miércoles, 29 de julio de 2026

De los 57 a los 63 (5), el otro policía (Sumus rosae)

   


   Era la más pequeña de tres hermanos, la única chica. Tenía rasgos bastante masculinos, unas cejas muy características de la familia y un cuerpo recio y moreno. Casi no tuvo infancia; trabajó al pie de su madre, en el campo, en la casa, en lo que pudiera aportar algo a la economía familiar. En unas fiestas de verano conoció a Toño, jovencísima y, como los dos eran muy de las costumbres de su entorno, se casaron después de haberse encamado unas cuantas veces. 

   Querían hacerse una casa tradicional, compraron la finca y se pusieron a la labor. Aparte de atraerse, de ser jóvenes y de tener mucha ilusión, pocas cosas más les unían. Cuando hablaba de su marido decía que no era mala persona, pero que estaba rodeado de gente que no le hacía bien; trabajo duro y pocas exspectativas; meter los ahorros en la casa; adelantar la faena con los medios propios, reunirse con los amigotes para hacer una chuletada, echarse unos vasos de vino o ver algún partido de fútbol. Al menos eso es lo que se suponía que pasaba cuando se reunían en el pajero que más adelante sería la casa familiar.

    Pronto apareció el niño, la maternidad estaba en los planes desde el principio y se asumió con naturalidad y alegría. Ella cuidaría del crío, su madre, sus tías. El padre estaría para presumir, para invitar a los amigos a celebrar el acontecimiento, además machito; para pensar en cómo iba a llevarlo a los partidos, cómo saldrían guapos los dos a pasear los domingos, cómo, cuando creciera, lo iniciaría en su vida sexual; lo apuntaría a lucha y se haría todo un hombre de pelo en pecho...como él.

   A Toño no le duraban los trabajos. Tenía carácter, se encaraba con los jefes, no era regular ni cumplidor. No era raro encontrarlo en algún bar a media mañana. En su casa todo iba bien, se levantaba temprano y volvía después de soltar, o eso decía. Seguía siendo una persona dócil y amable con dos vasos de vino, seguía siendo el hombre apasionado que buscaba un hermanito para su primogénito. Pero no duró mucho. Con el pretexto de ir a casa de su familia se ausentaba muchos fines de semana. Lo veían deambulando con muchas copas encima y con algo más. Empezaron las discusiones y su mujer empezó también a perder interés. Pasaba de vez en cuando a ver a su hijo, pero la pérdida de confianza, la lejanía de su pareja, su falta de ilusiones auguraban una caída inevitable.

   La mujer de Toño no salía mucho pero sentía una gran pasión por los caballos. En una pequeña empresa familiar, en la que se elaboraba tabaco artesanal, su jefe le sugirió que apadrinase a su pura sangre en las carreras locales. Fue en estos eventos en los que se cruzó con el policía. Antes de separarse definitivamente del padre de su hijo, ya mantenía una tórrida historia de amor paralela. Él estaba casado pero en trámites de divorcio; para ella lo tenía todo, era guapo, de un rubio casi británico, con ojos azules; adoraba los coches de marca, las motos de alta cilindrada y, con su uniforme y su pistola, imponía. Su marido nunca tendría ni la estabilidad ni el porte de su amante; era su puerta de salida a su vida de pueblo; su hijo crecía rápido al calor de sus abuelos; no descuidaba sus responsabilidades, pero necesitaba recuperar energías, vivir la pasión a la que hasta ahora había renunciado. Y cayó rendida, literalmente, a los pies de su calvario.

   Sexo a escondidas. Escapadas furtivas. Desplantes, insultos, amenazas y muchas mentiras. Este hombre iba y venía. Pasaba algunos ratos con ella, no eran momentos dulces, eran momentos de tensión y enfrentamiento. Ella lo quería de verdad, a él le importaba muy poco. Era un egoísta y un psicópata. Solo pensaba en sí mismo, en comprarse un coche mejor, en tener una moto más grande, en exonerarse de la culpa de su fracaso matrimonial porque su ex,  ¿su ex?, era un desastre. No había planes, no había sueños comunes. Siempre marcó la diferencia entre los dos, su estatus, su profesión frente a ella; presumía de rango, de galones, de ser admirado por sus compañeros, de ser un tipo importante...gracias a su pistola. El alcohol, el abuso de poder y la explotación sexual también estaban en su hoja de servicios. Pero la mujer de Toño se obsesionó hasta el aburrimiento, hasta soportar las vejaciones más obcenas, hasta poner en peligro su salud y su vida. Muchas veces había dicho basta, hasta aquí, pero una y otra vez volvían a empezar. 

    La llamaron a trabajar de subalterna en un centro educativo. Llevaba varios meses de abstinencia, lo estaba consiguiendo; el hecho de que el policía fue destinado bastante lejos vino a ser un aliado perfecto. Ahora se sentía mucho más segura, con un trabajo, con la posibilidad de no depender de nadie para luchar por el futuro de su hijo. Su cordialidad pronto se puso en valor y a todos les caía muy bien, era una regalo tener una conserje tan joven y dispuesta.

    Un profesor del centro se acercó a hacer unas fotocopias. Conversaron de manera informal, bromearon y se hicieron algunas confidencias. Esta secuencia empezó a repetirse en tardes sucesivas, en los recreos o en alguna hora libre. Todo parecía normal; en los espacios que le quedaban ella siempre hacía alguna manualidad o preparaba material para su trabajo en la tabaquería. El profesor, después de haberle preguntado si le gustaba el chocolate, se presentó una tarde con una caja de bombones y los compartieron. En aquellas visitas cada vez se abordaban temas más íntimos; algunas veces entraba alguna llamada personal; ella respondía, pero, poco a poco, las fue dejando de lado. Antes de vacaciones de Navidad la invitó a cenar y ella aceptó.

   Aquella historia pudo haber sido liberadora. Era algo totalmente distinto a lo que había imaginado. En apariencia esta nueva pareja parecía querer recomponerlo todo. Pronto se enteró de lo del policía que, a todos los efectos, había salido de la película pero se resistia a asumirlo. Fueron poniendo tachones a todas las cosas que hasta ahora no habían funcionado; la casa era ahora un proyecto común, su hijo también; él quería integrarla en su círuculo de amistades; solo eran amantes a escondidas en el centro de trabajo, por razones obvias, pero supieron sacarle partido a esta situación y disfrutaron de esa clandestinidad en positivo. Era lo mejor. Sin embargo, el policía la seguía celando, y no era cuestión de provocar una situación violenta o arriesgarse a que todo se descontrolara; el círculo debía permanecer bien acotado. 

