sábado, 26 de noviembre de 2016

Las deudas del alma...nunca se acaban de pagar, ni a los cincuenta...

   En ocasiones anteriores abordé la problemática de los cincuenta, siempre desde la perspectiva de alguien que se reconoce con un apego intenso hacia la condición femenina . Creo que no las voy a publicar. Están faltas de inspiración, probablemente porque las he escrito forzado por la necesidad de seguir dando coherencia a mi relato. Hoy escribo porque estoy triste, un poco ansioso y porque creo que ese es el mejor estado para intentar centrifugar un poco el espíritu.

    Han pasado tres años desde que superé esa barrera psicológica de los cincuenta. De las muchas predicciones que leí o me hicieron sobre los cambios que iba a experimentar, todavía no puedo concretar ninguno. Casi todas apuntaban a la apocalipsis de mi energía emocional, poco menos tenía que prepararme para convertirme en una especie de castrati al que sólo debían preocuparle cosas mucho más trascendentes que el hecho de querer conquistar a una mujer y, a lo sumo, llevársela a la cama; esas cosas, después de los cincuenta, resultan patológicas.

    En lo que no he cambiado, a pesar de todo, es en que sigo siendo una especie de mentiroso compulsivo, cosa que no puedo evitar cuando escribo y espero que alguien me lea  Pero no lo percibo como un defecto, es una patología más de las muchas que vienen de serie en la condición humana. En nuestra cultura mentir se extirpa como una mala verruga...sin embargo, es persistente y siempre vuelve a salir. Con todo, ahora he encontrado un término que tiene un contenido despectivo considerablemente inferior: "episodios de fabulación"
 
    No termino de salir de mi última historia. Siento que todas las razones por las que me escapé de ella me siguen persiguiendo, y me debato entre aquello de que es mejor malo conocido a bueno por conocer, en especial, porque en este momento de mi vida lo bueno por conocer empieza a convertirse en quimera, en posibilidad de remoto cumplimiento. Vivo como si realmente siguiera comprometido, anclado a unas promesas y a unos límites que ya no están. Sigo sintiéndome obligado a estar a una hora en casa, a dormir en la misma cama, a rendir cuentas, a respetar aniversarios de los propios y de los ajenos, a ser guardián inflexible de mi salud y a pensar, quiera o no, en que no debo ser la cigarra del cuento, sino la hormiga que debe guardar para un futuro incierto, pero futuro. Al final, toda una actitud.

   Hace años, comunicarte con tus contactos suponía un acto de importante voluntad. Había que llegar a casa, buscar un momento, encender el ordenador, esperar que la conexión telefónica fuera bien y, entonces, se producía el milagro en la pantalla, salía la chica, normalmente arreglada para la ocasión y charlabas, horas a veces, como el preso ante su visita. Ahora, las benditas redes sociales no te dejan descansar sino cuando estás bajo la ducha, porque, incluso haciendo tus necesidades más íntimas, estás tentado a darle a los deditos para guasapear, facebuquear, tuitear etc. Hasta ahora, el ginéfilo mantenía sus adicciones en el plano de lo razonable, como cualquier adicto que está convencido de que tiene su enfermedad bajo control, porque la somete a una estricta rutina de lugares. momentos y frecuencias. Pero en estas circunstancias, con tantos flancos abiertos para que entren en tu intimidad y la compartas al mismo tiempo, resulta totalmente imposible: no hay forma de justificar la absoluta dependencia.

    Mi confidente en estas lides iba a ser el primer protagonista de mis cincuentonadas, pero me voy a  dar un gusto y  tendrá que esperar un poco. ¿Cómo te planteas una nueva relación si la última todavía te condiciona?. Además, partimos del hecho de que, a estas alturas, como decía también un recordado amigo mío, estamos un poco viejos "para enamorar". Creo que al saltar la barrera de los cincuenta me olvidé de desconectar alguna función, ya por obsoleta, que debe dirigir la imperativa necesidad de seguir buscando líos entre los brazos de las mujeres. Espero ser la excepción por el bien del sentido común.

    Fue un accidente, conocí a alguien durante un traslado provisional en mi trabajo. Fue receptiva, sólo eso. A pesar de que nunca nos volvimos a ver, nos intercambiamos whatsapp ,y, cuatro años después, seguimos en las mismas. De vez en cuando, nos prometemos un encuentro que nunca llega, y si llegara no sé muy bien qué pasaría, porque estamos tan acostumbrados a la mini dactilografía telefónica que supongo que estaríamos frente a frente y no sabríamos comunicarnos de otra manera. El que sea una mujer casada y viva a unos cientos de kilómetros de mí, ayuda bastante y aquí mi querido Platón adquiere un sentido pleno. Es verdad que tenemos muchas afinidades, que, a lo mejor, podríamos funcionar como pareja, que hasta podríamos enamorarnos...pero me da una pereza terrible. Juega con ventaja, es algo nuevo y eso tiene su encanto.

