martes, 4 de octubre de 2011

En el día de hoy...¿Qué nos está pasando?

  Casi cuatro años intentando prevenir a mucha gente de lo que pueden ser las relaciones humanas mal entendidas; casi otros ocho de silencio, de observar. Quizás soy el que se retrata en alguna de estas entradas, pero quizás no. Hace doce años tener un blog era una novedad, conseguir algunos seguidores, un triunfo, recibir visitas un éxito raro. Después de que la vida ha seguido, y con ella sus sucesos, me vuelvo a sentir como en aquellos primeros días, con algo de tranquilidad, con algo de perspectiva, quizás con algo más de sabiduría. 

  Esta mañana me dirigí a mi trabajo, una chica de diecisiete años criticaba a un profesor porque haciendo uso de su "libertad de cátedra", introducía en sus clases contenidos sexuales indiscriminadamente y  adoptaba actitudes que a ella le parecían irrespetuosas e insinuantes; estaba un poco menos triste porque ya se había ido. Le dije que habría sido mejor que hubiera tomado  la decisión después de sentirse atrapada, le faltó la valentía para alejarse y abandonarlo, pero era su profesor.   Durante la siesta me di de frente con un relato escalofriante de otra chica que estuvo a punto de morir por haber asumido la anorexia como un estilo de vida y no como un problema; su único motivo, llamar la atención de "su enamorado", un hombre unos cuantos años mayor que ella, que la humilló, en todos los términos imaginables y la convenció de que las cosas no podían ser sino de esa manera. En la merienda, otra conversación, esta vez con una mujer enganchada del padre de su hijo y que, ahora, tras la novedad del nuevo embarazo, del parto, se declara indigente mental para afrontar sus responsabilidades y, simplemente, los quiere abandonar. Hace apenas un ratito, dos adolescentes en una red social, hablaban de los peores momentos de su vida porque sus padres no aceptan algunas de sus demandas y, en particular, aquellas que se refieren a sus decisiones emocionales: Dieciséis años para hablar de suicidio real, de abandono, de tristeza, de nunca más volver a levantarse...todo porque la chica de sus sueños le es infiel con su mejor amigo....No vemos, no creemos. Afortunadamente, ser patán ya es cosa del pasado, se ha desnaturalizado, es una broma inocente. Habrá que inventar un término nuevo, excepcional, atractivo, que defina lo que pasa entre las parejas, en las relaciones humanas. ¿Lo encontraremos?

jueves, 18 de agosto de 2011

En el día de hoy...el oro del Perú (II)

 Hoy no tengo ganas de escribir. Pero debo hacerlo. Si realmente existiera algo fuera de nuestra concepción material de las cosas, no sé si me sentiría enfadado o agradecido por estar interviniendo en mi vida. No me preocupa demasiado, porque por suerte he superado el miedo que curas y monjas me inculcaron sobre los castigos eternos por no ser bueno en esta existencia. Pero es verdad también que la pérdida de los seres queridos a veces vuelve a abrir viejas incógnitas, a suscitar viejas preguntas y, cuando te encuentras en situaciones límite, nos guste o no, como un movimiento consciente o no, ahí está la misteriosa figura del DESTINO y sus posibles tejedores.

  Anoche fue uno de esos días extraños. Como siempre me han gustado las estrategias militares, no he dejado de admirar las maniobras más inteligentes de célebres soldados de la antigüedad para sorprender al enemigo. No cito nombres por no aburrir, pero básicamente lo que cualquier general temía era verse rodeado y que su capacidad de maniobra quedara anulada por la estrategia del enemigo. Anoche estaba en medio de una llanura, pero no veía ningún enemigo. De pronto, sin motivo aparente -como casi todas las discusiones- saltó la chispa y me enfrasqué en una de las peores batallas dialécticas que recuerdo con una mujer. En la retirada, después que me recordaran muchas verdades sobre mis dificultades para la convivencia, traté de obtener lo positivo y ver en aquél conjunto de reproches el reflejo que me devuelve el espejo cada mañana...eso sí, asumiendo muy mal mi derrota y sin ninguna disposición a cambiar mis estrategias. Sin embargo, -¿cosas del destino?- entró una llamada telefónica, en la madrugada, anoche. Era el enemigo de mi enemigo, no la invoqué, no recordaba ni siquiera la posibilidad de que en un momento crítico pudiera acudir a mí; sin embargo, una discusión con su marido la había dejado en la calle con sus dos hijos. Entonces me sentí atrapado por delante y por detrás, por delante por la necesidad de poder aportar algo de tranquilidad en una situación que se había desbordado; en la retaguardia por la necesidad de echar una mano a alguien que había aportado muchas cosas a mi vida, con quien había estado muy unido y a quien, por el simple concepto de la verdadera amistad no podía dejar de lado; pero sucedió en el peor de los momentos. Alguien podría pensar que todavía me quedaban los flancos derechos e izquierdo, sin embargo, a un lado estaba mi hijo, al otro mi madre, aliados unas veces, otras, simplemente, un equipaje de apoyo pero sin ninguna efectividad táctica.

