domingo, 31 de mayo de 2026

Sin título...no es broma

  
   Un día se me ocurrió especular sobre la relatividad del tiempo: el futuro no existe. Los griegos, los que hablaban la lengua de Homero y de Platón lo sabían bien; lo que llamamos futuro en su gramática expresa una posibilidad, lo que ellos llamaban optativo, expresa un deseo. El futuro es eso, una posibilidad que formulamos como un deseo en el momento presente. 
   Hace unos meses supe que no iba a suceder nada de lo que entonces deseaba. Conoces a una mujer y despliegas todo tu armamento de conquista. Y vas subiendo escalones; las metas con el tiempo se van haciendo relativas; pequeños logros, requiebros en momentos puntuales, un poco de abuso de posición dominante.
    A pesar de todo, nada parecia indicar que las cosas se estuvieran saliendo de su cauce. Ella seguía con él, con sus rituales, sus rutinas; no era un juego, sólo había un poco de decepción ante metas incumplidas, promesas rotas, traiciones imprevistas. Y todo seguía como en la más normal de las parejas: al desencuentro le seguía la reconciliación, quizás no apasionada porque ya nada era como fue, pero reconciliación, al fin y al cabo.
    En las fotos de aquella Navidad se veía al  hombre que la acompañaba, desencajado, con expresión ansiosa, mirada perdida, casi un muñeco de cera; ella, con otro talante, elegante, sí, para la ocasión, no radiante.
    Todo en orden a la vuelta, nada nuevo ni definitivo; la puerta para mí seguía abierta. Construía en cada encuentro, en mi tesón por encantarla, miles de argumentos sobre la felicidad y la libertad, sobre la caducidad de nuestro tiempo, sobre la defensa de la dignidad. Comimos y charlamos, fuimos serios y maduros pero, al otro lado del espejo, se perfilaba algo así como un maltrato, un abuso, enmascarado quizás por una enfermedad mental.
    Dejé de ser su amante potencial, me convertí en su hermano mayor, a veces, en el reflejo de su padre desaparecido. Así intenté comportarme y puse el capirote cuaresmal a mi deseo, al de que las cosas no fueran así, al de que nos entregáramos como amantes, sin más.
    Ella quiso apartarlo de su vida, lo excluyó una y otra vez de momentos especiales y fui siempre uno de sus cómplices. Poco a poco el relato que compartíamos se hizo de manual, de manual del maltratador, del manual de una persona potencialmente peligrosa. En realidad, algunos arrebatos de violencia contra él mismo, llanto desesperado ante la posibilidad de perder definitivamente a la mujer de su vida, argumentos vacíos para convencerla de que esta vez sí las cosas iban a cambiar, que esta vez sí se iban a cumplir las promesas, que iba a acabar el egoísmo, la falta de comunicación, la falta de atenciones, que esta vez sí se iba a crear la pareja de sus sueños, la pareja ideal, perfecta. Ella siguió con su huida, arriesgando más que nunca, tomando decisiones demoledoras para el otro...yo seguía siendo el cómplice. No duró mucho, decidió volver a verlo, volver a hablar, darle una nueva oportunidad. Quizás nunca le pegó, sólo la maninpuló, jugó con sus sentimientos  

viernes, 22 de mayo de 2026

De-samor sin control...la historia

   Alguien me dijo: "...a ti lo que te gusta es sufrir...", y complicarte la vida.

  Durante un tiempo todo el mundo pensaba que era un extraordinario compañero, generoso en sus posibilidades y sus juicios. Luego, esta aparente virtud se fue transformando, al final, en un "de tan buen es bobo".
   
   No había profesor de francés, los titulares estaban de baja por maternidad, ¡los dos! No era previsible que mandaran sustitutos, esto era ya lo habitual desde hacía unos años. Algo empezaba a cambiar; primero vino un chico, italiano, jovial, un poco gay, quizás. Puso en orden el departamento y asumió la carga lectiva más importante; las horas de francés restantes iban a quedar sin cubrir. Pues no. A los pocos días, cruzaba en un cambio de clase, por uno de los pasillos exteriores, la nueva; tres o cuatro compañeros rodeaban a una imponente morena que preguntaba interesada y sonriente por la ubicación de las aulas y las dependencias del centro; buscaban al jefe de estudios, les dije que había subido a la primera planta. La chica me miró, ladeando ligeramente su cabeza y espetándome una mirada aparentemente cómplice, -hola, soy la nueva de francés-. Sólo le di la mano con la prevención que he aprendido a tener hacia las mujeres especialmente guapas o atractivas. El resto de la mañana empecé a darle vueltas a la novedad, desde el principio tuve la sensación de que la conocía, de que la había visto antes y comencé a asociar su imagen con algún recuerdo anterior, con alguna experiencia, convencido de que era sólo mi imaginación. Una obsesión más, auxiliada por mi deterioro cognitivo leve, por mi frágil memoria, por la necesidad de construir imágenes deseadas y nunca encontradas. Creo que ese fin de semana estuve viendo algún dramón televisivo en el que se hablaba de los flechazos, de ese rayo que te atraviesa y del que no puedes librarte, de ese hilo rojo que enlaza a las almas gemelas. Empecé a convencerme de que me había enamorado, de que esta vez sí, de que el amor llega, que todo el pasado tenía que superarse...y un chorro más de fantasías que me tuvieron distraído un par de días. Como siempre, ya me imaginaba con la nueva en el altar, formando el matrimonio perfecto, disfrutando de su encantadora imagen el resto de mi vida.
   
