lunes, 13 de julio de 2026

Cincuenta y tantos (II)


   Hay días en los que uno no debería escribir. Son esos días en  que tus biorritmos, la luna o la primavera se convierten en el pretexto perfecto para no hacer nada. Pero hay un mecanismo, "la responsabilidad", que hace que te sientes, al menos, a especular sobre esas cosas que necesitas contar. Seguramente faltará chispa o buen humor, pero no somos perfectos.
   
   Antonio es -supongo que es porque ignoro si sigue vivo- un profesor de historia que ya estará jubilado. Viene a cuento porque todo sucedió hace mucho, es verdad, por estas fechas. Fatídica concurrencia entre el apogeo de Géminis y la onomástica de San Antonio.
   
   Al hacer balance de las personas que se han cruzado en tu vida y que por una puerta u otra han entrado en ella, su pareja fue de las que más se acercó a ese ideal soñado -y raras veces confesado- al que aspiraría cualquier hombre. Para empezar se llamaba Carmen, evocador y poético, caldo de cultivo de miles de momentos de intimidad; un ángel de ojos verdes, de rizos miel y oro, adicta a la música clásica y a la literatura de nivel, conversadora amable, con exquisita sensibilidad y sensualidad, apasionada hasta el dolor, dispensadora sin medida de su cuerpo de rosa piel brillante y húmeda...

   Sin duda...ideal. Cruzarse con una criatura así podría convertirse en un auténtico calvario para quien intentara poseerla, un infierno a los ojos de un patán, que habría encontrado sin duda su propia versión del bálsamo de Fierabrás.
   
   En ese momento de lucidez en que, por fin, aceptas que mejor se la quede el otro, mejor que te encuentren atado a una cama, sin comunicación posible, y con una buena tortilla de antidepresivos a mano...eso, por si todavía quieres seguir viviendo.
   
   Antonio era bastante mayor que ella; lo suficiente para que le preocupara a él y no tanto a ella. Había cumplido cincuenta y tres; ella todavía no tenía treinta y ocho. Cuando aquella tarde nos sentamos a tomar unas cervezas -sólo tomaba cerveza-  enseguida noté tintes de tragedia en nuestra conversación. Desde hacía unos años y, a pesar de tener una salud más que envidiable, siempre abordábamos el mismo tema: los achaques. No era sólo que ya teníamos más citas médicas que amorosas, sino que el calado de las mismas apuntaba más a una valoración para ir a la chatarra que a un posible plan de reciclaje.
   
   A lo sumo, un cólico nefrítico que lo había dejado algo tocado sólo ante la posibilidad de que se le repitiera y que terminó convirtiendo en premonitorio de las mayores desgracias futuras. Entonces entendí lo  de su anacrónica afición a la cerveza, puesto que los de su quinta éramos desde hacía mucho eno-adíctos y orujo-adictos (todavía no sé qué bebida tiene más poderes diuréticos o en qué cantidad hay que tomarla). El resultado final, con pocas diferencias, era siempre la de facilitar la fluidez locutoria. Y hablamos y hablamos. Su flamante vida se había articulado en relación a una famosa siquiatra con la que, como esposa había compartido más de veinticinco años. 

   Todo empezó en una convocatoria a tribunal de oposiciones. En la primera reunión para coordinarnos se tenía que elegir a un secretario y, normalmente, este puesto recaía en el de menor o mayor edad. Todos apuntamos hacia ella, una total desconocida, a la que le había tocado por sorteo estar allí. Sin embargo, su apariencia de juventud, especialmente enfatizada por su piel blanca y sus ojos singularmente verdes, fue desmentida y tras poner las cartas sobre la mesa, el más joven era yo. Se mostró, sin embargo solícita y no sé si intuyendo cierta dosis de torpeza para ejercitar la responsabilidad que se me venía encima, se ofreció a echarme una mano en todo lo que fuera preciso. Miré a mis colegas por encima del hombro y todos coincidimos en que aquella chica, venida del otro lado del mar, era la típica trepa y que no nos lo iba a poner fácil para sacar adelante la tarea que se nos venía encima. Más tarde tuve conciencia de que mi actitud no fue sino una cortina de humo y que, dada las circunstancias, estaba ante una ocasión única para intentar conquistarla.
     Cuando empezamos a plantearnos cómo organizar los horarios de las sesiones dejó bien claro que tendría que desplazarse los fines de semana, pues tenía pareja y planes y que el estar allí era una contingencia nada favorable para su situación personal. No me di por enterado y la mecha ya estaba encendida. 
     Nuestro empleador nos daba varias opciones de alojamiento cuando por alguna comisión de servicios teníamos que desplazarnos. Opté, al principio, por la más barata porque los pagos se hacían contra factura y la puntualidad no era el fuerte de la administración. Pero al saber que aquella belleza había separado el otro hotel, considerablemente más confortable y que nos íbamos a tener que cruzar durante unos cuantos días, no lo dudé; dos días después estaba alojado en la habitación de enfrente, puerta con puerta. En aquel momento, nada hacía presagiar lo que pasaría tras esa decisión. Para mí era también una oportunidad para recuperar la tranquilidad, para hacer un poco de ejercicio y desintoxicarme, incluso, me lo llegué a creer. 
     Empezaron las sesiones con los opositores, se nos reclamaba profesionalidad. Salíamos del hotel a la misma hora y por una cuestión de eficiciencia decidimos usar un único taxi que nos llevara al centro de trabajo. A los pocos días empezamos a quedar para dar algún paseo vespertino, hablábamos poco del trabajo y empezamos a curiosear en nuestras respectivas vidas. Supe que le encantaba la música clásica, al nivel de una auténtica melómana, pasión que compartía con su pareja; yo me confesé un simple aficionado, que no lo era en realidad, pero sí insistí en dejarle claro que también dedicaba bastante tiempo a componer canciones, a tocar la guitarra y los teclados y que en ese aspecto encontraríamos espacios comunes. Mi primer arrebato fue regalarle una versión de El mar de C. Debussy, ella me puso en la pista y no estaba dispuesto a que su pareja me robara terreno en el que parecía su capricho del momento. Se quedó bastante sorprendida, iba con una dedicatoria en una delicada tarjeta en la que sin duda le quedó claro que estaba coqueteando y que aquello empezaba a ser algo más que una relación profesional.
     Se planteó no viajar aquel fin de semana. Vino a verla una amiga que no conocía la isla en la que nos encontrábamos. Esa amiga confidente que le servía de coartada, que le profesaba una admiración que parecía sospechosamente un acto de amor, pero eso nunca lo pude confirmar. Nos fuimos de excursión y asumí el compromiso de llevarlas en el paseo y mostrarles los lugares más emblemáticos del lugar. Empezaba a sentirme protagonista, me mostraba interesado con su compañera, hablamos de las oposiciones, de nuestro trabajo y sin demasiadas expectativas, de vuelta, quedamos en irnos a descansar un rato, para salir por la noche a dar una vuelta, otra vez juntos. Terminamos en un mejicano, no tolero bien el tequila, luego nos fuimos a bailar. 
     Cuando toqué la puerta de la habitación me quedé de piedra. Desde el primer momento, llamaba la atención una mancha que tenía en la mejilla, una especie de herpes recurrente que había intentado eliminar de mil maneras. Esa noche el maquillaje había hecho milagros, ya no había rastro de esa pequeña imperfección. Apareció con un vestido color perla, bastante ceñido, de escote cuadrado y manga larga, la falda a la altura justa y unos preciosos tacones a juego. A su amiga ni la vi.                        