   A pesar del tiempo que estuvieron juntos solo pudo convencerla de palabra de que esa relación jamás funcionaría. Se quedó en medio de los dos en su intimidad, como una barrera que les impedía crecer juntos. Decidieron ser cómplices y desde ese momento se acabó la magia. Él se sentía desesperado y aburrido; empezó a buscar nuevas historias y perder toda la energía que lo había mantenido junto a la mujer de Toño por años. La sorpresa vino cuando, finalmente, el policía se divorció. Reapareció en su casa, borracho y agresivo como siempre, como si no hubieran pasado los años, como si su ausencia estuviera completamente justificada y la enredó sin escapatoria, la envolvió en promesas e hicieron el amor con tanta tristeza  y falta de ternura como siempre. Ella se lo contó al otro y el otro ya no aguantó más, se fue roto, no sabía cómo actuar... habían hecho tantos planes, habían construido tantos puentes, habían pensado tantas veces en una vida juntos. 

   Las cosas no fueron diferentes. El otro se alejó. El policía volvía a ganar. Ella había enviudado hacía algunos años. A Toño lo atropelló un coche; nunca se supo si por accidente o de forma intencionada. Se había rodeado de enemigos poderosos por temas de juego, deudas y drogas. Estando ella y el policía libres, ya nada les impedía  estar juntos, airear de una vez su historia sin ningún tipo de temores. Pero no fue así. Los complejos y delirios del policía fueron a más. Ya ni siquiera la buscaba para intimar; la buscaba para humillarla, para decirle que cómo se le había pasado por la cabeza que algún día se casarían y serían una familia. Que ella no estaba a la altura, que para él solo era otra diversión y que con el tiempo había perdido los pocos encantos que tenía. 

   Después de otra de sus largas ausencias, vio en la prensa el anuncio del compromiso de un mando de la policía de la zona. Ya le habían llegado rumores cuando lo ascendieron. Incluso, hubo una despedida de soltero en la que algunas de las bromas resultaron un punto escandalosas. Pero no hizo caso, no podía ser verdad. La gente habla mucho. Algún tiempo después fue al aeropuerto a llevar a un familiar; allí estaba con su joven y reluciente nueva esposa. Había engordado bastante y para no variar bromeaba con sus compañeros de uniforme mientras se tomaba un café. Los vio subir por la escalera hacia las puertas de embarque. Su madre, que la acompañaba, le tiró de la mano y se la llevó en sentido contrario.

   Pasarían varios años. Se dedicó al senderismo, a viajar con su hijo, a supervisar su formación. Se preparó y cursó magisterio hasta terminar el grado. Dejó la tabaquería y los caballos. Se centró en consolidar su plaza de conserje. Se volvió a enamorar, de otro profesor. Viven juntos, son felices. En una reunión con varios amigos y parejas, le entró una llamada. Hizo ademán de rechazarla, pero no conseguía silenciar el teléfono. Pidió disculpas y se levantó. No volvió hasta pasado un buen rato. Había llorado, su cara estaba enrojecida y desencajada. Su pareja le preguntó que había pasado: "problemas familiares", contestó.  









          








 


 


    

lunes, 27 de julio de 2026

De los 57 a los 63 (4) , el otro policía

   

   Su canción empezaba: "yo te quiero, porque tú me has dado una vida nueva, llena de ilusiones y felicidad". Tenía dicinueve años recién cumplidos. Era mediados de verano, de vuelta al lugar donde había crecido; quedaban los amigos del instituto, ya tenía ganas de volverlos a ver. Había un profesor, muy joven que, a veces, se reunía con ellos; era uno más de la pandilla, pero con recursos y coche. Aquella chica le pareció diferente, no era especialmente guapa, pero tenía algo que la hacía atractiva. A ella también le gustó, no era como los babosos de siempre; aunque había tenido algunas parejas, todavía no habían logrado calar en ella.

    Empezaron a tontear, empezaron a pasar cosas; después de aquellas vacaciones estaban profundamente enamorados; esa historia no podría hacerse pública, ni entre sus amigos, ni entre su familia; sus padres tendrían que quedar al margen. Disfrutaron de su  clandestinidad; no era demasiado disparatado. Ella se sentía más cómoda fuera de los juegos de chicos de sus compis; tenía ganas de vivir nuevas experiencias, se dejó llevar. Pero, al final, los sorprendieron; sus padres se enteraron y las cosas ya no serían nunca como al principio. Aceptaron la relación, les dieron ánimos y facilidades; ya no se veían en hoteluchos ni hostales; ahora quedaban en su casa, en la habitación de invitados; se iban todos juntos de vacaciones; empezó a caer simpatico a su futuro suegro; su suegra lo adoraba. Sus estudios en la Universidad pasaron por varios intentos, pero, al final, salieron. Habían transcurrido casi dos años. Pero estaban separados, y con muy pocas probabilidades de un cambio a corto plazo. Él iba a verla siempre que podía, hablaban a diario y nada presagiaba que aquella magia fuera a terminar. En uno de sus viajes, el que sería el último, la notó distante, lejana. Se echó a llorar cuando intentó besarla en el aeropuerto. Más tarde fueron a un mirador precioso; él estaba convencido de que le había preparado esa sorpresa. Pero no había ido ahí por él, había ido ahí por el otro. Después de unos días juntos, las cosas no arrancaban, no discutían, pero estaban ausentes. en la despedida, su madre le dijo: "no te preocupes, él volverá pronto". Pero nunca volvió.

   Ya habían hablado del otro. Era casi de su misma edad, vivía en su misma ciudad y desempeñaba un trabajo de alta responsabilidad en la policía. Era alto y desgarbado, se le había insinuado, le insistía y la buscaba. Cuando, tomando un café, le confesó que tenía una historia, con alguien que estaba fuera, ya había hecho el diagnóstico: aquello acabaría pronto, ella estaba despertando. ¿Cuál de los dos ganaría la partida? 

   Los meses siguientes fueron de cartas y llamadas justificatorias, lo seguía queriendo, habían tenido una historia muy bonita, muy intensa, lamentaba el dolor que le podría causar y le suplicaba que intentara entenderla. Él adoptó la actitud de víctima, la hacía sentirse culpable, pero siempre le daba la razón en que esa decisión era la mejor. Le hizo más canciones; ahora hablaban de la distancia, de los momentos que compartía con el otro, de ese amor tan grande que los había hecho tan felices y dichosos; le pedía que no tuviera miedo a hacerle daño y lanzaba aquello de que quizás el tiempo los volviera a encontrar. Nunca le confesó que estaba empezando una nueva historia con una de sus mejores amigas...con la del grupo de aquel primer verano.