  Una casa. Cuando era estudiante formaba parte de los retos y era sinónimo de cierto éxito social y una garantía de bienestar. Las casas se compraban, terminadas o a medias. No había demasiadas alternativas, o ahorrabas, te hacías un plan de pensiones que prometía hacerte millonario al cabo de mucho tiempo, o te hipotecabas. El plan de pensiones fue una opción, pero por esas cosas de la vida un día lo rescaté con pérdidas evidentes y se acabó. Lo de la hipoteca me costó un poco más. Viví de alquiler algunos años y después de descartar unas cuantas opciones me lancé al deporte de moda: restaurar un inmueble antiguo intentando respetar sus elementos tradicionales. Nadie me acompañó en esa tarea; confiaba en mi gusto y mis capacidades, en la posibilidad de sorprender a mis amistades con ideas más o menos originales; en poco tiempo me fui a vivir allí y podía presumir de ese ansiado éxito al que aspiraba la gente de mi quinta. No era una casa grande, fue creciendo con el tiempo, tenía un jardín que poco a poco se convirtió en un compendio de lo que mi educación evocaba, detalles clásicos, árboles frutales, vides, plantas y flores de todas clases, caminitos de piedra y espacios de césped. Aquello se fue convirtiendo en un espacio acogedor y sus paredes de piedra fueron adquiriendo una nueva personalidad. Nunca tuve un prejuicio de lo que debía ser: ¿un hogar para mi familia, un nidito de amor, un lugar de reuniones de amigos, un refugio para momentos difíciles? Con el paso del tiempo fue todo eso y mucho más. Siempre defendí que aquel lugar iba a ser algo intransferible porque era terriblemente personal. Nunca imaginé que, después de muchas discusiones, enfrentamientos y desacuerdos, pudiera llegar alguien y sentirse acogido y admirado por el lugar que durante casi veinte años había ido construyendo; admitía la posibilidad de que el sitio pudiera gustar más o menos, pero me resultaba bastante improbable que alguien pudiera enamorarse de aquel conjunto de ideas y de algunos despropósitos plasmados en cosas. Pues pasó. La nueva sustituta de frnacés podría ser esa persona. 
    Al principio pensé que eran simples cumplidos, la necesidad de caer bien al dueño del lugar que necesitaba para vivir,   de buscar la manera de cerrar un negocio en las mejores condiciones posibles. Desde lo más hondo de mi ser en aquel momento quise que ella viviera allí. Tenté la suerte, le ofrecí la casa, aún a riesgo de que ella tuviera su vida resuelta y quedara totalmente fuera de sus planes. No fue así. Quedamos para ir a verla, todavía no había asimilado que mí casa iba a ser puesta en alquiler. Se tomó un par de días para pensarlo y asumí que me daría alguna excusa para decir que no. Y me equivoqué otra vez. Quiso volver, me dijo que estaba interesada y que era cuestión de limar los detalles. Siempre he sido hospitalario, demasiado quizás. Pero en esta ocasión, desde que empezó a colocar sus cosas, nunca vi a una inquilina; vi a alguien que ya había estado allí y que de alguna manera había tenido una vida conmigo; aquello parecía la resurrección de recuerdos y le insistí en la idea de que, de no haber sido ella,  habría desistido de mi instención de alquilar. Sentados en uno de los sofás, leímos el contrato, apuramos algunos flecos, yo no quería animales en la casa, al menos de cuatro patas; le insinué que podría llevar a todos los de dos que quisiera; ella me dijo que no tenía, supongo que animales normales, aunque yo interpreté que tampoco tenía a ningún bicho de dos patas que tuviera la intención de compartir la casa con ella. En mi segundo intento por salir a comer , accedió, esta vez sí. Pasamos una velada cordial, más relajada de lo previsible para ser dos personas que no se conocían de nada. No hice preguntas incómodas, disfrutamos del menú, muy al gusto de los dos, me indicó alguna preferencia; en ningún momento pensé que tuviera otra relación; de ser así, o estaba muy apagada o la ocultaba deliberadamente. No sonó su móvil, ni ella parecía inquieta o preocupada. Le di las instrucciones, le entregué un juego de llaves y nos despedimos con dos besos, eso sí, un poco forzados. Creo que habría necesitado otra copa.

   Aquel fin de semana tenía que despersonalizar el lugar. Se lo encargué a alguien de confianza, porque no me sentía capaz. Había que retirar fotos, ropa, todo lo que recordara la presencia de otras personas en aquel lugar, incluso, algunos elementos decorativos y cuadros que no quería que quedaran allí. Fue un ejercicio un poco lúgubre, como cuando alguien va a retirar los objetos personales de un fallecido. Ya no volví a entrar, quería que la nueva inquilina tomara posesión y si se daba la ocasión evidenciar que, quizás, aquella había dejado de ser mi casa. Las semanas que pasaron fueron un pretexto constante para contactar con ella, había que preguntar si todo estaba bien, había que reparar algunas cosas, concretar el mantenimiento del jardín, perfilar algunos detalles. Era la situación perfecta para irme acercando, a su vida, a su intimidad. Como no se daba por aludida, ya empecé a insinuarle que tendría que invitarme a tomar café algún día. Por su onomástica le regalé, incluso, unas tazas, se sorprendió, pero no me invitó tampoco.

   Otra vez la memoria. Es complicado pensar el final de una historia cuando todavía no ha terminado. Me sentía atraído, quería seguir adelante. Aquella mujer y mi casa tenían una relación que quería aclarar. No tenía la certeza de que no tuviera pareja, pero tampoco de que la tuviera. Hablé con algunos compañeros que la habían conocido, lancé algunas indirectas para sondear antes de seguir adelante. Al menos había un lazo, ella la inquilina, yo el dueño de la casa. Cuando las cosas quedaron amarradas, empezaron a surgir detalles que aparentemente estaban dirigidos a aumentar su confortabilidad y comodidad; la casa hacía algún tiempo que no se ocupaba de forma continuada y necesitaba algunos arreglos. En una sesión de tarde del instituto me acerqué para darle conversación, intenté invitarla a tomar algo, pero esta vez me rechazó. Le pregunté cómo se encontraba, si todo iba bien, le dije algunos piropos y le sugerí que fuera a nadar a la piscina municipal. En ese momento me habló de su chico; al parecer era nadador, hacía travesías y ya había estado en la casa. Para mí fue una buena noticia. Esas extrañas casualidades. Al día siguiente fui a la cafetería, había alguien que no era del instituto. Permanecía con una tasa de infusión, apoyada en la boca y mirando al techo. No sé porqué, percibí cierto nerviosismo. Pidió la cuenta y quiso pagar la de otro compañero, Salvatore, el amigo de Pili. Me di la vuelta y me hice el loco. Sólo me dio tiempo de ver que su ropa no encajaba con el perfil de un adulto al uso, demasiado moderno, quizá, pantalón vaquero con desgarros, zapatos tipo náutico, amarillos, sin calcetines.
  
   Si quería seguir adelante, tendría que ser en el papel del otro. Me había dejado claro, sólo por su actitud, que no estaba demasiado feliz en su relación. Esta percepción la pude corroborar más tarde en una conversación con una amiga. El año anterior había trabajado en otro centro, su novio había venido algunas veces, y coincidió conmigo en que no parecía la persona que todos nos imaginábamos que podría estar con una mujer como ella. Tenía que buscar argumentos para poder seguir adelante. Esta vez con más ansiedad que nunca, como si fuera, si no el último, casi el último reto.
  
   Los pretextos siguieron. Había decidido no acercarme a la casa sino por alguna razón excepcional. Contraté a un jardinero para que el mantenimiento no se convirtiera en una intromisión inoportuna. Mensajes escuetos, al principio, conversaciones más largas después, fue desvelando poco a poco la que en apariencia era una relación bastante desgraciada. Nos cruzábamos en el trabajo, un par de besos, casi de rigor, y alguna pequeña observación sobre sus planes de fin de semana. Algunas veces iba ella, otras venía él. Había discusiones, música alta, algunos vecinos se quejaban. Empecé a llevarla al aeropuerto con unos gestos de cortesía que hacía mucho tiempo quedaron fuera de mis hábitos. En uno de esos paseos le pregunté como se sentía en "su" casa, admitió que estaba a gusto, que sentía mucha paz y tranquilidad, como no le sucedía desde hacía tiempo; me preguntó si podría disponer de ella para hacer alguna comida o reunión de amigos. No podía objetar nada, simplemente le comenté que la casa estuvo a sus disposición desde que la alquiló y que la gestión de ese espacio ya no me correspondía. Sí insistí en que me parecía una buena idea, especialmente, si me consideraba entre sus invitados.
   
   Antes de Navidad su ansiedad se disparó. Hablamos de su aparente problema, de esa necesidad de seguir adelante con una relación que parecía destructiva. Le hacía las sugerencias que me parecían más oportunas, le recomendé un psiquiatra, e intenté animarla a que buscara alternativas para que esa historia mejorara. Dudó al principio, pero en la fiesta que organizó para despedir el trimestre invitó a su pareja y a un grupo no demasiado numeroso de amigos entre los que me incluyó. Era una oportunidad, pero aquella noche empezó con presentimientos bastante preocupantes.
   
