miércoles, 25 de abril de 2012

En el día de hoy... el pajerito y las goteras.

   Gracias amiga por abrirme los ojos, a ti Katy te lo digo; gracias, Eva, por tu discreción; gracias, Ana, por tu paciencia. No me he muerto, he desaparecido en una montaña rusa de...¿despropósitos?, está muy visto; digamos gestos inconscientes, un poco suicidas, de vitalismo desesperado o existencialismo terminal. Hace un año la vida me dio una lección sobre sí misma, la lección práctica definitiva, la del examen y, ¡pardiez!, el palo me dejó doblado. ¿Cuál fue esa lección?: "la vida es una y finita". Ya no me levanto cada día pensando que hay un mañana para posponer cada cosa, para "un ya habrá tiempo". Hoy estoy respirando y escribiendo, acabo de tomar un desayuno moderado y, afortunadamente, no me duele demasiado el estómago...realmente soy feliz, feliz de verdad., pero no más de un seis y medio.

   No creo en la institución del matrimonio. Tengo la certeza de que el amor es una reacción química vinculada a nuestro instinto de supervivencia. Por tanto, durará lo que dure la misma. No niego que haya realidades que van más allá de nuestros sentidos, dioses y cosas de esas, pero sin pecar de pedante, soy positivista, materialista, realista, lo que sea, no las he visto y, como no las he visto, ni las puedo negar ni las puedo confirmar. Esto me da una gran tranquilidad, es la de saber que mis actos son exclusivamente responsabilidad mía y de nadie, ni de nada más. A día de hoy podría excusar mis salidas o entradas de tono en los modelos culturales, en mi educación, pero, asumo que hoy no soy el de ayer y que si actúo lo único que me puede condicionar es lo que tengo delante de mis narices. Si bien, no les niego, que en alguna borrachera me siga gustando hablar del destino, de las fuerzas del Universo que tienden a que todo converja, de aquella idea de que todo lo que pasa pasa por algo y que, aunque no le encontremos sentido, lo tiene y no puede ser de otra manera.

   Pues bien, he decidido casarme, pero no sé si lo haré y divorciarme, obviamente entra en la ecuación. Sí, este que se ha presentado como un inadaptado patán (sic), está enamorado y ha decidido contraer votos para el resto de su vida. Esa es la fórmula. Implica fidelidad (?), respeto (?), transigencia(?), expectativas realistas(?), dedicación(?), sexo(¡?!). Uffffff, ya estoy cansado sólo de pensarlo. Pero a pesar de mi escepticismo, creo que puede funcionar, pero admito que requiere una vigilia constante y a mí, personalmente, me gusta dormir mucho, y soy terriblemente distraído y olvidadizo. Espero que la otra parte se encargue de mantenerme bien despierto, intentaré no enfadarme.

   Ahora hago un pequeño inciso. ¿Casarse no es un acto de amor? Las parejas invierten sus recursos en crear un hogar confortable, en viajar, en darse algún capricho. Pensé que esas historias de compromiso, con anillo incluido, caro y bien gordo, de invitaciones, de cócteles, ceremonias, almuerzos multitudinarios para un montón de gorrones, ya no estaban de moda. El problema nace del hecho de que hay un espacio entre culturas. Lo que para mí ya es accesorio, para personas de otro entorno puede estar totalmente vigente...¡A ver cómo la convenzo de que eso son chorradas! Creo que pertenece a un mundo donde todavía se hace la puesta de largo a los quince años....pero con matices, claro; está todo tan  definido que con una simple llamada pides un presupuesto y te lo ponen todo en bandeja. Me siento como el día que tuve que elegir el cajón para mi padre: ¿en maderas nobles, con acabados de seda o damasco, cierres de seguridad, adornos en oro? Creo que se estaría muriendo de la risa, aunque el comerciante babeara ante la posibilidad de que para aquel finado no iba a haber ahorros de ninguna clase. ¿Le pondremos un lazo rosa a las tarjetas o las haremos simples?, ¿serviremos cava o espumoso?, ¿se entregarán recuerdos en el cóctel?...¿el restaurante ofrece servicio de decoración, música en vivo, adornos para el coche, mesas diferenciadas o comunes?....¡Así no se puede. Te pasas el día preparando el encuentro, tienes muchas ganas de estar con ella, necesitas intimidad, un ambiente agradable y cuando todo parece perfecto, suena el teléfono, lo ignoras, y luego la cama cruje, lo intentas ignorar, y luego te da una calambre y, entonces, ya no puedes, no puedes.