   No han dejado de escribirse, no han roto el contacto. La muerte repentina de su madre la dejó al frente de su familia; ya venía preparándose desde chiquita para ese papel. Y se casó, se casó con el policía, tuvo una boda muy romántica. Viajaban mucho, siempre que podían, a ella le encanta. Compraron una casa, se hipotecaron, la arreglaron y la disfrutan. Uno de sus hijos creció sano, una persona inteligente, pero se desmarcó de la tradición familiar en su vínculo con las fuerzas de seguridad. Hoy se está labrando su futuro como ingeniero. El otro niño tuvo problemas desde pequeño, las cosas no pintaban bien, pero salió adelante y se ha convertido en un deportista de élite.

    Sin embargo, siempre ha mantenido un tupido telón entre su vida de pareja y todo lo demás. Durante algún tiempo salían a la luz las vacaciones familiares, algunos incidentes, los encuentros con su padre y sus hermanos. Hasta ahí el policía jugó un papel, pero poco a poco se fue diluyendo. Solo habla de su trabajo, de sus hijos, en particular del pequeño y de sus viajes maravillosos, a veces tan maravillosos que resultan casi increíbles. Ha seguido llendo puntualmente al lugar en que se conocieron. Al parecer para mantener vínculos amistosos con conocidos de toda la vida y de su familia. Después de mucho tiempo se animò a reencontrarse con su amor juvenil, sin que el otro lo supiese, por supuesto.

   Había hecho una reserva en un hotel del centro. A sus padres, cuando venían, les gustaba bastante. Él intentó hacer un esfuerzo de normalidad, pero estaba claro su nerviosismo y no tenía ni idea de lo que iba a encontrar; aunque guardaba fotografías de la época en que estuvieron juntos, solo tenía imágenes recientes de su perfil en las redes sociales. Pero seguro que todo iba a ir bien. Le propuso avisarla desde la recepción cuando llegara, pero ella le indicó que no, que mejor salía y que se verían fuera, en algún punto más o menos cercano al hotel. La vio apoyada sobre el muro de la avenida, contemplando los reflejos de la luna sobre el mar rompiente. La llamó, se abrazaron con discrección y él elogió su belleza, su elegancia, la escasa mella que el tiempo había hecho. Se fueron a tomar algo y hablaron de su marido, él lo propició, quería saber si era feliz, si todo marchaba sobre ruedas, quería saber porqué ahora había decidido reneencontrarse con él si había venido tantas veces antes sin decirle nada. Le confirmó que solía venir sola, que su marido no la acompañaba, alguna vez quizás; con su hermana en otras ocasiones  y que normalmente se quedaba en casa de sus amistades. Por qué ahora había cogido un hotel y seguía manteniendo una actitud prevenida. Habían pasado más de veinte años; era reencontrarse con un viejo amigo que le había hecho muchas canciones de amor. Aprovecharon el tiempo, él quiso llevarla al nidito de amor dónde había empezado todo. Se emocionó y se tomaron unas copas. Él intentó besarla, pero ella lo rechazó. Le confesó que jamás había sido infiel a su marido. A él le parecía imposible, le sugirió que siempre pasan cosas pero que, si no tienen más consecuencias, no se comparten; así es mejor, ¿para qué crear hitos de desconfianza? Esa tarde volvieron a salir, él quería que cenaran, pero ella no estaba por la labor; un picoteo quizás, un pretexto para lanzar algunos sutiles reproches, algún sarcasmo, bromas, promesas en el aire. Intentó ir a despedirla al aeropuerto, pero no quiso, no le apetecía, se iba a sentir mal, las despedidas le resultaban terribles. Se fue, seguirían enviándose algún mensaje de vez en cuando, él la felicitaría en su cumpleaños, con algún regalo virtual, no era difícil recordarlo; en Navidad, eran de esas personas correctas y educadas. Él se había quedado en sus veintitantos, para él el amor nunca más pasó por su vida, pretendía hacerle creer que lo que había sentido por ella, no lo había vuelto a sentir por nadie. Alguna vez titubeó, se mostró un poco responsable de todo lo que había pasado, le reclamaba su parte, el gesto de haberse entregado a él , pero mantenía su corrección ante los anacrónicos requiebros.

   Si le fuera mal en su matrimonio nunca lo admitiría. La distancia nos permite asumir que las cosas son como las cuentan. Quizás a lo largo de su vida ha aprendido a aceptar lo que tiene, ese mundo convencional y casi perfecto que construyen un hombre y una mujer. Quizás haya más de un amante oculto por ahí y así se quedará. Al hablar de nuestras vidas seleccionamos lo que queremos, lo demás son puras especulaciones. Supongamos, por tanto, que a ella y al policía les ha ido bien, que les sigue llendo bien y que no hay ninguna razón para esto no siga siendo así. El otro será un error del pasado que habrá que seguir escondiendo.       





  







   

   



    





  





       

miércoles, 22 de julio de 2026

De los 57 a los 63 (3) Penélope...no la de la canción, la de Ulises.


    

   Las historias de amor que ha contado la literatura pueden ser un marco de referencia para este concluyente acercamiento a la inutilidad de las parejas. De la literatura griega clásica, la que inicia Homero en el s.VII a.e.c. me vienen a la cabeza dos mujeres, Penélope y Medea. Hoy me voy a centrar en la primera. Alguien podría sentir la tentación de buscar coincidencias y diferencias con sus relaciones actuales. Al fin y al cabo somos humanos y nuestros instintos básicos siguen siendo los mismos. Sobre este particular, Mary Beard en su reciente publicación Clásicos sin filtros, nos da unas interesantes claves para no perdernos en piruetas comparativas entre lo que sentimos hoy y lo que sentían hace casi tres milenios.

   Penélope, esposa de Ulises, protagonista de La Odisea, despide a su amado cuando tiene que partir a la guerra de Troya; ahí se quedará en su palacio, con su hijo Telémaco, sus sirvientes y su suegro Laertes. La guerra se prolongó diez años. Después de la vitoria griega sobre los troyanos con el famoso ardid del caballo, en el que Ulises tuvo mucho que ver, los héroes emprenden el regreso a sus hogares. Ulises tendría que volver a su amada Ítaca, una isla situada en la costa noroccidental de la Península Balcánica que, en la actualidad, lo sigue recordando con toda clase de mercadería para turistas. En circunstancias normales ese viaje de regreso o nostos habría durado unas pocas jornadas de navegación de cabotaje; sin embargo, Ulises empleó nada menos que otros diez años. Su justificación fue que tuvo un pequeño encontronazo con el dios Poseidón, gobernador absoluto del mar océano y otras aguas y que, por esto, cada vez que hacía un esfuerzo para arrumbar a Ítaca, aquél, bien con una tormenta, vientos huracanados, monstruos marinos y terrestres y brujas diversas, se lo frustraba. Si al final logró regresar, fue gracias a las negociaciones en El Olimpo y la intervención, una vez más, divina.

