martes, 29 de marzo de 2011

En el día de hoy: Nos hacemos invisibles...porque sí.

  Son muchas las canciones que hablan del paso del tiempo, del inexorable paso del tiempo. Si, además, este tópico se ve aderezado por las consecuencias que él mismo tiene sobre el amor y las relaciones humanas en general, la lista ya sería interminable. 

  Que me perdonen los puristas de la lengua, pero hoy no es uno de esos días en que me sienta especialmente inspirado. Acabo de resucitar de mi último cumpleaños y no saben con cuánta alegría. Creo que ahora ya soy adulto, no hubo borracheras, no hubo, tampoco, interminables llamadas de teléfono, ni al fijo, ni al móvil. No hubo tarjetas virtuales, ni mensajitos insinuantes que, aprovechando la ocasión, deslizaran otras intenciones. Creo que ayer certifiqué mi muerte, al menos mi muerte social. Algún día quizás cuente a qué atribuyo este feliz incidente y, en efecto, "descansé en paz". 

  A partir de ahora ya no habrá en el calendario otra fecha que me perturbe, bien sea porque esperas que alguien recuerde que estás en este mundo, bien sea porque no puedas afrontar económicamente la celebración. Además, ya no va a haber ninguna imposición mental que te obligue a predisponerte a "celebrar" el día X, aunque tengas un dolor de cabeza insoportable, una contractura en la espalda, o veinte mil preocupaciones que hacen que lo que menos te apetezca sea tomarte unas cuantas copas de vino o que te canten el "feliz, feliz en tu día". 

  Todo llega, así debe ser, para bien. Insisto, ¡qué descanso!. Los síntomas, en especial para aquellos que necesitan una preparación para los grandes cambios de la vida pueden ser los siguientes: 

  a) Un día te embroncas con la compañía telefónica y, después de un montón de burofax, decides no pagar,  te compras un móvil de tarjeta, con un nuevo número, no lo actualizas, no lo reenvías y sólo entran llamadas del trabajo. 
  b) Un día dejas de mariposear las noches del sábado por las páginas de contactos, los chats, los foros sociales y te limitas a seleccionar alguna cadena de televisión delante de la que te quedarás plácidamente dormido. 
 c)Un día te cambias - o te cambian- de trabajo; aquellos compañeros que esperaban ansiosos el día de autos para darte el sablazo ya no están cerca de ti, se olvidan y, como tu tampoco tienes ya sus teléfonos, los grandes  tenderetes son historia. 
  d)Un día, ese día, ya no es ni viernes, ni sábado, ni cae en festivo, es un lunes cualquiera lleno de las rutinas de cualquier lunes y con casi todos los restaurantes o bares que te interesan, cerrados por descanso del personal.
  e) Un día ,al fin, aquellas pasiones más desesperadas, aquellos enfrentamientos por estar aquí o allá, con esta o la otra, dejan de tener sentido, no por tu parte -quizás algún poso de nostalgia los acompañe todavía-, sino por parte de aquellas que en sus desengaños, propios y ajenos, gracias a su mala memoria se han librado de un muerto....eso sí, un muerto social.

                                                                                                    NIHIL OBSTAT

jueves, 8 de abril de 2010

El día de hoy ¿aprender la lección?...


  Han pasado cuatro años. Cuatro años de despropósitos. Cuatro años invertidos emocionalmente en la persona equivocada. Hoy es hora de hacer balance, de ajustar cuentas, de llevar cada pieza a su lugar.

   Nunca pensamos, mientras dura una relación, que todo puede acabar repentinamente, si lo pensamos no lo verbalizamos, si lo verbalizamos lo relativizamos, no entra en la ecuación. Puede acabar, aunque no es lo más frecuente. De la misma manera, cuando se tiene una mala relación, tampoco tenemos la certeza de que un día podamos acabar con ella, liberarnos. Pero también sucede. Los mecanismos son idénticos. Nunca podremos olvidar, nunca podremos desengancharnos, una y otra vez vamos a recaer en aquello que nos hace daño y nos produce sufrimiento. Pero el drama termina, nuestra naturaleza está diseñada para eso, finalmente, vencerá todos los supuestos culturales que la castraron una vez.

