miércoles, 20 de mayo de 2009

En el día de hoy...otra vez las convenciones


   Pocas veces nos damos cuenta de hasta qué punto nos condiciona nuestra educación. Supongo que no reparamos en que la mayor parte de nuestras actitudes de rechazo son consecuencia de un desajuste entre nuestros propios modelos y los que nos vamos encontrando a lo largo de la vida.

   Miramos atrás, nos damos cuenta de que hemos estado luchando por una relación estable todo el tiempo, asumimos nuestros fracasos y equivocaciones y, cuando intentamos empezar de nuevo, todo nos sigue resultando extraño, ajeno a nuestros propósitos, desmotivador. Creo que tenían algo de razón quienes, en su momento, postularon la teoría de que nuestro cerebro, cuando nacemos, es un libro en blanco. El aprendizaje le proporciona sus contenidos. Es una pena que no tengamos criterios para elegir esos contenidos; es triste que quienes conocen la maleabilidad de la conciencia infantil, la modelen para que las personas sirvan a sus intereses; y, lo peor, esos patrones, esos moldes, quedan fuertemente impresos y nos impiden -o nos lo permiten con mucho esfuerzo- tomar decisiones libres, necesarias, imperativas que se adecuen a la evolución de nuestra personalidad. Esos sellos son indelebles, nos marcan. Es verdad, nos hacen como somos, pero y ¿ cuando no queremos ser así?

   Imágenes, charlas, modelos, orientaciones y confesiones. Un hombre bueno es aquel que desde su infancia honra y respeta a sus padres y a un dios, cuida de sus hermanos, trabaja para el bien de la casa. Un día, ese hombre bueno conoce a una chica y se enamora de ella. Se formaliza la relación si resulta conveniente, adecuado; las nuevas familias se conocen. Viene el "sagrado vínculo del matrimonio", la construcción de un nuevo hogar, la concepción y el cuidado de los hijos. Con el paso del tiempo, ellos se harán mayores y seguirán la cadena. El hombre bueno, con su esposa, envejecerá plácidamente, asumirá con resignación los reveses de la vida, afrontará la muerte con esperanza, porque ha cumplido con su papel.

   Esto no es una película. Ojalá fuera un buen dibujante, podría plasmar los paisajes en tonos cálidos en que un hombre y una mujer, hermosa y recatada en su forma de vestir, con dos niños de la mano, miraban el atardecer dando gracias a su divinidad por tantos bienes concedidos; le pintaría la sonrisa plácida de la novia y la ternura del esposo en la ceremonia nupcial; el gozo del padre, aún con barba marrón, correteando tras sus hijos en un jardín perfecto lleno de pájaros y flores; les pintaría, al fin, a esa misma pareja, él ya con barba blanca, mirándose en una comprensiva complicidad, cuando sus hijos parten del hogar para buscar una nueva vida.
   
   Frente a esto, grabado a sangre y fuego en nuestras maleables conciencias, nuestra vida, con perdón de la expresión, es una "mierda". O mejor, la vida de más de dos tercios de la población de este mundo. A mí no me pasaron ninguna película donde la gente pasara hambre, donde la gente fuera discriminada por su sexo, por su raza, por su condición social o económica. No me documentaron sobre el sufrimiento humano, sobre la enfermedad, sobre la violencia de género, sobre la pederastia y la explotación de las personas. Me vendieron un mundo feliz; en aquella época, dios y su divina bondad eran el premio. Hoy, así y todo, tenemos por ahí un montón de sectas que han sustituido a ese Dios por el Dinero, pero la canción no cambia, sigue con la misma letra y con la misma música.

   Rápidamente alguien diría: "te has quedado en la adolescencia, careces de personalidad" La adolescencia fisiológica obviamente la he superado; sobre lo de la personalidad habría mucho que decir. Si no nos atrevemos, ¿no será porque carecemos de la individualidad suficiente para hacerlo?. Sí tengo claro que reconquistar la libertad propia es un trabajo complejo, y no puede limitarse a la acción individual, aunque pueda parecer un poco paradójico. He tenido que empezar a preguntarme porqué hago determinadas cosas, porqué actúo de determinadas maneras; he hecho un análisis, lo más riguroso y autocrítico posible. Sólo busco la razón de mi tristeza, de mi sufrimiento. Encontrarse con la verdad es duro, complejo, duele y no podemos inventarnos "la valentía" que, un día, nos arrebataron para ser de otra manera.

