miércoles, 8 de abril de 2009

De los catorce a los diecisiete (II)

   
   Aquella chica me gustaba realmente. Carmen Rosa bailaba en mi cabeza, pero en aquella época, no era fácil empezar una relación y, menos con mis antecedentes de niño sucio y desaliñado...esto lo olvidé pronto. Sin embargo, el haber sido alumno del colegio de monjas, donde ella estaba, y mi repentino interés por actividades espirituales y de catequesis me abrieron las puertas para que, al menos, ella supiera que existía (" Cuando Carmen Rosa empezó a atraerme hasta los huesos, me sentía insignificante y totalmente vulnerable al más mínimo gesto; hicieron las típicas fotos de fin de curso. Ella me regaló un primer plano de su cara que aún no he podido olvidar; apenas habíamos cruzado palabra y, sin pedírselo, tuvo ese detalle. Pensé que sus escudos habían caído y yo bajé la guardia"). 
   Todo empezó a andar, siempre buscaba la oportunidad para verla. Íbamos a catequesis juntos y yo la esperaba a la salida; después, me dejaba acompañarla hasta la mitad del camino hacia su casa, al salir de misa; intentaba prolongar las despedidas, pero siempre mantuve una distancia respetuosa. Aquel verano, tras terminar la EGB, me preparaba para ir al Instituto. Era un paso importante en la carrera de un estudiante. Tuve dos dilemas, primero, quería ir a la formación profesional, pero esos estudios eran para los torpes; mis padres, afortunadamente, me disuadieron. El segundo dilema es que Carmen Rosa continuaría en el colegio de las monjas, y eso suponía perder todas las coartadas que teníamos para vernos. Llegó la Fiesta de la Piña en septiembre; las verbenas o los guateques de El Casino nos daban la oportunidad de algún acercamiento. Creo que entonces, como ahora, no sabía bailar, pero tenía cierto sentido del ritmo y eso me permitía salir airoso. No habíamos quedado, pero como aquella fiesta se celebraba en su barrio, había muchas posibilidades de encontrarla. Y así fue. Tenía un bronceado intenso; la camiseta blanca de algodón lo resaltaba aún más, al igual que sus más que razonables pechos, que terminaron con las pocas defensas que me quedaban. Bailamos toda la noche bajo la mirada atenta de su madre. !Por primera vez la tocaba!, notaba su cercanía y, ¡esos pechos!, ¡cómo se movían al ritmo de la música!. Cuando llegó la hora de la despedida ya sabía muchas cosas de su vida, me contó y le conté. No di importancia al detalle de que conocía a un chico de otra isla, Pedro, que pensaba venir a verla o ella ir a verlo. Me fui a casa saltando de alegría. Ya nos volveríamos a encontrar, pero no sabíamos cuándo"

  "Veraneábamos en una playa cercana, en una casa que había construido mi padre en medio de su finca de plátanos. No tenía medios de transporte, ni teléfono, ni otras formas de comunicarnos. Allí, confinado con mis hermanos, pasábamos las plácidas tardes estivales. Realmente empezaba a preocuparme mi aspecto. El acné fue bastante benévolo conmigo, pero no terminaba de encontrar una imagen que me convenciera y me pasaba todo el tiempo cambiando el peinado y probando posturas en el espejo. Ya próximos al inicio del curso, y de vuelta a nuestra casa habitual, salí a dar un paseo. En las escalera del antiguo edificio de correos encontré a Carmen Rosa; estaba sentada al lado de un chico (yo sólo había hablado con ella de pie), en una actitud que me pareció cariñosa y relajada. Me envió un saludo indiferente. No me atreví a acercarme. Sólo quince días antes, después del baile, me había sentido el chico más feliz del mundo. Estaba convencido de que era mi novia, que la había conquistado y, sin embargo, ella estaba con su chico, del que me había hablado. Cuando empezaron las clases, ya no tenía otra cosa en la cabeza que mis libros y aquel incidente dejaría las cosas en el olvido"

               

1 comentario:

Helena E. dijo...

Si un adolescente aborda una aspecto tan crucial para la vida como es una relación, si en la pureza emocional que nos regala ese momento existe ya un prejuicio inculcado desde sus educadores, mentores y demás, todo lo relativo a este proceso se aborda como si se tratara de un delito. La frustración y el desengaño forma parte de la dinámica de las relaciones. Quizás habría que enseñar que el fracaso es un valor como el éxito, perder la vergüenza a hablar de él, darle la misma importancia que a las cosas que nos salen bien, especialmente, porque así no tenemos miedo a compartirlas. El fracaso es aprendizaje, pero si no se exterioriza, si no se comparte, se convierte en una herida enquistada. A partir de aquí se refuerza la percepción negativa de las relaciones. Sólo el trabajo, el estudio es digno de esfuerzo, no es cuestionable, las relaciones humanas son un conflicto, especialmente en lo afectivo.Es importante entender que somos un valor, que la percepción que tienen los otros puede ser muy diferente, que no tenemos un perfil único e invariable y que la libertad de elección es algo que nos pertenece a todos. Los otros, las otras sufren igual que nosotros ante la frustración, la manejan de manera diferente, pero está ahí. No es legítimo causar sufrimiento con los mismos mecanismos que nos lo han causado a nosotros por el hecho de sentirnos iguales. No es peor quien no te acepta, simplemente es libre; quebrar esa libertad, autojustificar comportamientos tóxicos para herir a quien nos ha herido es simplemente reprobable. Quien asume estos roles en su fase de formación emocional, necesita a lo largo de su vida un nivel de conciencia y atención que le aleja de la espontaneidad y de la posibilidad de expresar sus sentimientos de manera natural. Aceptar esta limitación es una vía para alcanzar el bienestar personal y evitar el daño ajeno.