Era la más pequeña de tres hermanos, la única chica. Tenía rasgos bastante masculinos, unas cejas muy características de la familia y un cuerpo recio y moreno. Casi no tuvo infancia; trabajó al pie de su madre, en el campo, en la casa, en lo que pudiera aportar algo a la economía familiar. En unas fiestas de verano conoció a Toño, jovencísima y, como los dos eran muy de las costumbres de su entorno, se casaron después de haberse encamado unas cuantas veces.
Querían hacerse una casa tradicional, compraron la finca y se pusieron a la labor. Aparte de atraerse, de ser jóvenes y de tener mucha ilusión, pocas cosas más les unían. Cuando hablaba de su marido decía que no era mala persona, pero que estaba rodeado de gente que no le hacía bien; trabajo duro y pocas exspectativas; meter los ahorros en la casa; adelantar la faena con los medios propios, reunirse con los amigotes para hacer una chuletada, echarse unos vasos de vino o ver algún partido de fútbol. Al menos eso es lo que se suponía que pasaba cuando se reunían en el pajero que más adelante sería la casa familiar.
Pronto apareció el niño, la maternidad estaba en los planes desde el principio y se asumió con naturalidad y alegría. Ella cuidaría del crío, su madre, sus tías. El padre estaría para presumir, para invitar a los amigos a celebrar el acontecimiento, además machito; para pensar en cómo iba a llevarlo a los partidos, cómo saldrían guapos los dos a pasear los domingos, cómo, cuando creciera, lo iniciaría en su vida sexual; lo apuntaría a lucha y se haría todo un hombre de pelo en pecho...como él.
A Toño no le duraban los trabajos. Tenía carácter, se encaraba con los jefes, no era regular ni cumplidor. No era raro encontrarlo en algún bar a media mañana. En su casa todo iba bien, se levantaba temprano y volvía después de soltar, o eso decía. Seguía siendo una persona dócil y amable con dos vasos de vino, seguía siendo el hombre apasionado que buscaba un hermanito para su primogénito. Pero no duró mucho. Con el pretexto de ir a casa de su familia se ausentaba muchos fines de semana. Lo veían deambulando con muchas copas encima y con algo más. Empezaron las discusiones y su mujer empezó también a perder interés. Pasaba de vez en cuando a ver a su hijo, pero la pérdida de confianza, la lejanía de su pareja, su falta de ilusiones auguraban una caída inevitable.
La mujer de Toño no salía mucho pero sentía una gran pasión por los caballos. En una pequeña empresa familiar, en la que se elaboraba tabaco artesanal, su jefe le sugirió que apadrinase a su pura sangre en las carreras locales. Fue en estos eventos en los que se cruzó con el policía. Antes de separarse definitivamente del padre de su hijo, ya mantenía una tórrida historia de amor paralela. Él estaba casado pero en trámites de divorcio; para ella lo tenía todo, era guapo, de un rubio casi británico, con ojos azules; adoraba los coches de marca, las motos de alta cilindrada y, con su uniforme y su pistola, imponía. Su marido nunca tendría ni la estabilidad ni el porte de su amante; era su puerta de salida a su vida de pueblo; su hijo crecía rápido al calor de sus abuelos; no descuidaba sus responsabilidades, pero necesitaba recuperar energías, vivir la pasión a la que hasta ahora había renunciado. Y cayó rendida, literalmente, a los pies de su calvario.
Sexo a escondidas. Escapadas furtivas. Desplantes, insultos, amenazas y muchas mentiras. Este hombre iba y venía. Pasaba algunos ratos con ella, no eran momentos dulces, eran momentos de tensión y enfrentamiento. Ella lo quería de verdad, a él le importaba muy poco. Era un egoísta y un psicópata. Solo pensaba en sí mismo, en comprarse un coche mejor, en tener una moto más grande, en exonerarse de la culpa de su fracaso matrimonial porque su ex, ¿su ex?, era un desastre. No había planes, no había sueños comunes. Siempre marcó la diferencia entre los dos, su estatus, su profesión frente a ella; presumía de rango, de galones, de ser admirado por sus compañeros, de ser un tipo importante...gracias a su pistola. El alcohol, el abuso de poder y la explotación sexual también estaban en su hoja de servicios. Pero la mujer de Toño se obsesionó hasta el aburrimiento, hasta soportar las vejaciones más obcenas, hasta poner en peligro su salud y su vida. Muchas veces había dicho basta, hasta aquí, pero una y otra vez volvían a empezar.
La llamaron a trabajar de subalterna en un centro educativo. Llevaba varios meses de abstinencia, lo estaba consiguiendo; el hecho de que el policía fue destinado bastante lejos vino a ser un aliado perfecto. Ahora se sentía mucho más segura, con un trabajo, con la posibilidad de no depender de nadie para luchar por el futuro de su hijo. Su cordialidad pronto se puso en valor y a todos les caía muy bien, era una regalo tener una conserje tan joven y dispuesta.
