Belén formaba parte del coro que amenizaba la misa dominical. La naturaleza, siempre sabia, sabe compensar a sus criaturas. A Belén no le dio una belleza especial, pero le dio una voz y una alegría que equilibraba todo lo demás. Creo que, por primera vez en mi vida, empecé a experimentar la atracción mutua, eso que ahora llamamos química sexual. Hasta entonces, siempre tuve la sensación de que el que deseaba era yo y que la otra persona, simplemente, asentía o me rechazaba. Belén era alegre, irresponsable, nada intelectual y con una energía inmensa que cautivaba a todos los que la rodeábamos. Me perdí cuando empezamos a hacer dúos, a cantar canciones de amor, cuando, dispuesta y sin prejuicios, empezó a ir a nuestro piso sin otro pretexto que el de vernos. Lástima que estaba Paco, lejos, pero estaba.
Carmen Rosa se ponía en el otro extremo de la sala, justo frente al coro, no estábamos juntos en misa, casi nunca. No sé cuándo empezó a intuir que estaba pasando algo, seguramente, antes que yo. Al terminar aquel trimestre, decidimos salir a celebrar la pronta llegada de la Navidad. Le di toda clase de excusas a Carmen Rosa con relación a aquella invitación. Ella nunca se habría unido al grupo y a mí no me apetecía mucho. Cuando volvíamos, Belén y yo nos sentamos en la parte trasera del coche y, en el trayecto, nuestras bocas estuvieron a punto de juntarse más de una vez. Lo evité, pero la semilla estaba puesta y sólo era cuestión de tiempo. De la existencia de Paco me fui enterando después, por sutiles apuntes de algunas de sus amigas.
Fui a ver a Carmen Rosa y no le dije nada del incidente, ni siquiera mencioné a Belén; en realidad, no había sucedido nada, pero yo no me sentía bien, era consciente de la deslealtad y de que aquello quedaba fuera de nuestras convicciones y acuerdos tácitos. Las Navidades fueron felices y tranquilas, y me dediqué de lleno a mi bailarina. Cuando vimos las fotos de Noche Vieja, me esforzaba por mostrarle a mis amigos que había conseguido tomarla de la mano, y el documento gráfico lo demostraba. Tenía miedo de que alguien se interpusiera, pensaba que siendo tan guapa para mí, podría serlo para todos los demás; aunque ella no quería dar publicidad a nuestra relación, para mí se iba convirtiendo en algo urgente. Pronto retomamos las clases y el reencuentro con Belén se hizo inevitable.
Mis rutinas de los viernes, de algunos sábados, cambiaron. Ya no iba a estudiar con Carmen Rosa y le daba pretextos y justificaciones. En realidad, buscaba espacio para estar con Belén, me quedaba en su residencia hasta tarde, y tuvimos ocasiones más que suficientes para que nuestra complicidad se hiciera evidente. Luego, ella empezó a visitarme con cierta asiduidad, iba a mi habitación y a mí, aquella complacencia, aquella libertad y confianza me gustaba, aunque sólo hablábamos.
En las fiestas de Mayo de aquel curso, había decidido no ir a ver a mis padres, sino quedarme para aprovechar el tiempo, y preparar los cercanos exámenes de fin de curso. Belén también se quedó. Fueron muchas tardes, algunas noches, muchas misas, muchas miradas cómplices y deseos reprimidos. Ella sabía que tenía pareja, pero sabía, también, que era bastante vulnerable a sus encantos. Fue a verme por la mañana, estaba solo en el piso, me llevó unas rosas adornadas con lluvias blancas. Me senté en uno de los sillones de la entrada y ella se puso sobre mis rodillas y me rodeó con su brazo. Al estar sobre mí, pude ver, sin ningún gesto extraño, la redondez desnuda de uno de sus pechos a través de su camisa. Mis dudas se disiparon y nos entregamos a nuestro primer ardoroso encuentro, truncado, por fortuna, por la oportuna llegada de uno de mis colegas. A partir de entonces, las cosas fueron, poco a poco, a más. Me sentía un poco más libre, Belén hacía que el sexo, -lo que hasta ahí hubo de sexo- fuera algo fácil, algo a lo que ya no tenía miedo; no me sentía rechazado, guiaba mi mano y me instruía. Sin embargo, para mí, "hacer el amor" seguían siendo "palabras mayores".
" Desde que Belén y yo nos besamos por primera vez, no me sentía bien, era consciente de que le estaba siendo infiel; contaba con la complicidad de mis compañeros de piso, pero nunca valoré el alcance sentimental que podría tener. Mi miedo era perder a Carmen Rosa. Belén era pura atracción sexual, por tanto, no entraba en mis esquemas que las cosas fueran algo más que una travesura. Sin embargo, tuve que ser sincero. Al principio le dije que tenía un lío con otra conocida, pero al final, no pude ocultárselo más"
"En aquellas circunstancias, éramos excesivamente exigentes con los protocolos de una relación. Un trato deferente o una falta de atención, podría considerarse una infidelidad total. No había que acostarse con nadie para que una historia se rompiera. Así lo teníamos asumido, así lo racionalizábamos. Como mujer no creo que se sintiera responsable de mis urgencias sexuales; el sexo era para el matrimonio, y punto, y ella me daba lo que podía. Sin embargo, no pensábamos en esos términos, el simple hecho de decirle que había otra persona que me estaba alejando de ella, era causa más que suficiente".