   Tonteando en Facebook se me ocurrió buscar a alguien que había significado mucho para mí cuando tenía veintitantos años. No se rían, a lo mejor la reconocen en alguno de mis relatos anteriores. Y empezamos a hablar. Como aquella historia no acabó bien...ella se fue con el que actualmente es su marido...durante un tiempo me dediqué a recordar todo lo hermoso que había sido nuestro romance, a intentar despertar en ella todas aquellas cosas que nos habían unido en una etapa de nuestra vida, realmente memorable y emocionalmente muy intensa. No dudo que en algún momento la haya hecho flaquear, especialmente porque retomamos una pasión dormida -congelada quizás- que estaba libre de todo el deterioro que da el uso. Pocas cosas ha reconocido sobre su matrimonio, pero una de ellas es que, después de un montón de años, es difícil mantener el tono de amor que ella y yo conocimos. Puede interpretarse como una pequeña victoria para mí, pero a través del tiempo he podido comprobar que sólo ha sido otro "episodio de fabulación". En cierto modo hay más cercanía que con mi compañera de trabajo, hablamos por teléfono de vez en cuando y, al menos yo, he superado mi inicial incomodidad. Casada y lejos. El teléfono, otra vez, el arma asesina. Su prudencia y mesura sólo puede obedecer a sus firmes convicciones matrimoniales, no habla de ellas, no tiene que repetirme cada día que quiera a su marido, que quiere a su familia y a su vida ni que yo me he convertido en una mosca cojonera empeñada en remover su pasado, sin otra intención clara que la de complicarle la vida con alguno de mis arrebatos irresponsables; es demasiado educada y formal. En mi fabulación la sigo viendo como hace veinticinco años, la deseo, incluso; reconozco que no me importaría recuperar alguno de aquellos momentos vividos...pero, ¿a qué precio? Le he dicho muchas veces que la quiero, ella siempre responde que lo sabe. Quizás siga enamorada del recuerdo, pero, a día de hoy, su único amor, es su marido, me duela donde me duela.
    
  Y ya, mi pequeña joya. Otra obsesión de juventud. Otro reencuentro casual. También me dejó; el que es el padre de su hijo, se la llevó al altar; hoy están divorciados, pero como si no lo estuvieran. A mí se me antoja que en este momento de su vida podría ver las cosas que no vio hace veinte años. Y el debate es complicado. Supongo que como no me gusto, a lo mejor descubro a los ojos de una mujer con la que tuve una aventura hace un montón de tiempo, que puedo descubrir virtudes  que restablezcan mi autoestima. Y me lanzo al ataque. Hay un asunto profesional que nos obliga, en cierto modo, a estar cerca; sólo un asunto profesional, lo único. He  tenido que hacer un esfuerzo considerable para recordar todas las cosas que nos separaron en su momento. No tenemos nada en común, nada; es más, casi todas las cosas que nos gustan nos separan. Odio el fútbol y los coches, a ella le encantan; tiene un montón de mascotas, no las soporto; adora el baile, yo el peor de los patosos; lee lo justo, ¿qué haría yo sin un libro? Odia el alcohol, a mí me complementa. Desde el principio, los dos queríamos tener una bonita casa con jardín...y lo conseguimos, pero cada uno la suya; ni siquiera nos necesitamos. Todavía no sé qué pudo ver en mí en aquel momento...ella dice que es que era demasiado inocente...supongo que me quiere decir que no tenía ni idea de lo que quería; en efecto, su ex-marido y yo somos como un huevo y una castaña. Sin embargo, creo que estoy enamorado. Esto sí que es una crisis. Ando como un zombie esperando que me coja el teléfono, que responda a mis mensajes, he perdido hasta el apetito...pero estoy viejo para enamorar, y
este catarro lo tendré que pasar solito, cincuentón, aburrido y lleno de miedos. ¿Cómo será relacionarme con alguien mucho más joven que yo? ¿Seré capaz de seducirla?, ¿Responderé en la cama?, ¿De qué hablaremos en nuestro tiempo libre?, ¿Seremos capaces de crear sueños juntos?...Sueños, ¿qué sueños?
   En los cincuenta sí he encontrado algo. Un cajón lleno de futuros que ya se han cumplido, de historias con un final escrito y leído. No queremos recorrer caminos ya andados...aunque la tentación de reencontarte con algún paraíso-infierno perdido sigue siendo demasiado fuerte...a pesar de los cincuenta y tantos.                            
             

martes, 10 de mayo de 2016

Tengo cincuenta y tantos y...¿ahora? (I)

   No hace mucho vi una película en la que una pareja se planteaba nuevos retos para su recién inaugurada década: entraban en los cuarenta. Aparte de estudios médicos sobre los cambios hormonales y sicológico-conductuales, supongo que la aportación subjetiva a los distintos períodos de la vida queda en el saco de lo más íntimo y personal. También, en la cafetería de mi centro de trabajo, hablamos un día sobre la relatividad de las décadas, sobre aquello de que los cuarenta de hoy pueden ser los treinta de hace veinte años y que hay hombres y mujeres que pasan de los cincuenta que son perfectamente asimilables a los cuarentones de otra época. Este comodín nos viene como anillo al dedo, si no fuera porque no podemos olvidar que el paso del tiempo es un juez implacable que establece los límites entre lo que queremos hacer y lo que podemos hacer.

