skip to main |
skip to sidebar
"(...)las mujeres y los hombres que llevan dentro esa inclinación fatal se reconocen y se descubren muy rápidamente (...) hay muchos hombres que siempre están al acecho de una aventura más o menos. Mariposean en torno a nosotras, quiero decir en torno a aquellas que les parecen accesibles, hablan mucho, nos dicen que están locos por nosotras en el primer baile y en realidad sólo desean una aventura (...) los otros, en cambio, son otra cosa. A menudo son más bien torpes, poco habladores, disimulados, poco coquetos. En resumen, nunca te los imaginarías como conquistadores, como donjuanes irresistibles. Pero de pronto, sorprendes en ellos un gesto, una mirada ardiente, que te desnuda, llega hasta el fondo de tu cuerpo, y te deja con las piernas flojas y a su merced" (Cellard J., Diario poco decente de una jovencita)
Estando todavía en Granada, mis amigos lo organizaron todo para que volviera a casa. Consiguieron una pensión que, a falta de otros puntos de referencia, no estaba tan mal. La regentaba una señora gorda e inmensa, casada con un espárrago esquizofrénico que gritaba como un poseso y golpeaba cualquier cosa porque no se atrevía a acercarse a ella. De esta cándida unión nació un angelito megacefálico, tan tarado, o peor, que su padre y que, muy bien, podría haber salido de una página de los esperpentos. Aparte de la dudosa salubridad del lugar, del hecho de que a veces nos encontrábamos en el plato los restos del compañero que nos había precedido, y de que la dueña cerraba la cocina con llave, para evitar incursiones no controladas, allí estábamos bien.
La pensión estaba dividida en dos partes. Una para los chicos, otra, para la única chica que residía. Si hay que hablar de algún tropezón que perturbara nuestra plácida vida académica, ese fue el que protagonizó Aleida. La teoría de que los polos opuestos se atraen, en este caso, se fue a pique. Esta chica, mayor que todos nosotros, estaba tan loca como el resto de la familia, con el agravante de una ninfomanía no reconocida que despertaba en nosotros los más oscuros deseos...sólo eso; cada vez que alguno conseguía llevarla un rato a su habitación, nuestra imaginación se disparaba. Sin embargo, casi podría asegurar que ninguno pasó más allá de deleitarse con mirar sus generosas carnes un poco más cerca, y de forma un poco más en exclusiva, que cuando paseaba por el comedor común.
Mi compañero de habitación no salía con nadie; mi otro compañero, que había empezado medicina, estaba calado hasta la médula por la que más tarde sería su mujer. A la habitación del fondo, casi nunca llegaba, por tanto fantaseaba bastante ante las andanzas de Aleida por aquella parte. Yo, en teoría, salía con Nieves y, un par de veces por semana, hablábamos por teléfono. Sin embargo, así como Toni hablaba siempre de su novia, yo nunca nombraba a la mía. Si bien Toni se veía torturado por el deseo de aquella loca, su sentido de la fidelidad era la justificación a su comportamiento impecable. Por el contrario, no recuerdo que eso me rondara por la cabeza; de haber tenido una oportunidad no la habría sabido aprovechar, pero Nieves nunca supuso un problema.
El cambio de sitio, las nuevas amistades, la Universidad, alborotaron definitivamente la poca estabilidad emocional que había mostrado hasta el momento. Pero todo de pensamiento, nada de obra. Fue, entonces, cuando conocí a Nazaret. Tenía unas profundas ojeras, el pelo corto, morena y de voz grave, con un dejo de tristeza bastante extraño. Estaba en la misma clase que yo y me fui encaprichando con ella. En su residencia de estudiantes, sólo para chicas también, participábamos en algunas actividades que servían de pretexto para verla fuera de las aulas. No tardé mucho en declararle mi amor, y ella no tardó mucho en decirme que tenía novio, que era mayor que yo y que le quería mucho. A pesar de todo, no tuve inconveniente en hablarle de Carmen Rosa, mi bailarina de entonces, y dueña de una canción con ese título que ya no recuerdo. Nunca le nombré a Nieves. Fue una historia que me generó mucho dolor. Carmen Rosa me escribía, me contaba lo difícil que le resultaba el curso de ingreso y, en una de esas cartas, me nombró a Nazaret y me hacía una cauta llamada de atención. ¿Cómo se había enterado? Tenía una amiga cercana, la observadora, la que todo lo ve. Se dio cuenta de lo que estaba pasando entre nosotros y se lo contó. Aunque Nieves me fue a visitar a la pensión, aunque en aquellos carnavales me atreví a llevar mi mano un poco más allá, en las siguientes vacaciones rompí con ella. Le expliqué que Carmen Rosa había vuelto a mi vida y que el curso siguiente estaríamos juntos. Unas lágrimas silenciosas corrieron por las mejillas, nos despedimos y pasaría mucho tiempo hasta volvernos a encontrar y saludar. Pronto rehizo su vida; mientras, yo seguía descalabrado con la mía.
"Salía con Nieves, tenía sueños de adolescente, me gustaba la seguridad de su mundo y, en nuestra intimidad, no había urgencias; para mí la meta seguía siendo el matrimonio. Carmen Rosa me escribía de vez en cuando, eso me devolvió el interés en ella; ahora sí acudía a las fiestas, salía con nosotros, que ya éramos interesantes porque éramos universitarios; después de romper con Nieves, nos escapamos algunas vez, siempre en grupo y nunca pasó nada que no fuera una callada complicidad. Nazaret se convirtió en mi obsesión. Especialmente después de saber que tenía novio, la perseguía, la celaba, me enfadaba con sus desplantes. Un día me dijo que no era su novio la causa de su rechazo, intentaba convencerme de que Carmen Rosa era una buena opción en mi vida. Al final de ese curso nos enteramos que había decidido meterse a monja. Habría dado cualquier cosa por un beso y un abrazo. Me lo dio para despedirse para siempre." (D.D.A.)
1 comentario:
Carmen Rosa sabía lo de Nieves, aunque no le daba importancia porque tu le interesabas. Al enterarse de lo de Nazaret intentó cambiar de actitud para no perderte. ¿Dónde está el problema? Con Carmen Rosa había buenos sentimientos, pero eras libre para estar con Nieves, era tu novia; ella quiso aprovechar los cambios y tu falta de claridad. Nazaret supuso una amenaza temporal.
Publicar un comentario