domingo, 31 de mayo de 2026

Teorizando sobre el amor...

   Ayer compuse una melodía, la titulé "Vals triste de Pilar", ¡qué original! Hacía meses que no me sentaba al piano, seleccióné un sonido de melancólica guitarra acústica y encadené varios acordes en la escala de Do. Lo peor es que me sentí bien; menos mal que hoy, la cursilería se me ha ido diluyendo y, como mucho, intentaré arreglarla como una especie de balada o algo así; me resisto a aceptar que la idea puede ser simplemente un asquito. Lo curioso de todo es que sigue teniendo un efecto terapéutico increíble y atempera la desazón emocional. Para aumentar esta dosis de antidepresivos, recuperé algunas canciones de mi adolescencia invocando amargos desengaños, metiendo el dedo en viejas heridas. No estoy curado; los efectos son los mismos, aunque duelen menos o los resisto mejor.

   Aunque reconozco mi recaída, en mi descargo, admito que gracias a mi mala memoria, las cosas no irán a más. En lo que sí he reparado, después de tanto tiempo, y revisando otras historias, es en mis estrategias de conquista. Cuando no he tenido competencia, me he vendido como el mejor y único candidato. Cuando ha habido competencia mis esfuerzos se han encaminado a debilitar al enemigo, a erosionar su imagen. En ambos casos, teorizando sobre el amor. En ambos casos, la estrategia ha fallado. Porque es obvio, un buen discurso no sustituye las emociones y los sentimientos, ni siquiera los debilita, al contrario.

   No voy a entrar en la primera opción, la del único y deseado. Realmente me gusta ser el otro, compararme con el otro, intentar demostrar su inconveniencia, y las energías se quedan en el camino. No me resulta embarazoso reconocer que físicamente pude ser el primero alguna vez, pero que, en realidad, todo mi interés consistía en quitar el juguete a mi contrincante; que cuando alguien vino a mí, nunca supe valorar esa decisión, nunca consideré la posibilidad de que  hubiese pasado página y que siempre me vi como un contrincante, aún no siéndolo. 

   Creo que en este error de planteamiento radica el fracaso. Una vez has desautorizado al otro, una vez que has convencido dialécticamente a la persona que supuestamente te interesa,  te das cuenta de que tu centro de atención no era ella, te enfrentas a una desconocida después, incluso, de relaciones largas, interminables. Nunca te preocupó esa mujer a la que le dices que estás enamorado; te preocupó el hecho de que quiso a otro antes que a ti y se lo propones como un auténtico error, como el peor de sus pecados.

   Haciendo un repaso, no demasiado meticuloso, mis primeros contrincante, fueron varios en una misma tentativa. Tenían las siguientes objeciones: no estaba cerca de ella; estaba cerca de ella pero con carácter temporal y con una supuesta pareja en otro sitio; estaba cerca de ella, pero era un piojo pegado con una vida alternativa, un antisistema de dudosa reputación y, además, extranjero. Éste  último fue el que tuvo éxito y consiguió todo lo que yo no había conseguido en cuatro años, en un fin de semana. Yo teorizando sobre un maravilloso encuentro, en un lugar bonito, en el momento adecuado...se fueron a unas viñas y entre pedregales y a plena luz del día hicieron el amor.

    En la siguiente historia había otro contrincante de altura, aunque era bastante pequeñito. Ella lo llamaba "polito de menta" porque trabajaba en una empresa de alquiler de coches y les obligaban a llevar en el uniforme una ridícula corbata verde. Eran de mundos distintos, pero tenía algo de lo que carecíamos todos los demás, un trabajo y unos ingresos. Una vez más la distancia jugó a mi favor. La relación se rompió sin drama, ocupé su lugar y mis estímulos estuvieron dirigidos a poner de manifiesto que él alquilando coches y ella dando clases de música no era una augurio para un futuro convergente.

   Fui aprendiendo, poco a poco que, a pesar de querer ser el primero, empezaba a ser, como mucho, el segundo. Antes de lanzarme a una relación evaluaba a conciencia mis posibilidades, en un análisis casi matemático, teniendo en cuenta parámetros como la diferencia de edad, ocupación y aptitudes, tendencias culturales, aspecto físico y...a medida que pasaba el tiempo, el número de posibles ex que pudieran cruzarse en mi camino. Así, en la siguiente evaluación, todo parecía encajar; hubo otro antes, pero era maestro y eso nos situaba en cierto plano de igualdad; a mí favor jugó que era bastante mayor que ella y que al parecer solo sentía un interés pasajero por ella; inmediatamente me puse en la labor de cortejarla al más puro estilo caballeresco, regalos, visitas, presentación de familias...sin embargo, creo que no lo entendió, fue toda una representación, teatro y formas; en menos de un año, todo había terminado.

   No hay nada más fácil que encontrar la imperfección del otro, es ridículo, porque de eso tenemos todos. Lo que no es tan fácil es saber escoger aquellas que se pongan al servicio de tus planes, los de tumbar al rival. Todos deseamos que nuestra historia sea la mejor del mundo, que sea perfecta, que encaje en el modelo al que aspiramos y que esté acorde con nuestro momento. Si alguien te cuenta que su novio no le presta el interés suficiente porque le encanta el fútbol y sus amigos, tu te presentas en el polo opuesto y, además, presentas una serie de pluses, relacionados, por ejemplo, con la posibilidad de satisfacer ciertas curiosidades íntimas; y, esta es definitiva, porque en ciertos momentos de la vida amor y sexo siguen siendo indisolubles.