 ¿Por qué soportamos una mala relación?. Tras seis meses de idílico romance, aparece la tercera persona. Se abre el capítulo de las indecisiones, de las dudas. Llega el ultimatum: o él o yo. Ella decide él, pero luego, pasan unos días, y se cuestiona su decisión, y "yo" vuelve a estar en el juego. ¡Error!. De haber aceptado su decisión, de no haber hecho caso a sus demandas posteriores, se habrían ahorrado cuatro años de sufrimiento. Pero los cambiaron por unos dudosos momentos de placer bajo la apariencia de una relación a otro nivel... ¡qué nivel!.

 ¿Es que algún macho -la expresión es en sentido antropológico- soporta la infidelidad confesada sin ninguna contrapartida? Sin contrapartidas no, pero aparentando que no las hay sí. El arma más eficaz consiste en hacer culpable al otro de los propios desmanes. A ella la salva la honradez de aceptarse como es, tiene derecho a estar enamorada de dos, de tres o de cincuenta hombres a la vez. Sin saberlo, cuando confiesa su infidelidad, está enfrentando a sus rivales. La maniobra cobra su más alto grado de sutileza y eficacia, si una parte lo ignora y la otra lo sabe. Sería humillante para el cachudo consentidor. Sin embargo, aquí radica la paradoja, ¿existe realmente un cachudo consentidor?, ¿la fidelidad a cambio de la infidelidad es posible? 

lunes, 8 de marzo de 2010

Sexo y amor...la historia interminable.


   Saber cuándo debemos dar por terminada una determinada etapa de nuestra vida es uno de los retos más difíciles que, como personas, tenemos que afrontar. Pero está claro, que aún así, el precio a pagar, es mucho más alto cuanto más lo posponemos y, si queremos vivir con cierta dignidad, tenemos que hacerlo.


   Un famoso psiquiatra, al que he nombrado más de una vez, concibe la historia de la pareja como un camino hacia una profunda, sincera y cómplice amistad; a medida que pasa el tiempo, las generaciones se van renovando y cada una debe desempeñar el papel para el que biológicamente está mejor dotado. Resulta aterrador aspirar a comportamientos que nuestra fuerza física y nuestra madurez intelectual rechazan por la simple razón de que envejecemos. Sin embargo la cirugía estética, por ejemplo, ha llegado a desvirtuar el mismo devenir de la vida humana o a intentarlo. El relativismo, el todo vale, la crisis de los valores "tradicionales" -creo que atávicos, genéticamente impresos- nos han llevado a endiosar un sentido de la libertad que simplemente resulta ridícula e inútil. Peor aún, es que, enarbolando esa bandera, hablamos de "felicidad" a boca llena para justificar cualquier concesión a lo que es inevitable.

   Somos maleables, cambiamos permanentemente, ese fluir nos hace distintos cada día. Cuando entablamos una relación, sí hay reglas, sí hay límites. No todo vale, no todo es lícito, no todo nos va a llevar a esa utopía hoy tan vendida de "lo primero es ser felices". Un hombre adulto, con experiencia, no puede recibir de una chica más joven , sino la imagen perdida de lo que ya no es. No le devuelve la energía que ya no tiene, no le da la alegría de vivir que nunca supo conquistar; ella, seguramente perdida entre tantas ambigüedades, se ampara en una seguridad efímera y en la buena disposición de quien, reconociendo sus fracasos pasados, ahora imagina el principio de una nueva vida sin errores.

   El amor no tiene edad. Sí la tiene. El amor es un camino muy largo de profundización en el conocimiento de uno mismo y en el conocimiento del otro. El amor de la pareja es solo una especialización que lleva consigo la vida sexual y el cumplimiento de los imperativos biológicos de la procreación. Pero antes está el amor como hecho social, como la concreción de un acto de comunicación exclusiva entre varios seres. Como casi todo en la naturaleza, está regido por un proceso, por unas leyes que limitan y posibilitan. Sólo nosotros, con nuestra inteligencia, hemos intentado pervertir esas leyes y ese proceso; lo necesitamos para justificar los comportamientos más absurdos y, en especial, más egoístas. Pero eso no nos lo podemos reprochar.

   Si un hombre se aburre de su pareja, si deja de despertar en él interés sexual, es porque su ciclo ha terminado. Se supone que ha habido un espacio en el que ambos han ido creando nuevos intereses, nuevos objetivos que den sentido a su unión. Si no ha sido así, lo más probable es que esa pareja se rompa. Pero no podemos olvidar que cada relación supone un gasto de recursos importante, recursos emocionales, materiales y, sobretodo, una inversión en tiempo que es irreversible. Perdonen el tópico, "no llamemos amor a lo que es sexo...y sexo del malo". Ya es bastante demoledora la química sexual, pero la biología nos ha impuesto ese requisito con fines claramente productivos y reproductivos. Pero nuestros patrones de comportamiento, no son sólo heredados, también son aprendidos y son ellos los que deben regir nuestros actos dentro del sentido común.