   La fiesta de cumpleaños superó, en lo formal, muchas de mis expectativas, si es que en algún momento tuve expectativas con relación a este tipo de eventos. Las personas que más te quieren lo preparan todo para darte la sorpresa de tu vida, hay que celebrar el medio siglo, no tanto porque sea un reto demasiado complicado de lograr, como por el hecho de que es una fecha redonda de incuestionable naturaleza como para que pase desapercibida. 
   
   Y llegó el gran día. Para alguien que sólo es capaz de superar el terror escénico a base de sumial o de altas dosis de alcohol, aquella iba a ser una prueba difícil. A diferencia de otros cumpleaños, en éste habían concurrido ciertos aspectos importados de culturas extrañas de la mano de sus organizadores. Había sofisticados chupitos de gelatina de colores, lazos en las sillas, arreglos florares y exquisitos detalles de decoración floral; el entorno era encantador. Los invitados fueron llegando con el rigor protocolario de una boda a la americana, se les había advertido de la necesidad de cierta etiqueta y del estricto seguimiento de la programación. Ya, desde ese momento, empecé a sentirme como el no protagonista, no tenía que hacer nada, ni siquiera disfrutar. Me acuerdo que en los primeros momentos, a la espera de acontecimientos y por no fastidiar la sorpresa me fui al garaje de la casa para tomar algo de vino y hablar con los invitados más madrugadores; allí esperé, entre bambalinas, a que me dieran la alternativa en la que se supone que era mi gran fiesta.
   
   Fue un asalto prolongado, con baile, canciones, discurso, comida, bebida, regalos y vídeos emotivos, recapituladores de las experiencias más significativas que mi prójimo tuvo a bien juzgar como tales e incluir en un cuidado montaje. Hablé, en mi alegato de agradecimiento, como sólo se le permite a alguien que cumple cincuenta años, entre el sopor y la penumbra de una tarde que empezaba a ser demasiado larga. Supongo que, a partir de ahí, ya empezaron a marcharse algunos invitados; a pesar de todo, seguimos bebiendo, riéndonos, hasta que fue de noche, se sirvió otra vez comida y aquello parecía interminable. No sé si es lógico o no, pero se me han borrado otro tipo de detalles relativos al fin de fiesta. Con insistente curiosidad he intentado recuperar el vídeo del evento, pero no he tenido éxito; quizás sea lo mejor, hay cosas que no deben volverse a evocar nunca.
 
  Sería una falta de agradecimiento no reconocer el mérito de todas aquellas personas que se implicaron en montar un fiesta para mí, ya era hora, ¡siempre las había montado para otros! Consiguieron que me sintiera especial, distinto, escuchado; pero no consiguieron que no me sintiera extraño, raro, como un actor de mi propia vida.

  Si tienes pareja y le importas, cumplir cincuenta años se convierte en un reto en el que cualquier sorpresa será poca. Unos meses antes empiezas a observar comportamientos extraños. Te pregunta por cosas que antes nunca te había preguntado, averigua el paradero de viejas fotografías, organiza raras reuniones con parientes cercanos, solicita recursos y medios que nunca antes había usado. A quien le gusta controlarlo todo, no le gustan las sorpresas. Lo más desconcertante es ese afán porque todo vaya bien; de pronto, cosas que habitualmente son motivo de discusión, milagrosamente dejan de serlo, a los despistes habituales, se responde con  sonrisas en lugar de con reproches...Creo que una vaca de esas japonesas, súper mimadas, recibe menos atenciones; visto así, es como si te cebaran para el matadero, es como si todo el mundo conspirara para que la pieza llegara en el mejor estado  al gran sacrificio.

   Me planteé, luego, cómo hubiese sorteado obstáculos importantes si yo hubiese tenido que organizarlo todo. No podría olvidar mi condición filogénica y las dificultades añadidas para seleccionar, por ejemplo, a los invitados. Pasando por este tamiz a la gente que iba a venir al evento habría tenido que hacer unas cuantas comprobaciones porque, una cosa es haber gestionado situaciones totalmente incompatibles en tiempos y espacios no coincidentes, y, otra bien distinta, traer a esos actores a un mismo momento y a un mismo lugar.