Un profesor del centro se acercó a hacer unas fotocopias. Conversaron de manera informal, bromearon y se hicieron algunas confidencias. Esta secuencia empezó a repetirse en tardes sucesivas, en los recreos o en alguna hora libre. Todo parecía normal; en los espacios que le quedaban ella siempre hacía alguna manualidad o preparaba material para su trabajo en la tabaquería. El profesor, después de haberle preguntado si le gustaba el chocolate, se presentó una tarde con una caja de bombones y los compartieron. En aquellas visitas cada vez se abordaban temas más íntimos; algunas veces entraba alguna llamada personal; ella respondía, pero, poco a poco, las fue dejando de lado. Antes de vacaciones de Navidad la invitó a cenar y ella aceptó.
Aquella historia pudo haber sido liberadora. Era algo totalmente distinto a lo que había imaginado. En apariencia esta nueva pareja parecía querer recomponerlo todo. Pronto se enteró de lo del policía que, a todos los efectos, había salido de la película pero se resistia a asumirlo. Fueron poniendo tachones a todas las cosas que hasta ahora no habían funcionado; la casa era ahora un proyecto común, su hijo también; él quería integrarla en su círuculo de amistades; solo eran amantes a escondidas en el centro de trabajo, por razones obvias, pero supieron sacarle partido a esta situación y disfrutaron de esa clandestinidad en positivo. Era lo mejor. Sin embargo, el policía la seguía celando, y no era cuestión de provocar una situación violenta o arriesgarse a que todo se descontrolara; el círculo debía permanecer bien acotado.
A pesar del tiempo que estuvieron juntos solo pudo convencerla de palabra de que esa relación jamás funcionaría. Se quedó en medio de los dos en su intimidad, como una barrera que les impedía crecer juntos. Decidieron ser cómplices y desde ese momento se acabó la magia. Él se sentía desesperado y aburrido; empezó a buscar nuevas historias y perder toda la energía que lo había mantenido junto a la mujer de Toño por años. La sorpresa vino cuando, finalmente, el policía se divorció. Reapareció en su casa, borracho y agresivo como siempre, como si no hubieran pasado los años, como si su ausencia estuviera completamente justificada y la enredó sin escapatoria, la envolvió en promesas e hicieron el amor con tanta tristeza y falta de ternura como siempre. Ella se lo contó al otro y el otro ya no aguantó más, se fue roto, no sabía cómo actuar... habían hecho tantos planes, habían construido tantos puentes, habían pensado tantas veces en una vida juntos.
Las cosas no fueron diferentes. El otro se alejó. El policía volvía a ganar. Ella había enviudado hacía algunos años. A Toño lo atropelló un coche; nunca se supo si por accidente o de forma intencionada. Se había rodeado de enemigos poderosos por temas de juego, deudas y drogas. Estando ella y el policía libres, ya nada les impedía estar juntos, airear de una vez su historia sin ningún tipo de temores. Pero no fue así. Los complejos y delirios del policía fueron a más. Ya ni siquiera la buscaba para intimar; la buscaba para humillarla, para decirle que cómo se le había pasado por la cabeza que algún día se casarían y serían una familia. Que ella no estaba a la altura, que para él solo era otra diversión y que con el tiempo había perdido los pocos encantos que tenía.
Después de otra de sus largas ausencias, vio en la prensa el anuncio del compromiso de un mando de la policía de la zona. Ya le habían llegado rumores cuando lo ascendieron. Incluso, hubo una despedida de soltero en la que algunas de las bromas resultaron un punto escandalosas. Pero no hizo caso, no podía ser verdad. La gente habla mucho. Algún tiempo después fue al aeropuerto a llevar a un familiar; allí estaba con su joven y reluciente nueva esposa. Había engordado bastante y para no variar bromeaba con sus compañeros de uniforme mientras se tomaba un café. Los vio subir por la escalera hacia las puertas de embarque. Su madre, que la acompañaba, le tiró de la mano y se la llevó en sentido contrario.
Pasarían varios años. Se dedicó al senderismo, a viajar con su hijo, a supervisar su formación. Se preparó y cursó magisterio hasta terminar el grado. Dejó la tabaquería y los caballos. Se centró en consolidar su plaza de conserje. Se volvió a enamorar, de otro profesor. Viven juntos, son felices. En una reunión con varios amigos y parejas, le entró una llamada. Hizo ademán de rechazarla, pero no conseguía silenciar el teléfono. Pidió disculpas y se levantó. No volvió hasta pasado un buen rato. Había llorado, su cara estaba enrojecida y desencajada. Su pareja le preguntó que había pasado: "problemas familiares", contestó.

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