   Las aventuras adolescentes son relativamente fáciles de combatir, es cuestión de presentar argumentos de seguridad, de recursos, dar respuestas a ciertas inquietudes y aderezarlo con gestos nuevos, como salir a cenar o ir a un concierto. Para una chica que solo ha conocido chicos que se sientan en las aceras a pasar el rato haciendo bromas tontas o que van a la playa con la esperanza de ver en los biquinis algo más de lo que enseñan en el uniforme de clase, el que se presente alguien que marque alguna diferencia, puede resultar deslumbrante. Lo curioso es que con el paso del tiempo, cuando todo se ha acabado, cuando sus relaciones se consolidan, ahí siguen los paseos entre muros y aceras, los veranos al sol, la alegría de la pandilla; y "el interesante y el nuevo" con buena suerte ni lo recuerdan, con mala, mejor haberlo olvidado.

   Desde esta perspectiva parece que el rival es mucho más importante que la persona a la que intentamos conquistar y con, la que en algún caso, queremos compartir cierto espacio de nuestra existencia. El peor de los efectos secundarios es que, en alguna ocasión, se pone tanto énfasis  en conseguir el objetivo que terminas creyéndote tus propios argumentos. Te subes a la nube que has creado...un día, ella despierta y se va y tú te quedas colgado, acomodado en ese mundo ideal que ya no compartes y el batacazo resulta antológico.
   
 

Es imposible no admitir que esto es pura y simplemente manipulación. Pero es que por "amor" todo se justifica. Cuando las relaciones se entablan en un plano de cierta igualdad, esto podría ser menos dramático; desde la otra parte también se puede  ejercer la manipulación, de alguna manera el combate puede ser entre iguales o parecidos. Aún así, el "efecto modelo" sigue ejerciendo una fuerza indiscutible, la comparación como juego perverso y como guerra de desgaste.     

Sin título...no es broma

  
   Un día se me ocurrió especular sobre la relatividad del tiempo: el futuro no existe. Los griegos, los que hablaban la lengua de Homero y de Platón lo sabían bien; lo que llamamos futuro en su gramática expresa una posibilidad, lo que ellos llamaban optativo, expresa un deseo. El futuro es eso, una posibilidad que formulamos como un deseo en el momento presente. 
   Hace unos meses supe que no iba a suceder nada de lo que entonces deseaba. Conoces a una mujer y despliegas todo tu armamento de conquista. Y vas subiendo escalones; las metas con el tiempo se van haciendo relativas; pequeños logros, requiebros en momentos puntuales, un poco de abuso de posición dominante.
    A pesar de todo, nada parecia indicar que las cosas se estuvieran saliendo de su cauce. Ella seguía con él, con sus rituales, sus rutinas; no era un juego, sólo había un poco de decepción ante metas incumplidas, promesas rotas, traiciones imprevistas. Y todo seguía como en la más normal de las parejas: al desencuentro le seguía la reconciliación, quizás no apasionada porque ya nada era como fue, pero reconciliación, al fin y al cabo.
    En las fotos de aquella Navidad se veía al  hombre que la acompañaba, desencajado, con expresión ansiosa, mirada perdida, casi un muñeco de cera; ella, con otro talante, elegante, sí, para la ocasión, no radiante.
    Todo en orden a la vuelta, nada nuevo ni definitivo; la puerta para mí seguía abierta. Construía en cada encuentro, en mi tesón por encantarla, miles de argumentos sobre la felicidad y la libertad, sobre la caducidad de nuestro tiempo, sobre la defensa de la dignidad. Comimos y charlamos, fuimos serios y maduros pero, al otro lado del espejo, se perfilaba algo así como un maltrato, un abuso, enmascarado quizás por una enfermedad mental.
    Dejé de ser su amante potencial, me convertí en su hermano mayor, a veces, en el reflejo de su padre desaparecido. Así intenté comportarme y puse el capirote cuaresmal a mi deseo, al de que las cosas no fueran así, al de que nos entregáramos como amantes, sin más.
    Ella quiso apartarlo de su vida, lo excluyó una y otra vez de momentos especiales y fui siempre uno de sus cómplices. Poco a poco el relato que compartíamos se hizo de manual, de manual del maltratador, del manual de una persona potencialmente peligrosa. En realidad, algunos arrebatos de violencia contra él mismo, llanto desesperado ante la posibilidad de perder definitivamente a la mujer de su vida, argumentos vacíos para convencerla de que esta vez sí las cosas iban a cambiar, que esta vez sí se iban a cumplir las promesas, que iba a acabar el egoísmo, la falta de comunicación, la falta de atenciones, que esta vez sí se iba a crear la pareja de sus sueños, la pareja ideal, perfecta. Ella siguió con su huida, arriesgando más que nunca, tomando decisiones demoledoras para el otro...yo seguía siendo el cómplice. No duró mucho, decidió volver a verlo, volver a hablar, darle una nueva oportunidad. Quizás nunca le pegó, sólo la maninpuló, jugó con sus sentimientos  

viernes, 22 de mayo de 2026

De-samor sin control...la historia

   Alguien me dijo: "...a ti lo que te gusta es sufrir...", y complicarte la vida.

  Durante un tiempo todo el mundo pensaba que era un extraordinario compañero, generoso en sus posibilidades y sus juicios. Luego, esta aparente virtud se fue transformando, al final, en un "de tan buen es bobo".
   