   Cuando se llega a la mediana edad, los hombres nos resistimos a ver nuestras cariñosas y entregadas parejas como algo más que una masa que, cada día, está más flaccida, que cada día está más arrugada y a la que la ropa interior le queda como un auténtico saco. Pero son nuestro reflejo. Afortunadamente los hombres somos feos, no estamos dotados de atractivo físico como un criterio de selección de la pareja, al menos, hasta cierto punto. Pero eso no nos exculpa de lucir panzas peludas, erecciones cada vez menos potentes, o incipientes calvicies que asustarían hasta la más beata... Pero también, desde el otro lado, viene el desencanto. ¿Cómo nos ven ellas? Probablemente, hasta no hace mucho tiempo, la mayor preocupación era el progresivo deterioro en la comunicación, el adocenamiento, la falta de interés y de implicación en un proyecto que poco a poco se va convirtiendo en algo de ella para él y los hijos si los hay, pero en lo que él, ya no participa. A pesar de vivr en la era de los hombres guapos, de los iconos sexuales, la fealdad o la decadencia física no suelen ser factores determinantes en el alejamiento de la pareja cuando esto sucede desde el lado femenino.

   Después, nos quedamos solos, cuando nuestros proyectos y tentativas de mantener una relación más o menos estable se han ido al traste; corremos desesperados, los hombres en busca de sexo, las mujeres en busca de amor, al menos en teoría. Si eliminamos las formas, la educación, el sentido común que sólo se adquiere con la experiencia, un encuentro fortuito, no es más que eso. El hombre se acerca a una mujer con la esperanza de encontrar una musa, una diosa de belleza que, además, y por obra de algún ente misterioso, va a adivinar todas sus fantasías sexuales y satisfacerlas. La mujer, harta de lidiar con la vulgaridad, va en busca de formas, de educación, de ternura y con la temerosa esperanza de tener relaciones sexuales mínimamente agradables y, a ser posibles satisfactorias. Luego viene el jarrazo de agua fría.

   Se encuentran en un punto convenido. Ambos intentan dar una buena impresión al otro, se visten bien, se retocan un poco por aquí o por allá y planifican los primeros momentos del encuentro. Ella espera sentada en una cafetería, él lleva rato esperando pero no sabe exactamente dónde está el lugar. Al final, se saludan; ella le da un beso en la boca. Eso relaja un poco la tensión, expresa claramente que aquello va a ser algo más que una charla cordial. Empiezan las cábalas. A ella le gusta, quizás un poco tímido, habla mucho. A él ella le atrae, tiene clase, se la ve como una mujer de cierto nivel intelectual y transmite un aspecto desenfadado. Podríamos estar en el principio de una relación, de algo que fuera más que un encuentro casual. Se dan las condiciones, al menos hasta este punto.

   Ya en el hotel se toman unas copas y se sueltan. Deciden ir a la habitación. Es amplia y agradable, ella observa con atención los detalles de siempre, la colocación de la ropa, los zapatos, los útiles del baño...hasta que se lanzan al beso que lo desencadena todo. Ahora empieza el combate. Ella se deja seducir. Él toma la iniciativa, lleno de dudas sobre su capacidad sexual, con la urgencia de decir "si consigo que haya penetración, habré cumplido sobradamente y si luego las cosas no van bien, al menos podré encajar alguna excusa". El primer parón: ¿Hay preservativos?. No. Ella se fía y no forcejea. Las pequeñas dudas hacen crecer su deseo...todo resulta bien. Aunque ella manifiesta su satisfacción, capta ciertas dudas, ciertos desajustes. Él no busca su propio placer, su satisfacción, él sólo quiere mostrarse a sí mismo que es un campeón de la sexualidad. Ella se siente profundamente decepcionada. "Qué actitud tan infantil, ¿acaso piensa que a una mujer a estas alturas de la vida se la conquista con proezas sexuales?". Su entusiasmo decrece y le pone a prueba. Él ya no puede seguir, no tiene ganas. Empieza a buscar excusas y observa con detalle aquel cuerpo extraño, desnudo, recostado en una cama anónima. Una cicatriz horrible en medio del vientre. Un sexo inexpresivo y extraño a aquel cuerpo. Unos pechos tersos pero que sin el adorno de la goma espuma del sujetador, terminan siendo un poco decepcionantes. Luego, miró sus nalgas, informes, su estómago fláccido cayendo sobre su pubis. Pero aquella mujer transmitía algo, una humanidad que él no fue capaz de compartir. No podía ofrecer sentimientos, su ruptura era demasiado reciente. De hecho su móvil sonó varias veces; era su marido, en trámites de divorcio, lo dejó claro. Él iba construyendo su nuevo perfil, demasiadas mentiras, ambigüedades, en cierto modo, descansó, no asumió ninguna responsabilidad. Ella, pensó en la fuerza y el convencimiento de su casi ex, en todo lo que los unía, en la pasión que ponía cuando hacían el amor, en ese caos al que todavía quería sin entender muy bien por qué.   ¿Quién era aquel extraño que ahora se paseaba desnudo por la habitación? ¿Dónde quedó su conversación interesante, sus modales, su agradable sensualidad?

