lunes, 20 de julio de 2026

De los 57 a los 63, Helena E.

 


 Les recuerdo brevemente quién era Elena E. Hoy debe tener cincuenta y tantos y su calvario personal empezó siendo muy chiquitita. Su primera pareja cumplía con todos los requisitos de un buen partido. Se enamoraron, hicieron planes, empezaron a ahorrar para comprar una casa e incorporaron a la madre del chico en la ecuación. Elena E. es una mujer inquieta por naturaleza, emprendedora, con muchas ganas de vivir; aquella vida tan ordenada y perfecta le producía cierto escozor. Desde que vio la oportunidad se marchó a Francia, a estudiar, a seguir su formación académica y allí volvió a enamorarse. Esta historia no duró demasiado, lo justo para seguir aprendiendo, para ir desmontando su armadura y para prepararse para una nueva etapa. Cuando no tienes un impulso y una estabilidad razonable, vivir en el extranjero y a la sombra de un hombre, puede llegar a ser una opción de alto riesgo. Elena volvió a su tierra, a su casa y, sin buscarlo, se encontró con el calvario que la llevaría de los 47 a los 54...y doy por supuesto que esta podría ser la fecha del final de la historia, pero no lo tengo muy claro. 

   Era y sigue siendo una mujer muy guapa, grande, con una planta y una presencia que transmiten energía. No es de extrañar que en los distintos destinos a los que la llevó su trabajo encontrara algún pretendiente. La llamaron a dar clases de Francés en un colegio privado. La familia del director, un hombre que se había hecho a sí mismo, que había levantado una institución educativa de alto nivel y se había ganado un merecido prestigio en su comunidad, estaba formada por su esposa y sus tres hijos. La señora vivía aquejada de múltiples enfermedades y pasaba la mayor parte del tiempo en la cama. La hija mayor era médico, la siguiente abogada y el niño más pequeño había conseguido el título de magisterio y se especializó en matemáticas. Elena E. fue acogida y promocionada desde los primeros días y en la entrevista previa al director no le quedó duda de que era la candidata ideal. Esa familiaridad empezó a ser su perdición. Trabajaba codo a codo con el hijo pequeño, el matemático; según le contó, estaba en trámites de divorcio y ya tenía en su curriculum dos hijos adolescentes, al parecer, no muy bien avenidos con su padre. Elena E. y el matemático se enfrascaron en una relación; al principio romántica, familiar, tranquila; Elena pronto pasó a ser un miembro más de la familia, con muchas reservas o las típicas, y empezó a recuperar la fe en la posibilidad de volver a tener una relación estable. Y lo fue, hasta que se acabó.

   Ella siempre hablada de la obsesión de su pareja. Pero en este caso creo que era mútuo y que ella tambiíen estaba obsesionada. Este cuadro es terriblemente complejo, agotador, estresante y en algunos momentos de un indescriptible sufrimiento por parte de quienes se ven implicados. Como pareja, me da la impresión de que en su mejor época ya estaban chocando. A Elena le gusta la música rock, algo de manualidades y socializar; no tiene aficiones regladas, no es deportista, su etapa viajera parece que pasó a segundo plano y, aunque le cuesta reconocerlo, se protege en un pequeño círculo de familiares cercanos. Las aficiones de él, además de aspirar con casi cincuenta años a ser deportista de élite, terminaban aquí. La pareja viajaba de vez en cuando para asistir a alguna competición que a Elena no le interesaba más allá de lo que imponía el protocolo. A veces se sentía ninguneada porque no encajaba en el ambiente. El hecho de que él fuera madrero y tuviera que ocuparse puntualmente de sus hijos, le daba algún respiro y hacía más soportables las aburridas y demoledoras sesiones de convivencia. Mientras él veía la tele de manera compulsiva, ella hacía cosas en la casa; pocas veces quedaban con amigos; sus reuniones eran con sus padres. Lo que pasaba en su dormitorio no resultaba demasiado evidente. Elena siempre ha sido muy celosa de su intimidad. Su coquetería siempre ha resultado bastante ambigua. 