  Anoche me quedé en medio del campo, postrado y derrotado. Di la espalda a mi vieja amiga y traté de firmar la paz con la parte que quedaba. Triste, agotado, sin esperanza, -pues esa paz no llegó-, quise escribir algo y sin querer volví a despertar viejos fantasmas.

  Desde la muerte de mi padre, no he querido aceptar que ya no está. Quizás sea él el que juegue con algún amigo al dominó, mire hacia aquí y vea la vida de quienes le quisimos mucho. Supongo que las lecciones que no pudo o no tuvo tiempo de darnos en vida, ahora nos las está dando, quizás ya haya visto el rostro al DESTINO y se ría a su lado al saber que no es ni tan terrible, ni tan temible, quizás él tenga el poder para ordenar esos hilos que ni las previsiones más sutiles son capaces de anticipar. ¡Bienvenido sea si la lección quedó aprendida!. Anoche, la madrugada de ayer no la voy a olvidar fácilmente

miércoles, 17 de agosto de 2011

En el día de hoy...el oro del Perú

  Si hoy contara algunas cosas que han sucedido en este último año, sería eliminar la poca intriga que resta a este relato, cada vez más tedioso, incluso para mí. Me voy a dar otra oportunidad y dilatar, aunque sea en algunas entradas más, el final de este historia. Para quienes  no hayan leído lo que precede decirles y no tengan ganas de hacerlo, les comento que un día me puse a escribir, como terapia particular, para contar aspectos de mi vida relacionados con las mujeres que han pasado por ella, convencido de que podría de esa manera poner un poco de orden y encontrar alguna respuesta a mis fantasmas sobre el particular.  Sin embargo, lo que cuento está a caballo entre las experiencias reales y el relato imaginario, porque de otra manera habría sido imposible armar un puzle en el que siguen faltando piezas. 
  
  Los años pasan, ya no tengo ganas de flirtear, de corretear tras ninguna mujer, porque todas han dejado de ser especiales y porque después de tanto tiempo de escarceos amorosos sin éxito, la pereza me puede. Mi última relación, que duró casi cuatro años, se llevó el bonito saldo de cuatro infidelidades consolidadas, además de las ya existentes (una, para ser más exactos...que yo recuerde). El modo de hacerlo, el de siempre. Aquí estaba el amor de mi vida, ese que tantos dolores de cabeza me causaba y del que solo pretendía, además del calor de su compañia, el reconocimiento de que estaba equivocada con relación al otro, que no merecía la pena y que yo era su alternativa. La mujer fue consecuente con sus sentimientos, creo que casi siempre dijo la verdad, creo que estaba realmente enamorada del tipo equivocado o, al menos, del tipo del que pocas cosas buenas me contó y, en ese contexto, me puso bien fácil el hacer y deshacer a mi antojo, hasta el extremo de que si un día le comunicaba que me iba con otra, en ella, lo único que iba a despertar, era un profundo sentimiento de culpa, y hasta tendría que haber aplaudido mi decisión -a día de hoy no ha sido así-.
  