   Querían salir corriendo, alejarse lo antes posible el uno del otro. Cada uno con sus razones particulares. Quizás, esta vez, el sexo les mostró que el amor estaba en otra parte.

sábado, 6 de febrero de 2010

En el día de hoy...casa nueva, vida nueva

   Ayer me levanté lleno de ilusiones. Había aceptado que lo que tenía no era otra cosa que una relación de  casi "amantes" con alguien a quien, durante años, me había empeñado, en convertir en mi pareja. ¡Lástima! Aguantar cuernos y dejarte humillar para, luego, poner en evidencia a esa persona, privarla de saber que había sido engañada sistemáticamente en la misma medida, no puede decirse que sea "querer a alguien"...; pero todo llega y me lo guardaré. Vender la imagen del hombre casi perfecto, del hombre fiel, después de algún tiempo, resulta agotador, más, si se trata de competir con alguien que se presenta como un auténtico capullo, que no patán. Venderte como el mejor es el único recurso que te queda para cubrir las apariencias. Es probable que el pecado de ese pobre ingenuo haya consistido, simplemente, en ser un egocéntrico de ideas reaccionarias. Su pecado, tener una novia de esas que no se pueden dejar, intentar echarse una novia a la que no es capaz de complacer debidamente en ningún sentido..., seguramente porque, después de elegirla, se dio cuenta de que se equivocó de mujer, pero que, por principios -los suyos, claro, muy suyos- no sería capaz de reconocer su error. Ese individuo ha tenido que existir, porque de otra manera ¿cómo podría yo haber justificado la cadena de engaños, de mentiras, de infidelidades asumidas y no confesadas? ¡Alguien tenía que soportar el chaparrón, alguien tenía que ser el chivo expiatorio! Chivo, nunca mejor aplicado el adjetivo, porque cuernos, lo que son cuernos, doy fe que los ha llevado; de los míos no doy cuenta.
   Ahora sólo queda buscar una "doctrina moral" que explique estos comportamientos. Quizás, la más adecuada sería la budista, aquella que dice que no hacemos el mal, que sólo somos ignorantes; quien hace daño, no lo hace por maldad, lo hace por ignorancia. En este caso la ignorancia va unida a una inmadurez enmascarada por las apariencias.....Desde luego me cubro de gloria, ser burro, ignorante y, además inmaduro, se lleva mejor que ser un auténtico patán.
¡Qué bien que todo terminó!, y yo que lo vea. 


