martes, 12 de mayo de 2009

Se acabó la diversión...el juego de dados.


   Terminar una carrera, leer una tesina y empezar a trabajar, todo en menos de tres meses, es algo que, hoy en día, resultaría excepcional. Hace veintitantos años era posible. Con el fin de la vida universitaria, dejé el otium y empecé el negotium. Tenía la intención de quedarme como becario en mi departamento, pero, ¡ casualidades de la vida!, llegó, a casa de mis padres, un telegrama en que me convocaban para trabajar a menos de treinta y cinco kilómetros de ellos (la Universidad estaba a trescientos, y en otra isla). Sentí a mi madre tan ilusionada con esa posibilidad, que no lo pensé dos veces. Dejé la adjuntía y empecé a trabajar en la enseñanza secundaria. Me enseñaron a aborrecer a los holgazanes y aprovechados. No podía decepcionar a mi padre, la estabilidad laboral sería para él un gran motivo de orgullo. y había que poner todo para obtenerla cuanto antes.

  Belén dejó la residencia de estudiantes y se fue a vivir a un piso con unas amigas; aún le quedaba un curso para terminar. Podríamos vernos los fines de semana, alternos, al menos. Yo volví a la casa de siempre, y Carmen Rosa a la suya. Volvíamos a estar como cinco años atrás, pero con toda la carga de lo que había sucedido. Me impuse una rutina de estudio rigurosa para preparar las oposiciones. Cada quince días iba a ver a Belén; cenábamos, paseábamos, nos divertíamos y, también, estudiaba un poco a su pesar. En este espacio fueron creciendo las discrepancias, las discusiones, pero no pasó nunca nada, lo suficientemente importante, para que yo perdiera las ganas de ir a verla. Me daba seguridad, y no quería líos emocionales porque necesitaba toda la concentración del mundo.

   Sin embargo, otra cosa era lo que estaba pasando en mi nuevo trabajo y lo que la situación de separación me daba la oportunidad de hacer.  Por una parte, empecé a dar clases en un Instituto mixto, estrenando década, rodeado de adolescentes, muchos del género femenino. Como mi novia no estaba, no existía, y yo no me molestaba en desmentirlo. Esto, sin duda, me convertía en una especie de "buen partido". Nunca me tomé en serio, al menos al principio, las tentativas de algunas chicas de entrar en mi vida, pero reconozco que me gustaba sentirme valorado. Me acomodé en aquella situación todo lo que pude. Nadie me preguntó por mi situación personal, pero, cuando desaparecía los fines de semana, siempre tenía una buena excusa relacionada con mi trabajo y ahí quedaba todo. Creo que a mí me preocupaba más que a ellas.
   
   Aunque lo hubiese deseado, aunque estaba apostando firmemente por mi relación, Carmen Rosa no terminó de salir de mi vida y la tentación de reencontrarme con Ana Montenegro era demasiado fuerte.  
    
     "Estaba con Belén y teníamos planes, proyectos y, a pesar de su carácter y algunos desencuentros, me sentía muy a gusto. Empezar una relación con Ana, terminar la relación con Belén, me resultaba impensable. Ana Montenegro nunca planteó nada que no fuera, simplemente, divertirnos, pasarlo bien o, al menos,  esa era la impresión que me había creado. En sus planes no entraba la posibilidad de venir a mi lugar de trabajo. No era una rival para Belén, a pesar de todo su carisma. El espacio y el tiempo nos distanciarían" (D.D.A.)
           

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