jueves, 16 de julio de 2026

De los 57 a los 63...¿Cómo van los asuntos del corazón?(I)

   


Alguien podría preguntarse cómo es posible que a los cincuenta y siete años todavía haya gente que le da vueltas a sus obsesiones, que es incapaz de salir de su bucle existencial y que una y otra vez busca explicaciones más o menos razonables para justificar su comportamiento.

   ¿Cuándo acaba el ciclo de la afectividad de las personas?, ¿existe una edad de referencia que nos indique que ya está bien, que hasta aquí y punto?

   Hacer una estadística de lo que vemos a nuestro alrededor en tema de relaciones podría ser un punto de partida. A los 57 años, poco más arriba poco más abajo, veo tres situaciones: las parejas casadas, de años, con sus hijos y demás contextos, las parejas separadas, y quienes se han pasado la vida buscando algo de esto, sin haberlo encontrado.

   Entre los casados y casadas no es fácil hacer un perfil de cómo se mueve su emotividad. Han tenido un par de hijos, tienen sus hipotecas pagadas, sus motivaciones económicas y laborales están bajo control, muestran una imagen de relativo éxito en el sistema. Quienes vivieron una sexualidad tranquila desde el principio echarán pocas cosas de menos; lo que pudo haber resultado escandaloso hace años ahora se integra como un aspecto casi anecdótico del que casi no se habla. Uno de mis conocidos bromea delante de su mujer porque está obsesionado con la pornografía, la ha integrado en su vida diaria y habla de este tema con la naturalidad de quien colecciona flores, ve partidos de fútbol o va de comida los domingos con sus suegros. Como es un alarde público casi constante, su mujer lo mira con condescendencia, que no complicidad, en unos ademanes que me recuerdan mucho los de las madres tolerantes ante las travesusras  de sus niños malos. Si se diera la posibilidad de preguntarles si todavía hacen el amor, si todavía tienen relaciones podemos esperar cualquier respuesta y nosotros imaginar cualquier cosa. No tienen hijos, tienen mucho dinero y mucho tiempo para aburrirse.

    El caso de los apasionados desde el primer momento no despierta tantas suspicacias. Todos recordamos los tórridos arrumacos de algunas parejas a los diecisiete años en los guateques y verbenas; luego fueron matrimonios y hasta aquí. Estoy totalmente convencido de que de una forma u otra esa gente se ha sabido reinventar y han incorporado en su proyecto de vida algo de intimidad y ojalá que sea creativa. Añadiría algún matiz, en estos caso hay indicadores externos en el comportamiento de la pareja, que van un poco más allá de lo políticamente correcto; ese gesto pícaro que se les escapa en algún momento quizás sea revelador de que aún hay vida más allá de la muerte.