   No había profesor de francés, los titulares estaban de baja por maternidad, ¡los dos! No era previsible que mandaran sustitutos, esto era ya lo habitual desde hacía unos años. Algo empezaba a cambiar; primero vino un chico, italiano, jovial, un poco gay, quizás. Puso en orden el departamento y asumió la carga lectiva más importante; las horas de francés restantes iban a quedar sin cubrir. Pues no. A los pocos días, cruzaba en un cambio de clase, por uno de los pasillos exteriores, la nueva; tres o cuatro compañeros rodeaban a una imponente morena que preguntaba interesada y sonriente por la ubicación de las aulas y las dependencias del centro; buscaban al jefe de estudios, les dije que había subido a la primera planta. La chica me miró, ladeando ligeramente su cabeza y espetándome una mirada aparentemente cómplice, -hola, soy la nueva de francés-. Sólo le di la mano con la prevención que he aprendido a tener hacia las mujeres especialmente guapas o atractivas. El resto de la mañana empecé a darle vueltas a la novedad, desde el principio tuve la sensación de que la conocía, de que la había visto antes y comencé a asociar su imagen con algún recuerdo anterior, con alguna experiencia, convencido de que era sólo mi imaginación. Una obsesión más, auxiliada por mi deterioro cognitivo leve, por mi frágil memoria, por la necesidad de construir imágenes deseadas y nunca encontradas. Creo que ese fin de semana estuve viendo algún dramón televisivo en el que se hablaba de los flechazos, de ese rayo que te atraviesa y del que no puedes librarte, de ese hilo rojo que enlaza a las almas gemelas. Empecé a convencerme de que me había enamorado, de que esta vez sí, de que el amor llega, que todo el pasado tenía que superarse...y un chorro más de fantasías que me tuvieron distraído un par de días. Como siempre, ya me imaginaba con la nueva en el altar, formando el matrimonio perfecto, disfrutando de su encantadora imagen el resto de mi vida.
   
  Una casa. Cuando era estudiante formaba parte de los retos y era sinónimo de cierto éxito social y una garantía de bienestar. Las casas se compraban, terminadas o a medias. No había demasiadas alternativas, o ahorrabas, te hacías un plan de pensiones que prometía hacerte millonario al cabo de mucho tiempo, o te hipotecabas. El plan de pensiones fue una opción, pero por esas cosas de la vida un día lo rescaté con pérdidas evidentes y se acabó. Lo de la hipoteca me costó un poco más. Viví de alquiler algunos años y después de descartar unas cuantas opciones me lancé al deporte de moda: restaurar un inmueble antiguo intentando respetar sus elementos tradicionales. Nadie me acompañó en esa tarea; confiaba en mi gusto y mis capacidades, en la posibilidad de sorprender a mis amistades con ideas más o menos originales; en poco tiempo me fui a vivir allí y podía presumir de ese ansiado éxito al que aspiraba la gente de mi quinta. No era una casa grande, fue creciendo con el tiempo, tenía un jardín que poco a poco se convirtió en un compendio de lo que mi educación evocaba, detalles clásicos, árboles frutales, vides, plantas y flores de todas clases, caminitos de piedra y espacios de césped. Aquello se fue convirtiendo en un espacio acogedor y sus paredes de piedra fueron adquiriendo una nueva personalidad. Nunca tuve un prejuicio de lo que debía ser: ¿un hogar para mi familia, un nidito de amor, un lugar de reuniones de amigos, un refugio para momentos difíciles? Con el paso del tiempo fue todo eso y mucho más. Siempre defendí que aquel lugar iba a ser algo intransferible porque era terriblemente personal. Nunca imaginé que, después de muchas discusiones, enfrentamientos y desacuerdos, pudiera llegar alguien y sentirse acogido y admirado por el lugar que durante casi veinte años había ido construyendo; admitía la posibilidad de que el sitio pudiera gustar más o menos, pero me resultaba bastante improbable que alguien pudiera enamorarse de aquel conjunto de ideas y de algunos despropósitos plasmados en cosas. Pues pasó. La nueva sustituta de frnacés podría ser esa persona. 
    Al principio pensé que eran simples cumplidos, la necesidad de caer bien al dueño del lugar que necesitaba para vivir,   de buscar la manera de cerrar un negocio en las mejores condiciones posibles. Desde lo más hondo de mi ser en aquel momento quise que ella viviera allí. Tenté la suerte, le ofrecí la casa, aún a riesgo de que ella tuviera su vida resuelta y quedara totalmente fuera de sus planes. No fue así. Quedamos para ir a verla, todavía no había asimilado que mí casa iba a ser puesta en alquiler. Se tomó un par de días para pensarlo y asumí que me daría alguna excusa para decir que no. Y me equivoqué otra vez. Quiso volver, me dijo que estaba interesada y que era cuestión de limar los detalles. Siempre he sido hospitalario, demasiado quizás. Pero en esta ocasión, desde que empezó a colocar sus cosas, nunca vi a una inquilina; vi a alguien que ya había estado allí y que de alguna manera había tenido una vida conmigo; aquello parecía la resurrección de recuerdos y le insistí en la idea de que, de no haber sido ella,  habría desistido de mi instención de alquilar. Sentados en uno de los sofás, leímos el contrato, apuramos algunos flecos, yo no quería animales en la casa, al menos de cuatro patas; le insinué que podría llevar a todos los de dos que quisiera; ella me dijo que no tenía, supongo que animales normales, aunque yo interpreté que tampoco tenía a ningún bicho de dos patas que tuviera la intención de compartir la casa con ella. En mi segundo intento por salir a comer , accedió, esta vez sí. Pasamos una velada cordial, más relajada de lo previsible para ser dos personas que no se conocían de nada. No hice preguntas incómodas, disfrutamos del menú, muy al gusto de los dos, me indicó alguna preferencia; en ningún momento pensé que tuviera otra relación; de ser así, o estaba muy apagada o la ocultaba deliberadamente. No sonó su móvil, ni ella parecía inquieta o preocupada. Le di las instrucciones, le entregué un juego de llaves y nos despedimos con dos besos, eso sí, un poco forzados. Creo que habría necesitado otra copa.

   Aquel fin de semana tenía que despersonalizar el lugar. Se lo encargué a alguien de confianza, porque no me sentía capaz. Había que retirar fotos, ropa, todo lo que recordara la presencia de otras personas en aquel lugar, incluso, algunos elementos decorativos y cuadros que no quería que quedaran allí. Fue un ejercicio un poco lúgubre, como cuando alguien va a retirar los objetos personales de un fallecido. Ya no volví a entrar, quería que la nueva inquilina tomara posesión y si se daba la ocasión evidenciar que, quizás, aquella había dejado de ser mi casa. Las semanas que pasaron fueron un pretexto constante para contactar con ella, había que preguntar si todo estaba bien, había que reparar algunas cosas, concretar el mantenimiento del jardín, perfilar algunos detalles. Era la situación perfecta para irme acercando, a su vida, a su intimidad. Como no se daba por aludida, ya empecé a insinuarle que tendría que invitarme a tomar café algún día. Por su onomástica le regalé, incluso, unas tazas, se sorprendió, pero no me invitó tampoco.

