martes, 28 de abril de 2009

En la Universidad (II)



"Si las cosas están de acuerdo con la naturaleza, entonces estarán bien" (Marco Aurelio)

  
   Sólo con el tiempo me he podido dar cuenta de lo hermosa que es la inseguridad, lo imprevisible de la vida, y el que las cosas puedan cambiar. En primero de carrera hubo muchas experiencias intensas, momentos de gran humanidad, de proyectos solidarios, emotivos encuentros con gente nueva. En lo más íntimo seguíamos nuestras creencias religiosas, rezábamos para que las cosas nos fueran bien, participábamos en las cosas de la iglesia y nadie se cuestionaba nada. Había dos clases de estudiantes, los buenos, sinónimo de católicos practicantes y a los que, por la gracia divina, todo les iba a ir bien; y los malos, los que se enfrentaban a la policía, los que fumaban droga y se emborrachaban sin control, los antisociales que llevaban a sus novias a los pisos para tener sexo extramatrimonial. Esa división estaba perfectamente arraigada en nuestra mente, no nos parecía discriminatoria ni ahondábamos en las razones de porqué era así. Elegimos mantenernos en el bando de los buenos. Eso sí, pronto encontré algunas ventajas que eran menos abstractas. Por ejemplo, ser buen estudiante, asistir a misa y tener antecedentes de católico modelo, me daba acceso preferente a los colegios de chicas y me otorgaba ciertos privilegios para entrometerme en aquel mundo.
  
   "Teníamos un piso magnífico. Tres habitaciones que compartíamos los cinco amigos de siempre. Nos propusimos desde el primer momento tenerlo todo impecable, organizado y limpio. Establecimos turnos y aprendimos a cocinar. Creamos un sano ambiente de estudio y, al principio, esto era lo único que parecía preocuparnos a todos. Pero era inevitable que, en esas nuevas circunstancias, siendo totalmente independientes, pronto empezaran a transitar por allí las amigas de unos y de otros. Como éramos de los buenos, y dos de las habitaciones eran compartidas, las cosas no pasaron de alguna invitación formal a comer o de compartir un rato en la zona común, el salón. Creo que la idea de vendernos como "un buen partido" ya rondaba por nuestras cabezas."
  "Carmen Rosa empezó primero. Se fue a la ciudad universitaria, ya estábamos juntos. Aquel verano transcurrió con tranquilidad, me preparaba para sacar mi carnet de conducir y ella me acompañaba siempre que podía. El resto del tiempo jugueteábamos en pandilla. Aún no nos habíamos besado, pero seguíamos ahí." 
 "Después de varios intentos, encontró un piso no muy lejos del mío que compartía con unas amigas. Éstas se marchaban los fines de semana por lo que ella se quedaba sola. No fue fácil para ninguno de los dos; la idea de dar el salto para quedarnos bajo el mismo techo era algo bastante complejo. Pero como caballero, la idea de que pasara sola las noches de los fines de semana, en una zona algo apartada, no me gustaba nada. Así, poco a poco, la fui convenciendo de qué era lo mejor, que podríamos estudiar juntos y así estaría más acompañada."
   "Mis hormonas habían quedado algo desordenadas después de mis escarceos con Nieves. Granada fue un episodio de casta dedicación al estudio. Ahora, las cosas eran diferentes. Nunca habíamos sobrepasado el límite de nada, ni siquiera el de darnos la mano en público, pero a mí me gustaba demasiado. El sexo estaba demonizado en nuestras cabezas, nuestros amigos y amigas actuaban como censores permanentes. Dormir bajo el mismo techo, los dos solos, habría sido un acto de lo más perverso y pecaminoso, pero parecía inevitable."
  "Y así comenzó un nuevo calvario. Los sábados por la noche la iba a ver, pasábamos largos ratos hablando de las cosas de la universidad. El pacto era que nada de sexo y que a partir de cierta hora tenía que volver a mi casa. Una de estas noches me recibió con un camisón de cuento. Sus pequeños pechos se transparentaban. Nunca supe si lo hizo a propósito, si fue su forma de decirme que también me deseaba. La besé por primera vez y se quedó de piedra. Cerró sus labios, pero no me rechazó. Fue como besar el mármol. Con la misma rigidez la invité a ir a la cama, tuve que sentarla, y luego recostarla, seguía sin moverse, era como un maniquí. Fue el primer paso. Yo no tenía ni idea de qué era lo que quería o lo que buscaba. Teníamos que improvisar y lo único bueno que sabíamos es que si no traspasábamos ciertos límites, no habría un embarazo que era lo peor que podría suceder. El tiempo fue pasando, ella seguía esquiva; yo la deseaba mucho, pero a pesar de que nos encontrábamos con frecuencia, que ya había logrado dormir con ella, que teníamos grandes espacios para nuestra intimidad, nunca pasamos de las terribles calenturas que provocaba su cercanía y nuestros arrumacos. No sabía, jamás me habría atrevido a forzarla a hacer algo que ella no quisiera, me aguantaba y punto. Creo que esa actitud era también buena para mí, compartíamos los mismos miedos y estábamos perfectamente programados para no salirnos de nuestro esquema de estudiantes modelos...lo demás era secundario" (D.D.A.)


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