   En tiempos de las migraciones forzosas, en busca de mejores oportunidades o simplemente para no morir de hambre, en mi entorno, muchos hombres salieron con maletas de cartón dejando a mujer e hijmos por detrás. Algunos volvieron pronto, dos o tres años; otros tardaron un poco más, siete, ocho, doce; los otros simplemente no volvieron. Ulises volvió, después de veinte años de ausencia, y allí estaba Penélope, en su palacio, con su hijo y sus fieles sirvientes (el abuelo se había muerto); aunque se encontró las cosas un poco patas arriba, se propuso restablecer el orden y prepararse para una jubilosa vejez. Este matrimonio, sin duda, funcionó.

    En la ausencia de su marido, siempre a la luz del poema homérico, Penélope intentó administrar su patrimonio; no se le pasó por la cabeza ser infiel a su hombre a pesar de los múltiples pretendientes que le salieron y de las fake news que, una y otra vez, le decían que había enviudado...que no es nada. 

   Si miramos esa historia a través de un cristal malpensante, muchas cosas no nos cuadran. En el entorno cultural de Penélope, el de la religiosidad  micénica, el que una mujer fuera infiel a su marido, especialmente si este era un personaje notable, un rey, no era para tomarlo a broma. La lapidación como castigo sigue vivita y coleando en las sociedades islámicas en pleno siglo xxi; no caduca. ¿Cuántoa tiempo tenía que pasar para que Penélope, bastante joven por cierto, diera por cerrado su ciclo con Ulises? Resulta complicado hacernos una idea de lo que eran las comunicaciones hace tres mil años, sin whatsapps, sin email, sin vídeo conferencias etc. La gente viajaba por tierra o por mar. Los puertos de las muchísimas islas griegas por las que barcos mercantes y de guerra se movían, eran el punto donde se podía intercambiar información. Si alguien había visto a Ulises por casualidad, dando tumbos en el mar, y ese alguien por casualidad iba a Ítaca o hablaba con alguien que iba a Ítaca, Penélope, quizás, se enteraría, pero si no, habría de fiarse de los oráculos y de los intermediarios divinos. No hay fuerza más grande para relativizar la fe en los dioses y perderles el respeto que el hambre, el miedo, la perpetuación de la estirpe. Sola en Ítaca, sin noticias ciertas, Penélope se levantaba cada día condicionada por su necesidad de comer, de ser protegida y de tener descendencia. Ahí estaban los pretendientes que, raudos y veloces, no escatimaban medios para convencer a la reina y llevársela al huerto. En este punto el cine se ha esmerado en consolidar clichés, obviamente anacrónicos pero que quedan bonitos, en los que pesan más los modelos del amor cortés de la Europa renacentista y hasta nuestros días, que la realidad del mundo heróico de La Micenas del 1200 a.e.c. Yo veo más bien a una mujer jóven, en trance de viudedad o abandono, sitiada por un montón de paisanos, guapos o no, ambicionando su legado patrimonial. 

    El poema homérico consagra un modelo de "fidelidad" que tiene un aliento inequívocamente femenino. No es de extrañar que ahora estén de moda algunas propuestas, totalmente especulativas, sobre la posibilidad de que nuestro Homero, en lugar de un hombre, fuera una mujer. Es tentador, pero no existe ningún indicio objetivo, ni textual ni de mención textual, que pueda sostener esta hipótesis. La erudición alejandrina que intentó hacia el s.III a.e.c. poner un poco de orden en la Poesía Épica, la que habría tenido más argumentos para pronunciarse sobre esto, ni se lo plantea y, hasta donde sabemos, con una gran dosis de razón. Por aquellos tiempos andaba Safo, poetisa, componiendo sus versos íntimos sobre la pasión homosexual en un alarde para su tiempo que todavía sorprende a los eruditos (debería sorprender que los versos escritos por una mujer, mutilados y dispersos hayan llegado hasta nosotros, a pesar de la sesuda censura de todas las épocas; no debería sorprendernos que fuera homosexual); sin embargo, le épica, era cosa de hombres; no podría ser de otra manera: las mujeres eran relegadas en las celebraciones donde se cantaban estos poemas. Penélope, como mujer de su tiempo, no podía romper los votos matrimoniales, pero dejando a un lado la ficción y el empecinamiento puritano de Homero, me cuesta aceptar una castidad incondicionada durante veinte años. La postura homérica es bastante machista para ser obra de una mujer.

    En relación al famoso sudario que Penélope tejía y destejía cada noche se ha dado por sentado, casi siempre, que era una muestra de su amor hacia la familia, hacia su marido y un pretexto extraordinairo para mantener a raya a los pretendientes. Sin que se terminara de tejer esta pieza y cerrar el culto de honrar a los muertos, no habría nuevo matrimonio. Ella actuaba por y para otros. No he leído ninguna interpretación en la que, primero, se ponga en valor un trabajo netamente femenino, segundo, que este trabajo se compare con otros aspectos masculinos que protagonizan el sostén del patrimonio, tercero, que pongan de manifiesto el nivel de inteligencia de Penélope, cuarto, que nos estuviera revelando una evolución psicológica en al que la personaje se cuestiona su estatus, no solo frente a los pretendientes, sino, incluso, frente a Ulises y que, en consecuencia, estuviera urdiendo en su cabeza la posibilidad de convertirse en reina y administradora de su patrimonio. Aquí les doy la razón a quienes defienden la posibilidad de una mujer detrás del argumento. Daba calabazas una y otra vez; simplemente podría haber perdido definitivamenter su interés por los hombres...en general.

   Ulises vuelve, está todo patas arriba. Las versiones que he visto hasta ahora no homéricas de este episodio solo enfatizan el espíritu intensamente novelesco que envuelve todo el poema original. Es el colofón de la historia. La anagnórisis de Ulises a partir de la marca de una antigua herida, el tálamo nupcial armado sobre el tronco de un viejo olivo y la escena del tórrido reeencuentro amoroso. Y, ahora sí, ¿qué pasó con Nausicaá, Calipso o Circe entre otras, que habían consolado a nuestro héroe durante casi veinte años...dioses mediantes, claro? ¿No tendría Ulises que haber hecho una larga reflexión, tan larga como su viaje de vuelta, antes del volverse a meter en la cama con su mujer?