   Es posible que lo de aquella Navidad fuera simplemente otro mal síntoma. Reconoció que poco antes de subir al barco tuvo una profunda crisis, que no tenía claro cómo la iba a recibir su pareja, si es que la recibía. Siempre percibí que era ella quien llevaba la relación, sin embargo no me terminaba de quedar claro. Todo fue mutismo, hasta que un poco después ella misma me contó la ambigüedad que esos días le produjeron. Era una persona vengativa, no sabía a qué atenerse si hacía algo que él considerara un desplante. A pesar de todo, hubo lo que ella consideró un avance importante, pasaron el fin de año en la casa de sus suegros con lo que se rompía un precedente y ella se sentía un poco más integrada en su familia política. Por mi parte, me limité a enviar felicitaciones y a compartir algunos momentos de la diversión de esos días. Preparé con cuidado su vuelta y en la lavandería de la casa dispuse algunos regalos no demasiado comprometedores, entre ellos, un ángel decorativo que pensé que podría transmitirle algo de tranquilidad y convertirlo en un símbolo de buenas intenciones.


   No sé muy bien en qué momento las cosas empezaron a quedar fuera de control.     

     

El informe Kinsey, la mímesis de Gerard, la química cerebral

   En este borrador no se ha escrito ni una sola línea. No es de extrañar; cada vez se distancian más las entradas en este blog. Mi fiel seguidora Silvia ya no encuentra nada interesante en él; las otras dos seguidoras habituales tampoco dan señales de vida.
   
   Tantos años jugando con una palabra, la ginefilia, intentando dar una definición a algo que afecta a muchas personas, hombres, para encontrarte de frente con los nuevos enfoques que la psicología y la neurociencia moderna parecen tener bien acotado. Mi  amigo A.C. habla de "erotomanía" una especie de inclinación incontrolable a buscar estímulos eróticos, en el más amplio sentido de la palabra. Creo que es la tentativa final por mantener un poco de espiritualidad a la hora de definir las relaciones humanas. Lo que viene después, cuando menos, resulta bastante decepcionante, aunque los efectos demoledores que Eros ha causado y causa en las personas desde el principio de los tiempos ahora se llamen reacciones químicas producidas por bombardeos de endorfinas, muchas y de muchas clasees, procesos asociativos que tienen su origen en las neuronas espejo, imperativos biológicos hacia el gregarismo etc.
  
   En efecto, parece que ya no nos enamoramos. Nos contaban de pequeños que La Biblia usa un lenguaje simbólico porque si no su mensaje no iba a llegar a la gente sencilla. Al calor de la neuroquímica y la psicología conductista, me imagino explicándole a una adolescente niño o niña, cuando se sienta perturbada por la presencia de su objeto amado, que lo que le está pasando es que su cerebro ha dado orden a sus glándulas para segregar unas sustancias altamente adictivas, de efecto euforizante, sedante, analgésico, energizante en un desorden totalmente impredecible y con una intensidad variable, en función de la existencia de estímulos o no estímulos, porque ha reconocido en el chico o la chica de turno un modelo a imitar, estimulado por la necesidad de cubrir una carencia biológica que llevamos en nuestra carga genética y que tiene una eficacia probada por haberla actualizado alguno de nuestros antepasados. Irónico ¿verdad?. El amor romántico, como así se atreven a definirlo todavía otros autores, con la vista puesta en esas mismas teorías, no se diferencia en nada de un ataque de hambre, o un apretón de estómago después de una ingesta desproporcionada de un manjar exquisito.
  
   Si esto así, ya no habrá más crisis sentimentales, no habrá más peleas conyugales, no habrá más violencia de género en nombre del amor porque todo lo causa el exceso de feniletilamina. Busquemos la forma de controlar ese exceso químico y habrán terminado los problemas.
  
    Hace tiempo leí una crítica contra los libros de autoayuda en la idea de que con ellos se podía hacer crecer el nivel de conciencia y de autoestima de los lectores, aunque al final, y sin presuponer malas intenciones, lo único que crece con estas obras es la cuenta corriente de quienes los escriben y venden. Estoy convencido de que algo ayudan, consuelan, como La Biblia, pero como científico, como investigador no puedo evitar cierto alarmismo cuando leo afirmaciones rotundas sobre cuestiones muy complejas que no persiguen otro fin que el de dar al hambriento un trocito de pan para que se consuele.
  
   
Sin que esto sea un intento de desautorización, el señor don Iñaki Piñuel y la señorita Silvia Congost, han desarrollado interesantes teorías sobre el perfil del "psicópata integrado", sobre los distintos aspectos del "narcisismo". Cada uno desde su propia experiencia y formación. Caer en la generalización y en la universalización siempre es una vía arriesgada, meter en el mismo saco toda una casuística diversa para acabar con lo que efectivamente parece una lacra creciente que condiciona las relaciones humanas, en particular las de pareja, nos acerca peligrosamente al mesianismo. La otra parte es cuando entramos en territorios desconocidos, o no lo suficientemente conocidos, pues leer uno o dos libros de prestigiosos investigadores no es aval suficiente, y somos capaces de fundar teorías sobre el mimetismo como motor de las relaciones humanas, suprimir el factor original y la creatividad individual, y manejar términos tan delicados como es el caso de los neurotransmisores para hablar del bálsamo de Fierabrás frente a los arrebatos del amor.      