   "Glauce llegó para quedarse. Gilia se esforzó por dejar claro que éramos pareja. Cuando paseábamos, cuando estábamos en sitios públicos me abrazaba, me tomaba de la mano, me agarraba el trasero o, en sus días eufóricos, no dudaba en subirse a horcajadas sin ningún tipo de reparo. Glauce por el contrario, siempre fue discreta. Empezamos a vernos los fines de semana en la nueva casa. Rosita Garmendia me la había alquilado. Desde que dejamos de ser simples compañeros de trabajo se fue acercando a mí progresivamente, pero su actitud en nada se parecía a lo que hasta ese momento había conocido, no era alguien que me dejara claro que quería ser mi pareja, pero tampoco podría desmentirlo; pronto empecé a considerarla como mi hermana mayor, para lo bueno y para lo malo; casi siempre recibí y di muy poco, era un pilar fuerte, te acostumbras a que esté ahí, pero, lamentablemente, terminas por no darte cuenta, salvo que algún día no lo encuentres. Su tío le había encargado remodelarla y lo hizo con el mayor de los esmeros. Realmente no merecía aquella casa y, en varias ocasiones, consideré la posibilidad de hacerme con ella, aunque ello podría haber trastocado todo lo bueno de aquella historia. El tiempo fue pasando, Glauce dejaba algunas prendas en mi armario, me ayudaba en la decoracíón y los vecinos empezaron a identificarla como la chica que vivía conmigo. A espaldas de Gilia se fue tejiendo una nueva historia. Ya estaba en sus últimos cursos de la carrera. No nos llamábamos con mucha frecuencia. Teníamos reservados las fechas claves de vacaciones para salir juntos. Nos acostumbramos a esta nueva forma de relacionarnos, en la distancia, Gilia no parecía preocuparse, per en las situaciones más evidentes, Glauce miraba hacia otro lado; a ella comencé a pedirle que luchara por nuestra historia, más madura, pero, sobretodo, más cómoda y real, intuía que lo haría muy bien. Gilia no lo habría tolerado, pero a estas alturas ya era más una cuestión de orgullo que de otra cosa. Tarde o temprano tendríamos que enfrentar lo que estaba pasando".  (D.D.A.)

miércoles, 27 de enero de 2010

En el día de hoy...la lumbalgia y Glauce


   Ayer no pude termirar mis clases. Era el peor día de la semana, martes, cuatro horas y una guardia. Pero debo admitir, aún sin abuela, que las dos que di, fueron magistrales. Algo queda en mí del viejo intelectual, del académico profesor que un día se soñó a sí mismo en la Universidad. El resto de la tarde, casi para olvidar...o no. Como de costumbre, me limito a decir que sí, es mi manera de exonerar de los problemas a quien me los viene a plantear. Al menos, sé que eso no es real. Pero las decisiones deben tomarse, aunque no correspondan, y las soluciones deben buscarse, aunque no sean las mejores. El peso de la responsabilidad me lo quito cuando dejo mi ropa de calle sobre la cama y me siento, con una velas y un sándalo, en mi sillón preferido -el único, por cierto-.
   
  El paisaje que veo en el espejo es el de un circo desmantelado; el mal   tiempo y su propio destino han dejado por el suelo sus jaulas, sus andamios, su carros, sus   lonas.      Ahora, a esperar otra vez. ¿Cuál será el próximo puerto?. Confío en que no siga lloviendo porque el material  terminará deteriorándose, y mucho. Esta cruzada, cada día, tiene menos sentido, y Don Quijote quiere ser rescatado de sus delirios para morir en paz. 
  
   A Mimí la ha detenido la policía de extranjería. Una        simple      confusión.    Pensaba esconderse, pero su barco no salió el día previsto. Todo, de la forma más miserable y cruda. Su único delito, no ser de aquí. Empezaba    a     abrirse  un     hueco  en     mi corazón y ya sumábamos en nuestra historia. Ahora será repatriada por la vía de la fuerza, sin una opción a la despedida, sin sus cosas, sin   poderse comunicar con nadie. Le  hizo   mucha ilusión el perfume de Givenchi que le  dejé  por  Reyes. No lo  pudo   estrenar, su   sueño   del primer mundo, el que yo alenté alguna vez, se ha visto truncado.
  
  Quizás el momento que temí durante mucho tiempo está llegando. Ya no  hay  nadie en mi vida. Así lo percibo. Pataleo en aguas revueltas para no hundirme; desde la orilla  me miran con indiferencia y no me tienden una mano. Hasta el fuego más persistente muere ; más aún, si se le da la espalda. ¿Qué podría esperar?. La distancia  y  la  falta de  iniciativa, un jarrazo de agua  fría. El  aburrimiento, las  desilusiones, los atascos cotidianos, otro jarrazo de agua fría. Las mentiras, la desconfianza, el  aislamiento, la  inmadurez, la  simpleza, otro  jarrazo. Al menos, ya puedo llamar a las cosas por su nombre. Pero no aprendo,  menos mal  que ya no me  quedan fuerzas. Aún, ahogándome en mis propias, contradicciones intento conseguir esa mano que me salve. Pero no  tengo buen  aspecto, es  lógico que  se lo  piense.  También está  lejos,  con  sus  problemas,  no  quiere   arriesgar   y   mi   propuesta   no   tiene  porqué ser diferente, pero es menos probable y menos posible: ¡Bueno para todos!