   Nuestras Penélopes, la de nuestro tiempo, han aprendido poco. El hombre se fue, hizo unos cuantos hijos por ahí y, viejo, cansado y arruinado vuelve a su antiguo hogar. Allí no estaba ya su primera camada que, a trancas y barrancas, había ido abandonando el nido en busca de sus propios destinos. Su Penélope,  sí seguía esperando, veinte años más vieja, con un hombro dislocado de dar plancha y mover fregonas, pero con la dignidad alta. Tuvo algunos amigos, pero no quiso nada serio. No por el otro, por ella misma. El palacio de Ulises era la "casa conyugal" sobre la que el maridísimo seguía teniendo derechos. Hasta se puso un poco contenta, al principio, al saber que volvía. Ahora, se preguntaba qué le unía a esa persona, por qué había permitido que le hiciera la vida pedacitos, ¿eran sus hijos el premio? Penélope volvió a compartir su lecho, por imperativo legal, con un hombre acabado, alcohólico, con nulas ambiciones y con una escasa esperanza de vida. Y aquello, seguramente, un día fue amor. Estas heridas de guerra son mucho menos heroicas y románticas que las del Ulises homérico. Nos queda por imaginar una secuela en la que nos contaran los últimos días de la pareja. En nuestro caso, simplemente, después de una triste agonía, en un lecho bastante más prosaico que el del tronco de olivo, se fue con una insuficiencia respiratoria. Penélope no le sobrevivió mucho, pero el tiempo que viivó sola, créanme que atisbó el perfil de la felicidad...sin rencores.   

lunes, 20 de julio de 2026

De los 57 a los 63, Helena E.

 


 Les recuerdo brevemente quién era Elena E. Hoy debe tener cincuenta y tantos y su calvario personal empezó siendo muy chiquitita. Su primera pareja cumplía con todos los requisitos de un buen partido. Se enamoraron, hicieron planes, empezaron a ahorrar para comprar una casa e incorporaron a la madre del chico en la ecuación. Elena E. es una mujer inquieta por naturaleza, emprendedora, con muchas ganas de vivir; aquella vida tan ordenada y perfecta le producía cierto escozor. Desde que vio la oportunidad se marchó a Francia, a estudiar, a seguir su formación académica y allí volvió a enamorarse. Esta historia no duró demasiado, lo justo para seguir aprendiendo, para ir desmontando su armadura y para prepararse para una nueva etapa. Cuando no tienes un impulso y una estabilidad razonable, vivir en el extranjero y a la sombra de un hombre, puede llegar a ser una opción de alto riesgo. Elena volvió a su tierra, a su casa y, sin buscarlo, se encontró con el calvario que la llevaría de los 47 a los 54...y doy por supuesto que esta podría ser la fecha del final de la historia, pero no lo tengo muy claro. 

   Era y sigue siendo una mujer muy guapa, grande, con una planta y una presencia que transmiten energía. No es de extrañar que en los distintos destinos a los que la llevó su trabajo encontrara algún pretendiente. La llamaron a dar clases de Francés en un colegio privado. La familia del director, un hombre que se había hecho a sí mismo, que había levantado una institución educativa de alto nivel y se había ganado un merecido prestigio en su comunidad, estaba formada por su esposa y sus tres hijos. La señora vivía aquejada de múltiples enfermedades y pasaba la mayor parte del tiempo en la cama. La hija mayor era médico, la siguiente abogada y el niño más pequeño había conseguido el título de magisterio y se especializó en matemáticas. Elena E. fue acogida y promocionada desde los primeros días y en la entrevista previa al director no le quedó duda de que era la candidata ideal. Esa familiaridad empezó a ser su perdición. Trabajaba codo a codo con el hijo pequeño, el matemático; según le contó, estaba en trámites de divorcio y ya tenía en su curriculum dos hijos adolescentes, al parecer, no muy bien avenidos con su padre. Elena E. y el matemático se enfrascaron en una relación; al principio romántica, familiar, tranquila; Elena pronto pasó a ser un miembro más de la familia, con muchas reservas o las típicas, y empezó a recuperar la fe en la posibilidad de volver a tener una relación estable. Y lo fue, hasta que se acabó.

   Ella siempre hablada de la obsesión de su pareja. Pero en este caso creo que era mútuo y que ella tambiíen estaba obsesionada. Este cuadro es terriblemente complejo, agotador, estresante y en algunos momentos de un indescriptible sufrimiento por parte de quienes se ven implicados. Como pareja, me da la impresión de que en su mejor época ya estaban chocando. A Elena le gusta la música rock, algo de manualidades y socializar; no tiene aficiones regladas, no es deportista, su etapa viajera parece que pasó a segundo plano y, aunque le cuesta reconocerlo, se protege en un pequeño círculo de familiares cercanos. Las aficiones de él, además de aspirar con casi cincuenta años a ser deportista de élite, terminaban aquí. La pareja viajaba de vez en cuando para asistir a alguna competición que a Elena no le interesaba más allá de lo que imponía el protocolo. A veces se sentía ninguneada porque no encajaba en el ambiente. El hecho de que él fuera madrero y tuviera que ocuparse puntualmente de sus hijos, le daba algún respiro y hacía más soportables las aburridas y demoledoras sesiones de convivencia. Mientras él veía la tele de manera compulsiva, ella hacía cosas en la casa; pocas veces quedaban con amigos; sus reuniones eran con sus padres. Lo que pasaba en su dormitorio no resultaba demasiado evidente. Elena siempre ha sido muy celosa de su intimidad. Su coquetería siempre ha resultado bastante ambigua. 

   Eran una pareja...feliz. Eran una pareja, con todo lo que implica, gastos comunes, proyectos de mejora sobre la casa, apoyo mútuo en los distintos acontecimientos cotidianos, una moderada desconfianza y, cómo no, un alto sentido del compromiso. Era cuestión de tiempo que se plantearan el matrimonio. A Elena le dieron un nuevo destino y pudo volverse a encontrar con su profesión, con sus rasgos más característicos y propios, casi olvidados desde su etapa francesa. Conoció nuevos compañeros, nuevos pretendientes y sobre todo se dio cuenta de que esa persona con la que compartía su vida no era su alma gemela. Intentó plantarla, aunque en este punto podríamos dejar un gran suspenso. 