miércoles, 7 de febrero de 2018

Amor sin control




   Este es el título en español de la película de Stuart Blumberg Thanks for Sharing; según algunos comentaristas, bastante desafortunado, porque desvía la atención sobre el tema central, la necesidad de compartir los problemas y pone en énfasis el problema en sí, la adicción al sexo. La pregunta que surge frente a esta etiqueta "adicto al sexo" es si un ginéfilo puede considerarse algo así, o simplemente es una especie de subcategoría, en la que, en cualquier caso, entraría el concepto de adicción y de sexo, no tanto como prácticas en sí, sino como vinculación hacia otro género que no es necesariamente el propio.
   Ya habíamos visto esa película, ya habíamos reflexionado sobre lo que es una adicción, pero asumiendo la vulnerabilidad de la memoria, esas conclusiones pueden difuminarse.
   Lo que a lo largo del tiempo puede llegar a controlarse, en momentos de cierta debilidad, se puede convertir en una recaída fatal. Viendo las incursiones en las vidas ajenas que hace un ginéfilo, siempre desde fuera, esa predisposición quedaría reducida a una inclinación inocente si se compara con una adicción en toda regla. El adicto, por definición, pierde el control sobre su vida a consecuencia de su enfermedad. El perfil del ginéfilo resulta casi romántico frente al de un adicto al sexo cuyo drama es totalmente real. El ginéfilo siente una necesidad apremiante de estar con una mujer, de conquistarla, de seducirla; pero ejerce cierto control sobre su inclinación que le permite seleccionar, buscar y convertir en un ejercicio intelectual, con una trama perfectamente urdida, las acciones que le permitirían conseguir sus objetivos. Esto funciona mientras no haya alteraciones importantes en la personalidad o en el contexto. El paso del tiempo, el síndrome  de la pérdida progresiva de facultades y posibilidades, va convirtiendo su plácido paseo en una obsesión compulsiva y realmente adictiva. A pesar de haber admitido que cierto tipo de experiencias resultan dolorosas y, cada vez, menos motivantes, hay una negación sistemática a admitir que esa inclinación haya podido desaparecer definitivamente. Se teme la recaída, pero no se evita. Siempre queda una última oportunidad para probar que no todo se ha perdido. Es bastante simple, todo lo que se prohíbe se desea; el ginéfilo entiende la inutilidad de sus pulsiones, decide dejarlas poco a poco, pero en sus patrones le resulta inevitable seguir practicando, en su forma de relacionarse, las actitudes propias de su conducta; aunque él mismo intenta prohibírselas, él mismo, cuando recae, se autoriza a seguir adelante. La experiencia le permite pronosticar los posibles finales, quizás esto hace el sufrimiento más llevadero, pero en el fondo sigue ahí y le priva de bienestar y tranquilidad.
   Una vez más aparece alguien nuevo en tu vida. Físicamente encaja en el modelo que te perturba o, al menos, eso crees. No reparas en demasiados detalles. Te convences de que esta vez sí, que esta vez será la última, la definitiva. Y te enamoras, esa es la parte más fácil. Como el alcohólico, no puedes apartar la vista de la botella, estás seguro de que te va a proporcionar todo el placer, toda la satisfacción que no has encontrado antes aunque la resaca de la última borrachera no se haya pasado del todo. Esa es la mujer de tus sueños, la idealizas, estás dispuesto a darlo todo por ella, a dejar atrás todo lo importante que has creado en tu vida, no te importa, no lo ves. Pero esa botella, esa mujer no está a tu alcance; eso hace mucho más agobiante tu necesidad y te hace perder poco a poco el foco de tus intenciones; ese plan tranquilo que un día urdías por puro juego, sin que el resultado en sí fuera realmente importante, se convierte en improvisación, en movimientos poco afortunados, en equivocaciones que no sólo comprometen una posible amistad, sino que incluso empiezan a generar las sensaciones de un  acoso, y a despertar los efectos contrarios a los buscados, el rechazo, el alejamiento.
   Lo peor de las recaídas, cuando ya han sido muchas, es que van debilitando nuestra resistencia, nuestra capacidad para volver a empezar. El alcohólico quiere salir, quiere rehabilitarse, quiere dejar su adicción. Es capaz de volver a empezar su recuperación siempre que encuentre apoyo y estímulo para hacerlo. Lamentablemente muchos no lo consiguen, terminan sus días en el abandono, en la enfermedad, asumiendo su incapacidad para recuperarse y mirando a la muerte como su única y definitiva salida. Las demás adicciones resultan igualmente incurables. Los protagonistas de la película de Stuart Blumberg se quedan en una plácida fase de un nuevo intento de salir adelante; queda abierta la incógnita de hasta cuándo. El alcohólico destruye su entorno a la vez que a él mismo; también cualquier otro tipo de adicto. La pregunta final: ¿ese espacio que alimenta la esperanza de una curación definitiva, compensa la frustración que genera el hecho de saberse incapaz, por sí sólo, de mantenerse firme en su determinación? ¿Depender de alguien para que te ayude justifica tu debilidad y la entrega y sacrificio del otro?¿Los pequeños estímulos hacia el bienestar que obitienes en los períodos de tranquilidad compensan el esfuerzo para librarte de algo que sabes que siempre estará ahí poniendo a prueba tu resistencia y sentido común?
   Las emociones no son sino un estímulo más, una reacción química con la complicidad de la memoria, a las que llamamos amor. Generan una necesidad comparable al hambre, deben ser saciadas. Implican socialización y, por tanto, la implicación de otras personas con una sensibilidad y unos valores que en ningún caso deben ser violados, ni siquiera de forma "inteligente". Pero están ahí, son primarias e inexplicables; también son demoledoras cuando quedan fuera de control. Al final, es una elección y, como tal, un acto consciente. No somos como queremos o como nos gustaría que nos vieran, Un trabajo de seria aceptación y valentía para asumir las cosas haría más llevadera la vida del ginéfilo. Reescribir una y otra vez el final o, simplemente, no darle importancia, desentenderse, existir sin la preocupación....Podemos mantenernos lejos de una botella, no vamos al bar o las eliminamos de nuestro entorno, pero ¿cómo alejarnos de los esrtímulos que una mujer bella nos produce?




lunes, 23 de octubre de 2017

Hola pequeña, la inevitable decadencia

¡Hola pequeña!
   Hace tiempo que no te escribo. Es verdad que he empezado algunos borradores, que tengo algunos temas que tratar relacionados con eso que los cincuentones podemos abordar en relación a nuestra vida sentimental, pero, creo que, en parte, el problema es que no tengo ganas de publicar.

    Por si acaso, a lo mejor lo que me pasa, también le pasa a mucha gente.

   Nunca fui un lector obseso; es verdad que hay algunos libros que marcaron momentos y que no puedo olvidar. Cuando veo que a la hora de escribir se me desliza alguna falta de ortografía, he empezado a preocuparme, a pensar que quizás me he dejado llevar por la cultura de la imagen y he descuidado mis lecturas cotidianas; estoy en el propósito de enmienda. Disfruto leyendo, es verdad, pero también lo es que he perdido los espacios, los momentos y me falta vista y concentración: seguir una historia durante mucho rato me es casi imposible, mi cabeza se va por los cerros de la Tramontana o me invade un agradable sopor al que no me resisto. Lo que llevo peor -esto creo que no es nuevo- son los lapsus de memoria, mi incapacidad para recordar el título de lo que estoy leyendo, el nombre completo del autor y, en ocasiones, hasta el contenido. Las inevitables confusiones, la imprecisión de los datos me inhiben de compartir mi experiencia, de hablar con las personas de lo que estoy haciendo; así no, me quedo en silencio,  por el bien de la literatura.

    Retomando el balance de mis complejos adolescentes, resulta que siguen dando vueltas en mi cabeza. Hice una incursión en el cine pornográfico -por pura curiosidad antropológica-;  me propuse ver completa una película que en sus créditos decía que duraba 41 minutos -creo que nunca había visto una película pornográfica completa-; era la historia de un chico que contrataba los servicios de una prostituta de lujo, pero que al final resultó que era su hermana; a pesar de todo, ella cumplió y él pagó, supongo que en situaciones como esta, los lazos de familia mandan. Reconozco que sentí curiosidad por saber cómo podría ser un encuentro de esta naturaleza, no entre familia, la parte más repugnante de la peli, sino de ese hombre maduro que contrata a una chica más joven para tener una relación puntual. No estuve atento a lo que pasaba; sin embargo, aquellas escenas despertaron fantasmas como la inseguridad, la imposibilidad de una erección, una eyaculación demasiado rápida o demasiado lenta...en fin. Después de una vida sexual relativamente activa, después de suponer que mis complejos ya estaban superados, ante esa ventana puse de manifiesto mi inseguridad, la que siempre ha estado ahí y con la que creo que me moriré. Afortunadamente me demostré a mí mismo -consuelo de tonto- que todo aquello era un fraude; para empezar la película no duraba 41 minutos, apenas 16, por lo que concluí que la resistencia del actor no podía coincidir con el tiempo real,  pero ¿Quién se va a poner a cronometrar una peli porno?

