miércoles, 22 de julio de 2026

De los 57 a los 63 (3) Penélope...no la de la canción, la de Ulises.


    

   Las historias de amor que ha contado la literatura pueden ser un marco de referencia para este concluyente acercamiento a la inutilidad de las parejas. De la literatura griega clásica, la que inicia Homero en el s.VII a.e.c. me vienen a la cabeza dos mujeres, Penélope y Medea. Hoy me voy a centrar en la primera. Alguien podría sentir la tentación de buscar coincidencias y diferencias con sus relaciones actuales. Al fin y al cabo somos humanos y nuestros instintos básicos siguen siendo los mismos. Sobre este particular, Mary Beard en su reciente publicación Clásicos sin filtros, nos da unas interesantes claves para no perdernos en piruetas comparativas entre lo que sentimos hoy y lo que sentían hace casi tres milenios.

   Penélope, esposa de Ulises, protagonista de La Odisea, despide a su amado cuando tiene que partir a la guerra de Troya; ahí se quedará en su palacio, con su hijo Telémaco, sus sirvientes y su suegro Laertes. La guerra se prolongó diez años. Después de la vitoria griega sobre los troyanos con el famoso ardid del caballo, en el que Ulises tuvo mucho que ver, los héroes emprenden el regreso a sus hogares. Ulises tendría que volver a su amada Ítaca, una isla situada en la costa noroccidental de la Península Balcánica que, en la actualidad, lo sigue recordando con toda clase de mercadería para turistas. En circunstancias normales ese viaje de regreso o nostos habría durado unas pocas jornadas de navegación de cabotaje; sin embargo, Ulises empleó nada menos que otros diez años. Su justificación fue que tuvo un pequeño encontronazo con el dios Poseidón, gobernador absoluto del mar océano y otras aguas y que, por esto, cada vez que hacía un esfuerzo para arrumbar a Ítaca, aquél, bien con una tormenta, vientos huracanados, monstruos marinos y terrestres y brujas diversas, se lo frustraba. Si al final logró regresar, fue gracias a las negociaciones en El Olimpo y la intervención, una vez más, divina.

   En tiempos de las migraciones forzosas, en busca de mejores oportunidades o simplemente para no morir de hambre, en mi entorno, muchos hombres salieron con maletas de cartón dejando a mujer e hijmos por detrás. Algunos volvieron pronto, dos o tres años; otros tardaron un poco más, siete, ocho, doce; los otros simplemente no volvieron. Ulises volvió, después de veinte años de ausencia, y allí estaba Penélope, en su palacio, con su hijo y sus fieles sirvientes (el abuelo se había muerto); aunque se encontró las cosas un poco patas arriba, se propuso restablecer el orden y prepararse para una jubilosa vejez. Este matrimonio, sin duda, funcionó.

    En la ausencia de su marido, siempre a la luz del poema homérico, Penélope intentó administrar su patrimonio; no se le pasó por la cabeza ser infiel a su hombre a pesar de los múltiples pretendientes que le salieron y de las fake news que, una y otra vez, le decían que había enviudado...que no es nada. 

   Si miramos esa historia a través de un cristal malpensante, muchas cosas no nos cuadran. En el entorno cultural de Penélope, el de la religiosidad  micénica, el que una mujer fuera infiel a su marido, especialmente si este era un personaje notable, un rey, no era para tomarlo a broma. La lapidación como castigo sigue vivita y coleando en las sociedades islámicas en pleno siglo xxi; no caduca. ¿Cuántoa tiempo tenía que pasar para que Penélope, bastante joven por cierto, diera por cerrado su ciclo con Ulises? Resulta complicado hacernos una idea de lo que eran las comunicaciones hace tres mil años, sin whatsapps, sin email, sin vídeo conferencias etc. La gente viajaba por tierra o por mar. Los puertos de las muchísimas islas griegas por las que barcos mercantes y de guerra se movían, eran el punto donde se podía intercambiar información. Si alguien había visto a Ulises por casualidad, dando tumbos en el mar, y ese alguien por casualidad iba a Ítaca o hablaba con alguien que iba a Ítaca, Penélope, quizás, se enteraría, pero si no, habría de fiarse de los oráculos y de los intermediarios divinos. No hay fuerza más grande para relativizar la fe en los dioses y perderles el respeto que el hambre, el miedo, la perpetuación de la estirpe. Sola en Ítaca, sin noticias ciertas, Penélope se levantaba cada día condicionada por su necesidad de comer, de ser protegida y de tener descendencia. Ahí estaban los pretendientes que, raudos y veloces, no escatimaban medios para convencer a la reina y llevársela al huerto. En este punto el cine se ha esmerado en consolidar clichés, obviamente anacrónicos pero que quedan bonitos, en los que pesan más los modelos del amor cortés de la Europa renacentista y hasta nuestros días, que la realidad del mundo heróico de La Micenas del 1200 a.e.c. Yo veo más bien a una mujer jóven, en trance de viudedad o abandono, sitiada por un montón de paisanos, guapos o no, ambicionando su legado patrimonial. 

