domingo, 19 de abril de 2009

En el día de hoy


   Yo no recibí una educación para afrontar los cambios que implica la madurez sexual. Los adultos que me rodeaban tampoco me transmitían claves para entender aquellos milagros y novedades. Quizás me identifiqué con el carácter masculino que existía en mi entorno, un carácter absolutamente machista, en el que las mujeres eran objetos sexuales. Nunca recibí mensajes acerca de la importancia de tener una pareja, de las implicaciones humanas que esto suponía. Del único amor del que se hablaba es del que emanaba de la iglesia y de los curas, hacia los que sentía una fea e instintiva aversión. Había una profunda contradicción entre aquella idea melosa del amor espiritual, que suponía entrega, solidaridad, sacrificio a cambio del premio de la vida eterna, y ese otro amor carnal e inmediato, placentero y muy de hombres. El acto sexual era la perfecta representación del dominio sobre unos entes más débiles, ariscos, que había que doblegar, era la penetración de la espada en el vientre de la víctima.

     Y todos estábamos, más o menos, en el mismo lugar, no sabíamos nada. Creo que cada uno obtuvo de su entorno lo que consideró más adecuado a su naturaleza. Creo que la imagen que se vivía en cada hogar sirvió para enseñar el respeto entre las personas o para que se perdiera definitivamente. En aquellos tiempos, los referentes eran particulares y los círculos de relaciones muy limitados. Quizás eso fue lo mejor que nos pudo pasar, por eso y gracias a eso, somos diferentes, tenemos personalidades definidas. Hoy, por el contrario, vivimos en la época de la unificación del pensamiento, de los medios de comunicación de masas. Estamos de acuerdo en que la apertura a la información, la educación y la liberación de las manipulaciones ha evitado que existan muchos tarados, pero también están evitando que surjan personas originales.
    
   Quienes tuvieron la suerte de vivir en un entorno familiar sin conflictos económicos, con unos padres que dedicaron tiempo a sus hijos porque no lo tenían que agotar en el trabajo; quienes tuvieron unos padres capaces de expresar sus sentimientos ante sus hijos, capaces de no transmitir el miedo a las leyes restrictivas que ponían en peligro sus vidas, seguramente recogieron aspectos positivos y edificantes de las relaciones humanas.

    Mi realidad y mi carácter forjaron mi personalidad, construyeron mi armadura que, con el tiempo, terminaría ocultando todo  el sentido crítico hacia mi comportamiento. Siempre recibí de las mujeres, que me criaron y me mimaron, siempre las vi sacrificándose y trabajando en la casa; nunca vi que recibieran nada a cambio, ni un gesto, ni una caricia, ni un beso...al menos, yo no lo vi. Cuando empecé a tener sentido del riesgo, cuando empecé a tener miedo, me contaron el cuento de Dios, del Cristianismo, de la vida eterna, del pecado. Me metieron a sangre y fuego que el cuerpo tiraniza el alma, lo único realmente importante, que el cuerpo era mi enemigo al que debía martirizar y mantener en línea; no me dieron otra opción.
 
   Quien es impulsivo por naturaleza, si quiere algo lo consigue del modo que sea. La represión sobre un carácter así, resulta mucho más peligrosa, mucho más explosiva. Sin embargo, la generosidad excesiva puede ser la otra cara de la moneda: a veces en la lucha por conseguir cosas, dejas muchas otras por el camino: algún precio hay que pagar.  
   
   Carmen Rosa vivía, como mujer, los mismos conflictos que yo a este nivel ,con el agravante de su sexo. Yo iba demasiado rápido y pronto la convertí en culpable de que las cosas no fueran bien. Adela y Ángeles eran mucho más abiertas, más liberales, diríamos hoy. Eran una meta que yo intuía como más accesible. El hecho de que tuvieran pareja no era un obstáculo tan grande ni comparable a las objeciones que Carmen Rosa me ponía. Ahí empieza mi primer ajuste, equivocado, por supuesto, pero fue una salida. Cuando no obtenía de alguien lo que quería, lo buscaba en otra persona. Esa pauta se ha repetido a lo largo de mi vida emocional. Ya entonces existía el sufrimiento y el miedo porque no lograba ajustarme al engranaje del resto de la gente, porque no entendía lo que suponía querer a otra persona si no era para obtener un beneficio a cambio. Pero era un sufrimiento irracional, infantil, el que me impidió, luego, ser consciente real del alcance de mis acciones. Luego vendría la racionalización, y con ella la frialdad, la incapacidad para amar y dejarme amar, ¿soy realmente incapaz de amar y de dejarme amar?. Se ha ido convirtiendo en una lucha por sobrevivir, por cubrir mis necesidades.  Mi auténtica personalidad se fue transformando, cubriendo de muchas capas de maquillaje. 

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