   Al principio, creí que las reacciones de su novio eran propias de una enfermedad mental, de un desequilibrio patológico que le había llevado a solicitar una jubilación anticipada. Las lista de razones por las que lo quería  dejar me dieron una idea de la profundidad del problema y me dejaron claro que aquello iba para largo. Era un tipo egoísta, insensible, violento, sin detalles, irónico, no se sentía querida ni respetada. Hay gente que a estas alturas de la vida manda vídeos llorando, con pastillas y alcohol delante amenazando con suilcidarse si la chica no vuelve. Todavía hay gente que acosa y cela a la persona que ya no quiere estar con ellos, la persigue en sus lugares de trabajo, la vigila en todos sus movimientos, hace guardia a las puertas de su casa, le deja objetos comprometedores para hacer valer su presencia. El bloqueo del teléfono, el cambio de vehículo, la discreción en la concesión de nuevos destinos no desalentaron al hombre que, erre que erre, se las seguía arreglando para amargarle la vida a Elena. 

   Y volvieron, lo consiguió, la convenció...o la agotó. Fue un reencuentro breve pero intenso. Se fueron a vivir otra vez a la casa de él; se mudó. sus libros, sus cuadros, su ropa. Todo tendría que haber sido de otra manera. Ya no era la amante ocasional que disimulaba delante de su suegra y cuñadas porque nunca tuvo la seguridad de estar a la altura de su familia de acogida. El triempo transcurrido, le daba, ahora, un nuevo perfil. Estarían juntos pero con papeles, todo en orden; ella , a pesar de que siempre lo culpó a él de no querer casarse, en el fondo es a lo que aspiraba. Una boda en el juzgado, una bonitia luna de miel en un hotel de lujo y vuelta a empezar. En menos de tres meses se vio con todas sus cosas tiradas en la puerta de la casa del matemático y, de momento, orgullosa de haber tomado la decisión de mandarlo a la porra. Ahora había que lidiar con el divorcio, con la orden de alejamiento, con los mensajes cruzados de sus familias, las dos, obviamente, poseedoras de la razón.

   ¿Cómo gestionó su tiempo? Pasarse casi seis años de la vida dándole vueltas a la conveniencia o no de una relación, a todas luces, tóxica, perjudical, sin redención posible, es un castigo que merece una reflexión a la altura. Elena E. viajó con sus amigos, buscó balnearios, espacios de relax; estudió mil libros de autoayuda, contactó con prestigiosos especialistas en crisis de parejas, acudió a recursos un tanto heterodoxos y se empapó de toda la farmacopea a su alcance. ¿Para qué?, para encontrar alivio a su profundo dolor, que yo, más bien, catalogaría de cansancio, agotamiento.  A estas alturas ¿no es suficiente la lección?Pues no,  en su adn está la idea de vivir con alguien, de tener una pareja y, casualidades de la vida, se volvió a encontrar con su primer novio. Al principio todo con mucha cautela, pero tenían un camino andado y era cuestión de retomarlo, ¿con sus baches también?; los dos viviendo una profunda crisis, con unos mochilones en la espalda importantes pero con la actitud de "a ver qué pasa". Las úlltimas noticias que tuve de ella me dejaron con la duda de que quizás esta historia también  podría haber empezado a hacer agua; de su whatsapp desapareció la foto de perfil en que salía a veces ella, a veces su perro, algunas con él.

   

      








  



   





 

jueves, 16 de julio de 2026

De los 57 a los 63...¿Cómo van los asuntos del corazón?(I)

   


Alguien podría preguntarse cómo es posible que a los cincuenta y siete años todavía haya gente que le da vueltas a sus obsesiones, que es incapaz de salir de su bucle existencial y que una y otra vez busca explicaciones más o menos razonables para justificar su comportamiento.

   ¿Cuándo acaba el ciclo de la afectividad de las personas?, ¿existe una edad de referencia que nos indique que ya está bien, que hasta aquí y punto?

   Hacer una estadística de lo que vemos a nuestro alrededor en tema de relaciones podría ser un punto de partida. A los 57 años, poco más arriba poco más abajo, veo tres situaciones: las parejas casadas, de años, con sus hijos y demás contextos, las parejas separadas, y quienes se han pasado la vida buscando algo de esto, sin haberlo encontrado.

   Entre los casados y casadas no es fácil hacer un perfil de cómo se mueve su emotividad. Han tenido un par de hijos, tienen sus hipotecas pagadas, sus motivaciones económicas y laborales están bajo control, muestran una imagen de relativo éxito en el sistema. Quienes vivieron una sexualidad tranquila desde el principio echarán pocas cosas de menos; lo que pudo haber resultado escandaloso hace años ahora se integra como un aspecto casi anecdótico del que casi no se habla. Uno de mis conocidos bromea delante de su mujer porque está obsesionado con la pornografía, la ha integrado en su vida diaria y habla de este tema con la naturalidad de quien colecciona flores, ve partidos de fútbol o va de comida los domingos con sus suegros. Como es un alarde público casi constante, su mujer lo mira con condescendencia, que no complicidad, en unos ademanes que me recuerdan mucho los de las madres tolerantes ante las travesusras  de sus niños malos. Si se diera la posibilidad de preguntarles si todavía hacen el amor, si todavía tienen relaciones podemos esperar cualquier respuesta y nosotros imaginar cualquier cosa. No tienen hijos, tienen mucho dinero y mucho tiempo para aburrirse.

    El caso de los apasionados desde el primer momento no despierta tantas suspicacias. Todos recordamos los tórridos arrumacos de algunas parejas a los diecisiete años en los guateques y verbenas; luego fueron matrimonios y hasta aquí. Estoy totalmente convencido de que de una forma u otra esa gente se ha sabido reinventar y han incorporado en su proyecto de vida algo de intimidad y ojalá que sea creativa. Añadiría algún matiz, en estos caso hay indicadores externos en el comportamiento de la pareja, que van un poco más allá de lo políticamente correcto; ese gesto pícaro que se les escapa en algún momento quizás sea revelador de que aún hay vida más allá de la muerte.

