martes, 19 de mayo de 2009

Fin de un capítulo...comienza la vida....(I)


 Al volver de aquellas vacaciones no vi inmediatamente a Belén. Pasaron un par de semanas hasta que nos volvimos a encontrar. Aunque intenté mantener la apariencia de normalidad, algo empezaba a no ir bien, su intuición no la engañaba, yo sí. Estaba nervioso por la proximidad de las oposiciones. Belén adoptó el papel de ama de casa, me preparaba la comida y se hacía cargo de cosas cotidianas el tiempo que compartíamos, básicamente, para que yo estudiara. Percibía su malestar y eso generaba mucha tensión entre nosotros. A partir de aquel fin de semana, mis visitas se distanciarían.

"Estudiaba en una habitación que estaba bajo la casa de mis padres. Aunque me concentraba sin dificultad, porque estaba muy entusiasmado con mis posibilidades de aprobar, me mantenía un poco alerta. Mi madre era la encargada de recibir las llamadas. Con Belén tenía un trato muy familiar, aunque aún no se conocían en persona. Ana resultaba una intrusa, fueron muy pocas las veces que descolgué el teléfono para llamarla. Lo más cómodo era hablar de amigas, de compañeras. No me hacían preguntas, probablemente porque era un hombre y, el que me llamaran varias chicas, era completamente normal. en mi casa. De haber sido una de mis hermanas, las cosas habrían sido muy diferentes"  (D.D.A.) 

   Un día me llamó Belén. Tenía que ir a verla urgentemente. Aunque ya estaba acostumbrado a su alarmismo, el mundo se me vino encima; a punto de opositar, era lo que menos esperaba, pero su salud estaba en juego.  Afortunadamente, todo quedó en una falsa alarma. He llegado a pensar, incluso, que Belén, en una estrategia para que no se perdiera nuestra historia, quiso darle una vuelta de tuerca.  Siempre pensé que era medio bruja, "la bruja de Femés" y que con sus pócimas y maleficios quería robarme el alma. Visto con cierta perspectiva, creo que es la misma sensación que he vuelto a tener después, en otras situaciones. A lo mejor es verdad, hay mujeres buenas y mujeres malas, ángeles protectores y detractores. Cuando no alcanzo a entender algo con la razón, uso la imaginación, vuelvo al mundo de los chamanes. Quiero sentirme otra vez un poco troglodita.

   Salí tan afectado de este incidente, que me refugié en Ana Montenegro. Ya había complicidad, y Belén salía alguna vez en nuestras conversaciones; como estaba algo resentido, adopté el papel de víctima, le contaba que me acosaba, que intentaba forzar  la relación  que yo había dado por terminada y que, seguramente, era una cuestión de interés, porque mi situación laboral había cambiado y, ahora, contaba con recursos. Creo que esto le terminó de abrir las puertas. Mucho más experimentada y culta que Belén, sosteníamos conversaciones sobre lo que realmente me preocupaba en aquel momento: mis oposiciones. Como premio, me ofreció un viaje en verano por toda Europa, cuando saliera de aquel trance. Nos lo pasaríamos genial, 

    En estos momentos de mi vida me sentía libre para hacer lo que me diera la gana. Poco me importaban los sentimientos de las personas que estaban a mi alrededor. Sí me fui acostumbrando a la compañía de una mujer, de Belén, teníamos un lugar, vivíamos nuestra propia vida, aunque con la intermitencia de la separación. La relación había perdido mucha fuerza: siempre tuve la sensación de haberle dado el premio a Belén y habérselo arrebatado a Carmen Rosa. Ana Montenegro era una especie de venganza. Con ella tenía un poco más de libertad, la sentía más independiente a la hora de cualquier complicación. Sin embargo, la distancia nos impidió hacer más cosas juntos. El calvario que había pasado para estabilizar mi relación con Belén, aún me dolía, y no quise profundizar en la relación con Ana Montenegro; me limitaba a seguir su juego, a atender con cierto entusiasmo sus llamadas y a hablar de algunos planes. Belén siguió ignorando esta situación, también tenía su propio juego, estaba más cerca de mí, podíamos vernos con más frecuencia, había muchas cosas de ella que me seguían gustando. En términos de necesidad, estaba convencido de que Ana Montenegro seguiría con su vida tarde o temprano; no lo tenía tan claro en el caso de Belén. 

   Llegaron las oposiciones, fueron unos días terribles, de tensión y de nervios. Pero todo salió bien. Llamé a mi casa para dar la noticia. Deambulé algunos días por las calles de aquella ciudad que no conocía bien. Me sentía como alguien al que acaban de liberar después de un largo secuestro. Totalmente desorientado. Me di mi primer capricho: comprarme un teclado eléctrico. Luego, tenía que tomar una decisión. Ana me estaba esperando para irnos de viaje por Europa, a Belén, a pesar de la insistencia de mi madre, ni siquiera la llamé. Fui a la agencia de viajes para tomar un billete y reunirme con Ana, pensé que todo iba a salir como habíamos planeado. En el último momento, cancelé el viaje: con un telegrama y sin ningún pretexto, le dije que no quería ir. Realmente deseaba volver a mi casa, descansar un poco y, luego, ya se vería.

    De Ana no volví a saber hasta unos años después. No por ella, sino por un amigo. Se había ido a recorrer mundo con un empresario. Conoció, luego, a un médico, pero como las cosas no les fueron bien, estaba atendiendo un bar en algún lugar de Suiza.
  
   No me resultó complicado convencer a Belén de por qué no la había llamado al terminar las oposiciones, simplemente estaba en estado de shock. La promesa de que ese verano iría a verla y nos pasaríamos unos días juntos en algún lugar bonito, despejó todas las dudas. Mi vida parecía otra vez en orden. Con mi estabilidad laboral y mi novia, mi única novia, me sentía bien. Ana había salido de mi vida y de mi memoria.        

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