   Otra cosa es la vida real. Hay mucha información sobre la necesidad de mantener relaciones sexuales, con más o menos frecuencia, hay adjuntos sobre las recetas de la felicidad que recomiendan hacer el amor al menos tres o cuatro veces por semana, ¡oh! . Al amparo de esta premisa, cuando cumplimos años nos empezamos a preguntar si hacemos el amor en la medida conveniente. Quienes tienen una pareja fija se quejan de la rutina que quema la pasión  -habrá alguna excepción, claro-; entienden que hacer el amor de vez en cuando es bueno para su intimidad, pero que va dejando de ser una prioridad, ya no cuentan las veces que lo hacen, pero tampoco las que no lo hacen. Otra historia es la de los que no tienen pareja. En algún programa televisivo he visto confesiones un poco bochornosas de hombres cincuentones que hablan de su gran sentido de la liberación sexual, presumen de haber conseguido una inhibición tal que les permite ser promiscuos de manera indiscriminada y ponen en segundo plano cualquier aspecto sentimental en aras de un vivir la vida sin mayores objeciones. Si tuviera la oportunidad les haría un psicoanálisis para que no pudieran mentir, les preguntaría qué tal funciona su próstata, qué tal vigor tienen sus erecciones, con qué frecuencia, si a la hora de meterse en la cama con alguien no les preocupa su panza, sus olores corporales, sus sofocos...Es verdad que se ven hombres de un aspecto impecable, cada vez con más edad, pero hasta que me demuestren lo contario, el paso del tiempo no lo evita nadie y, tampoco, sus consecuencias. En una conversación con un amigo sobre este particular -cada vez más recurrente en nuestras conversaciones- salió con frecuencia el calificativo de "fantasmada" para referirnos a cierto tipo de confesiones; él, que es muy campechano, al hablar de estos conquistadores concluye siempre "que si quieres follar, a lo mejor lo consigues pagando y eso, al final, no nos va", puede ser una buena terapia para afrontar la decadencia.

   Yo me sigo enamorando, no logro disociar sexo y amor. Sigo anclado en las perspectivas más románticas de las relaciones. Después de dar muchas vueltas, de reflexionar sobre nosotros creo que ya encontré la solución a mis agobios, una solución altamente terapéutica, al menos para mí. Un amor de juventud nunca se olvida; nosotros hemos cometido la imprudencia de reencontrarnos después de muchos años y creo que hemos vuelto a pensar el uno en el otro, con una continuidad, como mínimo, suficientemente indicativa de que nuestros sentimientos no han desaparecido del todo. Ya no voy a recriminarte más; a veces he tenido la sensación de que despierto en ti cierto sentimiento de culpa porque la vida ha pintado como ha pintado. Sé que me querías  mucho, que la profundidad y fuerza que tuvieron aquellos sentimientos ya no se pueden reeditar; hoy, como mucho, sigo enamorado de tu recuerdo, pero también te veo tal y como eres y, así, también puedo quererte. Hiciste lo que creíste mejor para ti, eras una chica sensata y vulnerable. En nuestras circunstancias todo parecía en contra y en las de ustedes todo parecía a favor. Decidiste bien, te ha ido bien, has creado una familia, tienes un buen compañero de viaje, creo que nada podría haber sido mejor. En cambio, mira cómo estoy, volando, en las nubes, sin ser capaz de olvidarme de las tonterías y centrarme en alguna forma de vida acorde con mi momento. Este punto merece un brindis y una carcajada.

   Debo volver a hablarte de aquella tricefalia de la cruz. Creo que cuando me preguntaste quién eras tú, ya lo sabías, pero esa es tu estrategia, es tu forma de protegerte;  la mía es preguntarte, y sé que no me vas a responder, pero tengo que hacerlo; forma parte del juego. ¿Ha pasado algo? Sí. Aquella mujer casada, mi afín intelectual, la  vitalista... se enteró de mis ambigüedades, se cansó aparentemente y me bloqueó en sus contactos. Tuve la oportunidad de volver a verla, todo muy formal y caí en la trampa que había evitado hasta entonces: dar explicaciones, justificarme; creo que dejé de ser especial para ella y, a pesar de que noté cierto interés y frustración por lo pasado, ya nada va a ser igual o, simplemente, ya nada va a ser. Me apena un poco porque podríamos haber salvaguardado algún tipo de amistad; también para ella la decadencia resulta inevitable, empieza a estar cansada y aburrida, empieza a ser consciente de sus achaques, tanta inconsistencia le produce mareos. No sé si volveremos a hablar o a comunicarnos. Me quedaré quieto, ahora ya no tengo ganas de seguir, aunque reconozco que en este tiempo siempre fue un buen puerto de atraque.

   El otro palo de la cruz, por el que llegué a sentir cierta obsesión, también se ha ido diluyendo. Creo que lo que siento hacia ella es sentido de la responsabilidad. Ahora no la puedo imaginar como pareja, ni como compañera, ni como amiga...y mucho menos como amante. Un día dejé de mirarla a través de mis filtros emocionales, me puse en su realidad y la venda se cayó. Reconozco que me gustaría volver a verla, incluso salir a tomar algo, pero tengo claro que detrás de mi abrazo o mis besos ya no iba a ver otra intención que no fuera comunicarle mi afecto y mi cariño.

   Habrá hombres maduros que se quieren quedar anclados en las fantasías de las conquistas. Creo que yo entraría en esa categoría. Sin embargo, tomar conciencia de que cada vez serán más fantasías y menos conquistas, puede resultar un poco frustrante, pero a la vez altamente tranquilizador. Si el fin es la seducción, más o menos conseguida, ya el fin no justifica los medios, la recompensa no cubre el esfuerzo, el desgaste, la atención, la previsión, la planificación que supone conseguir que una mujer caiga en tus brazos...además, si eso llegara a suceder...¿Qué ibas a hacer con ella?. Cada vez valoro más mi espacio, mi tiempo de ocio, la tranquilidad que puedes tener cuando llegas del trabajo, la indiferencia ante las tareas cotidianas, el descuido consciente, cada vez te importa menos el qué dirán, el cómo se sentirán los otros -si los hay-, a lo mejor aquel fantasma de la soledad, del no tener ese compañero de viaje, empieza a convertirse en un ángel de la guarda, así también puedo llegar a sentirme bien...No me gusta lo que dijo mi amigo sobre las necesidades biológicas; otro que ya no está decía que "se sentía viejo para enamorar", pero es verdad...si lo que quieres es follar, búscate una profesional, pero si esto no te va, las cosas han cambiado mucho, la gente es infinitamente abierta a cualquier tipo de experiencia, muchas mujeres solo buscan engrosar su perfil vital, el sexo no es un problema, relacionares con hombres maduros, viejos incluso, gente de su misma orientación forma parte de las prebendas de una libertad que nosotros no pudimos vivir y que ahora no siempre sabremos comprender pensando en nuestros hijos; el engaño es historia...quienes creen en el amor podrán entenderlo y te lo agradecerán.