" Con la ruptura perdía muchas cosas. De entrada, la tranquilidad de su compañía, que me ayudaba a estudiar, su colaboración incondicional, y tuve mucho miedo a un futuro sin ella . Pero, por otra parte, me sentí bastante liberado, y Belén cada día me motivaba más".
"Belén y yo ya no tocábamos el tema de Carmen Rosa. Los dos sabíamos lo que estaba pasando. Sin embargo, cuando se dio cuenta que me sentía más libre para estar con ella, fue más complaciente. Supongo que eso indicaba que ahora era ella la que estaba conmigo. Aunque al principio me sentía bien y la nueva relación me daba seguridad, no terminaba de aceptar que Carmen Rosa hubiera salido de mi vida. Pronto mi actitud hacia Belén fue cambiando. Nuestros primeros choques empezaron a raíz de mi obsesivo interés por los estudios y la escasa importancia que ella les daba. Me irritaba que me interrumpiera, que intentara forzarme a salir y a hacer cosas con ella. Yo distribuía el tiempo, yo decidía cuándo nos veríamos. Pero estaba en mi vida, en principio era mi pareja, mi única pareja y no pasarían muchos meses para empezar a implicarme de verdad."
"Luis Fajardo era un estudiante de matemáticas que tocaba la guitarra y cantaba en el coro de los domingos. Como era de fuera, pronto despertó el interés entre las chicas, incluida Belén. Me fastidiaba mucho que empezara a tener, en la residencia, los mismos privilegios que tanto me había costado conseguir. Aunque era un poco mayor que yo, cumplía años el mismo día. A pesar de mi creciente indiferencia, porque daba por hecho que Belén estaba conmigo, me sentía bastante susceptible. Luis era un vago oportunista, tenía tiempo para coquetear y estar paseando; yo me pasaba el día en mi escritorio, iba a clase y no hacía ningún tipo de vida social. Para celebrar mi cumpleaños, decidí dedicarle la tarde a Belén, quería que estuviéramos juntos más de lo habitual. Quedamos a las cinco y apareció en casa sobre las ocho. Al principio, no le di importancia, pero empecé a perder el control a medida que pasaba el tiempo. Como la residencia no estaba lejos, fui a buscarla. En el camino había una cafetería en la que alguna vez solíamos merendar. Al pasar por delante, la vi sentada con Luis Fajardo, charlando alegremente y tomando unas cervezas. No fui capaz de entrar, sólo di la vuelta y me fui a casa. ¡No me lo podía creer! Me quedé sentado en la entrada, hasta que, por fin, tocó el timbre. Creo que no percibió mi enfado cuando abrí, y no me miró a los ojos. Me dijo que se había liado con sus amigas preparando un trabajo de clase y que se había apresurado todo lo que pudo. Le pregunté, entonces, y sin reparos, que qué hacía con Luis tomando una cerveza, ¿celebrando, también, su cumpleaños? Aquel día las cosas ya no se pudieron arreglar. Lloró, pero no se disculpó. Me dolió su mentira, su deslealtad, pero me vi reflejado en ella. Mis celos apagaron mis deseos, mis ganas de hacer cualquier cosa, y la sensación de lque estaba consiguiendo una hermosa relación se esfumó. Ya no volví a confiar en ella, nació una actitud hostil, totalmente opuesta a la idea del amor. Creo que todo lo que vino después, lo sentía como actos de venganza. Seguía con ella para complacerme, no para complacerla. Todo había sido bastante complicado para llegar hasta allí, no estaba preparado para encajarlo, todo se rompió, pero seguía siendo mi novia" (D.D.A.)
Por lo demás, era un chico feliz. Estaba entre los mejores de mi clase, mi vocación investigadora crecía cada día más y mis probabilidades de quedarme como becario en la Universidad se consolidaban. No tenía un círculo de amigos en sentido estricto. Tenía compañeros y compañeras entre los que había nacido un profundo sentido de la solidaridad -probablemente por las circunstancias externas que entonces condicionaban el trabajo de los universitarios-. Entre ellos, siempre hubo alguien un poco más significativo que los otros, pero éramos conscientes de que a la hora de luchar por un puesto de trabajo cada uno miraría por sus intereses. Compañeros sí, amigos, quizás o, tan solo, un poco. En el piso, las cosas eran diferentes. Nuestro pequeño grupo era como una familia, con su avenencias y desavenencias, pero funcionaba, nos apoyábamos y estimulábamos nuestras metas comunes. No me preocupé nunca por el dinero: administraba con responsabilidad la paga puntual que me enviaba mi padre; como no salía de fiesta, ni nunca me inquietó demasiado mi aspecto físico, lo que me sobraba después de cubrir mis gastos corrientes, lo dedicaba a comprar libros y mi biblioteca fue creciendo poco a poco. Visto desde fuera, era una especie de ratoncillo, con escasa vida social, enamorado de sus estudios, de sus espacios íntimos y con un solemne cacao mental en lo referente a sus tribulaciones emocionales.
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