   Al fin llegó el gran día., no pudo ser.  No culpo a nadie, el aventurero siempre está solo. Y así son las cosas, a la hora convenida me encuentro frente a la "Municipalidad" esperando a la novia; mi única compañía, los jardineros que arreglaban los parterres porque pronto iba a ver elecciones. ¡Tanta formalidad para unas cosas y tan poca para otras! Allí estaba con mi traje impecable y la corbata que yo quise -mi primera victoria-, en una ciudad de millones de habitantes, rodeado de nadie, yo era el raro...ni el padrino se dignó a hacer una concesión. Y empezaron a llegar algunos conocidos, aunque no tuve muy claro que vinieran a mi boda o a la otra que se celebraba a la misma hora. Y llegó la novia, la sorpresa de todos, guapa como no podía ser menos, pero casi no la vi, fui protagonista secundario hasta que la tomé del brazo y entré en el objetivo del fotógrafo y la videocámara, que pululaba como una libélula a nuestro alrededor. Ya todo fue coser y cantar. Palabras hermosas, lágrimas, abrazos cordiales...y sí, la inversión en Cava mereció la pena y gracias al efecto narcótico de sus burbujas pude afrontar el siguiente asalto: el almuerzo nupcial. El plan seguía su curso.

   ...pero nunca fue mi casa. Eran tiempos en los que los que empezaban a tener cierta estabilidad pugnaban por demostrarlo. Una buena casa era un reclamo interesante y, circunstancialmete, perdí de vista lo poco importante que pueden llegar a ser las cosas materiales. La vida de Glauce se complicó terriblemente; en ese espacio nunca tuve claro si era mi pareja, si era una buena amiga o si, una vez más era la Dulcinea para un Quijote. Pero ahí estaba y yo también. Rosita se había distanciado discretamente y mi popularidad poco a poco fue disminuyendo. Ahora puse de moda las cenas de pareja, frente a los fiestones masivos y descontrolados. Ya no bebíamos cualquier cosa, presumíamos de vinos de calidad, de licores selectos. Ese estado de cosas hoy sería para mí "apoltronarse en la dorada mediocridad". Todo se fue al traste, el tío de Rosita no quiso vender la casa y yo empezaba a cansarme de la situación. Muy cerca ofrecían una alternativa: era una construcción tradicional, con muchas posibilidades para reformarla y convertirla, casi de cero, en mi hogar definitivo. Mi decisión fue demoledora para Rosita, sobre todo porque aquel proyecto se alejaba de la idea de pulcritud y perfección que regía su vida. A Glauce le pareció bien, se limitó a mirar de reojo y, seguramente, si sacó conclusiones, yo nunca las supe. En todo caso, era relativamente barata, por fin iba a poder invertir en una propiedad y tener un lugar para vivir. Mi familia me dio el último espaldarazo. En menos de un mes, cerré la operación, cargué con los pocos muebles que tenía y pasé mi primera noche en mi acogedor pajerito. Aunque era Abril, llovió, y mucho. El tejado se mojaba por todas partes, fue sólo el principio de otros muchos agradables desastres. Pero ya tenía casa y eso era lo importante. (D.D.A.)   


jueves, 12 de abril de 2012

De la casa azul a la del farolillo rojo y no pasó de ahí

   No pasó demasiado tiempo y pronto mi nuevo hogar, aunque en menor medida, se puso de moda. La gente con la que entonces me relacionaba pertenecía a un espectro bastante amplio. Unos empezaban a trabajar y vivían en pequeños apartamentos, otros aún estaban en casa de sus padres y los que disponían de buenas casas para celebraciones no estaban dispuestos a cederlas para cualquier cosa.