  Las demás dejaron que me acercara, que las convenciera, querían conocerme y darme o darnos una oportunidad.  Mileidys, una hermosa médico cubana, de treinta años, con una forma física envidiable, una entereza de sentimientos y un sentido de la supervivencia que sólo la gente de su país puede entender. En nuestro tercer encuentro, la historia había terminado. Su situación no le permitía salir del país, yo no tenía dinero para trajinar visas, pasaportes o permisos y, a pesar de haberle confesado a su padre mi amor por su hija, no pudo ser. Luego vino una linda mejicana, inteligente, vivaz, capaz de devolver a cualquier hombre interesado y culto a sus mejores momentos de efervescencia universitaria. No sé porqué tampoco pudo ser; sí había dinero, había una buena química y estaba dispuesta a dejarlo todo para venirse conmigo; al final, le propuse que sólo podríamos ser amigos; no lo aceptó, como era lógico. Quizás su consuelo fue saber que mi corazón estaba todavía enganchado del adorado tormento que me rondaba por aquí. No sé si se enamoró, pero hizo gala de la pasión de las mujeres de su mundo, se entregó de corazón y, lo peor de todo es que, quizás no lograra tocar mi alma, pero sí mi inteligencia y por ahí sí que me podría haber sorprendido de los resultados. En la República Dominicana me esperaba otro encanto de persona. Me entristece pensar que pudimos hacernos daño, pero llegado el momento tanto ella como yo reconocimos que no estábamos enamorados. Fueron unos días bonitos, una experiencia para mí y nunca tuve la sensación de que mis decisiones pudieran condicionar su vida, aunque no dudo que le habría gustado intentarlo y que de lejos, su carácter y su simpatía me habrían aportado algo de paz.
  
  Esos viajes "culturales" nunca suscitaron sospechas sobre mis posibles aventuras intercontinentales. El tiempo y la distancia, aunque parezca un tópico, se pusieron de mi parte. Creo que la mentira en estas circunstancias no llegó a ser más que un instrumento sin mayores consecuencias: no tuvimos tiempo de profundizar y no espero que guarden un buen recuerdo, ni una imagen excepcional de mi paseo por sus vidas. Si a alguien le faltó sentido práctico, fue a mí. Ellas ya han rehecho su vida y espero que sean muy felices. No tenía sentido cambiar de estrategia y, en cualquier caso, ya mis infidelidades eran sucesivas, nunca simultáneas. Resultaba demasiado cansado, ya lo dije.
  
  Quizás alguien se podría preguntar si a estas alturas del relato ya ha cambiado mi idea de la fidelidad, mi  visión de lo que podría entenderse como manipulación de las personas dentro de las relaciones afectivas. Quizás. ¿Seguirían teniendo sentido estas líneas? Es verdad que mi última apuesta ha sido a "todo o nada". Supongo que muchos cuarentones, casi cincuentones, estarán diciendo que es demasiado pronto para tirar la toalla y que la vida puede dar muchas oportunidades para seguir en el juego. No lo dudo, pero creo que es legítimo que quienes queramos retirarnos lo hagamos. Que podamos o no, que lo consigamos o no, es otro asunto. Yo soy de esos, pero el nuevo panorama pinta complejo.

  Hasta ahora conseguir que una mujer se acueste contigo y baile a tu son, aún bajo increíbles promesas de amor eterno, podría haber sido una meta y alcanzarla al precio que fuera, el premio. Si esa visión de las cosas se adorna con toda clase de filigranas y de justificaciones, es otra cosa, pero en el esqueleto, no es más que eso. Sin embargo, la otra realidad, la de los achaques y el inevitable miedo a envejecer planea como bichejo carroñero. Queremos una compañera, es verdad, algo más que un amor ocasional, pero, por otra parte, no sabemos muy bien porqué queremos eso, si toda la vida hemos defendido a capa y espada nuestra independencia. Meter en este barullo de contradicciones a alguien, sí que puede ser demoledor y la última y más nefasta etapa del maltrato sistemático, de la manipulación y de la utilización sin escrúpulos de la otra persona para cubrir los propios intereses, con certificado y contrato.
  
