alojar dos fotografías y guardarlas cuidadosmente cerradas lo más cerca posible del corazón. El padrino lo miró, le dio algunas vueltas y, finalmente, le preguntó a la chica que lo atendía: ¿no habrá ningún modelo que pueda llevar en lugar de dos, tres fotografías? 

  



        






       







 

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