   Celebramos algunas fiestas privadas, cenas de amigos que terminaban con alguna guitarra o escuchando música nostálgica ante adormecedores chupitos. Un día de temporal que teníamos prevista una celebración al aire libre, terminamos todos, como pudimos, acomodándonos para comer auténtica paella valenciana y "suc´de anguiles" traídas especialmente para la ocasión. Lo que no estaba en el guión de aquel día era algo llamado "agua de Valencia", una especie de cóctel con vodka, zumo de naranja, azúcar y champán. Llovía tanto y hacía tanto viento que resultaba realmente difícil salir a la huerta a hacer las necesidades primarias cuando el pequeño baño recién habilitado se  colapsaba. El alcohol no tardó en hacer efecto, pusimos buena música para bailar y todo discurrió bajo un aparente grado de civismo. Pero cuando pasó la resaca, empezaron a aflorar los protagonistas y sus hazañas. Rosita Garmendia estuvo por allí, básicamente porque era una fiesta de compañeros de trabajo; esto mantuvo fuera a Glauce.  Percibió que aquella casa se estaba llenando vibraciones que no le gustaban, notó la distancia que yo le imponía y lo que iba quedando de nuestra historia tuvo que resolverse, nuevamente, en su impoluto ático, al que sólo me atrevía a entrar con mis zapatos de los domingos y muy bien cepillados por las suelas. (D.D.A.)
  

martes, 4 de octubre de 2011

En el día de hoy...¿Qué nos está pasando?

  Casi cuatro años intentando prevenir a mucha gente de lo que pueden ser las relaciones humanas mal entendidas; casi otros ocho de silencio, de observar. Quizás soy el que se retrata en alguna de estas entradas, pero quizás no. Hace doce años tener un blog era una novedad, conseguir algunos seguidores, un triunfo, recibir visitas un éxito raro. Después de que la vida ha seguido, y con ella sus sucesos, me vuelvo a sentir como en aquellos primeros días, con algo de tranquilidad, con algo de perspectiva, quizás con algo más de sabiduría. 

  Esta mañana me dirigí a mi trabajo, una chica de diecisiete años criticaba a un profesor porque haciendo uso de su "libertad de cátedra", introducía en sus clases contenidos sexuales indiscriminadamente y  adoptaba actitudes que a ella le parecían irrespetuosas e insinuantes; estaba un poco menos triste porque ya se había ido. Le dije que habría sido mejor que hubiera tomado  la decisión después de sentirse atrapada, le faltó la valentía para alejarse y abandonarlo, pero era su profesor.   Durante la siesta me di de frente con un relato escalofriante de otra chica que estuvo a punto de morir por haber asumido la anorexia como un estilo de vida y no como un problema; su único motivo, llamar la atención de "su enamorado", un hombre unos cuantos años mayor que ella, que la humilló, en todos los términos imaginables y la convenció de que las cosas no podían ser sino de esa manera. En la merienda, otra conversación, esta vez con una mujer enganchada del padre de su hijo y que, ahora, tras la novedad del nuevo embarazo, del parto, se declara indigente mental para afrontar sus responsabilidades y, simplemente, los quiere abandonar. Hace apenas un ratito, dos adolescentes en una red social, hablaban de los peores momentos de su vida porque sus padres no aceptan algunas de sus demandas y, en particular, aquellas que se refieren a sus decisiones emocionales: Dieciséis años para hablar de suicidio real, de abandono, de tristeza, de nunca más volver a levantarse...todo porque la chica de sus sueños le es infiel con su mejor amigo....No vemos, no creemos. Afortunadamente, ser patán ya es cosa del pasado, se ha desnaturalizado, es una broma inocente. Habrá que inventar un término nuevo, excepcional, atractivo, que defina lo que pasa entre las parejas, en las relaciones humanas. ¿Lo encontraremos?

jueves, 18 de agosto de 2011

En el día de hoy...el oro del Perú (II)

 Hoy no tengo ganas de escribir. Pero debo hacerlo. Si realmente existiera algo fuera de nuestra concepción material de las cosas, no sé si me sentiría enfadado o agradecido por estar interviniendo en mi vida. No me preocupa demasiado, porque por suerte he superado el miedo que curas y monjas me inculcaron sobre los castigos eternos por no ser bueno en esta existencia. Pero es verdad también que la pérdida de los seres queridos a veces vuelve a abrir viejas incógnitas, a suscitar viejas preguntas y, cuando te encuentras en situaciones límite, nos guste o no, como un movimiento consciente o no, ahí está la misteriosa figura del DESTINO y sus posibles tejedores.