  Pero lo hacemos, buscamos a esa persona que, después de enésimos intentos, recreamos para que encaje en un perfil del que, a través del tiempo, hemos ido eliminando casi todas aquellas cosas que no nos gustan. Como la base del fracaso de las anteriores historias había sido la infidelidad sistemática - o al menos esa es la aparente conclusión a la que hemos llegado-, ahora sólo se trata de eliminar ese  "pequeño" inconveniente, para sumergirte en el infierno de una relación normal, equilibrada, con sus vaivenes, y sobre con el ingenuo convencimiento de que, por fin, vamos a contribuir a ser uno de esos núcleos que estructuran nuestra sociedad, que seremos una familia y que, al menos a efectos contributivos, ya seremos uno de los grupúsculos iniciales de todo este modelo desafortunado.
  
  Esta vez sí, no me he acostado con nadie que no sea ella en casi un año. Digamos que sí ha habido algo de infidelidad no consumada y puntual. Pero para mí ha sido tan anecdótico que no ocuparía ni una línea en este párrafo. Mi sorpresa, en cambio, sigue siendo que, a pesar de todo, que a pesar de mi convencimiento de que los "cuernos" están en la base de los conflictos de la pareja, pues va a ser que no. Y es ahí donde se abre un nuevo capítulo: ¿Si los dos son fieles, se llevan aparentemente bien, tienen buena química...por qué carajo se empeñan en joderse la vida al proponerse estar juntos?.
  
  Si sigo contando historias de mi pasado, es porque ahora sí quiero llegar al punto de inflexión en que lo de antes termina en lo de ahora. Pero me interesa mucho más en este momento desenmascarar cómo desde la posición de "macho dominante" se le puede hacer imposible la vida a una mujer, o, a la inversa, cómo una mujer le puede hacer imposible la vida a un hombre, aunque no sea la "hembra dominante". Y a tragar que es lo que toca, para lo bueno y para lo malo. Si aquello de lo que te privas, va a tener alguna compensación, es algo que todavía tendré que analizar con calma.

martes, 29 de marzo de 2011

En el día de hoy: Nos hacemos invisibles...porque sí.

  Son muchas las canciones que hablan del paso del tiempo, del inexorable paso del tiempo. Si, además, este tópico se ve aderezado por las consecuencias que él mismo tiene sobre el amor y las relaciones humanas en general, la lista ya sería interminable. 

  Que me perdonen los puristas de la lengua, pero hoy no es uno de esos días en que me sienta especialmente inspirado. Acabo de resucitar de mi último cumpleaños y no saben con cuánta alegría. Creo que ahora ya soy adulto, no hubo borracheras, no hubo, tampoco, interminables llamadas de teléfono, ni al fijo, ni al móvil. No hubo tarjetas virtuales, ni mensajitos insinuantes que, aprovechando la ocasión, deslizaran otras intenciones. Creo que ayer certifiqué mi muerte, al menos mi muerte social. Algún día quizás cuente a qué atribuyo este feliz incidente y, en efecto, "descansé en paz". 

  A partir de ahora ya no habrá en el calendario otra fecha que me perturbe, bien sea porque esperas que alguien recuerde que estás en este mundo, bien sea porque no puedas afrontar económicamente la celebración. Además, ya no va a haber ninguna imposición mental que te obligue a predisponerte a "celebrar" el día X, aunque tengas un dolor de cabeza insoportable, una contractura en la espalda, o veinte mil preocupaciones que hacen que lo que menos te apetezca sea tomarte unas cuantas copas de vino o que te canten el "feliz, feliz en tu día". 

  Todo llega, así debe ser, para bien. Insisto, ¡qué descanso!. Los síntomas, en especial para aquellos que necesitan una preparación para los grandes cambios de la vida pueden ser los siguientes: 