   Los separados o divorciados son una subespecie de los anteriores, de los aburridos y de los apasionados. Si la sexualidad es fundamental para que podamos hablar de una relación especial, si en la primera etapa de la pareja su protagonismo es absoluto y en las etapas siguientes se va recolocando, imagínense si desde el principio esto no funciona. Si da la casualidad, ¡mucha casualidad!, de que ninguno de los dos quiere, quizás mueran juntos en un asilo. Si no, la chispa saltará tarde o temprano. Que a los veinticinco venga un chico y te diga que deja a su novia porque no llegan a un buen acuerdo sexual, en los tiempos que corren, podría considerarse "casi normal"; lo curioso, frente a generaciones más viejas es que, a esa edad, el que se quejaba era el chico y ahora, tanto ellas como ellos dejan abierta esa posibilidad. Cuando llega un señor de cuarenta y tantos y te cuenta lo mal que le va con su mujer los detonantes ya no son tan simples. En ese momento de la vida empiezas a disfrutar de tus logros, te empoderas, y es muy fácil que la imagen idílica de la vida en pareja se vaya desvaneciendo. Tengo que insistir, hace cuarenta años este malhumor era solo de los hombres, ahora es por igual. En la pareja se empadronan los reproches, la nostalgia de que las cosas no son como las soñaron, la nostalgia de la libertad perdida, la ansiedad por no compartir o abandonar metas y,  ¿cómo no?, la concurrencia de terceras o terceros y punto final. Aquí viene aquello de que si esto pasara de forma simultánea sería estupendo, ninguno de los dos sufriría, pero lamentablemente esto es casi la excepción...y que cada palo aguante su vela. La separación causará en cada uno de sus protagonistas un profundo desorden en su sistema de valores y, como consecuencia, tomarán las más variopintas decisiones para seguir remando en la vida. No es ningún secreto que si alguien rompe una relación un impulso irrefrenable es el de buscar un sucedáneo o precipitarse en comportamientos obsesivos que le harán la vida imposible, por mucho tiempo, a la otra parte. Hace cuarenta años los hombres recurrían a la prostitución, al alcohol; se refugiaban en su trabajo, pero en el fondo alimentaban un deseo de venganza y de reposicionamiento que los ponía frente a nuevas relaciones urgentes condenadas a un nuevo fracaso. Las mujeres, abandonadas, lo tenían mucho peor; meterse en la cama con otro para vengarse de su ex pudo haber sido una opción, pero de ella se sabe muy poco. Quedarse en casa y llorar de pena, leer poesía y dedicarse a las obras benéficas era lo que más se veía desde la trastienda. Menos mal que en esto hemos avanzado. Hay hombres y mujeres obsesionados ante una ruptura, hay psicólogos y psiquiatras, farmacología para aburrir y terapias que hacen ricos a quienes las imparten y pobres y más miserables  a quienes se prestan a ellas. Los duelos no duran mucho; a los cuarenta y tantos el sexo de pago no está de moda, hay redes sociales, páginas de contactos y una vocación clara de reconstruirse, de que la pareja no es más que una etapa y  no un para siempre y que, si tienes un poco de mala memoria, te queda algo de tu autoestima herida, y usas el sentido común para no fastidiar al prójimo, a otra cosa mariposa. En esto también hemos conquistado la igualdad de género. Nos seguimos enamorando, seguimos queriendo meternos en camisas de once varas, complicarnos la vida en uno, dos o tres romances; nos volvemos incluso a casar, hasta tenemos otros hijos y vuelta a empezar, porque no tengo nada claro que esa nueva historia que promete ser diferente, que nos va a dar aquello que no tuvimos, en realidad sea "diferente", si no, al tiempo.

   Queda el tercer grupo, el de los que no están en pareja, los que nuncan han estado en pareja, al menos en lo formal,  y que han pasado por los 25, los 40 y llegan a los cincuenta y tantos con las mismas perspectivas.

   A los cincuenta y tantos, a menos que seas virgen por vocación u obligación, la gente tiene un montón de historias que contar de sus geografías emocionales, otra cosa es que, de  hecho, las cuenten porque también hemos aprendido a maquillar nuestra vida y mostrar solo aquello con lo que nos sentimos contentos. Al menos por este lado del mundo, las barreras biológicas, tanto para hombres como para mujeres, para tener una vida sexual sana y productiva, han quedado superadas y ya no son un pretexto. Pero también es verdad que corremos el riesgo de no saber administrar nuestras posibilidades y entrar en dinámicas bastante poco constructivas, alimentadas por esa sensación de que a medida que envejecemos todo nos va dando igual. Y en este punto empiezan a aparecer monstruos y engendros, para avergonzarse o para morirse de la risa.

    Es de manual el cincuentón que se lía con una chica mucho más joven que él. Pero también lo es el de la cincuentona que liberada y sientiéndose más guapa que nunca coquetea con vigoréxicos adonis casi adolescentes. Pero el abanico es mucho más amplio. Hombres y mujeres aburridos de múltiples aventuras, cada vez más insatisfactorias, intentan retomar una antigua historia, que ya fracasó y que volverá a fracasar sin duda, pero que se siente como la ultimísima oportunidad de tener una vida estable. También se sondea entre desconocidos con el convencimiento de que ahora que ya saben realmente lo que quieren, ¿seguro?, serán capaces de elegir con criterio, seleccionar entre los candidatos y montarse un proyecto, también urgente, que suele ser puro humo. 

   Ni los casados, ni los separados, ni los eternos solteros, por mucho que cumplan años se libran de seguirse preguntando por las veleidades del amor; no harán canciones para cortarse las venas, quizás Espronceda o Neruda les queden un poco pequeños, pero estoy convencido de que en algún momento de sus maravillosos tiempos, en la ducha o en el aeropuerto, pueden llegar a cuestionarse  si las cosas están funcionando, si tienen todo aquello que deberían tener en el terreno afectivo, si aún existe la posibilidad de remediar o cambiar algo. Eso a los 25 y a los 57.        

lunes, 13 de julio de 2026

Cincuenta y tantos (II)


   Hay días en los que uno no debería escribir. Son esos días en  que tus biorritmos, la luna o la primavera se convierten en el pretexto perfecto para no hacer nada. Pero hay un mecanismo, "la responsabilidad", que hace que te sientes, al menos, a especular sobre esas cosas que necesitas contar. Seguramente faltará chispa o buen humor, pero no somos perfectos.
   
   Antonio es -supongo que es porque ignoro si sigue vivo- un profesor de historia que ya estará jubilado. Viene a cuento porque todo sucedió hace mucho, es verdad, por estas fechas. Fatídica concurrencia entre el apogeo de Géminis y la onomástica de San Antonio.
   