 Necesito cambiar de posición, la manta eléctrica no es suficiente, la lumbalgia está haciendo estragos...este dolor sí es reconocible, lo puedo medir.


  "Esta vez no sólo fue la distancia física, también la disonancia entre los momentos de nuestras vidas. Glauce había roto hacía poco con su novio después de casi siete años. Es verdad que me había fijado en ella en una ocasión. Era menuda, de melena negra y piel aceituna, una belleza exótica y oriental. Nos volvimos a encontrar ocasionalmente y nos presentaron. Cuando Gilia se marchó, nos tomamos unas copas y me convertí en su pañuelo de lágrimas. Fumaba y bebía mucho. Estaba demasiado metido y entusiasmado con Gilia como para prestarle atención. Sin embargo estaba cerca y nuestros encuentros se hicieron más frecuentes. Una noche no quiso que la llevara a su casa. El impacto no fue importante en ese momento, sin embargo, mi relación con Gilia ya no volvió a ser igual."  (D.D.A.)      

lunes, 23 de noviembre de 2009

En el día de hoy....lo que me gusta y lo que no....

   Como cualquier Lunes, no es fácil arrancar. Si, además, has pasado un fin de semana tenso, luchando con un montón de cosas, cuando menos, es justo que llegues cansado. Hace tiempo, las monjas me enseñaron a  que evaluara mi estado de ánimo haciendo una lista en la que reflejara las cosas que me gustan y las cosas que no me gustan. La técnica -entonces bastante tosca y prejuiciosa- la he ido depurando con el tiempo. Ahora, lo principal, es acotarla, es más objetiva, es más reciente, está todo más fresco. El examen de conciencia puede limitarse al lunes.

LO QUE NO ME GUSTA:

-Tener que levantarme de la cama, con resaca del día anterior; hacer tiempo, porque empiezo a trabajar a las doce de la mañana.

-Llegar a mi centro de trabajo, tener que rellenar una justificación sobre la falta al trabajo del viernes anterior. Tampoco tenía ganas de levantarme.

-Pasarme mi única hora de clase matutina haciendo terapia a mis alumnos: este lunes tocó el respeto a las creencias, vigilias, catequesis, pecados mortales, la etimología de "pathos".

-Salir corriendo para recoger a mi hijo, bajo una lluvia torrencial, aparcar sobre una acera y tratar de ignorar al guardia de tráfico llamando por el móvil.

-Sufrir un atasco monumental y llegar a casa, bajo la misma lluvia torrencial, acordarme de que no he puesto los canales, que ha saltado el automático de la luz y que tengo que preparar con urgencia algo de comer.

-Pringar de aceite la cocinilla, mientras preparo un revuelto prefabricado mientras mi hijo me llama para pedirme que le configure un juego en el ordenador.

-Dejar la cocina hecha un desastre, los platos sucios, por querer aprovechar el poco rato que  podemos compartir mi hijo y yo.

-Oír cómo se desordenan los juguetes y no poder darle un grito y llamarlo al orden porque de eso ya le sobra. Pero es que, además, hoy, en pleno chaparrón, quería salir a volar su cometa.

-Preparar su ropa, disponerme a llevarlo a una actividad que coincide justo con la reanudación de mis clases por la tarde...en el último momento, que su madre me recuerde que debo dejar su mochila de tareas antes de irme al trabajo.

TAMPOCO ME GUSTA:

- Que me despierte el teléfono por la mañana, para que la que se supone que es la mujer que está en mi vida, me vuelva a recordar que a pesar de que me quiere mucho, no puede dejar a su novio.

- Que media hora después. a pesar de mis ganas de dormir, me llamen de una compañía de seguros para ofrecerme uno "contra el paro" y me digan que como soy funcionario no tengo derecho.

- Ya, después de renunciar a dormir, intento hacerme una tostada de queso y un té con limón para mi dolor de estómago. Pero el teléfono vuelve a sonar; esta vez, la compañía telefónica quiere concretar una cita para que me arreglen el ADSL (la había pedido cuatro días antes). Cuando vuelvo a mi tostada -que no sabía dónde la había puesto-, me vuelven a llamar para reenviarme al departamento técnico rogándome que me mantenga al aparato. El té ya estaba frío, se me fueron las ganas de tostada y tenía que salir corriendo para no llegar tarde a clase.