  Anoche fue uno de esos días extraños. Como siempre me han gustado las estrategias militares, no he dejado de admirar las maniobras más inteligentes de célebres soldados de la antigüedad para sorprender al enemigo. No cito nombres por no aburrir, pero básicamente lo que cualquier general temía era verse rodeado y que su capacidad de maniobra quedara anulada por la estrategia del enemigo. Anoche estaba en medio de una llanura, pero no veía ningún enemigo. De pronto, sin motivo aparente -como casi todas las discusiones- saltó la chispa y me enfrasqué en una de las peores batallas dialécticas que recuerdo con una mujer. En la retirada, después que me recordaran muchas verdades sobre mis dificultades para la convivencia, traté de obtener lo positivo y ver en aquél conjunto de reproches el reflejo que me devuelve el espejo cada mañana...eso sí, asumiendo muy mal mi derrota y sin ninguna disposición a cambiar mis estrategias. Sin embargo, -¿cosas del destino?- entró una llamada telefónica, en la madrugada, anoche. Era el enemigo de mi enemigo, no la invoqué, no recordaba ni siquiera la posibilidad de que en un momento crítico pudiera acudir a mí; sin embargo, una discusión con su marido la había dejado en la calle con sus dos hijos. Entonces me sentí atrapado por delante y por detrás, por delante por la necesidad de poder aportar algo de tranquilidad en una situación que se había desbordado; en la retaguardia por la necesidad de echar una mano a alguien que había aportado muchas cosas a mi vida, con quien había estado muy unido y a quien, por el simple concepto de la verdadera amistad no podía dejar de lado; pero sucedió en el peor de los momentos. Alguien podría pensar que todavía me quedaban los flancos derechos e izquierdo, sin embargo, a un lado estaba mi hijo, al otro mi madre, aliados unas veces, otras, simplemente, un equipaje de apoyo pero sin ninguna efectividad táctica.

  Anoche me quedé en medio del campo, postrado y derrotado. Di la espalda a mi vieja amiga y traté de firmar la paz con la parte que quedaba. Triste, agotado, sin esperanza, -pues esa paz no llegó-, quise escribir algo y sin querer volví a despertar viejos fantasmas.

  Desde la muerte de mi padre, no he querido aceptar que ya no está. Quizás sea él el que juegue con algún amigo al dominó, mire hacia aquí y vea la vida de quienes le quisimos mucho. Supongo que las lecciones que no pudo o no tuvo tiempo de darnos en vida, ahora nos las está dando, quizás ya haya visto el rostro al DESTINO y se ría a su lado al saber que no es ni tan terrible, ni tan temible, quizás él tenga el poder para ordenar esos hilos que ni las previsiones más sutiles son capaces de anticipar. ¡Bienvenido sea si la lección quedó aprendida!. Anoche, la madrugada de ayer no la voy a olvidar fácilmente

miércoles, 17 de agosto de 2011

En el día de hoy...el oro del Perú

  Si hoy contara algunas cosas que han sucedido en este último año, sería eliminar la poca intriga que resta a este relato, cada vez más tedioso, incluso para mí. Me voy a dar otra oportunidad y dilatar, aunque sea en algunas entradas más, el final de este historia. Para quienes  no hayan leído lo que precede decirles y no tengan ganas de hacerlo, les comento que un día me puse a escribir, como terapia particular, para contar aspectos de mi vida relacionados con las mujeres que han pasado por ella, convencido de que podría de esa manera poner un poco de orden y encontrar alguna respuesta a mis fantasmas sobre el particular.  Sin embargo, lo que cuento está a caballo entre las experiencias reales y el relato imaginario, porque de otra manera habría sido imposible armar un puzle en el que siguen faltando piezas. 
  