    El poema homérico consagra un modelo de "fidelidad" que tiene un aliento inequívocamente femenino. No es de extrañar que ahora estén de moda algunas propuestas, totalmente especulativas, sobre la posibilidad de que nuestro Homero, en lugar de un hombre, fuera una mujer. Es tentador, pero no existe ningún indicio objetivo, ni textual ni de mención textual, que pueda sostener esta hipótesis. La erudición alejandrina que intentó hacia el s.III a.e.c. poner un poco de orden en la Poesía Épica, la que habría tenido más argumentos para pronunciarse sobre esto, ni se lo plantea y, hasta donde sabemos, con una gran dosis de razón. Por aquellos tiempos andaba Safo, poetisa, componiendo sus versos íntimos sobre la pasión homosexual en un alarde para su tiempo que todavía sorprende a los eruditos (debería sorprender que los versos escritos por una mujer, mutilados y dispersos hayan llegado hasta nosotros, a pesar de la sesuda censura de todas las épocas; no debería sorprendernos que fuera homosexual); sin embargo, le épica, era cosa de hombres; no podría ser de otra manera: las mujeres eran relegadas en las celebraciones donde se cantaban estos poemas. Penélope, como mujer de su tiempo, no podía romper los votos matrimoniales, pero dejando a un lado la ficción y el empecinamiento puritano de Homero, me cuesta aceptar una castidad incondicionada durante veinte años. La postura homérica es bastante machista para ser obra de una mujer.

    En relación al famoso sudario que Penélope tejía y destejía cada noche se ha dado por sentado, casi siempre, que era una muestra de su amor hacia la familia, hacia su marido y un pretexto extraordinairo para mantener a raya a los pretendientes. Sin que se terminara de tejer esta pieza y cerrar el culto de honrar a los muertos, no habría nuevo matrimonio. Ella actuaba por y para otros. No he leído ninguna interpretación en la que, primero, se ponga en valor un trabajo netamente femenino, segundo, que este trabajo se compare con otros aspectos masculinos que protagonizan el sostén del patrimonio, tercero, que pongan de manifiesto el nivel de inteligencia de Penélope, cuarto, que nos estuviera revelando una evolución psicológica en al que la personaje se cuestiona su estatus, no solo frente a los pretendientes, sino, incluso, frente a Ulises y que, en consecuencia, estuviera urdiendo en su cabeza la posibilidad de convertirse en reina y administradora de su patrimonio. Aquí les doy la razón a quienes defienden la posibilidad de una mujer detrás del argumento. Daba calabazas una y otra vez; simplemente podría haber perdido definitivamenter su interés por los hombres...en general.

   Ulises vuelve, está todo patas arriba. Las versiones que he visto hasta ahora no homéricas de este episodio solo enfatizan el espíritu intensamente novelesco que envuelve todo el poema original. Es el colofón de la historia. La anagnórisis de Ulises a partir de la marca de una antigua herida, el tálamo nupcial armado sobre el tronco de un viejo olivo y la escena del tórrido reeencuentro amoroso. Y, ahora sí, ¿qué pasó con Nausicaá, Calipso o Circe entre otras, que habían consolado a nuestro héroe durante casi veinte años...dioses mediantes, claro? ¿No tendría Ulises que haber hecho una larga reflexión, tan larga como su viaje de vuelta, antes del volverse a meter en la cama con su mujer?

   Nuestras Penélopes, la de nuestro tiempo, han aprendido poco. El hombre se fue, hizo unos cuantos hijos por ahí y, viejo, cansado y arruinado vuelve a su antiguo hogar. Allí no estaba ya su primera camada que, a trancas y barrancas, había ido abandonando el nido en busca de sus propios destinos. Su Penélope,  sí seguía esperando, veinte años más vieja, con un hombro dislocado de dar plancha y mover fregonas, pero con la dignidad alta. Tuvo algunos amigos, pero no quiso nada serio. No por el otro, por ella misma. El palacio de Ulises era la "casa conyugal" sobre la que el maridísimo seguía teniendo derechos. Hasta se puso un poco contenta, al principio, al saber que volvía. Ahora, se preguntaba qué le unía a esa persona, por qué había permitido que le hiciera la vida pedacitos, ¿eran sus hijos el premio? Penélope volvió a compartir su lecho, por imperativo legal, con un hombre acabado, alcohólico, con nulas ambiciones y con una escasa esperanza de vida. Y aquello, seguramente, un día fue amor. Estas heridas de guerra son mucho menos heroicas y románticas que las del Ulises homérico. Nos queda por imaginar una secuela en la que nos contaran los últimos días de la pareja. En nuestro caso, simplemente, después de una triste agonía, en un lecho bastante más prosaico que el del tronco de olivo, se fue con una insuficiencia respiratoria. Penélope no le sobrevivió mucho, pero el tiempo que viivó sola, créanme que atisbó el perfil de la felicidad...sin rencores.   

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