   Otra vez la memoria. Es complicado pensar el final de una historia cuando todavía no ha terminado. Me sentía atraído, quería seguir adelante. Aquella mujer y mi casa tenían una relación que quería aclarar. No tenía la certeza de que no tuviera pareja, pero tampoco de que la tuviera. Hablé con algunos compañeros que la habían conocido, lancé algunas indirectas para sondear antes de seguir adelante. Al menos había un lazo, ella la inquilina, yo el dueño de la casa. Cuando las cosas quedaron amarradas, empezaron a surgir detalles que aparentemente estaban dirigidos a aumentar su confortabilidad y comodidad; la casa hacía algún tiempo que no se ocupaba de forma continuada y necesitaba algunos arreglos. En una sesión de tarde del instituto me acerqué para darle conversación, intenté invitarla a tomar algo, pero esta vez me rechazó. Le pregunté cómo se encontraba, si todo iba bien, le dije algunos piropos y le sugerí que fuera a nadar a la piscina municipal. En ese momento me habló de su chico; al parecer era nadador, hacía travesías y ya había estado en la casa. Para mí fue una buena noticia. Esas extrañas casualidades. Al día siguiente fui a la cafetería, había alguien que no era del instituto. Permanecía con una tasa de infusión, apoyada en la boca y mirando al techo. No sé porqué, percibí cierto nerviosismo. Pidió la cuenta y quiso pagar la de otro compañero, Salvatore, el amigo de Pili. Me di la vuelta y me hice el loco. Sólo me dio tiempo de ver que su ropa no encajaba con el perfil de un adulto al uso, demasiado moderno, quizá, pantalón vaquero con desgarros, zapatos tipo náutico, amarillos, sin calcetines.
  
   Si quería seguir adelante, tendría que ser en el papel del otro. Me había dejado claro, sólo por su actitud, que no estaba demasiado feliz en su relación. Esta percepción la pude corroborar más tarde en una conversación con una amiga. El año anterior había trabajado en otro centro, su novio había venido algunas veces, y coincidió conmigo en que no parecía la persona que todos nos imaginábamos que podría estar con una mujer como ella. Tenía que buscar argumentos para poder seguir adelante. Esta vez con más ansiedad que nunca, como si fuera, si no el último, casi el último reto.
  
   Los pretextos siguieron. Había decidido no acercarme a la casa sino por alguna razón excepcional. Contraté a un jardinero para que el mantenimiento no se convirtiera en una intromisión inoportuna. Mensajes escuetos, al principio, conversaciones más largas después, fue desvelando poco a poco la que en apariencia era una relación bastante desgraciada. Nos cruzábamos en el trabajo, un par de besos, casi de rigor, y alguna pequeña observación sobre sus planes de fin de semana. Algunas veces iba ella, otras venía él. Había discusiones, música alta, algunos vecinos se quejaban. Empecé a llevarla al aeropuerto con unos gestos de cortesía que hacía mucho tiempo quedaron fuera de mis hábitos. En uno de esos paseos le pregunté como se sentía en "su" casa, admitió que estaba a gusto, que sentía mucha paz y tranquilidad, como no le sucedía desde hacía tiempo; me preguntó si podría disponer de ella para hacer alguna comida o reunión de amigos. No podía objetar nada, simplemente le comenté que la casa estuvo a sus disposición desde que la alquiló y que la gestión de ese espacio ya no me correspondía. Sí insistí en que me parecía una buena idea, especialmente, si me consideraba entre sus invitados.
   
   Antes de Navidad su ansiedad se disparó. Hablamos de su aparente problema, de esa necesidad de seguir adelante con una relación que parecía destructiva. Le hacía las sugerencias que me parecían más oportunas, le recomendé un psiquiatra, e intenté animarla a que buscara alternativas para que esa historia mejorara. Dudó al principio, pero en la fiesta que organizó para despedir el trimestre invitó a su pareja y a un grupo no demasiado numeroso de amigos entre los que me incluyó. Era una oportunidad, pero aquella noche empezó con presentimientos bastante preocupantes.
   
   Es posible que lo de aquella Navidad fuera simplemente otro mal síntoma. Reconoció que poco antes de subir al barco tuvo una profunda crisis, que no tenía claro cómo la iba a recibir su pareja, si es que la recibía. Siempre percibí que era ella quien llevaba la relación, sin embargo no me terminaba de quedar claro. Todo fue mutismo, hasta que un poco después ella misma me contó la ambigüedad que esos días le produjeron. Era una persona vengativa, no sabía a qué atenerse si hacía algo que él considerara un desplante. A pesar de todo, hubo lo que ella consideró un avance importante, pasaron el fin de año en la casa de sus suegros con lo que se rompía un precedente y ella se sentía un poco más integrada en su familia política. Por mi parte, me limité a enviar felicitaciones y a compartir algunos momentos de la diversión de esos días. Preparé con cuidado su vuelta y en la lavandería de la casa dispuse algunos regalos no demasiado comprometedores, entre ellos, un ángel decorativo que pensé que podría transmitirle algo de tranquilidad y convertirlo en un símbolo de buenas intenciones.


   No sé muy bien en qué momento las cosas empezaron a quedar fuera de control.     

     

El informe Kinsey, la mímesis de Gerard, la química cerebral

   En este borrador no se ha escrito ni una sola línea. No es de extrañar; cada vez se distancian más las entradas en este blog. Mi fiel seguidora Silvia ya no encuentra nada interesante en él; las otras dos seguidoras habituales tampoco dan señales de vida.
   
   Tantos años jugando con una palabra, la ginefilia, intentando dar una definición a algo que afecta a muchas personas, hombres, para encontrarte de frente con los nuevos enfoques que la psicología y la neurociencia moderna parecen tener bien acotado. Mi  amigo A.C. habla de "erotomanía" una especie de inclinación incontrolable a buscar estímulos eróticos, en el más amplio sentido de la palabra. Creo que es la tentativa final por mantener un poco de espiritualidad a la hora de definir las relaciones humanas. Lo que viene después, cuando menos, resulta bastante decepcionante, aunque los efectos demoledores que Eros ha causado y causa en las personas desde el principio de los tiempos ahora se llamen reacciones químicas producidas por bombardeos de endorfinas, muchas y de muchas clasees, procesos asociativos que tienen su origen en las neuronas espejo, imperativos biológicos hacia el gregarismo etc.
  