  a) Un día te embroncas con la compañía telefónica y, después de un montón de burofax, decides no pagar,  te compras un móvil de tarjeta, con un nuevo número, no lo actualizas, no lo reenvías y sólo entran llamadas del trabajo. 
  b) Un día dejas de mariposear las noches del sábado por las páginas de contactos, los chats, los foros sociales y te limitas a seleccionar alguna cadena de televisión delante de la que te quedarás plácidamente dormido. 
 c)Un día te cambias - o te cambian- de trabajo; aquellos compañeros que esperaban ansiosos el día de autos para darte el sablazo ya no están cerca de ti, se olvidan y, como tu tampoco tienes ya sus teléfonos, los grandes  tenderetes son historia. 
  d)Un día, ese día, ya no es ni viernes, ni sábado, ni cae en festivo, es un lunes cualquiera lleno de las rutinas de cualquier lunes y con casi todos los restaurantes o bares que te interesan, cerrados por descanso del personal.
  e) Un día ,al fin, aquellas pasiones más desesperadas, aquellos enfrentamientos por estar aquí o allá, con esta o la otra, dejan de tener sentido, no por tu parte -quizás algún poso de nostalgia los acompañe todavía-, sino por parte de aquellas que en sus desengaños, propios y ajenos, gracias a su mala memoria se han librado de un muerto....eso sí, un muerto social.

                                                                                                    NIHIL OBSTAT

jueves, 8 de abril de 2010

El día de hoy ¿aprender la lección?...


  Han pasado cuatro años. Cuatro años de despropósitos. Cuatro años invertidos emocionalmente en la persona equivocada. Hoy es hora de hacer balance, de ajustar cuentas, de llevar cada pieza a su lugar.

   Nunca pensamos, mientras dura una relación, que todo puede acabar repentinamente, si lo pensamos no lo verbalizamos, si lo verbalizamos lo relativizamos, no entra en la ecuación. Puede acabar, aunque no es lo más frecuente. De la misma manera, cuando se tiene una mala relación, tampoco tenemos la certeza de que un día podamos acabar con ella, liberarnos. Pero también sucede. Los mecanismos son idénticos. Nunca podremos olvidar, nunca podremos desengancharnos, una y otra vez vamos a recaer en aquello que nos hace daño y nos produce sufrimiento. Pero el drama termina, nuestra naturaleza está diseñada para eso, finalmente, vencerá todos los supuestos culturales que la castraron una vez.

 ¿Por qué soportamos una mala relación?. Tras seis meses de idílico romance, aparece la tercera persona. Se abre el capítulo de las indecisiones, de las dudas. Llega el ultimatum: o él o yo. Ella decide él, pero luego, pasan unos días, y se cuestiona su decisión, y "yo" vuelve a estar en el juego. ¡Error!. De haber aceptado su decisión, de no haber hecho caso a sus demandas posteriores, se habrían ahorrado cuatro años de sufrimiento. Pero los cambiaron por unos dudosos momentos de placer bajo la apariencia de una relación a otro nivel... ¡qué nivel!.

 ¿Es que algún macho -la expresión es en sentido antropológico- soporta la infidelidad confesada sin ninguna contrapartida? Sin contrapartidas no, pero aparentando que no las hay sí. El arma más eficaz consiste en hacer culpable al otro de los propios desmanes. A ella la salva la honradez de aceptarse como es, tiene derecho a estar enamorada de dos, de tres o de cincuenta hombres a la vez. Sin saberlo, cuando confiesa su infidelidad, está enfrentando a sus rivales. La maniobra cobra su más alto grado de sutileza y eficacia, si una parte lo ignora y la otra lo sabe. Sería humillante para el cachudo consentidor. Sin embargo, aquí radica la paradoja, ¿existe realmente un cachudo consentidor?, ¿la fidelidad a cambio de la infidelidad es posible? 

lunes, 8 de marzo de 2010

Sexo y amor...la historia interminable.


   Saber cuándo debemos dar por terminada una determinada etapa de nuestra vida es uno de los retos más difíciles que, como personas, tenemos que afrontar. Pero está claro, que aún así, el precio a pagar, es mucho más alto cuanto más lo posponemos y, si queremos vivir con cierta dignidad, tenemos que hacerlo.


   Un famoso psiquiatra, al que he nombrado más de una vez, concibe la historia de la pareja como un camino hacia una profunda, sincera y cómplice amistad; a medida que pasa el tiempo, las generaciones se van renovando y cada una debe desempeñar el papel para el que biológicamente está mejor dotado. Resulta aterrador aspirar a comportamientos que nuestra fuerza física y nuestra madurez intelectual rechazan por la simple razón de que envejecemos. Sin embargo la cirugía estética, por ejemplo, ha llegado a desvirtuar el mismo devenir de la vida humana o a intentarlo. El relativismo, el todo vale, la crisis de los valores "tradicionales" -creo que atávicos, genéticamente impresos- nos han llevado a endiosar un sentido de la libertad que simplemente resulta ridícula e inútil. Peor aún, es que, enarbolando esa bandera, hablamos de "felicidad" a boca llena para justificar cualquier concesión a lo que es inevitable.