LAS ALTERNATIVAS:

-No habría dejado mi cama hasta la una del mediodía. Habría comido mi tostada de queso. Sería agradable contar con alguien para compartir las tareas del almuerzo, entretener a mi hijo, poder comer tranquilo, no tener que tomarme una tortilla de ansiolíticos para poder afrontar mi trabajo. Llegar a casa, darme una ducha, encontrarme a alguien que me esperara, con quién no tener que discutir, relajarme en una tranquila conversación, entrar en mi cama y no tener que abrazar a una almohada, sino a una mujer de carne y hueso.

Todavía queda día. Todavía me queda algo de espacio. Este es un día en el que me quejo -con o sin razón-, ¿Habrá todavía alguna sorpresa?. No lo sé. Pero hagamos una concesión al optimismo.

jueves, 15 de octubre de 2009

En el día de hoy...también me gustaba hacer canciones.

   Es innato, está en nuestros genes preguntarnos por el pasado. Supongo que es una forma de garantizar nuestro presente. Desde un punto de vista filosófico, forma parte del proceso que necesitamos llevar a cabo para completar nuestra personalidad, de manera consciente o inconsciente. A esto es a lo que psicólogos y psiquiatras y otros terapeutas de la mente han sacado partido. La mayor parte de las terapias terminan convenciendo al individuo de que todos sus problemas presentes son causados por su pasado...más o menos a partir de Freud. Las técnicas de indagación son de lo más diversas y con unos resultados más que cuestionables. A mí, casi me han convencido de que, en efecto, soy producto de mi pasado; lo que todavía no hemos averiguado es en qué momento empieza ese pasado condicionador. Sin embargo, si de lo que se trata es de devolver al individuo a un estado de felicidad del que en algún momento se ha apartado, ¿de qué sirve que traigan a su vida actual cosas que, de otra manera, nunca más se recordarían?. Ya me imagino las respuestas. Si entráramos en polémica, podríamos llegar, incluso, a afirmar que esas terapias regresivas son un auténtico fracaso, pero proporcionan mucho dinero. No se trata de eso. Es lo de menos. Sí estoy convencido de que lo que hay es una necesidad de comunicación muy fuerte, que los individuos intentamos evitar el aislamiento, y que el psiquiatra o el psicólogo simplemente tiene que rellenar esos espacios de conversación con pautas y esquemas que impidan que terminen en aburridas charlas útiles para el paciente y lucrativas para el médico. Si de lo que se trata es de hablar un rato y pagar por ello, ¡bienvenido!, cumple su función.

  A lo largo del verano, me he encontrado con viejas fotos de mi más tierna infancia, de mi menos tierna infancia, de mi pubertad y adolescencia y de mi primera juventud. No me costó dinero, simplemente tuve que rebuscar en viejas gavetas de la casa de mis padres. Hoy, sin vergüenza de ningún tipo, alumbro una de las causas por las que me he convertido en un patán  relativo. Ya les he aburrido con aquello de la lucha por la supervivencia, por la supremacía del más fuerte. Hasta creo que he inventado un refrán que dice "a quien la naturaleza da cabeza, no le da belleza" o, mejor, "a quien Dios no da cabeza, el diablo le da belleza" (dedicado a mi amigo Luis, amante de los ripios). Va a resultar que las madres son unas santas, siempre alaban, con o sin razón, a sus hijos, y, aunque sean feos de verdad, eso nunca se lo dicen.

   De pequeño era un crío rubito, de ojos claros, con unos dientes discretos que nunca quise que fueran a su sitio del todo, no soportaba los aparatos. Hacia los doce años me superaba mi desmañado aspecto, supongo que ensayando ante el espejo la mejor forma de mostrarme al mundo. Las gafas que usaba entonces son dignas de una antología del mal gusto. Realmente no sé qué podía ver una chica en mí, porque con mis pintas resultaba bastante repelente, sin embargo, mi autoestima estaba tan alta que ya me sentía un conquistador irresistible. Y las cosas no mejoraron con el tiempo. Probé con la raya en medio, usaba clearasil para los granos, mis paletas estaban amarillas por los antibióticos, y descuadradas. No logré desarrollar un cuerpo mínimamente garboso o atractivo, estaba flaco, petudo y vestía de cualquier manera (aunque debo agradecer a los consejos de mis hermanas mayores que los estragos estéticos no fueran a más).