   Muchas veces hablé con alguna pareja de "envejecer juntos"; ahora era el momento para evaluar esta idea. No pude evitar pensar que esas personas que formaron parte en algún momento de mi vida, el día de mi cumpleaños me harían rendir cuentas de las promesas no cumplidas. Por más vueltas que le di, no encontré argumentos para excluir a nadie y que pasara lo que tuviera que pasar. A todos nos encanta reservar la información, guardar nuestros secretos; imaginar a tu ex tomando unas copas con otra ex que, a su vez, es la amiga de la mujer de tu mejor amigo a la cual, pretendes en secreto, resulta demasiado pretencioso y novelesco. Sin embargo, en un cincuenta cumpleaños tienes todos los ingredientes para que esto se dé y tú lo tengas que sufrir. 

   Sigo sin recordar muy bien cómo acabó todo. No recuerdo broncas, malas caras, disidencias, excesos alcohólicos; pero tampoco me acuerdo de que el silencio se fuera haciendo poco a poco hasta que el salón quedara vacío, con las copas y los vasos dispersos, los platos en el fregadero y los regalos sobre la mesa del salón. Esa sensación de volver a la cordura, de ir a una cama, después de una relajante ducha y emprender el primer día del cincuenta y un cumpleaños, no lo recuerdo.                

martes, 21 de octubre de 2014

Treinta y uno de Julio

 


  Nunca pensé que una fecha se convirtiera en el martillazo recurrente de tu vida. Ya da igual de qué año. Sé que hasta el último día cada treinta y uno de julio será el punto donde todo acaba o donde todo empieza. Reclamamos nuestra independencia, nuestra individualidad; reclamamos el ser originales y distintos, pero, poco a poco, con cierto grado de decepción, vamos aceptando nuestra inevitable semejanza, si no, nuestra igualdad absoluta.

    Hasta el treinta y uno de Julio tenía una vida, pensé que construida por mí, para mí. Me sentía orgulloso, no de ella, pero sí de haber sabido escabullirme y salir airoso de las zancadillas que me iba poniendo. Y sí, algún rasguño queda, algún moratón, alguna pequeña cicatriz. Caminaba risueño, con el convencimiento ingenuo de haber burlado el destino, de haberme quedado fuera del coche poco antes de que se estrellara. Y así habría podido seguir viviendo mucho tiempo, agazapado y prevenido, lleno de miedo, porque el paso del tiempo te va haciendo despistado y olvidadizo y porque las estrategias que sirvieron una vez, puede que ya no vuelvan a servir. Y aquel día murió mi padre. No iba a dejar de ser quien era, nunca me había construido una coraza para defenderme de una pérdida importante. Es más, jamás concebí que eso pudiera suceder. Los seres queridos y necesitados terminamos por concebirlos como eternos. Sin embargo, estaba con el trasero al aire y me estoy empezando a enterar bastante tiempo después.

   Supongo que por ese afán de ser diferente, aquel día reprimí el llanto; sólo una arcada momentánea de lágrimas ante su cuerpo inerte. Me aparté de la gente, empecé a racionalizar la situación. Cuando estuve otra vez de pie, creí haber encontrado todas las respuestas, haber puesto en orden lo que aquel ventarrón había tirado por tierra. Y allí estaba. Haciendo llamadas a la tranquilidad, dispensando ansiolíticos, pautando el protocolo a seguir. No recuerdo si me dolía la barriga. Sí una curiosa sensación de paz mientras, recostado junto a mis hermanos, me resistía a soltar la mano aún caliente de quien me había sostenido en la vida.

   Lo anecdótico no lo fue tanto. Mi padre había invertido en un ascensor porque sus rodillas estaban gastadas de tanto trabajar, sin embargo, tuvimos que bajar su cuerpo por la escalera. Aborrecía el calor, le descomponían los temporales del sur; aquel día pasaba de cuarenta grados, el viento soplaba sin tregua y, para colmo, el fuego contra el que tantas veces luchó, se cebaba en el reseco monte. Si creyera en el infierno, supongo que su antesala se abrió aquel día para todos. Afortunadamente, sucedió entre semana, (morirse un fin de semana, lo complica todo, le quita categoría; no sabes si los que te acompañan están pendientes del fútbol, de la suegra o de lo que realmente les ha llevado allí), nunca le gustaron las multitudes, la gente estaba de vacaciones y sólo vinieron los justos, los imprescindibles. Como siempre admiré su grandeza, pensé que su entierro sería multitudinario. Supongo que nunca es suficiente la gente que viene a despedir a un ser querido. Ante su tumba un improvisado discurso y poco más. Nos educaron para no desencadenar emociones; mis hermanos y yo, nos sentimos liberados cuando todo el mundo empezó a despedirse, inmutables o indiferentes. Sentía unas ganas terribles de salir corriendo, de escapar. Pensé que era el final...sólo era el principio.      

