No sé muy bien cómo comenzó mi relación con Nieves. Pero dio de sí. Los veranos de mi pueblo son, a veces, bastante calurosos, pero al atardecer suele correr una agradable brisa que invita al paseo. Nieves pertenecía a las hermanas Monterrey, una familia muy bien situada en el Valle. Empezamos a vernos una tarde tras otra, sin quedar previamente. Un día le dije -"qué curioso, nos encontramos todos los días y nunca quedamos, esto debe significar algo..." Así entré en su vida con todos los honores. Pronto fui de la familia; su hermana mayor nos llevaba de paseo en su coche, -pues era la única que conducía- y ,muchas veces, lo arreglaba para que nos quedáramos solos. Pronto llegó el que sería mi primer beso de amor. Fue en la playa, en una de aquellas cálidas tardes de verano. Cuando nos despedimos, ya pensaba en volvernos a encontrar al día siguiente, porque ahora, -estaba seguro- iban a empezar a suceder cosas más interesantes. Y así fue; buscábamos lugares oscuros y apartados para entregarnos en apasionados abrazos con la torpeza de nuestra inexperiencia. Los tequieros fluían de forma natural en la medida que mis manos intentaban explorar un poco más cada vez. Entendí entonces, por primera vez, que el sexo no era solo cosa de hombres, que a una mujer también podría gustarle, que tal vez lo pasaban bien, que no hacía falta demasiada retórica para escaparnos a retozar un rato. Estábamos enamorados, así lo sentía, soñaba con el día de nuestra boda, imaginaba, incluso, cómo iba a ser nuestro lecho nupcial.
Nieves estudiaba en el Instituto. Carmen Rosa seguía en el Colegio de Monjas. Cuando mi relación con Nieves fue evidente, no rompimos, porque, simplemente, no habíamos empezado. Seguíamos formando parte de un grupo de chicos y chicas que hacíamos algunas actividades de tipo religioso, nos disfrazábamos en carnaval o nos reuníamos para celebrar la Noche Vieja. Nieves no estaba en ese grupo.
El tercer curso de Bachillerato me llenó de energía. Me sentía feliz, iba bien en los estudios y veía a Nieves en los recreos para besuquearnos en algún rincón discreto. Los fines de semana, sus hermanas los organizaban con meriendas, paseos o incursiones en discotecas de mayores. El verano de ese año fue para Nieves de recuperación porque le costaba un poco estudiar; yo la ayudaba con gusto y aprovechábamos para estar juntos mucho más tiempo. Nunca se me pasó por la cabeza acostarme con ella. Nuestros juegos sexuales no pasaban de un límite...soñaba con nuestra noche de bodas, no podría ser de otra manera. Carmen Rosa quedó en segundo plano, dábamos por supuesto que aquella historia había terminado. Pero ella nunca salió de mi vida, aunque yo entonces no lo sabía.
Me fui a hacer el curso de ingreso a Granada. Me seguía tirando mucho mi interés por una buena formación. Esta separación en el espacio la asumí con toda la madurez que supe y pude. Hablaba con Nieves cada Viernes, desde el teléfono del colegio. Llegué a comprender que parte de la tristeza que me embargaba en aquel lugar, y que estuvo a punto de costarme el abandono, se debía a nuestra separación. Octavio, mi compañero de habitación, no se avergonzaba de haber dejado a su novia, ni de sentirse mal por no poder estar con ella. Yo lo criticaba, le decía que no podía entender cómo para él era tan importante, más, incluso, que sus estudios. Él se marchó en Navidades, retomó su relación y esa chica luego fue su mujer. Yo me quedé. Estaban pasando demasiadas cosas en mi recién estrenada "pre-adultez", muchos cambios, pero me sentía bastante normal al poder estar saliendo con alguien, con alguna chica.
Al llegar a Granada conocí a Encarna; los chicos de mi edad eran más sociables; vivían en contacto con la población universitaria más que con la del colegio; la diversión y la alegría, los sueños y la paulatina recuperación de la libertad perdida durante la dictadura destacaban en ese entorno. En una fiesta de principio de curso, a la que me invitó, tuvimos muestro primer encuentro extraescolar. Estuvimos sentados y nos tomamos de la mano. Hubo algún tipo de atracción, pero no pasó de ahí. A los pocos días me escribió una carta y me la dio en clase. Se disculpaba por no poder continuar la relación conmigo, me explicaba que no veía interés y que estaba demasiado preocupado por mis estudios. Esta decisión que, pensando luego, creo que supuso para ella un esfuerzo emocional importante, a mí me dejó completamente indiferente. No sabía que estábamos saliendo, ¿cómo íbamos a romper?. Es otro de los grandes misterios de la comunicación hombre mujer que sigo sin resolver.
Gloria López era una chica un poco regordeta, de piel blanca y larga melena oscura; con unos ojos verdes y grandes que me recordaban, algo, a los de esas vírgenes dolorosas de la pintura barroca. Era francesa, aunque sus padres eran españoles. Nos hicimos buenos amigos; creo que nos unió nuestra soledad y el interés por el Hebreo, sí, el "hebreo" la antigua lengua judía que estaba de moda por aquellos tiempos en la facultad de semíticas. Residía en el Colegio Mayor que estaba enfrente del mío y al que sólo podíamos acudir los domingos con invitación. Vivimos nuestra pequeña historia con cierta dosis de dramatismo. Yo le hablaba de Nieves; no nos gustaba mucho salir, y eso nos permitía quedar al margen de las marchas lúdico-festivas organizadas por los otros colegiales. Nos limitábamos a dar paseos por los jardines, a ir al cine y, ocasionalmente a darnos alguna escapada por la ciudad a plena luz del día. Al abandonar Granada, pasamos una tarde juntos; filosofábamos sobre lo injusto del destino, la incertidumbre del futuro y cosas por el estilo. Creo que lloraba un poco, sentí húmeda su mejilla cuando se la besé y apreté su mano. Nunca más volví a saber de ella.
Terminé el curso con un éxito inesperado, aprobé las pruebas de acceso; más tarde decidí dejar Granada para venir a la Universidad de mi tierra. Sentía nostalgia, mis amigos estaban aquí, me sentía apoyado y, aunque no estaría con Nieves, sí estaría mucho más cerca de ella.
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