   Somos maleables, cambiamos permanentemente, ese fluir nos hace distintos cada día. Cuando entablamos una relación, sí hay reglas, sí hay límites. No todo vale, no todo es lícito, no todo nos va a llevar a esa utopía hoy tan vendida de "lo primero es ser felices". Un hombre adulto, con experiencia, no puede recibir de una chica más joven , sino la imagen perdida de lo que ya no es. No le devuelve la energía que ya no tiene, no le da la alegría de vivir que nunca supo conquistar; ella, seguramente perdida entre tantas ambigüedades, se ampara en una seguridad efímera y en la buena disposición de quien, reconociendo sus fracasos pasados, ahora imagina el principio de una nueva vida sin errores.

   El amor no tiene edad. Sí la tiene. El amor es un camino muy largo de profundización en el conocimiento de uno mismo y en el conocimiento del otro. El amor de la pareja es solo una especialización que lleva consigo la vida sexual y el cumplimiento de los imperativos biológicos de la procreación. Pero antes está el amor como hecho social, como la concreción de un acto de comunicación exclusiva entre varios seres. Como casi todo en la naturaleza, está regido por un proceso, por unas leyes que limitan y posibilitan. Sólo nosotros, con nuestra inteligencia, hemos intentado pervertir esas leyes y ese proceso; lo necesitamos para justificar los comportamientos más absurdos y, en especial, más egoístas. Pero eso no nos lo podemos reprochar.

   Si un hombre se aburre de su pareja, si deja de despertar en él interés sexual, es porque su ciclo ha terminado. Se supone que ha habido un espacio en el que ambos han ido creando nuevos intereses, nuevos objetivos que den sentido a su unión. Si no ha sido así, lo más probable es que esa pareja se rompa. Pero no podemos olvidar que cada relación supone un gasto de recursos importante, recursos emocionales, materiales y, sobretodo, una inversión en tiempo que es irreversible. Perdonen el tópico, "no llamemos amor a lo que es sexo...y sexo del malo". Ya es bastante demoledora la química sexual, pero la biología nos ha impuesto ese requisito con fines claramente productivos y reproductivos. Pero nuestros patrones de comportamiento, no son sólo heredados, también son aprendidos y son ellos los que deben regir nuestros actos dentro del sentido común.

   Cuando se llega a la mediana edad, los hombres nos resistimos a ver nuestras cariñosas y entregadas parejas como algo más que una masa que, cada día, está más flaccida, que cada día está más arrugada y a la que la ropa interior le queda como un auténtico saco. Pero son nuestro reflejo. Afortunadamente los hombres somos feos, no estamos dotados de atractivo físico como un criterio de selección de la pareja, al menos, hasta cierto punto. Pero eso no nos exculpa de lucir panzas peludas, erecciones cada vez menos potentes, o incipientes calvicies que asustarían hasta la más beata... Pero también, desde el otro lado, viene el desencanto. ¿Cómo nos ven ellas? Probablemente, hasta no hace mucho tiempo, la mayor preocupación era el progresivo deterioro en la comunicación, el adocenamiento, la falta de interés y de implicación en un proyecto que poco a poco se va convirtiendo en algo de ella para él y los hijos si los hay, pero en lo que él, ya no participa. A pesar de vivr en la era de los hombres guapos, de los iconos sexuales, la fealdad o la decadencia física no suelen ser factores determinantes en el alejamiento de la pareja cuando esto sucede desde el lado femenino.