El mejor padre del mundo...


 
    La muerte de Robin Williams ha hecho que inevitablemente su obra cobre actualidad, aunque pienso que en ningún momento la ha perdido. No podíamos sustraernos a este fenómeno, en particular porque algunos de sus trabajos han marcado  momentos de mi vida. "El club de los poetas muertos" no nos dejó indiferentes. Aunque me da la impresión de que se vendió, aquel argumento, como una transgresión demasiado atrevida de los modelos tradicionales de educación; la actitud del personaje me resultó una ilustración bastante fiel de algo que sucede con mucha más frecuencia de la que imaginan los no educadores. Pero el actor marca estilo; los responsables del casting acertaron de pleno; resulta difícil separar al personaje de la persona y no creo que sea un tópico. Creo que si no le hubieran puesto el traje de época y la ambientación, habríamos tenido la misma impresión: es una relación atemporal, un modo de ejercer nuestra influencia en los adolescentes, una necesidad de romper moldes que contamina la labor docente (esto último no es mío). La sonrisa triste y condescendiente, absolutamente sincera, la resignación no airada frente al sistema, descubren una personalidad inequívoca que solo los que pudieron conocer a la persona podrían confirmar. Nosotros, simplemente, vamos a hacer una concesión a la imaginación, y deducir de las informaciones presentadas en la prensa, a raíz de su "trágica muerte", que este hombre, además de un buenazo, estaba realmente fastidiado.

   No es mi intención meterme a crítico cinematográfico, pero me parecía necesario contextualizar un poco la impresión que me dejó ver la película "El mejor padre del mundo", protagonizada por el mencionado actor. Vuelve a hacer el papel de profesor pero, ahora, además, es padre soltero. Su hijo adolescente, obsesionado por el sexo -qué raro en un adolescente-, se dedica a prácticas masturbatorias de riesgo; por accidente se estrangula y su padre simula un suicidio para preservar su reputación. Todo lo demás es imprevisible, incongruente o, simplemente, absurdo. La muerte del niño dispara su popularidad, le dan el nombre de la biblioteca del instituto, afloran los más oscuros secretos de sus enemigos, se editan sus memorias; su padre, frustrado por no haber logrado publicar ni una sola línea del resultado de su gran pasión literaria, aprovecha la coyuntura, gana dinero e, incluso, se pone en valor ante su pretendida novia. Con un ritmo tortuoso y parapléjico, empapado de canciones clamando libertad, amor por amor, devaluando la vida y el compromiso, se llega a la confesión final en la que se desmonta todo y, literalmente, el protagonista corre liberado para tirarse desnudo, pero con calcetines, a la piscina...

   Como padre, me reconozco un padre algo bonachón y consentidor; mi hijo me manda a la porra con frecuencia y miro para el otro lado; no discuto con él por escuchar determinada música -para el tiempo que estamos juntos, que escuche lo que quiera y, así me actualizo-; esa constante necesidad de llamar la atención es un simple accidente, es una etapa de la vida en la que deberá forjar su personalidad. Hay evidentemente riesgos mayores para los que hay que estar prevenidos, pero esos el sentido común, cuando existe, ya se encarga de subrayarlos. No creo que ningún padre llegue a la conclusión de que su hijo sea un imbécil y una mala persona, por el simple hecho de ser lo que le corresponde. En este punto al guionista se le fue un poco la mano.

   Como profesor, nihil obstat...o sí. No conozco los interiores del sistema americano de educación, pero está claro que si las cosas son como las cuentan las películas, les va bastante mal. En nuestro trabajo a todos nos fastidia que nos llamen la atención, que otros tomen decisiones injustas, que nos presionen sobre asuntos en los que nos creemos competentes y que, siempre, tengamos la sensación de que todo se hace más por intereses que por razones coherentes. A pesar de todo, no dejamos en casa la camisa de padres para ponernos la de maestro cuando entramos en el aula. Seguimos siendo los mismos, bastante intoxicados por ese contacto diario con adolescentes, con perspectivas difusas por la necesidad permanente de adaptarnos a cada nueva situación (hace tiempo que dejamos de usar los catecismos) y es, en este punto, donde nos son achacables todo tipo de errores, pero también  muchos aciertos, casi siempre casuales pero muy efectivos en el tiempo.