   A veces, pongo un ejemplo que me parece bastante clarificador y que conecta, bastante, con la realidad que nos afecta. ¿Por qué apago las luces de mi casa, por qué reciclo el vidrio?. Como buenos alumnos responderíamos que hay que ahorrar energía, que contribuimos, con esos pequeños gestos, a la salvación del Planeta. Creo que habrían suspendido todos. La respuesta correcta, mi respuesta correcta es que apago la luz porque la factura que debo pagar será menor, reciclo el vidrio porque me molesta y me resulta cómodo que haya contenedores donde ponerlo. Estos son actos de libertad, en conciencia o no, pero es lo que realmente me mueve a hacer ciertas cosas. Cuando no separábamos la basura, el papel o el vidrio se recuperaban de la misma manera. Sólo nace la conciencia ecológica cuando se crean las infraestructuras necesarias para hacer rentable este reciclaje. Traperos y chatarreros ha habido siempre. Reciclar basura era su medio de vida. Ahora, mediante la educación para concienciarnos sobre la importancia del Medio Ambiente, abaratamos los costes de producción de un vidrio reciclado y de un papel reciclado y salen al mercado con un nuevo valor. Nosotros hacemos una obra de caridad en favor de los especuladores comerciales, pero nos sentimos bien, porque estamos contribuyendo a la salud del Planeta.

   En el ámbito de la pareja, podemos dar el mismo enfoque. En algún momento de nuestras vidas aprendimos que las cosas deben ser de una manera y eso, de lo que casi nunca somos conscientes, nos condiciona para siempre. Un hombre mayor y una chica jóven forman una pareja ridícula. Pero también era ridícula la posibilidad de que un hombre libre se casara con una esclava, o que un blanco se casara con un negro, o que dos hombres o dos mujeres establecieran una relación sólida, estable y feliz. ¿Se imaginan el sufrimiento que puede haber pasado un homosexual casado por convenciones?. ¿Se imaginan el sufrimiento de payos y gitanos enamorados, condenados a la separación por sus tradiciones?. ¿Cuántos problemas individuales han generado las diferencias religiosas, económicas o políticas a la hora de luchar por una relación amorosa?. Pues bien, a mí me hicieron un hombre convencional. Me dijeron que la única forma de relacionarme era buscando a una mujer, casarme con ella, tener hijos y esperar, en el atardecer de nuestras vidas, a ver cómo se marchan para seguir su propio camino. No me dieron alternativas, o eso, o el celibato, ¡porque sí!. Es un canal demasiado estrecho para todo el caudal que representa una vida. Afortunadamente, hoy podemos hablar, podemos postular un modelo de educación menos restrictivo, en el que se potencien, por encima de todo, las capacidades del individuo, sus posibilidades de realización. Tenemos que erradicar la idea de bueno/malo, porque una ética verdadera sólo se puede construir desde la perspectiva de lo propio e individual. Partiendo del hecho de que el AMOR es un pilar fundamental de la existencia, jamás diré que exista un modelo de relación. Siempre diré que cada uno debe buscar el suyo; es un trabajo de autoconocimiento, de saber delimitar nuestros deseos, nuestras aspiraciones, de conocer lo que podemos afrontar y lo que no. De esta manera, si un día descubrimos que nos gusta una mujer musulmana, no añoraremos tener una boda católica; si un día descubrimos que nos gustan los hombres o las mujeres, no añoraremos la fotografía de la familia tradicional; si caemos en la cuenta de que queremos vivir una vida sin compromisos, mirándonos el ombligo, disfrutando de nuestro cuerpo, no tendremos necesidad de engañar a nuestras esposas, a nuestras parejas por esforzarnos en dar la imagen del hombre bueno del catecismo.
¿Hay dos que piensen así?

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