  En la Universidad -y ya sin hermanas mayores- mi aspecto no mejoró; seguía siendo pálido, terriblemente delgado, con una sonrisa aterradora y con aire un poco afeminado. ¿Cómo iba a gustar a las mujeres? Lo peor es que no era consciente y estaba convencido de que esa imagen era lo suficientemente atractiva, ¡cuánta preocupación inútil!. Ahora sé que tenía que mentir, embaucar, enredar para que alguien me hiciera caso. De ahí nacen historias inverosímiles, hechos y circunstancias que intentaban crear una pantalla que tapara aquella imagen que ninguna mujer deseaba o buscaba; al menos es lo que creía y de lo que estaba convencido.

  Quizás, si hubiera asumido que era un chico feíto y algo repelente por sus actitudes, habría asumido también, que tendría que buscar otros argumentos para relacionarme. Pero es una cuestión de supervivencia. El mono feo y débil, ofrece fruta y entretenimiento a la mona guapa, la despioja, quizás no la conquiste, pero no puede competir con el mono guapo y fuerte, con otros argumentos. La mona tiene derecho a elegir y elige normalmente lo más evidente y claro. Pero si el mono feo no se vale de sus estrategias está condenado a extinguirse, al menos, en lo que a su vida sexual se refiere. Entiendo que usar la figura del primate en esta comparación es para simplificar las cosas, al fin y al cabo, no somos tan diferentes.

   Nunca he valorado mi potencial capacidad para despertar admiración. Quizás Gilia no se enamoró de mí, pero sí me admiró y mucho. Dejé a mi compañero de piso y busqué mi primer apartamento. Chantal había vuelto a Francia y quizás no volvería a verla. Entonces no tenía demasiadas cosas que llevarme de un sitio a otro, unos pocos libros, una maleta de ropa y una kentia que aún sigue viva y  va conmigo dondequiera que voy. En la comisaría de policía conocí a la que luego sería mi ayuda de cámara y quien cuidaría de mis miserias cotidianas. Su hijo había destrozado mi coche durante una borrachera. Ella necesitaba trabajo y se ocupó de mi nueva casa, un ático algo descuidado, pero suficiente. Doña Carmela vino y se quedó, ¡ya no quedan de esas mujeres! Gilia, en su recién estrenada mayoría de edad, me ayudó a decorarlo y se apoderó de una copia de la llave: marcaba territorio. Ella y sus amigas se iban a la Universidad. Hicimos una fiesta para celebrarlo. Comimos y bebimos mucho. Nuestros primeros encuentros estuvieron llenos de calidez, entrega, sensualidad. Comencé a aprenderla, a robar su energía desbordante, me seducía su sonrisa, su olor, sus locuras. Quise atraerla a mi vida de adulto y me convertí en su protector, su tutor, su confidente. Dejó a sus antiguos novios: se sentía orgullosa de su pareja,  su exprofesor, estrechamente vinculado con la Universidad; me sentía orgulloso de mi exalumna, seguía mis pasos, la instruía, presumía de ella, sus amigas la envidiaban. 


  "Su habitación olía a pladur y humedad. El ruido de los demás colegiales tenía personalidad propia. La cama  era una loa a la incomodidad. Nos gustaba ir a buenos restaurantes, pero, sobretodo, nos gustaba tomar buen vino; nos relacionábamos poco, buscábamos siempre la intimidad. Aquella noche volvimos a su residencia, teníamos unas copillas encima. Le había preparado una sorpresa. Había grabado una canción en la que relataba nuestra historia, cómo nos habíamos conocido, en la que le pedía que me dijera que me quería y la invitaba a vivir el momento. No era una buena canción, la música era casi un plagio de una de Phil Collins, pero era nuestra canción y, en aquel contexto, resultó conmovedora. Gilia es una mujer insistente, casi obsesiva. Supongo que para mostrarme su agradecimiento, la reprodujo una y otra vez  hasta el aburrimiento. El cassette siguió funcionando y le dio accidentalmente a la tecla rec. Se grabó todo. Nos preocupaba que su familia supiera lo nuestro, especialmente su madre; bromeábamos pensando en la cara que pondría si se enterara de las cosas que su hija hacía con su exprofesor. Unos meses después todo se aclaró; me presentó a su familia en un almuerzo formal. Orgullosa de la canción que le había hecho fue a buscar el cassette y lo mostró a la concurrencia. Tras la canción se habían grabado los arrumacos...y la mofa hacia su malhumorada madre. En aquel momento creo que me diluí por la junta de las baldosas. Fue el colofón de mi presentación en sociedad. Supongo que la canción le habría gustado tanto como a su hija."  (D.D.A.)