  Quiero ponerme en la piel del "malogrado" actor o de sus guionistas y colaboradores. Realmente me daría igual si no hubiesen tocado los dos palos que más me definen. Tener a sus espaldas una reputación cinematográfica, unos medios técnicos y el potencial que da el cine para difundir ideas es terriblemente peligroso cuando en el declive personal justificamos cualquier chapuza. Esta película es un insulto a su título. No se puede -no resulta gracioso- montar una historia sumando las frustraciones creativas, los traumas adolescentes sobre la sexualidad, las vergüenzas como padre convencido de su incapacidad, la arrogancia de la disculpa pública, cuando nada se tiene que perder en un afán de liberación personal cuando ya no te queda nada por hacer en la vida, al menos así se cree...y, además, pretender que esto sea digerible con cierta linealidad y que, encima, se empaquete  en un mensaje de lo más irritante que implica a padres y a profesores, irritante e irreal y te vendible gracias a su sensacionalismo.

   Como hombre, como ginéfilo, no puedo dejar de comentar qué pasó con la chica. Si ya el papel principal derramaba su patetismo por los poros, el marco de la relación sentimental lo terminó de saturar. Este madurito profesor coquetea con tonta guapa del colegio. La cursilada de llamarse por nombres de fruta el uno al otro suponemos que se escogió a propósito. Entre las opciones posibles, quizás ésta era la menos mala. Una aventura insustancial, basada en el aquí y ahora, sin futuro en la que él es el corderito dócil que se pliega a las memas demandas de la imbécil frívola. ¿Qué podría esperar un fracasado?: nada mejor. Parece que los gritos feministas o sexistas empiezan a apagar sus ecos. Sigue siendo un problema pero, quizás, cada vez menos de moda. Si hace un par de décadas en una película americana sacan un perfil como el de la chica que aquí nos ocupa habría ardido Roma. Ésta, además de encefalograma plano presume de su condición de putón interesado. Juega con el personaje, lo manipula, lo deja por otro más guapo pero vuelve con él cuando se supone que tiene más fama y dinero. Todo un primor, hasta su hijo llega a sentirse interesado por ella. ¿Esto qué es, una comedia o una burla? En las pocas ocasiones que rematan este papel, lo justifican, lo realimentan sin la más mínima vergüenza.

 Alguna vez leí que la razón por la que alguien nos cae mal es por nuestra natural inclinación a rechazar al semejante. Cuando se han superado unas cuantas curvas de la vida, cuando uno empieza a tomar conciencia de que los tramos que quedan pueden ser los últimos, siente la tentación de dibujar un perfil simple, ideal, casi cubista. Lo más importante que se ha hecho hasta entonces es tener un hijo, los escarceos en el entorno femenino se reducen al puro utilitarismo sexual que convierten al individuo en un borrego cada vez menos apetecible y con menos probabilidades de éxito; por aquello de que nunca es tarde, se lanza a la pirueta final en la que pretende resolver todos los errores del pasado, sus errores del pasado...como si fuera tan fácil: hoy dejo de ser quien soy, el que he construido durante toda una vida, para ser el que he querido ser o el que los otros han querido que sea y, ahí nos vemos, con esa sonrisa bobalicona inequívoca, tan personal de Robin Williams que nos redime al tirarnos a la piscina para lavarnos de forma integral y pecar limpitos.

   ¡Vean la película, no tiene desperdicio! 

martes, 27 de mayo de 2014

Un buen susto, el ángel de la muerte

   Después de años leyendo libros de autoayuda, buscando la clave de la verdadera felicidad, terminas perdiendo el foco. Hablamos y hablamos, escribimos, sentamos cátedra sobre aquellos problemas para los que estamos convencidos de haber encontrado la solución definitiva, y dejamos satisfecho nuestro ego con la convicción de que pensamos y somos conscientes de que existimos, frugal alimento, pero efectivo.

   Un buen día te empiezan a pitar lo oídos, te mareas y te caes. Vas al médico y te manda a hacer una resonancia magnética y, por primera vez, en tu editor de vídeo, aparece la imagen de todos tus dolores de cabeza, la de verdad,  esa cosa con forma de nuez, responsable última de toda tu actividad intelectual. La miras y remiras. Te recuerda los modelos anatómicos que manejabas de pequeño e intentas, en un esfuerzo ingenuo, identificar partes, secciones, ventrículos, cócleas y demás. Es un acto de absoluta enajenación, no logras verte en esas imágenes, a pesar de que ese eres , te guste o no, tu esencia, tu realidad física y no especulativa. ¡Nunca imaginé que pudiera ser una cosa tan fea!. Estoy pensando seriamente ofrecer esta fotografía en mi próxima cita. Si se enamoran de mí, no habrá trampa ni cartón.