   Al hacer balance de las personas que se han cruzado en tu vida y que por una puerta u otra han entrado en ella, su pareja fue de las que más se acercó a ese ideal soñado -y raras veces confesado- al que aspiraría cualquier hombre. Para empezar se llamaba Carmen, evocador y poético, caldo de cultivo de miles de momentos de intimidad; un ángel de ojos verdes, de rizos miel y oro, adicta a la música clásica y a la literatura de nivel, conversadora amable, con exquisita sensibilidad y sensualidad, apasionada hasta el dolor, dispensadora sin medida de su cuerpo de rosa piel brillante y húmeda...

   Sin duda...ideal. Cruzarse con una criatura así podría convertirse en un auténtico calvario para quien intentara poseerla, un infierno a los ojos de un patán, que habría encontrado sin duda su propia versión del bálsamo de Fierabrás.
   
   En ese momento de lucidez en que, por fin, aceptas que mejor se la quede el otro, mejor que te encuentren atado a una cama, sin comunicación posible, y con una buena tortilla de antidepresivos a mano...eso, por si todavía quieres seguir viviendo.
   
   Antonio era bastante mayor que ella; lo suficiente para que le preocupara a él y no tanto a ella. Había cumplido cincuenta y tres; ella todavía no tenía treinta y ocho. Cuando aquella tarde nos sentamos a tomar unas cervezas -sólo tomaba cerveza-  enseguida noté tintes de tragedia en nuestra conversación. Desde hacía unos años y, a pesar de tener una salud más que envidiable, siempre abordábamos el mismo tema: los achaques. No era sólo que ya teníamos más citas médicas que amorosas, sino que el calado de las mismas apuntaba más a una valoración para ir a la chatarra que a un posible plan de reciclaje.
   
   A lo sumo, un cólico nefrítico que lo había dejado algo tocado sólo ante la posibilidad de que se le repitiera y que terminó convirtiendo en premonitorio de las mayores desgracias futuras. Entonces entendí lo  de su anacrónica afición a la cerveza, puesto que los de su quinta éramos desde hacía mucho eno-adíctos y orujo-adictos (todavía no sé qué bebida tiene más poderes diuréticos o en qué cantidad hay que tomarla). El resultado final, con pocas diferencias, era siempre la de facilitar la fluidez locutoria. Y hablamos y hablamos. Su flamante vida se había articulado en relación a una famosa siquiatra con la que, como esposa había compartido más de veinticinco años. 

   Todo empezó en una convocatoria a tribunal de oposiciones. En la primera reunión para coordinarnos se tenía que elegir a un secretario y, normalmente, este puesto recaía en el de menor o mayor edad. Todos apuntamos hacia ella, una total desconocida, a la que le había tocado por sorteo estar allí. Sin embargo, su apariencia de juventud, especialmente enfatizada por su piel blanca y sus ojos singularmente verdes, fue desmentida y tras poner las cartas sobre la mesa, el más joven era yo. Se mostró, sin embargo solícita y no sé si intuyendo cierta dosis de torpeza para ejercitar la responsabilidad que se me venía encima, se ofreció a echarme una mano en todo lo que fuera preciso. Miré a mis colegas por encima del hombro y todos coincidimos en que aquella chica, venida del otro lado del mar, era la típica trepa y que no nos lo iba a poner fácil para sacar adelante la tarea que se nos venía encima. Más tarde tuve conciencia de que mi actitud no fue sino una cortina de humo y que, dada las circunstancias, estaba ante una ocasión única para intentar conquistarla.
     Cuando empezamos a plantearnos cómo organizar los horarios de las sesiones dejó bien claro que tendría que desplazarse los fines de semana, pues tenía pareja y planes y que el estar allí era una contingencia nada favorable para su situación personal. No me di por enterado y la mecha ya estaba encendida. 
     Nuestro empleador nos daba varias opciones de alojamiento cuando por alguna comisión de servicios teníamos que desplazarnos. Opté, al principio, por la más barata porque los pagos se hacían contra factura y la puntualidad no era el fuerte de la administración. Pero al saber que aquella belleza había separado el otro hotel, considerablemente más confortable y que nos íbamos a tener que cruzar durante unos cuantos días, no lo dudé; dos días después estaba alojado en la habitación de enfrente, puerta con puerta. En aquel momento, nada hacía presagiar lo que pasaría tras esa decisión. Para mí era también una oportunidad para recuperar la tranquilidad, para hacer un poco de ejercicio y desintoxicarme, incluso, me lo llegué a creer. 
     Empezaron las sesiones con los opositores, se nos reclamaba profesionalidad. Salíamos del hotel a la misma hora y por una cuestión de eficiciencia decidimos usar un único taxi que nos llevara al centro de trabajo. A los pocos días empezamos a quedar para dar algún paseo vespertino, hablábamos poco del trabajo y empezamos a curiosear en nuestras respectivas vidas. Supe que le encantaba la música clásica, al nivel de una auténtica melómana, pasión que compartía con su pareja; yo me confesé un simple aficionado, que no lo era en realidad, pero sí insistí en dejarle claro que también dedicaba bastante tiempo a componer canciones, a tocar la guitarra y los teclados y que en ese aspecto encontraríamos espacios comunes. Mi primer arrebato fue regalarle una versión de El mar de C. Debussy, ella me puso en la pista y no estaba dispuesto a que su pareja me robara terreno en el que parecía su capricho del momento. Se quedó bastante sorprendida, iba con una dedicatoria en una delicada tarjeta en la que sin duda le quedó claro que estaba coqueteando y que aquello empezaba a ser algo más que una relación profesional.
     Se planteó no viajar aquel fin de semana. Vino a verla una amiga que no conocía la isla en la que nos encontrábamos. Esa amiga confidente que le servía de coartada, que le profesaba una admiración que parecía sospechosamente un acto de amor, pero eso nunca lo pude confirmar. Nos fuimos de excursión y asumí el compromiso de llevarlas en el paseo y mostrarles los lugares más emblemáticos del lugar. Empezaba a sentirme protagonista, me mostraba interesado con su compañera, hablamos de las oposiciones, de nuestro trabajo y sin demasiadas expectativas, de vuelta, quedamos en irnos a descansar un rato, para salir por la noche a dar una vuelta, otra vez juntos. Terminamos en un mejicano, no tolero bien el tequila, luego nos fuimos a bailar. 
     Cuando toqué la puerta de la habitación me quedé de piedra. Desde el primer momento, llamaba la atención una mancha que tenía en la mejilla, una especie de herpes recurrente que había intentado eliminar de mil maneras. Esa noche el maquillaje había hecho milagros, ya no había rastro de esa pequeña imperfección. Apareció con un vestido color perla, bastante ceñido, de escote cuadrado y manga larga, la falda a la altura justa y unos preciosos tacones a juego. A su amiga ni la vi.