     

viernes, 12 de mayo de 2017

Coño!, soy el otro

  
  
   El egocentrismo propio de ciertas enfermedades mentales hace que el loco normalmente sea incapaz de mirar fuera de la realidad que construye. El patán, en su mundo de fantasía, se monta las historias pensando sólo en aquello que lo pone en valor; por supuesto, no va a dar una perspectiva de asuntos que no le interesen.
   No han pasado muchas cosas desde que les conté que en mi agónica lucha de cincuentón por seguir dando de comer a mi insaciable necesidad ginéfila, me había situado  frente a una cruz de tres brazos. El brazo derecho, la mujer de mediana edad, nueva en mi vida, felizmente o infelizmente casada. El brazo izquierdo, un viejo amor no resuelto, sin apenas recorrido, casi nuevo. La cabeza de la cruz, otro viejo amor, ese sí con recorrido, como un tesoro antiguo, muy valioso que se ha redescubierto no sin sorpresa. El pie de la cruz, lo que va quedando por detrás, la mochila que nos mantiene de pie. Al fin y al cabo, una cruz, y tómese como se quiera.
   Un buen día alguien se cuela en tus correos, ve tu correspondencia, invade tu intimidad; todo aquello que parecía a salvo, que se había pensado con meticulosidad para estar libre de críticas u otras valoraciones, se queda al aire. Y te encojes, te quedas pequeño, mínimo...es algo tuyo que nunca quisiste enseñar. Quizás una adolescente celosa de sus encantos se habría sentido así si le arrancas la toalla al salir de la ducha.
   El diálogo entre dos personas es un espacio único; son tantas las variables que intervienen cuando se aborda un tema, cuando se habla de sentimientos que, fuera de contexto, puede resultar una parodia de lo más estúpida e insustancial. ¿Qué puede saber alguien que está empezando a vivir y que cuida su recién estrenada relación bajo los valores de la eternidad, lo infinito, lo sublime que sólo el amor inocente puede promover?. Todo terminó en una charla cordial, muy cordial para lo que podría haber sido. Una cosa es que didácticamente prediques que las relaciones tienen y deben de ser de una manera, por la preservación del orden social, de los hijos etc. Esa es la teoría. Pero ¿ cómo explicas que la gente se casa,  que no es coherente, que rompe sus promesas y que necesita volver a sentir el fogonazo de la adrenalina del enamoramiento? Si no se vive, nunca se podrá entender y, mucho menos, explicar. Somos inflexibles ante los demoledores efectos de las drogas, del alcohol, pero al final entendemos que son enfermedades incurables. Rara vez nos planteamos que las necesidades afectivas lo sean y que el conseguir nuestra satisfacción justifica cualquier cosa que se pueda llegar a hacer. Supongo que es porque cuando las juzgamos somos potencialmente víctimas; el ser borrachos o drogadictos parece que lo tenemos mucho más controlado.
      Al alcohólico le hablas de las consecuencias en el hígado, al drogadicto le dices que se va a volver loco, al infiel, siempre en el ánimo de que logre corregir su "mala conducta", le hablas de familia, de hijos, de amor, de compromiso y, lo más fuerte, lo que es mortal, le hablas del "otro". Todo habría estado justificado, una posible nueva historia; los correos no eran inocentes, a lo sumo, un poco anacrónicos a los ojos de alguien de veinte años. Pero los correos hablaban de un marido, de unos hijos al otro lado, de una propuesta de quedarte en el rincón oscuro, porque no podía ser de otra manera. Yo lo veo y lo entiendo; de llegar a ser algo no podría ser otra cosa que el "amante", seguramente con los matices que el momento vital impone, "el amante de una conversación tranquila y pacífica, sin reproches, el amante de un paseo, de un intercambio de recuerdos, de experiencias, de espacios comunes...los que probablemente habrán dejado de existir en otras latitudes".
   Pero se descubrió el pastel. No solo fui yo la víctima. También la otra parte recibió lo suyo. Pensé que esas cosas sólo pasaban en las telenovelas. Hoy lo veo con perspectiva. He intentado ser coherente con mis promesas -puede ser un gesto de cariño-; no he vuelto a comunicarme con esa persona, he roto todo contacto, he hecho propósito de enmienda; sé que me vigilan, tienen las claves de mi ordenador, de mi teléfono, los accesos a mis redes sociales. Lo tengo crudo, estoy bajo sospecha y no voy a caer en ese juego, que , como menos , me ha resultado humillante. Así que, cumpliré.
   Si algún día tengo la oportunidad, a lo mejor lo cuento, en directo, por supuesto. Fue bonito mientras duró. Te queda un poco de escozor. Con aloe irá pasando. La cruz se quedó sin un brazo.
     A la vuelta de los días, se deslizaron algunos mensajes. De mi parte unas escuetas disculpas plagiadas de una película americana. De la de ella, el haberme confundido en sus contactos con alguien cuyo nombre empieza como el mío. ¿Seguimos aquí?. Quizás.

   No termina de caer el segundo brazo de la cruz. En cualquier caso sí hay un esfuerzo por redefinir su función. Hoy habría muchas razones para venir al lugar donde un día nos encontramos. Entre ellas volver a vernos. Por momentos imaginé que volveríamos a las aventuras de hace miles de años, que caeríamos otra vez en las locuras del amor clandestino, que seríamos capaces de olvidarnos por unos días de nuestras respectivas realidades. No fue así. A duras penas conseguimos cerrar un encuentro para una tarde. Nada formal. No era ella, no era el gran amor del otro tiempo. Sólo me envalentonó la franquicia de que algo que hubo una vez, podría darse de nuevo. Sin embargo, me sorprendió; fue una cita cordial con una mujer que no me era totalmente desconocida, pero que tampoco era completamente nueva. Comimos en un ambiente agradable, hablamos de cosas intrascendentes, disfrutamos de cierta paz, me atreví con algún requiebro. Pero en la película que creía estar viendo, los personajes ya no encajaban. Habría que reescribir el guion. Ahora ya no es posible. Me encontré con una mujer a la que no sentía como madura, a pesar de serlo. Con una sensualidad infantil terriblemente seductora y una paz en la mirada que sí me era familiar. Sucumbimos a unas caricias posibles, nada más. La pasión se había templado, casi enfriado. Cada gesto chocaba con el cristal de su matrimonio, su fidelidad incólume, su familia, sus hijos, su proyecto de vida; sin aspereza, como ella, como siempre fue, con una dulzura imperceptible, con la delicadeza de quien mide sus gestos y palabras para no herir, para no romper la magia. Podría haberme dicho que el tiempo pasa, que nada es igual; podría haberme invitado a madurar, a dejar la poesía y los gestos corteses, las melodías agradables; podría haberme dicho que en ciertos momentos de la vida empiezan a funcionar otras cosas, igualmente buenas, motivantes; podría haberme dicho que pasara página, que hoy ya nada es posible entre nosotros, quizás una amistad, de lejos y con el contrapeso de que yo fui el otro y que ahora ya no lo soy ni lo podría ser. No dijo nada. Su mirada llegó a ahogarme en algún momento. Mi actitud la hizo sentir incómoda en otros. Llegó la hora de marcharse. Ahora sí, quizás ya no nos volveríamos a ver nunca. Es normal. No somos eternos. ¿Otros veinticinco años?. Imposible.
   Me gustaría olvidarla. Pero ya no me duele su recuerdo. Desisto. No tiene sentido buscar estrategias para acabar con algo que funciona. A mí me funciona. Pero es sólo un recuerdo. Si no intento convertirlo en otra cosa, todo irá bien...para ella, para mí.
   Hay más espacios en nuestros mensajes. Hay ausencias buscadas. Ralentizar la marcha pero mantener la secuencia. Me hace bien saber de ella, sigue siendo un refugio. Nos entendemos, es nuestro mérito, nuestro título, nuestra tesis. Quizás, cuando podamos renunciar a todo lo demás, eso es lo que nos va a quedar...y es mucho.