   Y esas imágenes, si no son como deberían, tienen la respuesta. Te dicen el punto en que todo puede acabar. Una sombra, un haz poco definido, una deformación aparente. Si todo es así de simple, ¿por qué no lo dijeron antes? Ahí están todas las respuestas, nos habríamos ahorrado todos estas elucubraciones y nuestro esfuerzo por poner en orden las cosas. Pero caes en la trampa y esa imagen realimenta la actividad de esa masa amorfa y fofa y te devuelve a otro montón de preguntas, te devuelve a tu inquietud, a tu miedo, a tus inconsecuencias, a tus absurdos. Debería no haberle dado de comer y que se parara de una vez: "Escucha, en álgún punto de lo que ves está la respuesta, te vas a morir, búscalo aquí, el cuándo, el cómo, el dónde". Empiezas a sudar en frío, los oídos te pitan aún más. Ahora sí, qué va a pasar con todos los proyectos, ¿hay proyectos, no habías hecho todo lo que querías hacer?. ¡Menudo paquete les va a quedar a los de aquí!. No he pagado mis deudas, he eliminado los seguros, hay goteras en la casa que arreglar, no he cambiado la pila del teclado, la puerta está por barnizar, la revisión del coche...Estuve a punto de llorar, tomé consciencia de que mi hijo me echaría de menos, de que no he tenido ningún logro importante para dejarle como recuerdo. Si a alguna mujer le prometí algo, no estoy en condiciones de cumplir, ¡Qué mal!, no dejo nada digno de ser recordado. Pero,  ¿mientras?. La agonía, el dolor físico, ¿estoy preparado?. Mi teoría sobre la vida y la muerte, sólo contemplaba la primera. La muerte era el final y punto. Hay, sin embargo, una resistencia natural, supongo, a aceptar que ya ha llegado el momento de irte. De pronto, todos los pensamientos liberadores del peso de la vida, dejan de tener sentido. Ahora, hasta para morirte, te preocupa quedar bien. Los que están aquí deben pensar que dejaste la tarea hecha, y bien hecha. No quieres que te juzguen o critiquen y eso, en este extremo es perturbador. ¿Dónde quedó aquello de que cuando te mueras ya todo dará igual?: fin de la consciencia, del yo, de la memoria, fin, fin, fin. Se supone que deberías sentir la gozosa sensación de liberarte y aceptar que ya llegó lo que tanto esperabas. Pero no, te pones ansioso porque todavía tienes que resolver un montón de cosas. En tu desesperación, ensayas a crear nuevas realidades posibles, a pesar de tu firme convencimiento de que no hay nada; te ves, incluso, sentado con tus parientes fallecidos, en una ventana alta, viendo en panorámica como se las arreglan los que se han quedado aquí y, claro, te duele que te estén juzgando. De ahí, la necesidad de valorar lo que has hecho bien, lo que no, lo que quedó por hacer; el enfado que te produce la empatía con los demás, el enfado que te produce el haber hecho daño con tu partida, a los que se quedan, el llanto de tu hijo, los despropósitos de los herederos, el colapso...  Sí, te persiguen en el más allá; los fantasmas de aquí te van a ir a buscar al otro lado...pero, ¿no era al revés?. ¡Qué lío! Ahora los dos lados son iguales!. Mejor me tomo un tranquilizante y...¿si empeoro, si por los efectos secundarios me pita más el oído?. No, mejor no tomo nada, pero...si no lo tomo, no duermo, si no duermo, voy a estar de un humor insoportable y no está bien morirse de mal humor, ¿con qué imagen se van a quedar los demás?...

 NOTA  Cuando fui a recoger el resultado de mi resonancia magnética, a la técnico radiólogo se le ocurrió hacer un comentario sobre la existencia de una acumulación de líquido en mi hemisferio izquierdo. Supongo que no fue malintencionado, pero sí, desafortunado. Un hombre imprudente habría hecho esto con cierta dosis de alarmismo y de complicidad confidencial; una mujer, simplemente, te lo suelta con la templanza implacable de quien posee la verdad y punto. Afortunadamente, fue una verdad, sí, pero a medias. ¡Te me caíste, guapa!  Pero me queda claro, las malas intenciones, la poca fortuna, la imprudencia, el alarmismo o la implacable templanza, no son una simple cuestión de género. Cómo nos tomamos las cosas, tampoco...si cargamos con el mal rato es por propio gusto.       

miércoles, 22 de enero de 2014

En el día de hoy...todo vuelve a empezar, el amor verdadero

   Hace varias semanas que mi sonada nueva relación parece que se desmorona por momentos. Es posible que pensara que esta vez no iba a suceder, pero creo que todavía es pronto para tomar decisiones. ¿Cómo puede surgir tan repentinamente el desamor?...claro, si es que algún día hubo amor. He releído algunas páginas sobre las reflexiones de estos últimos años. A pesar de mis esfuerzos por clarificar racionalmente los pros y los contras de estar con alguien, no hay conclusiones claras, conclusiones que en este momento me darían respuestas y opciones para seguir adelante o parar una vez más.