   Los separados o divorciados son una subespecie de los anteriores, de los aburridos y de los apasionados. Si la sexualidad es fundamental para que podamos hablar de una relación especial, si en la primera etapa de la pareja su protagonismo es absoluto y en las etapas siguientes se va recolocando, imagínense si desde el principio esto no funciona. Si da la casualidad, ¡mucha casualidad!, de que ninguno de los dos quiere, quizás mueran juntos en un asilo. Si no, la chispa saltará tarde o temprano. Que a los veinticinco venga un chico y te diga que deja a su novia porque no llegan a un buen acuerdo sexual, en los tiempos que corren, podría considerarse "casi normal"; lo curioso, frente a generaciones más viejas es que, a esa edad, el que se quejaba era el chico y ahora, tanto ellas como ellos dejan abierta esa posibilidad. Cuando llega un señor de cuarenta y tantos y te cuenta lo mal que le va con su mujer los detonantes ya no son tan simples. En ese momento de la vida empiezas a disfrutar de tus logros, te empoderas, y es muy fácil que la imagen idílica de la vida en pareja se vaya desvaneciendo. Tengo que insistir, hace cuarenta años este malhumor era solo de los hombres, ahora es por igual. En la pareja se empadronan los reproches, la nostalgia de que las cosas no son como las soñaron, la nostalgia de la libertad perdida, la ansiedad por no compartir o abandonar metas y,  ¿cómo no?, la concurrencia de terceras o terceros y punto final. Aquí viene aquello de que si esto pasara de forma simultánea sería estupendo, ninguno de los dos sufriría, pero lamentablemente esto es casi la excepción...y que cada palo aguante su vela. La separación causará en cada uno de sus protagonistas un profundo desorden en su sistema de valores y, como consecuencia, tomarán las más variopintas decisiones para seguir remando en la vida. No es ningún secreto que si alguien rompe una relación un impulso irrefrenable es el de buscar un sucedáneo o precipitarse en comportamientos obsesivos que le harán la vida imposible, por mucho tiempo, a la otra parte. Hace cuarenta años los hombres recurrían a la prostitución, al alcohol; se refugiaban en su trabajo, pero en el fondo alimentaban un deseo de venganza y de reposicionamiento que los ponía frente a nuevas relaciones urgentes condenadas a un nuevo fracaso. Las mujeres, abandonadas, lo tenían mucho peor; meterse en la cama con otro para vengarse de su ex pudo haber sido una opción, pero de ella se sabe muy poco. Quedarse en casa y llorar de pena, leer poesía y dedicarse a las obras benéficas era lo que más se veía desde la trastienda. Menos mal que en esto hemos avanzado. Hay hombres y mujeres obsesionados ante una ruptura, hay psicólogos y psiquiatras, farmacología para aburrir y terapias que hacen ricos a quienes las imparten y pobres y más miserables  a quienes se prestan a ellas. Los duelos no duran mucho; a los cuarenta y tantos el sexo de pago no está de moda, hay redes sociales, páginas de contactos y una vocación clara de reconstruirse, de que la pareja no es más que una etapa y  no un para siempre y que, si tienes un poco de mala memoria, te queda algo de tu autoestima herida, y usas el sentido común para no fastidiar al prójimo, a otra cosa mariposa. En esto también hemos conquistado la igualdad de género. Nos seguimos enamorando, seguimos queriendo meternos en camisas de once varas, complicarnos la vida en uno, dos o tres romances; nos volvemos incluso a casar, hasta tenemos otros hijos y vuelta a empezar, porque no tengo nada claro que esa nueva historia que promete ser diferente, que nos va a dar aquello que no tuvimos, en realidad sea "diferente", si no, al tiempo.

   Queda el tercer grupo, el de los que no están en pareja, los que nuncan han estado en pareja, al menos en lo formal,  y que han pasado por los 25, los 40 y llegan a los cincuenta y tantos con las mismas perspectivas.

   A los cincuenta y tantos, a menos que seas virgen por vocación u obligación, la gente tiene un montón de historias que contar de sus geografías emocionales, otra cosa es que, de  hecho, las cuenten porque también hemos aprendido a maquillar nuestra vida y mostrar solo aquello con lo que nos sentimos contentos. Al menos por este lado del mundo, las barreras biológicas, tanto para hombres como para mujeres, para tener una vida sexual sana y productiva, han quedado superadas y ya no son un pretexto. Pero también es verdad que corremos el riesgo de no saber administrar nuestras posibilidades y entrar en dinámicas bastante poco constructivas, alimentadas por esa sensación de que a medida que envejecemos todo nos va dando igual. Y en este punto empiezan a aparecer monstruos y engendros, para avergonzarse o para morirse de la risa.

    Es de manual el cincuentón que se lía con una chica mucho más joven que él. Pero también lo es el de la cincuentona que liberada y sientiéndose más guapa que nunca coquetea con vigoréxicos adonis casi adolescentes. Pero el abanico es mucho más amplio. Hombres y mujeres aburridos de múltiples aventuras, cada vez más insatisfactorias, intentan retomar una antigua historia, que ya fracasó y que volverá a fracasar sin duda, pero que se siente como la ultimísima oportunidad de tener una vida estable. También se sondea entre desconocidos con el convencimiento de que ahora que ya saben realmente lo que quieren, ¿seguro?, serán capaces de elegir con criterio, seleccionar entre los candidatos y montarse un proyecto, también urgente, que suele ser puro humo. 

   Ni los casados, ni los separados, ni los eternos solteros, por mucho que cumplan años se libran de seguirse preguntando por las veleidades del amor; no harán canciones para cortarse las venas, quizás Espronceda o Neruda les queden un poco pequeños, pero estoy convencido de que en algún momento de sus maravillosos tiempos, en la ducha o en el aeropuerto, pueden llegar a cuestionarse  si las cosas están funcionando, si tienen todo aquello que deberían tener en el terreno afectivo, si aún existe la posibilidad de remediar o cambiar algo. Eso a los 25 y a los 57.        

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