   El tercer palo de la cruz. Recuerdo a un personaje, tristemente famoso, que ante el fulminante flechazo de la flamenca con la que terminó liado, afirmaba que lo que le estaba pasando no era un calentón de quinceañero, que con cincuenta y tantos la gente sabe lo que es el amor y lo que es enamorarse. El tipo terminó en la cárcel, la flamenca, también, aunque un poco menos; su romance fue un sustancioso negocio a costa de los contribuyentes; supongo que a esto se refería cuando afirmaba que conocía muy bien las veleidades del corazón.
   Aunque siento la tentación de decir que "estoy enamorado", para no mejorar lo presente, vamos a dejarlo en calentón. Es verdad que desde hace tiempo pienso a diario en ella, me recorre alguna fantasía, soporto con paciencia conversaciones insustanciales por el hecho de oírla, intento sin éxito planificar encuentros, guardo celoso en mis archivos algunas fotos. Esto no es amor. A veces estornudar no es síntoma de gripe; como mucho es una pequeña alergia. Llegas a este estado de cosas porque necesitas demostrarte que todavía eres capaz de armar una aventura, de seducir, de conquistar; te debates entre la posibilidad de hacer el ridículo y la indiferencia que te proporciona el pensar menos en lo que te queda que en lo que te falta. Pero sobre todo, llegas a este estado de cosas porque en algún momento calibraste las posibilidades y te dieron esperanza...como cuando eras chiquito. Está divorciada. Vamos al diccionario y consultamos el alcance objetivo de esta situación. Teóricamente está disponible. En este punto empiezan los matices y el palo de la cruz no se sostiene.
   Cuando uno se divorcia corta con un proyecto de vida junto a alguien en todas sus consecuencias. Que estemos disponibles o no para empezar otro depende de muchas cosas, pero, al menos, es una posibilidad. Los aspectos connotativos del leguaje dan mucha libertad. Me habría gustado preguntarle qué es para ella un divorcio. No procede. Esta respuesta he tenido que deducirla y no creo que los indicios puedan ser más claros. Me niego a aceptar que alguien se pueda autocondenar durante diecisiete años a contemplar a su exmarido por el hecho de tener un hijo en común; me niego a aceptar que alguien pueda sacrificar su vida por cubrir apariencias, por no romper lazos familiares políticos; me cuesta mucho admitir que una mujer guapa, rodeada por todas partes de perversos hombres sexualmente activos, no haya sucumbido en todo este tiempo a los requiebros de alguno. Espero que mis intereses me estén engañando y que la imagen que he construido, sea simplemente eso, una imagen.
   Ahora construyamos la película, en dos versiones. Hace unos años su exmarido, por inconstancia e infidelidad, adquiere este adjetivo con sobresaliente. Se van al juzgado y formalizan la ruptura, hacen el convenio y sigue la vida. Él colecciona amantes, el niño crece y empieza la demanda de responsabilidades. Como madre abnegada asume la suya y concreta su frustración en el reproche constante a la negatividad del padre. El primer paso ya está dado. Luego, se separan físicamente; él se compra una casa y se va con la novia de turno que ve a su hijo como un problema y sólo quiere vivir la vida; entramos en la fase del maltrato sicológico; el tiempo va pasando, el niño crece, la madre no vive. Sin embargo, hablan cada día; ella le recrimina como si realmente siguiera siendo su marido; no pasan veinticuatro horas sin que el uno no sepa del otro. Al final todo su círculo familiar asume la minoría de edad del individuo, no es marido, no es padre, no es amante...aporta algo de dinero, va a ver a su hijo al fútbol en donde coincide siempre con su madre a espaldas de su novia. Los papeles aprendidos en los tiempos felices se mantienen, los abuelos siguen reuniéndose en las fiestas de guardar, se hacen comidas, se hacen viajes y el vínculo no se rompe. Es verdad, ella baila salsa, le encanta y es el único placer confesable que le permite afrontar su terrible existencia. Así no hay forma, el conquistador siempre busca el punto débil, la fisura, la grieta por donde pueda hacer palanca. Pero en esta situación, no se puede. El único argumento de su divorcio es su situación legal. Y lo que es peor, lo tiene asumido y no parece necesitar ningún cambio.
   El otro guion que podríamos escribir, más de mi gusto, ofrece la versión perversa, pero emocionante y vital. Ella es una mujer fatal. Desde su ruptura ha habido alguien más en su vida y con el paso del tiempo, en la sombra ha mantenido una o más relaciones paralelas, una o más aventuras ocultas. Si es así, perfecto. Fin de la historia. Nihil obstat. No se ha dado un espacio para hablar del tema, ha escuchado con paciencia mis quejas de amante desesperado y con exquisita elegancia no me ha mandado a la porra. De habérselo preguntado, con todo el derecho su respuesta habría sido "no te interesa".
   Podríamos ponernos en un tercer supuesto, no es de película y resulta terriblemente prosaico. Después de mucho tiempo se reencontró con un viejo amigo, conmigo. Han pasado casi veinte años. Sólo alguien con una enfermiza memoria a largo plazo, puede concebir que en este tiempo el resto del mundo no haya abierto un paréntesis. En un esfuerzo por deshacerme del pasado la intentas ver como la mujer que es hoy, con pareja o sin ella, con una vida o sin ella. Siendo así, como cualquiera, es posible que simplemente no le intereses, que como hombre no estés en su perfil y que por educación y respeto hacia algo que ya pasó, intente mantener una discreta cercanía...que sólo yo, me he empeñado en transgredir.
   A lo mejor, con mi tercer brazo de la cruz,  no soy el otro...simplemente, no soy.   
       
      

          

sábado, 26 de noviembre de 2016

Las deudas del alma...nunca se acaban de pagar, ni a los cincuenta...

   En ocasiones anteriores abordé la problemática de los cincuenta, siempre desde la perspectiva de alguien que se reconoce con un apego intenso hacia la condición femenina . Creo que no las voy a publicar. Están faltas de inspiración, probablemente porque las he escrito forzado por la necesidad de seguir dando coherencia a mi relato. Hoy escribo porque estoy triste, un poco ansioso y porque creo que ese es el mejor estado para intentar centrifugar un poco el espíritu.

    Han pasado tres años desde que superé esa barrera psicológica de los cincuenta. De las muchas predicciones que leí o me hicieron sobre los cambios que iba a experimentar, todavía no puedo concretar ninguno. Casi todas apuntaban a la apocalipsis de mi energía emocional, poco menos tenía que prepararme para convertirme en una especie de castrati al que sólo debían preocuparle cosas mucho más trascendentes que el hecho de querer conquistar a una mujer y, a lo sumo, llevársela a la cama; esas cosas, después de los cincuenta, resultan patológicas.

    En lo que no he cambiado, a pesar de todo, es en que sigo siendo una especie de mentiroso compulsivo, cosa que no puedo evitar cuando escribo y espero que alguien me lea  Pero no lo percibo como un defecto, es una patología más de las muchas que vienen de serie en la condición humana. En nuestra cultura mentir se extirpa como una mala verruga...sin embargo, es persistente y siempre vuelve a salir. Con todo, ahora he encontrado un término que tiene un contenido despectivo considerablemente inferior: "episodios de fabulación"
 
    No termino de salir de mi última historia. Siento que todas las razones por las que me escapé de ella me siguen persiguiendo, y me debato entre aquello de que es mejor malo conocido a bueno por conocer, en especial, porque en este momento de mi vida lo bueno por conocer empieza a convertirse en quimera, en posibilidad de remoto cumplimiento. Vivo como si realmente siguiera comprometido, anclado a unas promesas y a unos límites que ya no están. Sigo sintiéndome obligado a estar a una hora en casa, a dormir en la misma cama, a rendir cuentas, a respetar aniversarios de los propios y de los ajenos, a ser guardián inflexible de mi salud y a pensar, quiera o no, en que no debo ser la cigarra del cuento, sino la hormiga que debe guardar para un futuro incierto, pero futuro. Al final, toda una actitud.

