domingo, 12 de abril de 2009

De los catorce a los diecisietes (III)



No aclarado el enredo con Carmen Rosa, que aún seguía muy presente en mi corazón, empezaron las clases del Instituto. El curso era numeroso, por primera vez, en mi vida de adolescente, iba a compartir un espacio en el que había chicas y chicos, sin ningún tipo de división horizontal que nos separara. A mí, realmente, no me preocupaba demasiado el tema; ellas se sentaban juntas en bancos de a dos, y los chicos hacíamos lo mismo; si un chico y una chica se hubieran sentado juntos, de inmediato, habrían surgido suspicacias. Ni los hermanos Calero Lirio se permitieron esa licencia. El Instituto era algo serio, allí se iba a estudiar, eso lo tenía claro; la mejor forma de sentirme reconocido era estar a la altura de las exigencias de mis profesores. Y me apliqué con todas mis ganas.

"Con Carmen Rosa no salía apenas. Nos veíamos algún sábado, en misa o en alguna fiesta señalada, también relacionada con alguna celebración religiosa. No me generaba ningún tipo de inquietud, ni tampoco de responsabilidad. Pero el pertenecer a un instituto laico me daba un nuevo perfil, más liberal, más abierto; había muchas chicas en donde elegir y, quizás, alguna quisiera tener una experiencia sexual conmigo. Aparecieron dos musas, caprichos del espíritu, una morena y otra rubia. Ángeles, la morena, era regordeta, con una mirada pilla y sugerente. Mayor que yo, tenía un novio, lo que descartaba cualquier posibilidad de acercamiento; sin embargo, terminamos siendo muy buenos amigos y, como mujer, me introdujo en algunos misterios que aún desconocía. Hablábamos de sexo y nos tomábamos algunas copas con mucha prudencia cuando, con el pretexto de hacer los deberes, yo iba a su casa. Las cosas con Adela fueron más complicadas. Adela era, más que rubia, pelirroja, de una piel blanca con algunas pecas, una dulce melena y unos ojos marrones pequeños, pero muy expresivos. Tenía un cuerpo hermoso, perfectamente desarrollado. Algunos sábados quedábamos en su casa; yo le intentaba explicar matemáticas como podía y creo que mi cercanía no le disgustaba. Compartíamos la afición a Los Pecos y, a veces, discutíamos sobre su más que cuestionable calidad musical. Ángeles y Adela se casaron con los chicos que conocieron entonces. Las acompañé alguna vez a la discoteca de moda. Aprendí entonces qué era "darse un lote", porque Ángeles y su novio, en la penumbra de aquel antro, se revolcaban sin tregua; Adela y yo mirábamos para otro lado, supongo que mezclando una dosis de envidia y desaprobación. Un sábado fui a casa de Adela a estudiar matemáticas, como ya iba siendo habitual. Era un poco temprano, y me recibió con una batita de flores rosas, diminuta y que dejaba ver, perfectamente, la blancura de su ropa interior. Como no había nada entre nosotros, nada debía pasar; sin embargo, la proximidad y la intimidad hicieron que perdiera mi concentración en aquellas operaciones de combinatoria.  En los siguientes encuentros ya se ocupó de aparecer bien vestida. Aquellos dos primeros cursos pasaron sin pena ni gloria. Era una rutina feliz en la que, cada vez, me metía más en mis estudios. El éxito y la seguridad que me producía el trabajo bien hecho, hicieron que los aspectos personales quedaran en un segundo plano. Ángeles y Adela seguían siendo mis amigas especiales; me necesitaban para que les echara una mano en los temas escolares, y yo necesitaba su cercanía femenina y, en particular, el hecho de que me hacían sentir importante por saber cosas, por controlar los estudios (esto, ya entonces, no era bien visto; el término de empollón resultaba algo peyorativo). Adela me invitó aquel verano a su caseta de la playa. En aquella ocasión las cosas se pusieron mucho más complicadas para mí. Estuvimos un rato dentro, hablando y jugando a las cartas. Luego ella quiso ir a tomar el sol. Su bikini era la expresión imprescindible para cubrir sus encantos. Se tumbó sobre un neumático viejo que usaba como flotador, con las piernas ligeramente abiertas y levantadas y con su cuerpo hundido en el hueco de aquella rueda. Me senté a su lado. Sus pechos los cubrían dos triángulos minúsculos y ella se soltó las cintas que los mantenían para evitar las marcas en la piel. Entre sus muslos, aquella torturante y golosa colina suave, cubierta apenas por otro triangulito de tela. Supongo que el calor, el olor a mar, la brisa, consiguieron despertar sus indefinidos deseos. Dejó que dibujara su cuerpo con la punta de mi dedo; sus pezones se erizaron y el vello dorado de sus brazos se puso igualmente de punta; así, jugué un rato hasta que intenté tocar su boca, tomó delicadamente mi mano, la apartóy se terminó la sesión. Fue una experiencia bonita, Adela es un prototipo de mujer que me sigue gustando. Esa tarde, me fui a las fiestas de la patrona de mi pueblo, quedé con mis amigos de siempre. Esa tarde tampoco vi a Carmen Rosa.




"Cuando en fases tempranas de la consolidación de la personalidad, no se ha trabajado la integración de los conceptos de amor y sexo, se pueden producir conflictos que derivan en comportamientos, aparentemente, anómalos. Si se han fijado patrones éticos sobre determinados comportamientos,-en este caso la idea de la fidelidad-, son éstos los responsables de la jerarquía de valores que el individuo establece. En los antecedentes de un chico, al que se le indica que la sexualidad va vinculada al compromiso matrimonial, que fuera de ese marco es algo condenable, se establece, a nivel inconsciente, una división entre deseo, instinto y amor. Cuando desea a una mujer, basándose en esa división clara, no siente necesidad de implicar el "objeto amado" en esas conductas. A nivel personal no experimenta sentimiento de culpa, a nivel social sí. Esto promueve, necesariamente, actitudes reactivas que se concretan en la mentira, en la ocultación, en el desdoblamiento personal. Cuando esta situación se cronifica, deriva en trastornos neuróticos, más o menos severos que afectan a una socialización normal, con una alta incidencia de pseudopatías vinculadas a su vida afectiva" (A.C.)


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