  Los años pasan, ya no tengo ganas de flirtear, de corretear tras ninguna mujer, porque todas han dejado de ser especiales y porque después de tanto tiempo de escarceos amorosos sin éxito, la pereza me puede. Mi última relación, que duró casi cuatro años, se llevó el bonito saldo de cuatro infidelidades consolidadas, además de las ya existentes (una, para ser más exactos...que yo recuerde). El modo de hacerlo, el de siempre. Aquí estaba el amor de mi vida, ese que tantos dolores de cabeza me causaba y del que solo pretendía, además del calor de su compañia, el reconocimiento de que estaba equivocada con relación al otro, que no merecía la pena y que yo era su alternativa. La mujer fue consecuente con sus sentimientos, creo que casi siempre dijo la verdad, creo que estaba realmente enamorada del tipo equivocado o, al menos, del tipo del que pocas cosas buenas me contó y, en ese contexto, me puso bien fácil el hacer y deshacer a mi antojo, hasta el extremo de que si un día le comunicaba que me iba con otra, en ella, lo único que iba a despertar, era un profundo sentimiento de culpa, y hasta tendría que haber aplaudido mi decisión -a día de hoy no ha sido así-.
  
  Las demás dejaron que me acercara, que las convenciera, querían conocerme y darme o darnos una oportunidad.  Mileidys, una hermosa médico cubana, de treinta años, con una forma física envidiable, una entereza de sentimientos y un sentido de la supervivencia que sólo la gente de su país puede entender. En nuestro tercer encuentro, la historia había terminado. Su situación no le permitía salir del país, yo no tenía dinero para trajinar visas, pasaportes o permisos y, a pesar de haberle confesado a su padre mi amor por su hija, no pudo ser. Luego vino una linda mejicana, inteligente, vivaz, capaz de devolver a cualquier hombre interesado y culto a sus mejores momentos de efervescencia universitaria. No sé porqué tampoco pudo ser; sí había dinero, había una buena química y estaba dispuesta a dejarlo todo para venirse conmigo; al final, le propuse que sólo podríamos ser amigos; no lo aceptó, como era lógico. Quizás su consuelo fue saber que mi corazón estaba todavía enganchado del adorado tormento que me rondaba por aquí. No sé si se enamoró, pero hizo gala de la pasión de las mujeres de su mundo, se entregó de corazón y, lo peor de todo es que, quizás no lograra tocar mi alma, pero sí mi inteligencia y por ahí sí que me podría haber sorprendido de los resultados. En la República Dominicana me esperaba otro encanto de persona. Me entristece pensar que pudimos hacernos daño, pero llegado el momento tanto ella como yo reconocimos que no estábamos enamorados. Fueron unos días bonitos, una experiencia para mí y nunca tuve la sensación de que mis decisiones pudieran condicionar su vida, aunque no dudo que le habría gustado intentarlo y que de lejos, su carácter y su simpatía me habrían aportado algo de paz.
  
  Esos viajes "culturales" nunca suscitaron sospechas sobre mis posibles aventuras intercontinentales. El tiempo y la distancia, aunque parezca un tópico, se pusieron de mi parte. Creo que la mentira en estas circunstancias no llegó a ser más que un instrumento sin mayores consecuencias: no tuvimos tiempo de profundizar y no espero que guarden un buen recuerdo, ni una imagen excepcional de mi paseo por sus vidas. Si a alguien le faltó sentido práctico, fue a mí. Ellas ya han rehecho su vida y espero que sean muy felices. No tenía sentido cambiar de estrategia y, en cualquier caso, ya mis infidelidades eran sucesivas, nunca simultáneas. Resultaba demasiado cansado, ya lo dije.
  
  Quizás alguien se podría preguntar si a estas alturas del relato ya ha cambiado mi idea de la fidelidad, mi  visión de lo que podría entenderse como manipulación de las personas dentro de las relaciones afectivas. Quizás. ¿Seguirían teniendo sentido estas líneas? Es verdad que mi última apuesta ha sido a "todo o nada". Supongo que muchos cuarentones, casi cincuentones, estarán diciendo que es demasiado pronto para tirar la toalla y que la vida puede dar muchas oportunidades para seguir en el juego. No lo dudo, pero creo que es legítimo que quienes queramos retirarnos lo hagamos. Que podamos o no, que lo consigamos o no, es otro asunto. Yo soy de esos, pero el nuevo panorama pinta complejo.