   Hace años, comunicarte con tus contactos suponía un acto de importante voluntad. Había que llegar a casa, buscar un momento, encender el ordenador, esperar que la conexión telefónica fuera bien y, entonces, se producía el milagro en la pantalla, salía la chica, normalmente arreglada para la ocasión y charlabas, horas a veces, como el preso ante su visita. Ahora, las benditas redes sociales no te dejan descansar sino cuando estás bajo la ducha, porque, incluso haciendo tus necesidades más íntimas, estás tentado a darle a los deditos para guasapear, facebuquear, tuitear etc. Hasta ahora, el ginéfilo mantenía sus adicciones en el plano de lo razonable, como cualquier adicto que está convencido de que tiene su enfermedad bajo control, porque la somete a una estricta rutina de lugares. momentos y frecuencias. Pero en estas circunstancias, con tantos flancos abiertos para que entren en tu intimidad y la compartas al mismo tiempo, resulta totalmente imposible: no hay forma de justificar la absoluta dependencia.

    Mi confidente en estas lides iba a ser el primer protagonista de mis cincuentonadas, pero me voy a  dar un gusto y  tendrá que esperar un poco. ¿Cómo te planteas una nueva relación si la última todavía te condiciona?. Además, partimos del hecho de que, a estas alturas, como decía también un recordado amigo mío, estamos un poco viejos "para enamorar". Creo que al saltar la barrera de los cincuenta me olvidé de desconectar alguna función, ya por obsoleta, que debe dirigir la imperativa necesidad de seguir buscando líos entre los brazos de las mujeres. Espero ser la excepción por el bien del sentido común.

    Fue un accidente, conocí a alguien durante un traslado provisional en mi trabajo. Fue receptiva, sólo eso. A pesar de que nunca nos volvimos a ver, nos intercambiamos whatsapp ,y, cuatro años después, seguimos en las mismas. De vez en cuando, nos prometemos un encuentro que nunca llega, y si llegara no sé muy bien qué pasaría, porque estamos tan acostumbrados a la mini dactilografía telefónica que supongo que estaríamos frente a frente y no sabríamos comunicarnos de otra manera. El que sea una mujer casada y viva a unos cientos de kilómetros de mí, ayuda bastante y aquí mi querido Platón adquiere un sentido pleno. Es verdad que tenemos muchas afinidades, que, a lo mejor, podríamos funcionar como pareja, que hasta podríamos enamorarnos...pero me da una pereza terrible. Juega con ventaja, es algo nuevo y eso tiene su encanto.

   Tonteando en Facebook se me ocurrió buscar a alguien que había significado mucho para mí cuando tenía veintitantos años. No se rían, a lo mejor la reconocen en alguno de mis relatos anteriores. Y empezamos a hablar. Como aquella historia no acabó bien...ella se fue con el que actualmente es su marido...durante un tiempo me dediqué a recordar todo lo hermoso que había sido nuestro romance, a intentar despertar en ella todas aquellas cosas que nos habían unido en una etapa de nuestra vida, realmente memorable y emocionalmente muy intensa. No dudo que en algún momento la haya hecho flaquear, especialmente porque retomamos una pasión dormida -congelada quizás- que estaba libre de todo el deterioro que da el uso. Pocas cosas ha reconocido sobre su matrimonio, pero una de ellas es que, después de un montón de años, es difícil mantener el tono de amor que ella y yo conocimos. Puede interpretarse como una pequeña victoria para mí, pero a través del tiempo he podido comprobar que sólo ha sido otro "episodio de fabulación". En cierto modo hay más cercanía que con mi compañera de trabajo, hablamos por teléfono de vez en cuando y, al menos yo, he superado mi inicial incomodidad. Casada y lejos. El teléfono, otra vez, el arma asesina. Su prudencia y mesura sólo puede obedecer a sus firmes convicciones matrimoniales, no habla de ellas, no tiene que repetirme cada día que quiera a su marido, que quiere a su familia y a su vida ni que yo me he convertido en una mosca cojonera empeñada en remover su pasado, sin otra intención clara que la de complicarle la vida con alguno de mis arrebatos irresponsables; es demasiado educada y formal. En mi fabulación la sigo viendo como hace veinticinco años, la deseo, incluso; reconozco que no me importaría recuperar alguno de aquellos momentos vividos...pero, ¿a qué precio? Le he dicho muchas veces que la quiero, ella siempre responde que lo sabe. Quizás siga enamorada del recuerdo, pero, a día de hoy, su único amor, es su marido, me duela donde me duela.
    
  Y ya, mi pequeña joya. Otra obsesión de juventud. Otro reencuentro casual. También me dejó; el que es el padre de su hijo, se la llevó al altar; hoy están divorciados, pero como si no lo estuvieran. A mí se me antoja que en este momento de su vida podría ver las cosas que no vio hace veinte años. Y el debate es complicado. Supongo que como no me gusto, a lo mejor descubro a los ojos de una mujer con la que tuve una aventura hace un montón de tiempo, que puedo descubrir virtudes  que restablezcan mi autoestima. Y me lanzo al ataque. Hay un asunto profesional que nos obliga, en cierto modo, a estar cerca; sólo un asunto profesional, lo único. He  tenido que hacer un esfuerzo considerable para recordar todas las cosas que nos separaron en su momento. No tenemos nada en común, nada; es más, casi todas las cosas que nos gustan nos separan. Odio el fútbol y los coches, a ella le encantan; tiene un montón de mascotas, no las soporto; adora el baile, yo el peor de los patosos; lee lo justo, ¿qué haría yo sin un libro? Odia el alcohol, a mí me complementa. Desde el principio, los dos queríamos tener una bonita casa con jardín...y lo conseguimos, pero cada uno la suya; ni siquiera nos necesitamos. Todavía no sé qué pudo ver en mí en aquel momento...ella dice que es que era demasiado inocente...supongo que me quiere decir que no tenía ni idea de lo que quería; en efecto, su ex-marido y yo somos como un huevo y una castaña. Sin embargo, creo que estoy enamorado. Esto sí que es una crisis. Ando como un zombie esperando que me coja el teléfono, que responda a mis mensajes, he perdido hasta el apetito...pero estoy viejo para enamorar, y
este catarro lo tendré que pasar solito, cincuentón, aburrido y lleno de miedos. ¿Cómo será relacionarme con alguien mucho más joven que yo? ¿Seré capaz de seducirla?, ¿Responderé en la cama?, ¿De qué hablaremos en nuestro tiempo libre?, ¿Seremos capaces de crear sueños juntos?...Sueños, ¿qué sueños?
   En los cincuenta sí he encontrado algo. Un cajón lleno de futuros que ya se han cumplido, de historias con un final escrito y leído. No queremos recorrer caminos ya andados...aunque la tentación de reencontarte con algún paraíso-infierno perdido sigue siendo demasiado fuerte...a pesar de los cincuenta y tantos.