   Después, nos quedamos solos, cuando nuestros proyectos y tentativas de mantener una relación más o menos estable se han ido al traste; corremos desesperados, los hombres en busca de sexo, las mujeres en busca de amor, al menos en teoría. Si eliminamos las formas, la educación, el sentido común que sólo se adquiere con la experiencia, un encuentro fortuito, no es más que eso. El hombre se acerca a una mujer con la esperanza de encontrar una musa, una diosa de belleza que, además, y por obra de algún ente misterioso, va a adivinar todas sus fantasías sexuales y satisfacerlas. La mujer, harta de lidiar con la vulgaridad, va en busca de formas, de educación, de ternura y con la temerosa esperanza de tener relaciones sexuales mínimamente agradables y, a ser posibles satisfactorias. Luego viene el jarrazo de agua fría.

   Se encuentran en un punto convenido. Ambos intentan dar una buena impresión al otro, se visten bien, se retocan un poco por aquí o por allá y planifican los primeros momentos del encuentro. Ella espera sentada en una cafetería, él lleva rato esperando pero no sabe exactamente dónde está el lugar. Al final, se saludan; ella le da un beso en la boca. Eso relaja un poco la tensión, expresa claramente que aquello va a ser algo más que una charla cordial. Empiezan las cábalas. A ella le gusta, quizás un poco tímido, habla mucho. A él ella le atrae, tiene clase, se la ve como una mujer de cierto nivel intelectual y transmite un aspecto desenfadado. Podríamos estar en el principio de una relación, de algo que fuera más que un encuentro casual. Se dan las condiciones, al menos hasta este punto.

   Ya en el hotel se toman unas copas y se sueltan. Deciden ir a la habitación. Es amplia y agradable, ella observa con atención los detalles de siempre, la colocación de la ropa, los zapatos, los útiles del baño...hasta que se lanzan al beso que lo desencadena todo. Ahora empieza el combate. Ella se deja seducir. Él toma la iniciativa, lleno de dudas sobre su capacidad sexual, con la urgencia de decir "si consigo que haya penetración, habré cumplido sobradamente y si luego las cosas no van bien, al menos podré encajar alguna excusa". El primer parón: ¿Hay preservativos?. No. Ella se fía y no forcejea. Las pequeñas dudas hacen crecer su deseo...todo resulta bien. Aunque ella manifiesta su satisfacción, capta ciertas dudas, ciertos desajustes. Él no busca su propio placer, su satisfacción, él sólo quiere mostrarse a sí mismo que es un campeón de la sexualidad. Ella se siente profundamente decepcionada. "Qué actitud tan infantil, ¿acaso piensa que a una mujer a estas alturas de la vida se la conquista con proezas sexuales?". Su entusiasmo decrece y le pone a prueba. Él ya no puede seguir, no tiene ganas. Empieza a buscar excusas y observa con detalle aquel cuerpo extraño, desnudo, recostado en una cama anónima. Una cicatriz horrible en medio del vientre. Un sexo inexpresivo y extraño a aquel cuerpo. Unos pechos tersos pero que sin el adorno de la goma espuma del sujetador, terminan siendo un poco decepcionantes. Luego, miró sus nalgas, informes, su estómago fláccido cayendo sobre su pubis. Pero aquella mujer transmitía algo, una humanidad que él no fue capaz de compartir. No podía ofrecer sentimientos, su ruptura era demasiado reciente. De hecho su móvil sonó varias veces; era su marido, en trámites de divorcio, lo dejó claro. Él iba construyendo su nuevo perfil, demasiadas mentiras, ambigüedades, en cierto modo, descansó, no asumió ninguna responsabilidad. Ella, pensó en la fuerza y el convencimiento de su casi ex, en todo lo que los unía, en la pasión que ponía cuando hacían el amor, en ese caos al que todavía quería sin entender muy bien por qué.   ¿Quién era aquel extraño que ahora se paseaba desnudo por la habitación? ¿Dónde quedó su conversación interesante, sus modales, su agradable sensualidad?