  Hasta ahora conseguir que una mujer se acueste contigo y baile a tu son, aún bajo increíbles promesas de amor eterno, podría haber sido una meta y alcanzarla al precio que fuera, el premio. Si esa visión de las cosas se adorna con toda clase de filigranas y de justificaciones, es otra cosa, pero en el esqueleto, no es más que eso. Sin embargo, la otra realidad, la de los achaques y el inevitable miedo a envejecer planea como bichejo carroñero. Queremos una compañera, es verdad, algo más que un amor ocasional, pero, por otra parte, no sabemos muy bien porqué queremos eso, si toda la vida hemos defendido a capa y espada nuestra independencia. Meter en este barullo de contradicciones a alguien, sí que puede ser demoledor y la última y más nefasta etapa del maltrato sistemático, de la manipulación y de la utilización sin escrúpulos de la otra persona para cubrir los propios intereses, con certificado y contrato.
  
  Pero lo hacemos, buscamos a esa persona que, después de enésimos intentos, recreamos para que encaje en un perfil del que, a través del tiempo, hemos ido eliminando casi todas aquellas cosas que no nos gustan. Como la base del fracaso de las anteriores historias había sido la infidelidad sistemática - o al menos esa es la aparente conclusión a la que hemos llegado-, ahora sólo se trata de eliminar ese  "pequeño" inconveniente, para sumergirte en el infierno de una relación normal, equilibrada, con sus vaivenes, y sobre con el ingenuo convencimiento de que, por fin, vamos a contribuir a ser uno de esos núcleos que estructuran nuestra sociedad, que seremos una familia y que, al menos a efectos contributivos, ya seremos uno de los grupúsculos iniciales de todo este modelo desafortunado.
  
  Esta vez sí, no me he acostado con nadie que no sea ella en casi un año. Digamos que sí ha habido algo de infidelidad no consumada y puntual. Pero para mí ha sido tan anecdótico que no ocuparía ni una línea en este párrafo. Mi sorpresa, en cambio, sigue siendo que, a pesar de todo, que a pesar de mi convencimiento de que los "cuernos" están en la base de los conflictos de la pareja, pues va a ser que no. Y es ahí donde se abre un nuevo capítulo: ¿Si los dos son fieles, se llevan aparentemente bien, tienen buena química...por qué carajo se empeñan en joderse la vida al proponerse estar juntos?.
  
  Si sigo contando historias de mi pasado, es porque ahora sí quiero llegar al punto de inflexión en que lo de antes termina en lo de ahora. Pero me interesa mucho más en este momento desenmascarar cómo desde la posición de "macho dominante" se le puede hacer imposible la vida a una mujer, o, a la inversa, cómo una mujer le puede hacer imposible la vida a un hombre, aunque no sea la "hembra dominante". Y a tragar que es lo que toca, para lo bueno y para lo malo. Si aquello de lo que te privas, va a tener alguna compensación, es algo que todavía tendré que analizar con calma.

martes, 29 de marzo de 2011

En el día de hoy: Nos hacemos invisibles...porque sí.

  Son muchas las canciones que hablan del paso del tiempo, del inexorable paso del tiempo. Si, además, este tópico se ve aderezado por las consecuencias que él mismo tiene sobre el amor y las relaciones humanas en general, la lista ya sería interminable. 

  Que me perdonen los puristas de la lengua, pero hoy no es uno de esos días en que me sienta especialmente inspirado. Acabo de resucitar de mi último cumpleaños y no saben con cuánta alegría. Creo que ahora ya soy adulto, no hubo borracheras, no hubo, tampoco, interminables llamadas de teléfono, ni al fijo, ni al móvil. No hubo tarjetas virtuales, ni mensajitos insinuantes que, aprovechando la ocasión, deslizaran otras intenciones. Creo que ayer certifiqué mi muerte, al menos mi muerte social. Algún día quizás cuente a qué atribuyo este feliz incidente y, en efecto, "descansé en paz". 

  A partir de ahora ya no habrá en el calendario otra fecha que me perturbe, bien sea porque esperas que alguien recuerde que estás en este mundo, bien sea porque no puedas afrontar económicamente la celebración. Además, ya no va a haber ninguna imposición mental que te obligue a predisponerte a "celebrar" el día X, aunque tengas un dolor de cabeza insoportable, una contractura en la espalda, o veinte mil preocupaciones que hacen que lo que menos te apetezca sea tomarte unas cuantas copas de vino o que te canten el "feliz, feliz en tu día". 

