Hay días en los que uno no debería escribir. Son esos días en que tus biorritmos, la luna o la primavera se convierten en el pretexto perfecto para no hacer nada. Pero hay un mecanismo, "la responsabilidad", que hace que te sientes, al menos, a especular sobre esas cosas que necesitas contar. Seguramente faltará chispa o buen humor, pero no somos perfectos.
Antonio es -supongo que es porque ignoro si sigue vivo- un profesor de historia que ya estará jubilado. Viene a cuento porque todo sucedió hace mucho, es verdad, por estas fechas. Fatídica concurrencia entre el apogeo de Géminis y la onomástica de San Antonio.
Al hacer balance de las personas que se han cruzado en tu vida y que por una puerta u otra han entrado en ella, su pareja fue de las que más se acercó a ese ideal soñado -y raras veces confesado- al que aspiraría cualquier hombre. Para empezar se llamaba Carmen, evocador y poético, caldo de cultivo de miles de momentos de intimidad; un ángel de ojos verdes, de rizos miel y oro, adicta a la música clásica y a la literatura de nivel, conversadora amable, con exquisita sensibilidad y sensualidad, apasionada hasta el dolor, dispensadora sin medida de su cuerpo de rosa piel brillante y húmeda...
Sin duda...ideal. Cruzarse con una criatura así podría convertirse en un auténtico calvario para quien intentara poseerla, un infierno a los ojos de un patán, que habría encontrado sin duda su propia versión del bálsamo de Fierabrás.
En ese momento de lucidez en que, por fin, aceptas que mejor se la quede el otro, mejor que te encuentren atado a una cama, sin comunicación posible, y con una buena tortilla de antidepresivos a mano...eso, por si todavía quieres seguir viviendo.
Antonio era bastante mayor que ella; lo suficiente para que le preocupara a él y no tanto a ella. Había cumplido cincuenta y tres; ella todavía no tenía treinta y ocho. Cuando aquella tarde nos sentamos a tomar unas cervezas -sólo tomaba cerveza- enseguida noté tintes de tragedia en nuestra conversación. Desde hacía unos años y, a pesar de tener una salud más que envidiable, siempre abordábamos el mismo tema: los achaques. No era sólo que ya teníamos más citas médicas que amorosas, sino que el calado de las mismas apuntaba más a una valoración para ir a la chatarra que a un posible plan de reciclaje.
A lo sumo, un cólico nefrítico que lo había dejado algo tocado sólo ante la posibilidad de que se le repitiera y que terminó convirtiendo en premonitorio de las mayores desgracias futuras. Entonces entendí lo de su anacrónica afición a la cerveza, puesto que los de su quinta éramos desde hacía mucho eno-adíctos y orujo-adictos (todavía no sé qué bebida tiene más poderes diuréticos o en qué cantidad hay que tomarla). El resultado final, con pocas diferencias, era siempre la de facilitar la fluidez locutoria. Y hablamos y hablamos. Su flamante vida se había articulado en relación a una famosa siquiatra con la que, como esposa había compartido más de veinticinco años.
Todo empezó en una convocatoria a tribunal de oposiciones. En la primera reunión para coordinarnos se tenía que elegir a un secretario y, normalmente, este puesto recaía en el de menor o mayor edad. Todos apuntamos hacia ella, una total desconocida, a la que le había tocado por sorteo estar allí. Sin embargo, su apariencia de juventud, especialmente enfatizada por su piel blanca y sus ojos singularmente verdes, fue desmentida y tras poner las cartas sobre la mesa, el más joven era yo. Se mostró, sin embargo solícita y no sé si intuyendo cierta dosis de torpeza para ejercitar la responsabilidad que se me venía encima, se ofreció a echarme una mano en todo lo que fuera preciso. Miré a mis colegas por encima del hombro y todos coincidimos en que aquella chica, venida del otro lado del mar, era la típica trepa y que no nos lo iba a poner fácil para sacar adelante la tarea que se nos venía encima. Más tarde tuve conciencia de que mi actitud no fue sino una cortina de humo y que, dada las circunstancias, estaba ante una ocasión única para intentar conquistarla.
Cuando empezamos a plantearnos cómo organizar los horarios de las sesiones dejó bien claro que tendría que desplazarse los fines de semana, pues tenía pareja y planes y que el estar allí era una contingencia nada favorable para su situación personal. No me di por enterado y la mecha ya estaba encendida.
Nuestro empleador nos daba varias opciones de alojamiento cuando por alguna comisión de servicios teníamos que desplazarnos. Opté, al principio, por la más barata porque los pagos se hacían contra factura y la puntualidad no era el fuerte de la administración. Pero al saber que aquella belleza había separado el otro hotel, considerablemente más confortable y que nos íbamos a tener que cruzar durante unos cuantos días, no lo dudé; dos días después estaba alojado en la habitación de enfrente, puerta con puerta. En aquel momento, nada hacía presagiar lo que pasaría tras esa decisión. Para mí era también una oportunidad para recuperar la tranquilidad, para hacer un poco de ejercicio y desintoxicarme, incluso, me lo llegué a creer.
Empezaron las sesiones con los opositores, se nos reclamaba profesionalidad. Salíamos del hotel a la misma hora y por una cuestión de eficiciencia decidimos usar un único taxi que nos llevara al centro de trabajo. A los pocos días empezamos a quedar para dar algún paseo vespertino, hablábamos poco del trabajo y empezamos a curiosear en nuestras respectivas vidas. Supe que le encantaba la música clásica, al nivel de una auténtica melómana, pasión que compartía con su pareja; yo me confesé un simple aficionado, que no lo era en realidad, pero sí insistí en dejarle claro que también dedicaba bastante tiempo a componer canciones, a tocar la guitarra y los teclados y que en ese aspecto encontraríamos espacios comunes. Mi primer arrebato fue regalarle una versión de El mar de C. Debussy, ella me puso en la pista y no estaba dispuesto a que su pareja me robara terreno en el que parecía su capricho del momento. Se quedó bastante sorprendida, iba con una dedicatoria en una delicada tarjeta en la que sin duda le quedó claro que estaba coqueteando y que aquello empezaba a ser algo más que una relación profesional.
Se planteó no viajar aquel fin de semana. Vino a verla una amiga que no conocía la isla en la que nos encontrábamos. Esa amiga confidente que le servía de coartada, que le profesaba una admiración que parecía sospechosamente un acto de amor, pero eso nunca lo pude confirmar. Nos fuimos de excursión y asumí el compromiso de llevarlas en el paseo y mostrarles los lugares más emblemáticos del lugar. Empezaba a sentirme protagonista, me mostraba interesado con su compañera, hablamos de las oposiciones, de nuestro trabajo y sin demasiadas expectativas, de vuelta, quedamos en irnos a descansar un rato, para salir por la noche a dar una vuelta, otra vez juntos. Terminamos en un mejicano, no tolero bien el tequila, luego nos fuimos a bailar.
Cuando toqué la puerta de la habitación me quedé de piedra. Desde el primer momento, llamaba la atención una mancha que tenía en la mejilla, una especie de herpes recurrente que había intentado eliminar de mil maneras. Esa noche el maquillaje había hecho milagros, ya no había rastro de esa pequeña imperfección. Apareció con un vestido color perla, bastante ceñido, de escote cuadrado y manga larga, la falda a la altura justa y unos preciosos tacones a juego. A su amiga ni la vi.
No hay comentarios:
Publicar un comentario