   En efecto, parece que ya no nos enamoramos. Nos contaban de pequeños que La Biblia usa un lenguaje simbólico porque si no su mensaje no iba a llegar a la gente sencilla. Al calor de la neuroquímica y la psicología conductista, me imagino explicándole a una adolescente niño o niña, cuando se sienta perturbada por la presencia de su objeto amado, que lo que le está pasando es que su cerebro ha dado orden a sus glándulas para segregar unas sustancias altamente adictivas, de efecto euforizante, sedante, analgésico, energizante en un desorden totalmente impredecible y con una intensidad variable, en función de la existencia de estímulos o no estímulos, porque ha reconocido en el chico o la chica de turno un modelo a imitar, estimulado por la necesidad de cubrir una carencia biológica que llevamos en nuestra carga genética y que tiene una eficacia probada por haberla actualizado alguno de nuestros antepasados. Irónico ¿verdad?. El amor romántico, como así se atreven a definirlo todavía otros autores, con la vista puesta en esas mismas teorías, no se diferencia en nada de un ataque de hambre, o un apretón de estómago después de una ingesta desproporcionada de un manjar exquisito.
  
   Si esto así, ya no habrá más crisis sentimentales, no habrá más peleas conyugales, no habrá más violencia de género en nombre del amor porque todo lo causa el exceso de feniletilamina. Busquemos la forma de controlar ese exceso químico y habrán terminado los problemas.
  
    Hace tiempo leí una crítica contra los libros de autoayuda en la idea de que con ellos se podía hacer crecer el nivel de conciencia y de autoestima de los lectores, aunque al final, y sin presuponer malas intenciones, lo único que crece con estas obras es la cuenta corriente de quienes los escriben y venden. Estoy convencido de que algo ayudan, consuelan, como La Biblia, pero como científico, como investigador no puedo evitar cierto alarmismo cuando leo afirmaciones rotundas sobre cuestiones muy complejas que no persiguen otro fin que el de dar al hambriento un trocito de pan para que se consuele.
  
   
Sin que esto sea un intento de desautorización, el señor don Iñaki Piñuel y la señorita Silvia Congost, han desarrollado interesantes teorías sobre el perfil del "psicópata integrado", sobre los distintos aspectos del "narcisismo". Cada uno desde su propia experiencia y formación. Caer en la generalización y en la universalización siempre es una vía arriesgada, meter en el mismo saco toda una casuística diversa para acabar con lo que efectivamente parece una lacra creciente que condiciona las relaciones humanas, en particular las de pareja, nos acerca peligrosamente al mesianismo. La otra parte es cuando entramos en territorios desconocidos, o no lo suficientemente conocidos, pues leer uno o dos libros de prestigiosos investigadores no es aval suficiente, y somos capaces de fundar teorías sobre el mimetismo como motor de las relaciones humanas, suprimir el factor original y la creatividad individual, y manejar términos tan delicados como es el caso de los neurotransmisores para hablar del bálsamo de Fierabrás frente a los arrebatos del amor.      

miércoles, 7 de febrero de 2018

Amor sin control




   Este es el título en español de la película de Stuart Blumberg Thanks for Sharing; según algunos comentaristas, bastante desafortunado, porque desvía la atención sobre el tema central, la necesidad de compartir los problemas y pone en énfasis el problema en sí, la adicción al sexo. La pregunta que surge frente a esta etiqueta "adicto al sexo" es si un ginéfilo puede considerarse algo así, o simplemente es una especie de subcategoría, en la que, en cualquier caso, entraría el concepto de adicción y de sexo, no tanto como prácticas en sí, sino como vinculación hacia otro género que no es necesariamente el propio.
   Ya habíamos visto esa película, ya habíamos reflexionado sobre lo que es una adicción, pero asumiendo la vulnerabilidad de la memoria, esas conclusiones pueden difuminarse.
   Lo que a lo largo del tiempo puede llegar a controlarse, en momentos de cierta debilidad, se puede convertir en una recaída fatal. Viendo las incursiones en las vidas ajenas que hace un ginéfilo, siempre desde fuera, esa predisposición quedaría reducida a una inclinación inocente si se compara con una adicción en toda regla. El adicto, por definición, pierde el control sobre su vida a consecuencia de su enfermedad. El perfil del ginéfilo resulta casi romántico frente al de un adicto al sexo cuyo drama es totalmente real. El ginéfilo siente una necesidad apremiante de estar con una mujer, de conquistarla, de seducirla; pero ejerce cierto control sobre su inclinación que le permite seleccionar, buscar y convertir en un ejercicio intelectual, con una trama perfectamente urdida, las acciones que le permitirían conseguir sus objetivos. Esto funciona mientras no haya alteraciones importantes en la personalidad o en el contexto. El paso del tiempo, el síndrome  de la pérdida progresiva de facultades y posibilidades, va convirtiendo su plácido paseo en una obsesión compulsiva y realmente adictiva. A pesar de haber admitido que cierto tipo de experiencias resultan dolorosas y, cada vez, menos motivantes, hay una negación sistemática a admitir que esa inclinación haya podido desaparecer definitivamente. Se teme la recaída, pero no se evita. Siempre queda una última oportunidad para probar que no todo se ha perdido. Es bastante simple, todo lo que se prohíbe se desea; el ginéfilo entiende la inutilidad de sus pulsiones, decide dejarlas poco a poco, pero en sus patrones le resulta inevitable seguir practicando, en su forma de relacionarse, las actitudes propias de su conducta; aunque él mismo intenta prohibírselas, él mismo, cuando recae, se autoriza a seguir adelante. La experiencia le permite pronosticar los posibles finales, quizás esto hace el sufrimiento más llevadero, pero en el fondo sigue ahí y le priva de bienestar y tranquilidad.
   Una vez más aparece alguien nuevo en tu vida. Físicamente encaja en el modelo que te perturba o, al menos, eso crees. No reparas en demasiados detalles. Te convences de que esta vez sí, que esta vez será la última, la definitiva. Y te enamoras, esa es la parte más fácil. Como el alcohólico, no puedes apartar la vista de la botella, estás seguro de que te va a proporcionar todo el placer, toda la satisfacción que no has encontrado antes aunque la resaca de la última borrachera no se haya pasado del todo. Esa es la mujer de tus sueños, la idealizas, estás dispuesto a darlo todo por ella, a dejar atrás todo lo importante que has creado en tu vida, no te importa, no lo ves. Pero esa botella, esa mujer no está a tu alcance; eso hace mucho más agobiante tu necesidad y te hace perder poco a poco el foco de tus intenciones; ese plan tranquilo que un día urdías por puro juego, sin que el resultado en sí fuera realmente importante, se convierte en improvisación, en movimientos poco afortunados, en equivocaciones que no sólo comprometen una posible amistad, sino que incluso empiezan a generar las sensaciones de un  acoso, y a despertar los efectos contrarios a los buscados, el rechazo, el alejamiento.
   Lo peor de las recaídas, cuando ya han sido muchas, es que van debilitando nuestra resistencia, nuestra capacidad para volver a empezar. El alcohólico quiere salir, quiere rehabilitarse, quiere dejar su adicción. Es capaz de volver a empezar su recuperación siempre que encuentre apoyo y estímulo para hacerlo. Lamentablemente muchos no lo consiguen, terminan sus días en el abandono, en la enfermedad, asumiendo su incapacidad para recuperarse y mirando a la muerte como su única y definitiva salida. Las demás adicciones resultan igualmente incurables. Los protagonistas de la película de Stuart Blumberg se quedan en una plácida fase de un nuevo intento de salir adelante; queda abierta la incógnita de hasta cuándo. El alcohólico destruye su entorno a la vez que a él mismo; también cualquier otro tipo de adicto. La pregunta final: ¿ese espacio que alimenta la esperanza de una curación definitiva, compensa la frustración que genera el hecho de saberse incapaz, por sí sólo, de mantenerse firme en su determinación? ¿Depender de alguien para que te ayude justifica tu debilidad y la entrega y sacrificio del otro?¿Los pequeños estímulos hacia el bienestar que obitienes en los períodos de tranquilidad compensan el esfuerzo para librarte de algo que sabes que siempre estará ahí poniendo a prueba tu resistencia y sentido común?
   Las emociones no son sino un estímulo más, una reacción química con la complicidad de la memoria, a las que llamamos amor. Generan una necesidad comparable al hambre, deben ser saciadas. Implican socialización y, por tanto, la implicación de otras personas con una sensibilidad y unos valores que en ningún caso deben ser violados, ni siquiera de forma "inteligente". Pero están ahí, son primarias e inexplicables; también son demoledoras cuando quedan fuera de control. Al final, es una elección y, como tal, un acto consciente. No somos como queremos o como nos gustaría que nos vieran, Un trabajo de seria aceptación y valentía para asumir las cosas haría más llevadera la vida del ginéfilo. Reescribir una y otra vez el final o, simplemente, no darle importancia, desentenderse, existir sin la preocupación....Podemos mantenernos lejos de una botella, no vamos al bar o las eliminamos de nuestro entorno, pero ¿cómo alejarnos de los esrtímulos que una mujer bella nos produce?