   Ahora no es la "infidelidad" la que deteriora la pareja. Hay un buen nivel de afectividad, pero sólo se deja ver por momentos, como chispazos eléctricos en cables mal empalmados. El peso de nuestras vidas precedentes es llevadero, pero por una parte y por la otra sigue generando malestar. Hace un rato pasé por una oficina de la Policía, había unos carteles que hacían alusión al problema de las parejas y al maltrato masculino; en una decía, "dejé que él lo controlara todo...", en otro "me amenazaba constantemente a mí y a mi hija"; del tercero no me acuerdo bien, pero la fotografía era la de una mujer de mediana edad, con cara triste, la más triste de las tres, la menos bonita...esa sí se había decidido a denunciar. Es algo sobre lo que me gustaría pensar.

   Aunque lo que cuento en el párrafo anterior lo escribí hace meses, hoy no añadiría nada. Sí es verdad que de la desesperación vas pasando a un observación tranquila del fluir del tiempo y de los acontecimientos. Hace unos días vi una de esas películas de tarde de domingo. No te hacen pensar pero te entretienen. Una bonita historia de amor; tres generaciones implicadas, problemas de creencias para llegar a la unión final, familias enfrentadas, intereses económicos, y en particular, una reflexión sobre el verdadero amor, ¿verdadero amor?. Se conocieron muy jóvenes, pero la fatalidad impidió que se cumplieran sus planes. Nació una hija que un día conoció al hijastro y todo volvió a empezar. Después de mucho tiempo, cada uno rehízo sus vidas por separado; no hubo mentiras, no hubo engaños. El aceptar su nueva situación se convirtió en estabilidad. Sin embargo, algo no iba bien. Él nunca la olvidó. Ella nunca lo olvidó. Él nunca quiso a su mujer, aunque su relación era cómoda; incluso adoptaron un hijo; ella tampoco lo quería, pero se convirtió en su razón de vivir. Ella, se había quedado embarazada, pero nunca lo quiso comprometer; pidió a un amigo que se casara con ella, que le cubriera las espaldas; él sí estaba enamorado de ella, fue un marido ejemplar, un padre ejemplar, pero sólo recibía cariño y respeto. Había que buscar un final. Los dos matrimonios se rompen, uno de forma más truculenta que el otro, pero con serena aceptación. Los que siempre se quisieron y de verdad encontraron juntos la felicidad. 

   ¿Por qué después de mucho tiempo las cosas no nos van bien?, ¿Existe realmente ese primer amor verdadero?, ¿Es posible que después de muchos años esa semilla latente cuestione tu bienestar?, y, si es así, ¿Dónde está, es legítimo ir a buscarlo, debemos cerrar el capítulo?. Tendré que hacer memoria. Quizás esta sea la pieza que falta.  

martes, 22 de octubre de 2013

En espiral

   Hoy es uno de esos días inusualmente calurosos. El calor me molesta y mucho, el sol me irrita. De pequeño apenas sudaba, ahora parezco un grifo abierto. Aquella película, Vértigo, me  acaba de sugerir una entrada; en ella todo parecía estar a punto de caer al vacío, la inseguridad, el miedo, no encontrar tierra firme bajo tus pies. ¿Alguien te puede empujar al vacío o vas caminando tú solo?. La segunda opción, quizás la más real, sin duda, no la admitimos; buscamos siempre a un causante de nuestros males. Los que hemos luchado por tener una posición, por cumplir sueños, por construirnos un porvenir tranquilo, observamos con demasiada frecuencia a otras caer desde torres altas, desde cumbres nevadas. Intentamos ponernos en su piel y nos preguntamos en qué momento esos castillos empiezan a desmoronarse. ¿Será ese nuestro momento?, ¿Qué pasará después?, ¿Seguiremos luchando o tiraremos la toalla?, ¿Es así como la vida nos avisa de que puede terminarse en cualquier momento?. Un día tuvimos un trabajo estable, una plaza fija; construimos una casa, con la intención de que quizás llegara a ser  un hogar; tuvimos un hijo y apostamos una y otra vez por meter en nuestra vida a una compañera. Aún así, no llega la felicidad...o no recuerdo que haya  llegado; ¿momentos felices?, por supuesto. ¿Y ahora?. Ya se ha superado el ecuador de la vida, con cálculos bastante optimistas. Los recursos están mermados, las responsabilidades son grandes, cada día aparecen nuevos obstáculos y, lo peor, ya no quedan sueños. 

  El otro día, viendo una de esas malas películas alemanas de relleno televisivo, me quedé con una frase: "La felicidad es un oasis al que nunca llega la caravana de la razón", puede ser. Me acabo de enterar que soy una persona fría y calculadora, despegada, nada afectiva, que no quiero sentirme bien. Acabo de enterarme que debo reaprender a vivir, hacerme cariñoso y fuertemente emocional. ¿Es tan importante?. ¿Y si también me equivoco? Más vale malo conocido. A lo mejor ya es tarde para aprender a vivir de otra manera. Eso deben saberlo todas las personas que se acerquen a mí. Están en su derecho de no quererme nada.