   Querían salir corriendo, alejarse lo antes posible el uno del otro. Cada uno con sus razones particulares. Quizás, esta vez, el sexo les mostró que el amor estaba en otra parte.

sábado, 6 de febrero de 2010

En el día de hoy...casa nueva, vida nueva

   Ayer me levanté lleno de ilusiones. Había aceptado que lo que tenía no era otra cosa que una relación de  casi "amantes" con alguien a quien, durante años, me había empeñado, en convertir en mi pareja. ¡Lástima! Aguantar cuernos y dejarte humillar para, luego, poner en evidencia a esa persona, privarla de saber que había sido engañada sistemáticamente en la misma medida, no puede decirse que sea "querer a alguien"...; pero todo llega y me lo guardaré. Vender la imagen del hombre casi perfecto, del hombre fiel, después de algún tiempo, resulta agotador, más, si se trata de competir con alguien que se presenta como un auténtico capullo, que no patán. Venderte como el mejor es el único recurso que te queda para cubrir las apariencias. Es probable que el pecado de ese pobre ingenuo haya consistido, simplemente, en ser un egocéntrico de ideas reaccionarias. Su pecado, tener una novia de esas que no se pueden dejar, intentar echarse una novia a la que no es capaz de complacer debidamente en ningún sentido..., seguramente porque, después de elegirla, se dio cuenta de que se equivocó de mujer, pero que, por principios -los suyos, claro, muy suyos- no sería capaz de reconocer su error. Ese individuo ha tenido que existir, porque de otra manera ¿cómo podría yo haber justificado la cadena de engaños, de mentiras, de infidelidades asumidas y no confesadas? ¡Alguien tenía que soportar el chaparrón, alguien tenía que ser el chivo expiatorio! Chivo, nunca mejor aplicado el adjetivo, porque cuernos, lo que son cuernos, doy fe que los ha llevado; de los míos no doy cuenta.
   Ahora sólo queda buscar una "doctrina moral" que explique estos comportamientos. Quizás, la más adecuada sería la budista, aquella que dice que no hacemos el mal, que sólo somos ignorantes; quien hace daño, no lo hace por maldad, lo hace por ignorancia. En este caso la ignorancia va unida a una inmadurez enmascarada por las apariencias.....Desde luego me cubro de gloria, ser burro, ignorante y, además inmaduro, se lleva mejor que ser un auténtico patán.
¡Qué bien que todo terminó!, y yo que lo vea. 


   "Glauce llegó para quedarse. Gilia se esforzó por dejar claro que éramos pareja. Cuando paseábamos, cuando estábamos en sitios públicos me abrazaba, me tomaba de la mano, me agarraba el trasero o, en sus días eufóricos, no dudaba en subirse a horcajadas sin ningún tipo de reparo. Glauce por el contrario, siempre fue discreta. Empezamos a vernos los fines de semana en la nueva casa. Rosita Garmendia me la había alquilado. Desde que dejamos de ser simples compañeros de trabajo se fue acercando a mí progresivamente, pero su actitud en nada se parecía a lo que hasta ese momento había conocido, no era alguien que me dejara claro que quería ser mi pareja, pero tampoco podría desmentirlo; pronto empecé a considerarla como mi hermana mayor, para lo bueno y para lo malo; casi siempre recibí y di muy poco, era un pilar fuerte, te acostumbras a que esté ahí, pero, lamentablemente, terminas por no darte cuenta, salvo que algún día no lo encuentres. Su tío le había encargado remodelarla y lo hizo con el mayor de los esmeros. Realmente no merecía aquella casa y, en varias ocasiones, consideré la posibilidad de hacerme con ella, aunque ello podría haber trastocado todo lo bueno de aquella historia. El tiempo fue pasando, Glauce dejaba algunas prendas en mi armario, me ayudaba en la decoracíón y los vecinos empezaron a identificarla como la chica que vivía conmigo. A espaldas de Gilia se fue tejiendo una nueva historia. Ya estaba en sus últimos cursos de la carrera. No nos llamábamos con mucha frecuencia. Teníamos reservados las fechas claves de vacaciones para salir juntos. Nos acostumbramos a esta nueva forma de relacionarnos, en la distancia, Gilia no parecía preocuparse, per en las situaciones más evidentes, Glauce miraba hacia otro lado; a ella comencé a pedirle que luchara por nuestra historia, más madura, pero, sobretodo, más cómoda y real, intuía que lo haría muy bien. Gilia no lo habría tolerado, pero a estas alturas ya era más una cuestión de orgullo que de otra cosa. Tarde o temprano tendríamos que enfrentar lo que estaba pasando".  (D.D.A.)