  Todo llega, así debe ser, para bien. Insisto, ¡qué descanso!. Los síntomas, en especial para aquellos que necesitan una preparación para los grandes cambios de la vida pueden ser los siguientes: 

  a) Un día te embroncas con la compañía telefónica y, después de un montón de burofax, decides no pagar,  te compras un móvil de tarjeta, con un nuevo número, no lo actualizas, no lo reenvías y sólo entran llamadas del trabajo. 
  b) Un día dejas de mariposear las noches del sábado por las páginas de contactos, los chats, los foros sociales y te limitas a seleccionar alguna cadena de televisión delante de la que te quedarás plácidamente dormido. 
 c)Un día te cambias - o te cambian- de trabajo; aquellos compañeros que esperaban ansiosos el día de autos para darte el sablazo ya no están cerca de ti, se olvidan y, como tu tampoco tienes ya sus teléfonos, los grandes  tenderetes son historia. 
  d)Un día, ese día, ya no es ni viernes, ni sábado, ni cae en festivo, es un lunes cualquiera lleno de las rutinas de cualquier lunes y con casi todos los restaurantes o bares que te interesan, cerrados por descanso del personal.
  e) Un día ,al fin, aquellas pasiones más desesperadas, aquellos enfrentamientos por estar aquí o allá, con esta o la otra, dejan de tener sentido, no por tu parte -quizás algún poso de nostalgia los acompañe todavía-, sino por parte de aquellas que en sus desengaños, propios y ajenos, gracias a su mala memoria se han librado de un muerto....eso sí, un muerto social.

                                                                                                    NIHIL OBSTAT

jueves, 8 de abril de 2010

El día de hoy ¿aprender la lección?...


  Han pasado cuatro años. Cuatro años de despropósitos. Cuatro años invertidos emocionalmente en la persona equivocada. Hoy es hora de hacer balance, de ajustar cuentas, de llevar cada pieza a su lugar.

   Nunca pensamos, mientras dura una relación, que todo puede acabar repentinamente, si lo pensamos no lo verbalizamos, si lo verbalizamos lo relativizamos, no entra en la ecuación. Puede acabar, aunque no es lo más frecuente. De la misma manera, cuando se tiene una mala relación, tampoco tenemos la certeza de que un día podamos acabar con ella, liberarnos. Pero también sucede. Los mecanismos son idénticos. Nunca podremos olvidar, nunca podremos desengancharnos, una y otra vez vamos a recaer en aquello que nos hace daño y nos produce sufrimiento. Pero el drama termina, nuestra naturaleza está diseñada para eso, finalmente, vencerá todos los supuestos culturales que la castraron una vez.

 ¿Por qué soportamos una mala relación?. Tras seis meses de idílico romance, aparece la tercera persona. Se abre el capítulo de las indecisiones, de las dudas. Llega el ultimatum: o él o yo. Ella decide él, pero luego, pasan unos días, y se cuestiona su decisión, y "yo" vuelve a estar en el juego. ¡Error!. De haber aceptado su decisión, de no haber hecho caso a sus demandas posteriores, se habrían ahorrado cuatro años de sufrimiento. Pero los cambiaron por unos dudosos momentos de placer bajo la apariencia de una relación a otro nivel... ¡qué nivel!.

 ¿Es que algún macho -la expresión es en sentido antropológico- soporta la infidelidad confesada sin ninguna contrapartida? Sin contrapartidas no, pero aparentando que no las hay sí. El arma más eficaz consiste en hacer culpable al otro de los propios desmanes. A ella la salva la honradez de aceptarse como es, tiene derecho a estar enamorada de dos, de tres o de cincuenta hombres a la vez. Sin saberlo, cuando confiesa su infidelidad, está enfrentando a sus rivales. La maniobra cobra su más alto grado de sutileza y eficacia, si una parte lo ignora y la otra lo sabe. Sería humillante para el cachudo consentidor. Sin embargo, aquí radica la paradoja, ¿existe realmente un cachudo consentidor?, ¿la fidelidad a cambio de la infidelidad es posible?