lunes, 23 de octubre de 2017

Hola pequeña, la inevitable decadencia

¡Hola pequeña!
   Hace tiempo que no te escribo. Es verdad que he empezado algunos borradores, que tengo algunos temas que tratar relacionados con eso que los cincuentones podemos abordar en relación a nuestra vida sentimental, pero, creo que, en parte, el problema es que no tengo ganas de publicar.

    Por si acaso, a lo mejor lo que me pasa, también le pasa a mucha gente.

   Nunca fui un lector obseso; es verdad que hay algunos libros que marcaron momentos y que no puedo olvidar. Cuando veo que a la hora de escribir se me desliza alguna falta de ortografía, he empezado a preocuparme, a pensar que quizás me he dejado llevar por la cultura de la imagen y he descuidado mis lecturas cotidianas; estoy en el propósito de enmienda. Disfruto leyendo, es verdad, pero también lo es que he perdido los espacios, los momentos y me falta vista y concentración: seguir una historia durante mucho rato me es casi imposible, mi cabeza se va por los cerros de la Tramontana o me invade un agradable sopor al que no me resisto. Lo que llevo peor -esto creo que no es nuevo- son los lapsus de memoria, mi incapacidad para recordar el título de lo que estoy leyendo, el nombre completo del autor y, en ocasiones, hasta el contenido. Las inevitables confusiones, la imprecisión de los datos me inhiben de compartir mi experiencia, de hablar con las personas de lo que estoy haciendo; así no, me quedo en silencio,  por el bien de la literatura.

    Retomando el balance de mis complejos adolescentes, resulta que siguen dando vueltas en mi cabeza. Hice una incursión en el cine pornográfico -por pura curiosidad antropológica-;  me propuse ver completa una película que en sus créditos decía que duraba 41 minutos -creo que nunca había visto una película pornográfica completa-; era la historia de un chico que contrataba los servicios de una prostituta de lujo, pero que al final resultó que era su hermana; a pesar de todo, ella cumplió y él pagó, supongo que en situaciones como esta, los lazos de familia mandan. Reconozco que sentí curiosidad por saber cómo podría ser un encuentro de esta naturaleza, no entre familia, la parte más repugnante de la peli, sino de ese hombre maduro que contrata a una chica más joven para tener una relación puntual. No estuve atento a lo que pasaba; sin embargo, aquellas escenas despertaron fantasmas como la inseguridad, la imposibilidad de una erección, una eyaculación demasiado rápida o demasiado lenta...en fin. Después de una vida sexual relativamente activa, después de suponer que mis complejos ya estaban superados, ante esa ventana puse de manifiesto mi inseguridad, la que siempre ha estado ahí y con la que creo que me moriré. Afortunadamente me demostré a mí mismo -consuelo de tonto- que todo aquello era un fraude; para empezar la película no duraba 41 minutos, apenas 16, por lo que concluí que la resistencia del actor no podía coincidir con el tiempo real,  pero ¿Quién se va a poner a cronometrar una peli porno?