   Eran una pareja...feliz. Eran una pareja, con todo lo que implica, gastos comunes, proyectos de mejora sobre la casa, apoyo mútuo en los distintos acontecimientos cotidianos, una moderada desconfianza y, cómo no, un alto sentido del compromiso. Era cuestión de tiempo que se plantearan el matrimonio. A Elena le dieron un nuevo destino y pudo volverse a encontrar con su profesión, con sus rasgos más característicos y propios, casi olvidados desde su etapa francesa. Conoció nuevos compañeros, nuevos pretendientes y sobre todo se dio cuenta de que esa persona con la que compartía su vida no era su alma gemela. Intentó plantarla, aunque en este punto podríamos dejar un gran suspenso. 

   Al principio, creí que las reacciones de su novio eran propias de una enfermedad mental, de un desequilibrio patológico que le había llevado a solicitar una jubilación anticipada. Las lista de razones por las que lo quería  dejar me dieron una idea de la profundidad del problema y me dejaron claro que aquello iba para largo. Era un tipo egoísta, insensible, violento, sin detalles, irónico, no se sentía querida ni respetada. Hay gente que a estas alturas de la vida manda vídeos llorando, con pastillas y alcohol delante amenazando con suilcidarse si la chica no vuelve. Todavía hay gente que acosa y cela a la persona que ya no quiere estar con ellos, la persigue en sus lugares de trabajo, la vigila en todos sus movimientos, hace guardia a las puertas de su casa, le deja objetos comprometedores para hacer valer su presencia. El bloqueo del teléfono, el cambio de vehículo, la discreción en la concesión de nuevos destinos no desalentaron al hombre que, erre que erre, se las seguía arreglando para amargarle la vida a Elena. 

   Y volvieron, lo consiguió, la convenció...o la agotó. Fue un reencuentro breve pero intenso. Se fueron a vivir otra vez a la casa de él; se mudó. sus libros, sus cuadros, su ropa. Todo tendría que haber sido de otra manera. Ya no era la amante ocasional que disimulaba delante de su suegra y cuñadas porque nunca tuvo la seguridad de estar a la altura de su familia de acogida. El triempo transcurrido, le daba, ahora, un nuevo perfil. Estarían juntos pero con papeles, todo en orden; ella , a pesar de que siempre lo culpó a él de no querer casarse, en el fondo es a lo que aspiraba. Una boda en el juzgado, una bonitia luna de miel en un hotel de lujo y vuelta a empezar. En menos de tres meses se vio con todas sus cosas tiradas en la puerta de la casa del matemático y, de momento, orgullosa de haber tomado la decisión de mandarlo a la porra. Ahora había que lidiar con el divorcio, con la orden de alejamiento, con los mensajes cruzados de sus familias, las dos, obviamente, poseedoras de la razón.

   ¿Cómo gestionó su tiempo? Pasarse casi seis años de la vida dándole vueltas a la conveniencia o no de una relación, a todas luces, tóxica, perjudical, sin redención posible, es un castigo que merece una reflexión a la altura. Elena E. viajó con sus amigos, buscó balnearios, espacios de relax; estudió mil libros de autoayuda, contactó con prestigiosos especialistas en crisis de parejas, acudió a recursos un tanto heterodoxos y se empapó de toda la farmacopea a su alcance. ¿Para qué?, para encontrar alivio a su profundo dolor, que yo, más bien, catalogaría de cansancio, agotamiento.  A estas alturas ¿no es suficiente la lección?Pues no,  en su adn está la idea de vivir con alguien, de tener una pareja y, casualidades de la vida, se volvió a encontrar con su primer novio. Al principio todo con mucha cautela, pero tenían un camino andado y era cuestión de retomarlo, ¿con sus baches también?; los dos viviendo una profunda crisis, con unos mochilones en la espalda importantes pero con la actitud de "a ver qué pasa". Las úlltimas noticias que tuve de ella me dejaron con la duda de que quizás esta historia también  podría haber empezado a hacer agua; de su whatsapp desapareció la foto de perfil en que salía a veces ella, a veces su perro, algunas con él.

   

      








  



   





 

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