   Otra cosa es la vida real. Hay mucha información sobre la necesidad de mantener relaciones sexuales, con más o menos frecuencia, hay adjuntos sobre las recetas de la felicidad que recomiendan hacer el amor al menos tres o cuatro veces por semana, ¡oh! . Al amparo de esta premisa, cuando cumplimos años nos empezamos a preguntar si hacemos el amor en la medida conveniente. Quienes tienen una pareja fija se quejan de la rutina que quema la pasión  -habrá alguna excepción, claro-; entienden que hacer el amor de vez en cuando es bueno para su intimidad, pero que va dejando de ser una prioridad, ya no cuentan las veces que lo hacen, pero tampoco las que no lo hacen. Otra historia es la de los que no tienen pareja. En algún programa televisivo he visto confesiones un poco bochornosas de hombres cincuentones que hablan de su gran sentido de la liberación sexual, presumen de haber conseguido una inhibición tal que les permite ser promiscuos de manera indiscriminada y ponen en segundo plano cualquier aspecto sentimental en aras de un vivir la vida sin mayores objeciones. Si tuviera la oportunidad les haría un psicoanálisis para que no pudieran mentir, les preguntaría qué tal funciona su próstata, qué tal vigor tienen sus erecciones, con qué frecuencia, si a la hora de meterse en la cama con alguien no les preocupa su panza, sus olores corporales, sus sofocos...Es verdad que se ven hombres de un aspecto impecable, cada vez con más edad, pero hasta que me demuestren lo contario, el paso del tiempo no lo evita nadie y, tampoco, sus consecuencias. En una conversación con un amigo sobre este particular -cada vez más recurrente en nuestras conversaciones- salió con frecuencia el calificativo de "fantasmada" para referirnos a cierto tipo de confesiones; él, que es muy campechano, al hablar de estos conquistadores concluye siempre "que si quieres follar, a lo mejor lo consigues pagando y eso, al final, no nos va", puede ser una buena terapia para afrontar la decadencia.

   Yo me sigo enamorando, no logro disociar sexo y amor. Sigo anclado en las perspectivas más románticas de las relaciones. Después de dar muchas vueltas, de reflexionar sobre nosotros creo que ya encontré la solución a mis agobios, una solución altamente terapéutica, al menos para mí. Un amor de juventud nunca se olvida; nosotros hemos cometido la imprudencia de reencontrarnos después de muchos años y creo que hemos vuelto a pensar el uno en el otro, con una continuidad, como mínimo, suficientemente indicativa de que nuestros sentimientos no han desaparecido del todo. Ya no voy a recriminarte más; a veces he tenido la sensación de que despierto en ti cierto sentimiento de culpa porque la vida ha pintado como ha pintado. Sé que me querías  mucho, que la profundidad y fuerza que tuvieron aquellos sentimientos ya no se pueden reeditar; hoy, como mucho, sigo enamorado de tu recuerdo, pero también te veo tal y como eres y, así, también puedo quererte. Hiciste lo que creíste mejor para ti, eras una chica sensata y vulnerable. En nuestras circunstancias todo parecía en contra y en las de ustedes todo parecía a favor. Decidiste bien, te ha ido bien, has creado una familia, tienes un buen compañero de viaje, creo que nada podría haber sido mejor. En cambio, mira cómo estoy, volando, en las nubes, sin ser capaz de olvidarme de las tonterías y centrarme en alguna forma de vida acorde con mi momento. Este punto merece un brindis y una carcajada.

   Debo volver a hablarte de aquella tricefalia de la cruz. Creo que cuando me preguntaste quién eras tú, ya lo sabías, pero esa es tu estrategia, es tu forma de protegerte;  la mía es preguntarte, y sé que no me vas a responder, pero tengo que hacerlo; forma parte del juego. ¿Ha pasado algo? Sí. Aquella mujer casada, mi afín intelectual, la  vitalista... se enteró de mis ambigüedades, se cansó aparentemente y me bloqueó en sus contactos. Tuve la oportunidad de volver a verla, todo muy formal y caí en la trampa que había evitado hasta entonces: dar explicaciones, justificarme; creo que dejé de ser especial para ella y, a pesar de que noté cierto interés y frustración por lo pasado, ya nada va a ser igual o, simplemente, ya nada va a ser. Me apena un poco porque podríamos haber salvaguardado algún tipo de amistad; también para ella la decadencia resulta inevitable, empieza a estar cansada y aburrida, empieza a ser consciente de sus achaques, tanta inconsistencia le produce mareos. No sé si volveremos a hablar o a comunicarnos. Me quedaré quieto, ahora ya no tengo ganas de seguir, aunque reconozco que en este tiempo siempre fue un buen puerto de atraque.

   El otro palo de la cruz, por el que llegué a sentir cierta obsesión, también se ha ido diluyendo. Creo que lo que siento hacia ella es sentido de la responsabilidad. Ahora no la puedo imaginar como pareja, ni como compañera, ni como amiga...y mucho menos como amante. Un día dejé de mirarla a través de mis filtros emocionales, me puse en su realidad y la venda se cayó. Reconozco que me gustaría volver a verla, incluso salir a tomar algo, pero tengo claro que detrás de mi abrazo o mis besos ya no iba a ver otra intención que no fuera comunicarle mi afecto y mi cariño.

   Habrá hombres maduros que se quieren quedar anclados en las fantasías de las conquistas. Creo que yo entraría en esa categoría. Sin embargo, tomar conciencia de que cada vez serán más fantasías y menos conquistas, puede resultar un poco frustrante, pero a la vez altamente tranquilizador. Si el fin es la seducción, más o menos conseguida, ya el fin no justifica los medios, la recompensa no cubre el esfuerzo, el desgaste, la atención, la previsión, la planificación que supone conseguir que una mujer caiga en tus brazos...además, si eso llegara a suceder...¿Qué ibas a hacer con ella?. Cada vez valoro más mi espacio, mi tiempo de ocio, la tranquilidad que puedes tener cuando llegas del trabajo, la indiferencia ante las tareas cotidianas, el descuido consciente, cada vez te importa menos el qué dirán, el cómo se sentirán los otros -si los hay-, a lo mejor aquel fantasma de la soledad, del no tener ese compañero de viaje, empieza a convertirse en un ángel de la guarda, así también puedo llegar a sentirme bien...No me gusta lo que dijo mi amigo sobre las necesidades biológicas; otro que ya no está decía que "se sentía viejo para enamorar", pero es verdad...si lo que quieres es follar, búscate una profesional, pero si esto no te va, las cosas han cambiado mucho, la gente es infinitamente abierta a cualquier tipo de experiencia, muchas mujeres solo buscan engrosar su perfil vital, el sexo no es un problema, relacionares con hombres maduros, viejos incluso, gente de su misma orientación forma parte de las prebendas de una libertad que nosotros no pudimos vivir y que ahora no siempre sabremos comprender pensando en nuestros hijos; el engaño es historia...quienes creen en el amor podrán entenderlo y te lo agradecerán.